miércoles, 20 de febrero de 2008
Mi texto de presentación en el IDEC
miércoles, 13 de febrero de 2008
Mi reseña de la biografía de Melville de A. Delbanco en La Vanguardia Culturas
lunes, 4 de febrero de 2008
Inéditos pero no olvidados: Tsvietáieva-Goncharova
viernes, 25 de enero de 2008
Mesa redonda en el Ateneu
That never wrote to Me...
Emily Dickinson
Psicoanálisis y escritura
Los que me conocen o me leen, por lo obsesiva y quejumbrosa que soy, saben que yo viví la infancia como una especie de infierno. Pero de mi supervivencia en ese infierno, de la memoria tenaz o de su indigesto proceso posterior surgió, lenta y a trompicones, mi escritura. Hasta que no aprendí a leer, para mí, la felicidad estuvo sólo en el paisaje. Desde muy pronto recuerdo la sorpresa al constatar que aún en aquella sucesión de pequeños horrores cotidianos, a mi alrededor todo era belleza, y lo que más me asombraba era poder percibirla en medio del dolor. Yo sentía que había algo en aquel espectáculo que me apoyaba o que, como diría hoy en un discurso new age, el universo estaba de mi parte. Y me mandaba signos. Siempre pensé, puesto que nadie más parecía escucharlos, que los pájaros cantaban para mí, por decirlo así.
Dice Thomas Mann que el infierno es un lugar donde no hay reglas. La misma persona que me torturaba, mi tía Rottenmeyer, por su vocación de maestra frustrada o de sargento de instrucción, me dio la llave de salida del infierno: me enseñó a leer. Yo vi enseguida que en aquellas letras que sonaban y formaban palabras había también algo especial, algo para mí. Ella debió de detectar mi pasión de aprender puesto que a diferencia de lo que ocurría en la comida, con la higiene, las relaciones o las noches, que eran siempre escenarios o pretextos para castigarme, en ese aprendizaje nunca me pegó ni me encerró. Incluso me dijo: Cuando aprendas a leer, te regalaré un libro. Y cumplió su palabra. Aún lo tengo, lo encontré y reconocí enseguida, por su portada vagamente verdosa. Almendrita y otros cuentos, de Andersen. Con ese libro, aparentemente pequeño y simple, cambió mi vida. Descubrí que había otro mundo, un mundo mucho más afín, donde mi ética precoz, construida en la conciencia exacerbada de la injusticia y en la rabia, coincidía con aquella ética implacable, donde había madrastras y hermanastros, donde el tercer hermano era el que vencía al dragón y conquistaba a la princesa, donde los malvados que lo humillaban sufrían castigos terribles, donde el pato feo se convertía en cisne, donde Cenicienta, también visitada por los pájaros y apoyada por lagartos y ratones, iba a vivir al palacio de cristal.
En How To Be Alone, Jonathan Franzen citaba el estudio de Shirley Brice Heath, su tesis sobre aquellos que de pequeños se sienten aislados o al margen y empiezan a leer para no estar solos. Leyendo, yo también dejaba de estar sola. Y empecé a escribir muy pronto, muy pequeña, diarios de castigos y venganzas, gérmenes de cuentos, porque yo quería vivir en los libros, quedarme en aquel otro mundo.
Decía Jean Rhys que empezó a escribir para mitigar el dolor, por “el deseo de liberarme de aquella horrible tristeza que me abrumaba. Cuando era niña, (dice), descubrí que si lograba poner el dolor en palabras desaparecía. Deja una especie de melancolía y luego se va. Creo que Somerset Maugham dijo que si escribes una cosa… ya no te preocupa tanto. Supongo que es como un católico que se confiesa o como el psicoanálisis.”
Y sin embargo, su escritura no es simplemente terapéutica y espero que la mía tampoco. Hay un placer en la escritura. Yo escribo para satisfacer un deseo, pero a veces diría que no es un deseo de objeto, escribir-algo, sino un deseo de escritura per se, o como dice Barthes citando a Freud, una tendencia.
Ese deseo, dice Barthes, es pothos, deseo agudo de lo ausente, deseo de lo que falta… la falta de la vida está en la escritura. Y ahí está volupia, lo que Flaubert describe como cher tourment, querido tormento. O Kafka, que escribe como único objetivo en la vida, en conflicto con la vida… y al mismo tiempo, habla de la terrible pereza y el miedo a escribir, “de entregarme a esa ocupación terrible mientras que todo mi sufrimiento consiste en este momento en verme privado de ella”.
Es también la literatosis de Lobo Antunes que citaba Vila-Matas: vivir para escribir: En cuanto empiezo a sufrir, pienso ¿y esto, podré utilizarlo para escribir? ¿Me servirá para un cuento? «Se puede hablar de una enfermedad de la escritura», dice Marguerite Duras.
Y coincidiendo con el deseo atormentado de Kafka, dice Truman Capote en el prólogo de su Música para camaleones (cito de memoria) “Dios le da a uno un don y con el don le da también un látigo. Para autofustigarse.”
Antes que el placer y el juego, yo también sentí la escritura como un deber. Adolescente, pensaba que mi percepción de las cosas era distinta, no por original ni innovadora, sino por intensa, dolorosa y feliz al mismo tiempo. Pensaba que incluso la belleza me dolía y aunque el agradecimiento siempre me pareció una fuente de felicidad, también implicaba la obligación de devolver (a los dioses griegos) el don que se me había concedido, un poco como la parábola de los talentos, pero no por moral calvinista, sino para que nada de lo vivido fuese en vano, por si a alguien pudiera servirle, como a mí me había servido la escritura de otros.
Dice Katherine Ann Porter: Todos mis sentidos eran agudos, las cosas me llegaban a través de los ojos y a través de todos mis poros. Todo me golpeaba a la vez…”
En cambio, yo sólo percibo una pequeña parte de las cosas. No puedo decir si alguien a quien he visto llevaba gafas o bigote, y en cambio puedo casi dibujar un gesto de su mano o imitar su tono. Ahora creo que esa percepción absurdamente distorsionada puede permitirme el sesgo, la oblicuidad necesaria para escribir. Con el análisis y la vejez, la pasión por comprender lo incomprensible compite con la percepción sensorial.
Dice Faulkner que el artista es una criatura movida por los demonios. “Tiene un sueño y le angustia tanto que necesita librarse de él…” Y como ninguna de sus obras alcanza sus estándares literarios, elige la que más le dolió (The Sound and the Fury).
Yo escribo a ciegas. Al principio discutía con mi amigo escritor serbio, más cerebral, que planifica todo… Como García Márquez. Adolescente, fui a casa del escritor colombiano con una amiga común, que le regaba las plantas cuando él viajaba. Y pude colarme en su estudio. Estaba escribiendo El otoño del patriarca, en una carpeta con cuadros sinópticos generales y para cada capítulo, con personajes y actos. Aquello me desalentó…
Mi amigo me decía: No puedes escribir sin saber… Y probé a escribir una novela como él, como García Márquez, como Iris Murdoch, decidiendo conscientemente, con cuadros sinópticos y planes prefijados, y descubrí que no me salía una sola palabra. Me aburría soberanamente saber todo aquello de antemano. Descubrí que no planifico porque me interesa lo desconocido, lo inconsciente, lo que no sé. Como los sueños, esa escritura es mi materia de análisis. “Vosotros escritores tenéis la suerte de que no necesitáis los sueños para conectar con el inconsciente”, me dijo una vez mi analista. “La escritura es lo desconocido”, dice Marguerite Duras. “Antes de escribir no se sabe nada de lo que se va a escribir. Y… si supiéramos algo… antes de escribirlo, nunca escribiríamos. No valdría la pena…”
Naturalmente, eso significa estar a merced del inconsciente, del bloqueo, de lo desconocido, andar como un funambulista por la cuerda, pero también tiene esa emoción de desvelar, descubrir. Para reforzarme, sin darme cuenta, fui recolectando autores que escribían como yo, a ciegas.
Dijo Katherine Ann Porter: “Cuando alguien me preguntó por qué había escrito Flowering Judas en presente histórico, contesté: ‘¿Eso hice? No me había dado cuenta’. Nunca planeé escribirla de ninguna manera. Una historia se forma en mi cabeza y va avanzando… Pero yo nunca pienso en la forma… No creo en el estilo. El estilo eres tú… Podría cultivar un estilo, pero sería como una máscara.”
Yo empecé a analizarme porque no podía escribir. “Escribir aquí”, me decía mi analista. Así fui descubriendo lo que se me atragantaba, quiénes eran los fantasmas con los que temía quedarme a solas, todo lo que pedía ser atendido. Con el análisis no me he curado del todo de mis bloqueos, no siempre puedo dejar jugar libremente a la niña amoral y despiadada que me habita y con la que debo conectar para escribir, tal vez los necesito para mi cocina interna, pero el análisis me ha permitido dar vueltas en torno a la escritura, escribir a veces, escribir ailleurs, en otra parte. Como Zizek que, frente al bloqueo, no escribe libros, sólo toma notas y de pronto, en cierto momento, descubre que el libro está ya escrito, como si lo hubiera escrito otro. “Has pasado del bloqueo al blogueo”, me dijo alguien una vez. Y es que a mí, la escritura refoulée se me escapa por otros lugares. Me siento libre escribiendo en el blog, tanto que no pararía, pero también he rescatado a veces mensajes de correo electrónico que eran gérmenes de un cuento, incluso con el título.
Y al acabar un cuento, está esa indecisión que también nombra Barthes, ese extravío del que no sabe, la ausencia de criterio. Dice Kafka, releyendo su diario: “no veo que lo que he escrito hasta aquí sea particularmente valioso, ni tampoco que merezca claramente ser destruido”. Barthes concluye que la literatura NO es científica. A veces, yo ni siquiera sé de qué trata un cuento hasta mucho después, hasta que no empiezo a discutirlo con alguien. Es como si continuara en ese estado de escucha interna, esa especie de duermevela con la que a veces, sobre todo cuando voy andando, por la calle o por la casa, empiezo a pronunciar mentalmente las frases de un texto. Temiendo que nadie me interrumpa… temiendo la visita del hombre de Porlock.
Supongo que conocen la historia. Coleridge estaba escribiendo Kublai Khan, su poema inacabado, no sabía cómo terminarlo y decidió echarse la siesta. Según cuenta, en sueños o al despertar se le apareció muy claro el final del poema. Pero en ese momento llamaron a la puerta. Era un hombre de Porlock, el pueblo de al lado, que distrajo a Coleridge y le hizo olvidar el final del poema. Ese hombre de Porlock se convirtió en una figura literaria que representa las excusas de los escritores ante el bloqueo.
Yo di a leer el último cuento que he escrito a mi amigo escritor serbio. Él tiene habilidad para analizar un texto de ficción, sobre todo en la estructura, la dramaturgia, los contrapesos, etc. Mi ceguera, mi escritura inconsciente hace que yo no sepa lo que quería escribir hasta que empiezo a discutir, casi a pelearme con él. Esta vez me dijo: “No, no encaja, deberías separar al personaje del padre, ponerlo en otro cuento”. Lo releí y comprendí por qué no podía hacerle caso. Gracias a esa discusión se me reveló la estructura interna de mi cuento, comprendí que era un cuento sobre la paternidad y que el padre del protagonista, completamente surreal, era clave para entender la forma extraña de abordar la paternidad de ese protagonista, tan razonada que resultaba delirante. Me di cuenta del peso de cada uno y lo reforcé cambiando algo de lugar, y todo encajó misteriosamente y yo sentí una liberación por no hacer caso de mi amigo. De pronto, ya no estaba perdida…
Otra forma de descubrir las claves de mi escritura se la debo a mi amiga americana, empeñada en leer mis escritos y con la cual hacemos un extraño trabajo de traducción, empezando con una versión inglesa rudimentaria y discutiendo cada fase de sus correcciones. Así, yo descubro que cada palabra escrita tiene su razón de ser, incluso fonética, que la mirada tiene que ser oblicua en un momento, y en otro aludir a algo que no se explica.
Yo hago autoficción, es decir que construyo a partir de material biográfico. Me interesa construir observando la microvida, convirtiendo en cuentos algunos fragmentos de lo que veo en otros, interiorizo o sufro directamente. Tomar elementos propios y ajenos y reordenarlos como un puzzle que permitiera variaciones, como aquel viejo John Gielgud de la película Providence que en la cama y bebiendo whisky imaginaba escenas con su hija, su yerno y otro personaje y se divertía cambiando palabras y gestos de todos...
miércoles, 9 de enero de 2008
Mi reseña de Vollmann en La Vanguardia Cultura/s
William T Vollmann (Los Angeles, 1959) es una especie de gigante de la literatura, casi desconocido en España. Novelista, cuentista, periodista, ensayista, ha viajado y escrito sobre Afganistán (An Afghanistan Picture Show, 1987), Somalia e Iraq, ha dedicado 4.000 páginas a un estudio sobre la ética de la violencia, Rising Up and Rising Down (2004), y en el 2005 obtuvo el prestigioso National Book Award por Europa Central. Él mismo ha declarado que la muerte de un hermano, ahogado por descuido suyo en su niñez, es en cierta manera motor de su exploración. Sin duda sus ancestros alemanes pesan también en este intento de captar el horror del siglo XX europeo.
Una treintena de relatos componen esta ambiciosa novela, centrada en la relación entre Alemania y la Unión Soviética, de 1917 a 1945, y en la percepción que cada uno tuvo de su enemigo, reflejada en ese teléfono pulpo que estira sus tentáculos comunicantes por Europa.
Un espía soviético observando a la poeta Anna Ajmátova, acosada por el régimen de Stalin, memorizando poemas que no puede escribir, sometiéndose por su hijo encarcelado, entregándose a sus amantes. Un alto oficial de las SS empeñado en avisar al mundo del genocidio judío, contabilizando el terror para un hipotético testimonio que le librase éticamente de la culpa de estar allí. El compositor Shostakóvich, siempre aterrado y vigilado por las autoridades soviéticas, entre su amor por la hermosa traductora Elena y su deber familiar, componiendo su Opus 110, una partitura que, como la novela de Vollmann, recogería cada grito de horror, agitación, deseo y fragmento de violencia del siglo, una mirada alucinada sobre la inmensa red de microelementos humanos.
La joven idealista que dispara a Lenin y la amante de Lenin que la visita en la cárcel. El general ruso que se pasa al bando alemán. La escultora y dibujante Käthe Kollwitz (convertida en hombre en el dorso del libro, por un gazapo editorial), tan empática y bien construida que vemos moverse sus dibujos, un personaje tan atractivo como el convincente Shostakóvich.
Una magnitud onírica que conecta con el Pynchon de El arco iris de gravedad, pero aquí sin nervio central, sin la columna que vertebre todo irradiándolo (la paranoia pynchoniana), sino que todos los microuniversos se agitan simultáneamente en un tejido carnal, vivo, de relatos que articulan la locura de la Historia, la arbitrariedad y la orgía de violencia. La entrecortada escritura, de difícil traducción, no brilla como la de Pynchon.
Vollmann homenajea a su manera Una tumba para Boris Davidóvich, la magnífica novela de Danilo Kiš, compuesta por relatos de personajes acosados por el régimen soviético, que le valió el ataque feroz de la intelectualidad serbia. Reconozco que la épica estratégica y bélica, tan documentada y viril, y el exceso de páginas de Vollmann me producen cierto hastío. Pero brillan las ideas, atrae la búsqueda de comprensión, la forma en que cada personaje se debate éticamente frente al poder y el terror, resiste o se doblega o contagia de la locura dominante, y en ese retablo gigante de un Hyeronimus Bosch contemporáneo sólo queda la esperanza del arte y el intento de construir la propia verdad, como escribió Ludvik Vakulic en la Primavera de Praga: “La verdad no está en el triunfo. La verdad es lo que queda cuando todo lo demás se ha destruido”.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Chuck Palahniuk - La Vanguardia Cultura/s

ISABEL NÚÑEZ
Chuck Palahniuk
Rant. La vida de un asesino
Mondadori
Traducción de Javier Calvo
George Plimpton comparó su biografía oral, Capote, a una fiesta imaginaria cuyos invitados hablaran del escritor, contradiciéndose en sus filias y fobias. En la nota preliminar, Palahniuk alude al libro de Plimpton y a Edie (Sedgwick) de Jean Stein. Dos biografías de personajes reales contadas por sus rivales y colegas de excesos, espectadores de sus teatralidades más o menos trágicas. Con demasiadas páginas.
Rant vive en Middleton, una de esas poblaciones americanas sin futuro, donde el viento disemina las basuras y llena las alambradas de condones y compresas, en la escatología cruel típica del autor. Su padre violó a su madre, de 13 años. De niño, mientras busca los huevos de Pascua, le pica una viuda negra, y su padre le obliga a seguir buscando huevos. El veneno no lo mata, le cambia la vida. Ese chico con olfato de lobo asocia la ponzoña al sexo y busca algo que lo mate, mete la mano en las madrigueras, contrae la rabia y la propaga besando a las chicas y embarazando a las maestras.
En Rant, la estructura de biografía oral permite a Palahniuk ahondar en su aparente no-estilo, en la tradición despojada de Amy Hempel, Tom Spanbauer y Dennis Johnson. Una especie de tábula rasa con ritmo rudo y una aparente aculturalidad.
Pero Palahniuk no controla el delirio con la mano férrea de Pynchon (ni la economía de Flannery O’Connor), y la multiplicidad de hilos e ideas corre el riesgo de saturar al lector, atrapado en la narrativa de esos personajes analfabetos que filosofan en su desierto espiritual –“en la vida todo es carne o es dinero”—, y en su estrepitosa ausencia de sueños.
Desde el arranque hilarante de la novela, con el padre de Rant en un avión, la escena en que Rant confiere a Halloween horror verdadero, con corazones animales y ojos ensangrentados, o sus escondites de monedas de oro bajo mocos pegados a la pared, o la obsesión por los partes radiofónicos de accidentes ocurridos mañana, el mito del asesino en serie que infecta con su saliva, su doble final y las coordenadas de ciencia ficción –el mundo dividido en una clase inferior nocturna y una clase diurna, con toque de queda, controles infecciosos y viajes en el túnel del tiempo—, todo crece en el exceso.
Es como si a Palahniuk le hubiera dado pereza eliminar materia de otras historias. El autor ya ha anunciado que seguirá con el personaje. Y aquí, sus seguidores encontrarán no sólo ejemplos del genio Palahniuk, sino también esa voz suya, que restituye incansable la pesadilla americana, capaz de devorar lo que queda de la Vieja Europa.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Jorge Baron Biza - Cultura/s
(Caravaggio, David y Goliat)Un dolor cerrado
ISABEL NÚÑEZ
Jorge Baron Biza
El desierto y su semilla
451 Editores
El narrador, Mario, acompaña a su madre, Eligia, a la que llama siempre por su nombre, a reconstruirse la cara, quemada por el ácido que el padre del narrador, Arón, le ha lanzado en un acuerdo de divorcio, antes de suicidarse. Madre e hijo viajan a Italia, donde un cirujano célebre le reconstruirá las facciones. Mario pasea por Roma, conoce a una prostituta de la que se hace amante, bebe y bebe, y con un distanciamiento que no puede ocultar el hastío y la violencia interna, narra la evolución de la madre y va hilando escenas del convulso siglo XX argentino, ironizando sobre la desdichada suerte y la estrechez del pensamiento de unos y otros, y acercándose cada vez más al padre escritor, como si una suerte de fatalidad le arrastrara a ello.
jueves, 13 de septiembre de 2007
Balcanes: Dos intelectuales en Kosovo

Letras Libres - "Dos intelectuales en Kosovo" por Isabel Núñez
Letrillas
SEPTIEMBRE DE 2007
BALCANES: Dos intelectuales en Kosovo
por Isabel Núñez
Para los serbios, Kosovo es un lugar simbólico negativo, la cuna de su identidad, asociada a la derrota contra los turcos, la tierra donde crece la mítica peonía roja, regada con la sangre de sus soldados, como cuenta Ismaíl Kadaré en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Pero la mayoría de la población (muy joven: el 50% es menor de 35 años) es albanesa y aspira a la independencia. El legado histórico y cultural no puede ser más diverso. Imperio bizantino, austrohúngaro, otomano, ocupación italiana, serbia… Judíos sefarditas de la diáspora española, católicos y ortodoxos convertidos oficialmente al islam, y el pasado reciente: el comunismo yugoslavo, sui generis, de fronteras abiertas y sin censura, con propiedad privada, fronterizo con el implacable régimen albanés de Enver Hoxa. Y una importante comunidad gitana, los roma.
tras bloques inmensos y coches que lo invaden todo. A la espera de la independencia, la presencia internacional es apabullante: la ONU, el KFOR, las ONG…
He viajado a Pristina a hablar con dos intelectuales albaneses, Migjen Kelmendi y Shzelken Maliqi, para completar mi libro Conversaciones en torno a la guerra, donde entrevisto a escritores sobre el conflicto de los Balcanes.
Pristina es un mar de cemento. La ciudad vieja, en torno a los bazares, conserva su estructura oriental, evoca la hermosa Estambul, pero pasada por el cemento comunista. Sólo una antigua mezquita –magnífica, en su humildad de mosaico azul–, una madrassa cerrada y alguna casa tradicional, de aire insólitamente vasco, se mantienen en pie.
Migjen Kelmendi, antiguo rockero, periodista y ensayista, montó el semanario Java como foro de debate para periodistas y escritores. Atravesamos la ciudad en su coche. "Aquí se construye sin control", dice. "Es la corrupción del gobierno. Yo no quise un edificio ilegal", me explica al llegar a la sede de Java, en la ladera de una colina, junto a la Universidad Iliria, "y nos quedamos en éste, más pequeño… Pero toda esta efervescencia y crecimiento también me dan una impresión de energía, algo que reconducir. Hay que crear un movimiento cívico y democrático para luchar contra la corrupción, para cuando llegue el Estatuto."
Me habla del apartheid que impuso Milosevic a la comunidad albanesa. "No podíamos entrar siquiera en el bar del Grand Hotel, por ejemplo… Tuvimos que montar escuelas en las casas y los garajes, sin sillas ni pizarras…"
Luego vino la deportación masiva. De eso ha escrito Kelmendi, una pieza irónica, cuyo título, "Love Train", alude a una canción pop. "Nunca en mi vida imaginé que podría ocurrir algo así…", me dice. "Que podrían echarme de casa, deportar a una ciudad entera… ¿Por qué? No podían matarnos a todos. En la guerra de Bosnia, los serbios de Milosevic habían visto que era difícil matar a tanta gente, deshacerse de tantos cuerpos, del mal olor y las infecciones, y por eso decidieron echarnos de Kosovo", sonríe melancólico.
Les sacaron de sus casas y les condujeron a una estación, donde tuvieron que esperar bajo la lluvia, "la ciudad entera en una pradera", con gente mayor y enferma lamentándose, gente que gastaba bromas, partos que se adelantaban... Oían rumor de aviones y gritaban "NATO, NATO", pero seguían ráfagas de ametralladoras serbias. Y al fin, tras esperar toda una noche en que nacieron tres niños, llegó un tren, al que subieron atropellándose, empapados, hasta Macedonia, a un campo de refugiados albaneses, en pleno lodo, sin apenas alimento.
"He intentado promover un debate sobre la identidad y la lengua, primero en Java y luego en el libro Who is Kosovar, pero implicaba romper un tabú. Los grupos de música que cantan en gheg suscitan fascinación en Albania. Si todos los albaneses de Kosovo hablan gheg, ¿por qué renunciar a escribir en la propia lengua? Todos se han puesto en contra. Dicen que no es el momento, que hay problemas más importantes.
Romper tabúes siempre es un desafío. Aunque resulte agotador. Nadie me ha invitado a hablar del tema en la televisión de Kosovo, pero sí en varias cadenas de radio y televisión de Albania."
"En Java escribimos en gheg, albanés estándar y serbio, para estar abiertos, fomentar el diálogo…" Java ha recibido el Press Freedom Award de los Reporteros Sin Fronteras de Austria.
En marzo de 2004, algunos albaneses de Kosovo quemaron iglesias serbias y atacaron a los miembros de esas comunidades, en una inversión del hostigamiento que habían sufrido. Java denunció los hechos calificándolos de Kristallnacht, frente al silencio y la justificación de otros. "Los albaneses no deben pagar a los serbios con su propia moneda", concluye Migjen. "Los culpables de la diáspora no son los serbios de Kosovo, sino los seguidores de Milosevic."
Shkelzen Maliqi es escritor, ensayista, ha sido editor de libros y de la revista literaria MM, asesor educativo de la Fundación Soros y, en los últimos años, además de escribir sus memorias, ha trabajado como comisario de arte y tiene un espacio galerístico, Rizoma. Ha escrito que la antigua Yugoslavia tenía bases frágiles desde el principio. Me cuenta que para él, "la guerra no fue una sorpresa". A finales de los ochenta, vio en Belgrado lo que se estaba preparando. "Yo hablo serbio sin acento y los nacionalistas se expresaban ante mí sin inhibiciones. Estaba trabajando allí y decidí volver a Pristina,no sólo por motivos personales, sino también por la atmósfera tan nacionalista y asfixiante que había."
Maliqi considera que los acuerdos de Dayton, donde ni se mencionaba Kosovo, tuvieron un efecto paradójicamente positivo. Fue "el fin de la ilusión de que la comunidad internacional apoyaría la independencia de Kosovo. Pareció que rehabilitaban a Milosevic, como garante del acuerdo de Bosnia. Sólo Estados Unidos
parecía sospechar del régimen de Milosevic e insistió en mantener las sanciones a Belgrado hasta que no se resolviera la cuestión de Kosovo."
"Con el sistema de apartheid, los albaneses fueron excluidos incluso de las asociaciones culturales y deportivas. Pero Serbia no pudo impedir que los casi 400.000 estudiantes y profesores continuaran su trabajo en instituciones paralelas, en los márgenes, los suburbios, donde eran mayoría y se sentían más seguros. La vida cultural se desplazó de las instituciones al underground. Se montaban exposiciones en restaurantes, representaciones teatrales en espacios improvisados…" "El Estado serbio utilizó su poder militar, primero para suspender la autonomía política de Kosovo, y luego intentó eliminar físicamente a una parte de sus ciudadanos. Les interesaba el territorio de Kosovo como ‘tierra sagrada’, pero no admitían la cohabitación con los albaneses."
Ve las dificultades para conseguir la independencia, pero afirma que "a Serbia le resulta enormemente costoso mantener a Kosovo bajo su control... Y en ese sentido, no tienen otra opción." Maliqi cree que la base social y la educación del comunismo son un buen legado, pero "los sistemas totalitarios no funcionan, por el ansia de poder y la corrupción que generan. El sistema creó también una pasividad. Prefiero una democracia estilo nórdico, con fuerte base social". Pero elogia la inteligencia política de Tito, que los mantuvo en paz, y en los setenta, los kosovares empezaron "una década dorada, que duró hasta los primeros conflictos."
lunes, 13 de agosto de 2007
Colette - Cultura/s
Foto: Angela Reynold's, Bere, 2007El genio femenino
ISABEL NÚÑEZ
Colette
Lo puro y lo impuro
Global Rhythm Press
Traducción de Gabriel Hormaechea
152 PÁGINAS
Qué sugerente, en estos tiempos de hipócrita moral que reglamenta la vida cotidiana y criminaliza excesos e intoxicaciones personales, entrar con Colette en un fumadero de opio y visitar restaurantes azules de humo, donde los cirios amarillentos lloran sobre altos candelabros sin disipar las tinieblas, y tantas mujeres inteligentes y contradictorias, con sus “torneos de miradas”, sus conversaciones directas sobre el amor físico, exploran los límites de las prohibiciones, entregándose a los placeres y al dolor, debatiéndose entre el impulso de ser libres y las fantasías de sometimiento y protección.
Ya desde las primeras líneas, burlándose de los bordados chinos (hechos en China para Occidente), esquivando irritada a sus compatriotas en territorio extranjero, la narradora expresa toda la riqueza de su punto de vista –analítico y fascinado—, con la fruición de la inteligencia en la edad madura, el placer de comprender lo que hay detrás de cada gesto, y con su admiración de la belleza –nostálgica, sí, pero con la alegría de haber estado allí, de haber sufrido sus goces.
Se trata en efecto de la última y reflexiva Colette que, observadora sagaz –con una mirada que escudriña, capaz de leer mohines que desvelan o temen secretos pasados—, nos muestra de qué materia se tejen las relaciones, y entra en la intimidad de las confesiones para mostrar escenas de la danza amorosa, con pinceladas finas.
Ella, que siempre escribió autoficción con descaro, se sitúa aquí en segundo plano, Somerset Maugham femenina, confidente que presta su escucha inteligente –literaria—, y aunque sea impaciente e incluso mordaz, es siempre empática con las debilidades del espíritu y la carne.
Hilando escenas en la atmósfera decadente del París de entreguerras (o trasladándose veinte años atrás, para trazar un retrato irónico y luminoso a la teatral Renée Vivien), nos muestra una deliciosa galería de mujeres sáficas, desde las viriles amazonas a las más femeninas, entre cartas del tarot, cocheros silenciosos y velos bajo el sombrero… Y se cuela en el mundo masculino, para escuchar al huraño ególatra don juan y ser adoptada en círculos de homosexuales hombres, o para llenar el vacío que dejó Proust (que según ella, describió bien Sodoma, pero nunca entendió Gomorra).
Sus legítimas interrogaciones del feminismo son más refrescantes en este país, donde la devaluación de lo femenino afecta incluso a las comentaristas ingeniosas de los periódicos, que desprecian su propio género. Colette va más allá, su finura crítica y su gusto de las mujeres no cae en misoginias baratas. Sabe bien que los géneros no son puros ni son dos, que todos tenemos masculinidades y feminidades cruzadas, como tantos yos se agitan en nuestro interior.
Hay momentos oscuros en su lenguaje, como señala el buen prólogo de Gabriel Hormaechea, restos de un diálogo ensimismado que se nos escapa. El traductor cumple su cometido y permite una lectura placentera de una escritora tan imbricada en la lengua francesa que parece imposible sin ella: una hazaña.
Colette consideraba éste su mejor libro. Es un juicio difícil, dadas las raras joyas de sus piezas narrativas. Pero aquí se sentía libre y podía jugar con los géneros, posmoderna avant-la-lettre.
No es extraño que Julia Kristeva la incluyese en su trilogía Le génie féminin. Colette es una mina: maneja las artes de la literatura popular y encandila al gran público galo, puede subvertir y feminizar el estilo Montaigne, y sin ella cuesta imaginar al Barthes de Fragmentos de un discurso amoroso o la escritura de Hélène Cixous, refugiada con Derrida “en el vientre de la lengua francesa”. Leyéndola comprendo que Anna Caballé tenía razón, “hay que recordar de dónde venimos”: en este país misógino y puritano, árido y sin matices en el discurso amoroso, no podría haber nacido Sidonie Colette. Leerla es recordar que existen otros mundos…
miércoles, 20 de junio de 2007
Recorrido por el Kosovo literario

14 Culturas La Vanguardia Miércoles, 20 junio 2007 ESCRITURAS
Queda lejos el apartheid que instauró Milosevic para la comunidad albanesa, expulsándoles de las instituciones e incluso de los bares, forzándoles a montar un sistema paralelo de escuelas en garajes, de exposiciones en hangares. Después vino la gran deportación, las casas quemadas y el tren donde hubo que meterse por la fuerza. Doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de albaneses ha vuelto. "Y de los 5.000 desaparecidos, han vuelto los huesos de 2.000", dice Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y carnets de identidad rotos por las fuerzas paramilitares de Arkan. "Era el caos", dice Flaka, "nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya."
La sede del grupoKoha incluye un periódico, un canal de televisión y una editorial de libros: 300 trabajadores. El padre era periodista y su hermano Veton dirige el partido de la oposición. Flaka niega que el grupo sea un instrumento del partido: "Él sale más en otros diarios que en el mío". Dice que en Pristina la gente no compra muchos periódicos, los lee en el bar. Como no hay precio unificado, compiten con diarios de precio más bajo.
Es una mujer joven y energética. Para ella, ser crítica supone enfrentarse a la corrupción y a la mafia. Han recibido amenazas de muerte. "Tengo que proteger a mi equipo." Le preocupa la corrupción y la educación. Su canal de televisión es informativo y cultural.No llegan a la comunidad serbia, por la lengua. "En Pristina ya hay jóvenes serbios que estudian aquí y aprenden albanés... Es difícil curar las heridas, se necesita tiempo." Koha vende libros en quiosco, junto con los diarios. Fomentan la lectura a un nivel popular. Han agotado tiradas de miles de ejemplares, en un lugar donde suelen editarse 500.
Basha escribió de la guerra en su novela Las puertas del silencio, aún sin traducir. En francés le han publicado Les ombres de la nuit (Fayard). En la ciudad vieja, visito la mezquita, con sus hermosos mosaicos azules: en la puerta hay dos pares de zapatos. El muecín empieza a cantar bajo la fina lluvia matinal. Shkelzen Maliqi es ensayista, ha sido editor de libros y de una revista literaria, MM, asesor educativo de la Fundación Soros. Ahora escribe sus memorias y ha abierto una galería donde también organiza conferencias. Se anima al hablar de su actividad como comisario de arte y de su espacio, Rizoma. Me presenta al grupo de artistas que se encerró cinco días en la galería: sus intervenciones mezclan grafitis, imágenes de cómic, collages y textos irónicos o conceptuales. Luego destruirán las pinturas y toda documentación, aunque bromean que algo quedará grabado en el móvil de Shkelzen.
Entrevisto en italiano al joven poeta Arben Idrizzi, redactor del diario L'Express, donde escribe una columna cultural.
Aprendió italiano para leer poesía, de modo autodidacta, y ha traducido a Montale, Pavese, Pasolini... Sus poemas tienen nervio. No ha escrito apenas de la guerra, le interesa la época actual y es pesimista. “No hay esperanza en Kosovo. Hay tanta pobreza, no hay trabajo ni dinero y la corrupción es generalizada. Tememos que con la llegada del Estatuto no se resuelva nada y todo siga igual.”
Es profesora de literatura francesa en la Universidad de Pristina, con un sueldo ínfimo, que compensa trabajando en organismos internacionales. Ha publicado cuentos, escribe una novela de la guerra. Cita a Mehmet Kraja, en cuyo libro unos locos se fugan del manicomio después de la guerra. “Ese manicomio, con serbios, albaneses y algún croata, era lo único que quedaba de Yugoslavia en Kosovo durante la guerra y los locos contemplaban cómo el mundo de fuera se volvía loco, y la frontera entre dentro y fuera se desvanecía.” Dio lugar a una película titulada KUKUMI, dirigida por el propio Kraja con Isa Qosja, y donde los locos vagan por el Kosovo destruido, bajo la lluvia. Nerimane es pesimista. “Según una encuesta, si pudieran elegir, el 70% de los jóvenes se iría de Kosovo. Y eso es grave.” Ella teme la marcha de la comunidad internacional, que da trabajo a tanta gente.
Fahredin Shehu es un joven poeta que trabaja en RadioKosova y ha recogido el legado sufí en sus poemas. Sueña con organizar unencuentro sufí en Sevilla o Granada. Leo sus poemas traducidos al inglés, de una sensualidad oriental. En la guerra, en el sudeste de Kosovo, sufrió el ataque de granadas del ejército yugoslavo, tuvo que abandonar su casa y perdió una biblioteca familiar de 2.000 títulos, con manuscritos caligráficos de 250 años de antigüedad, como el Canon de Avicenna. Durante tres meses vivieron en sótanos y, para no enloquecer, leía a Meher Baba y a Osho Rajneesh.
Eso le cambió. “La religión es para los que temen el infierno y anhelan el paraíso, la espiritualidad es para quienes ya han estado allí.”
Yvana Henzler dirige la oficina cultural de la embajada suiza, situada en la ladera de la colina. Hablamos de la escena del arte. “No hay inversión, no hay estructuras, ni escuelas, sólo centros decimonónicos. Pero hay talento, artistas originales, con una historia que contar.
Temo que sin esas estructuras, no puedan evolucionar. No hay coleccionistas, nadie les compra excepto yo”, sonríe y me cuenta cómo se convirtió en coleccionista. Por pura pasión. En 1998, en Sarajevo, descubrió artistas que le impresionaron. La guerra les había moldeado e inspirado. Empezó a comprarles piezas, entablando una relación con ellos y siguiendo su evolución.Enla escena internacional, detectó cierto desdén por lo balcánico: les invitaban a las ferias, pero sólo como grupo. Harald Szeemann se interesó por algunos y los llevó a Documenta o a Sevilla. Por desgracia, ese proceso se cortó con su muerte.
La colección de Yvana está íntimamente vinculada a los Balcanes y la guerra. “Cuando los artistas se marchan,
desconectan y cambian, y sus piezas ya no encajan con mi colección.” La representación visual de los problemas de la zona es “el hilo rojo que conecta mi colección. Una colección puede ser un sismógrafo de los problemas sociales.”
miércoles, 4 de abril de 2007
Balcanes: Aleš Debeljak
Foto: El País, el castaño de Anna Frank, 2007Un paseo por la historia
ISABEL NÚÑEZ
Aleš Debeljak
La ciutat i el nen
Edicions La Guineu
Traducción de Xavier Farré
88 PÁGINAS
12,4 EUROS
Aleš Debeljak
La neu de l’any passat
Lleonard Muntaner
Traducción de Simona Škrabec
169 PÁGINAS
14 EUROS
Debo reconocer que leí la versión inglesa, The City and the Child, revisada y corregida por el propio Aleš Debeljak, y me cautivó ese recorrido dolorido por su destruida Arcadia, un paseo melancólico por la historia de los Balcanes y de Europa. El narrador mezcla su lamento a la celebración vital del nacimiento de su hija, un hecho que revoluciona su percepción del mundo y le hace comprender, en plena guerra, que la vida es sobre todo renovación.
Admito que no he logrado el mismo encantamiento con la versión de Xavier Farré (no por el contenido, cuidado por la revisión de Simona Škrabec y Jaume Creus). Tal vez estuviera yo demasiado apegada a las palabras de mi primer descubrimiento de Debeljak, o tal vez sea una cuestión subjetiva, de gusto, de palabras que yo no escogería y que vuelven rígido un texto que en inglés fluía naturalmente, en unos versos largos, narrativos y precisos, de una belleza poética que entronca con lo que el propio Debeljak decía del escritor serbio judío Danilo Kiš, que “(con los mismos procedimientos poéticos y literarios que Borges), introduce en su obra una responsabilidad ética, con dos interrogantes claves del siglo XX: los campos de exterminio nazis y el gulag soviético. De este modo, su literatura queda arraigada a un espacio histórico.”
Los poemas de Debeljak arraigan también en un espacio histórico, en esa “prisión de la historia”, en el peso ritual que se repite, en “el mapa de un país que desafía el olvido”, en “las metáforas que arden dolorosamente sobre la ciudad” destruida, en su mirada culpable y su “crónica del dolor”: “dos mortíferos y hermosos bombarderos rompen el cielo y los cartógrafos no descansan. El tiempo se acaba. La historia prende una hoguera en los arbustos…”, Siempre con su dualidad vital y sensual, fumando “el último cigarrillo”. Como el muro de piedra que espera a que el ritual de la historia se repita, pero que también “será derribado por el delicado aliento de un niño”.
La neu de l’any passat es una cuidada selección de ensayos, eficazmente traducida por Simona Škrabec, que añade un interesante y esclarecedor epílogo. Debeljak expone, en su tono poético y personal, sus brillantes reflexiones sobre los Balcanes, la historia, la cultura, el peligro de los mitos (el uso perverso que hizo de ellos Milorad Pavić para apoyar la narrativa beligerante de la Gran Serbia; o los más viejos mitos, como la peonía de Kosovo de la que hablaba Kadaré, que crecía con la sangre de los soldados serbios y ahora entorpece tácitamente la aceptación serbia de una independencia necesaria). Debeljak explora los fundamentos para construir una identidad europea común, sin renunciar a las diferencias ni al legado étnico propio.
El descubrimiento adolescente de la gran ciudad cosmopolita de Belgrado –sucia y viril frente al espíritu germánico e higienista de los eslovenos—, su identificación de joven lector con la antigua Yugoslavia, o con la lengua, que promete no abandonar en la poesía (escribe ensayos en inglés), la pérdida de esa Arcadia yugoslava que es también su juventud… En definitiva, el periplo vital y pensante de un ensayista subjetivo y literario que se considera poeta antes que ninguna otra cosa, contado con pasión y delicadeza, y que se lee como una novela.
Empezó a publicar en los años ochenta, libros de poemas (Los nombres de la muerte, 1985; Diccionario del silencio, 1987) y ensayos (La esfinge posmoderna, 1989; El crepúsculo de los ídolos (1994; Bilbao: Tercera Prensa, 1999). Ha visitado Barcelona invitado por el KRTU, para pronunciar las conferencias Europa sin los europeos en la Fundació Antoni Tàpies y Los poetas y la política en la UPF, y presentar sus libros La ciutat i el nen (La Guineu) y La neu de l'any passat (Lleonard Muntaner).
Su generación, que vivió la época más suave del régimen de Tito, y que a diferencia del resto del bloque comunista, pudo viajar por el mundo y tuvo libre acceso a la literatura internacional, llegó a la madurez con el fin del comunismo, el estallido de los nacionalismos y la guerra, que les pilló por sorpresa y rompió dramáticamente su plácido ensueño.
Aunque los diez días bélicos en Eslovenia fueron, dice Debeljak, “una guerra entre comillas”, él vivió el conflicto como traductor para la CNN y confiesa que le parecía irreal, como una película. Sólo la visión de los primeros muertos le hizo comprender. Tiene palabras amargas para la actitud de Europa: “En 1993, cuando en Sarajevo llevaban un año de asedio, la prioridad de la UE era Maastricht: ordenar la casa. Aunque en el patio de enfrente la gente moría. Pero a las élites no les preocupaba. A los yugoslavos no se les consideraba europeos. Mientras Sarajevo ardía, Europa tocaba el violín. Maastrich era un documento de cultura, pero su reverso oscuro (de barbarie) fue cerrar los ojos a los crímenes de guerra, a que en Bosnia violaran y degollaran a tanta gente.” Y añade: “Si esta guerra no hubiera implicado a musulmanes, Europa habría evitado el genocidio… Y lo más triste es que en Bosnia existía precisamente la clase de islam que buscaba Europa, un islam abierto y europeo avant-la-lettre…” De la sentencia del Tribunal Penal Internacional de La Haya sobre Srbrenica, dice: “Es la misma actitud desde el principio del conflicto, un compromiso. Por una parte, confirma el genocidio y apoya a los bosnios. Por otra, al decir que la responsabilidad no es exclusivamente de Serbia, apoya a Serbia. Hay un dicho esloveno para eso: querer conservar toda la oveja y saciar al lobo...” Y continúa: “La UE podría aprender una lección del desmembramiento de Yugoslavia. Yugoslavia era (dicho con ironía) una pequeña Europa: lenguas y alfabetos distintos, religiones distintas… La búsqueda de puntos comunes fue la característica que definió la Yugoslavia de Tito. Todos teníamos una identidad primera, étnica, que nos definía, y por un acto voluntario, éramos yugoslavos. Como en Europa todos somos catalanes, franceses, italianos, pero decidimos ser europeos. Yugoslavia era una identidad transnacional. Sólo le faltaba la democracia… La UE tiene un déficit de democracia, aún es un proyecto de las elites, desde arriba. Como en Yugoslavia, falta el consenso de las comunidades… La lección sería cómo puede fracasar o no el proyecto europeo.”
Cuenta cómo el nacionalismo esloveno, más moderado, creció a partir del “rechazo arrogante” por parte de Serbia de todas las propuestas de cohabitación que los eslovenos pusieron sobre la mesa yugoslava. Y también habla de lo que fue el experimento yugoslavo, la particular combinación del oriente y occidente europeos capaz de engendrar pensadores como Slavoj Zizec, que une marxismo y psicoanálisis.
Debeljak define el multiculturalismo como un abrirse hacia lo distinto sin renunciar a la propia identidad, una tensión entre conservar lo propio y entender lo ajeno, y es más optimista que otros autores ex yugoslavos, se implica en proyectos editoriales que reconecten culturalmente las antiguas repúblicas, y recuerda que “en las encuestas, los musulmanes bosnios aún afirman que serían capaces de convivir con serbios y croatas…” Más optimista que otros autores ex yugoslavos, dice: “Tarde o temprano tiene que haber una reconciliación.”
Es significativo que un editor vasco y dos catalanes se hayan interesado por este autor. Quien pasee por las librerías de Ljubljana, verá en sus escaparates autores vascos y catalanes; algunos, como Bernardo Atxaga, son casi best-séllers. Más allá de los estereotipos de unos balcánicos salvajes y sangrientos, asociados en el imaginario europeo decimonónico al propio mito de Drácula, la reflexión sobre la identidad y las diferencias en Europa establece también afinidades literarias.
martes, 13 de marzo de 2007
Supervivientes judíos: Nicole Krauss

Novela
Entre Grace Paley y García Márquez
M. ª de la Fuente y al catalán de Ernest Riera Salamandra / RBA-La Magrana (288 / 272 págs. 16 / 18 €)
