miércoles, 20 de febrero de 2008

Mi texto de presentación en el IDEC

Foto: Portada de un libro anterior de Drakulić
Slavenka Drakulić, No matarían ni una mosca. Global Rhytm Press
Conocí a Slavenka Drakulić en octubre de 2006, en Berlín, donde ella pasaba un año disfrutando de una beca de la ciudad para escribir un libro. Me citó en el café de la Literaturhaus y allí la entrevisté para el libro balcánico que yo estaba escribiendo. Lo que más me sorprendió, comparativamente con otros autores de la antigua Yugoslavia, fue su ánimo y su vitalidad. Yo sabía, como algunos de ustedes sabrán, que junto con Dubravka Ugresić y otras tres escritoras e intelectuales feministas croatas, Slavenka fue perseguida y estigmatizada en el grupo al que llamaron “las brujas de Río”, por una cumbre feminista celebrada en esa ciudad, donde sólo alguna de ellas participó y donde se denunciaban las violaciones de mujeres bosnias; la prensa del establishment nacionalista las acusó, mintió sobre ellas y facilitó sus datos personales, sus direcciones y teléfonos para que todo el mundo pudiera perseguirlas. Su casa fue vandalizada. El miedo hizo que sus colegas no las apoyaran y tuvieran que abandonar el país.
Pensé entonces, al conocerla, que su particular situación, ni dentro ni fuera del país, es decir, sin exiliarse pero sin soportar la asfixia dentro, siempre viajera, corresponsal (ella dice que no se considera disidente puesto que en su país hay democracia), entre Viena, Berlín, Istria y Zagreb, la ayudaba. Pero cuando le transmití a Slavenka mi impresión, me dijo: “No me interesa tanto pensar en mí misma como intentar entender lo que ocurre a mi alrededor.” Y en efecto, sus libros así lo demuestran. En ese sentido ella sigue aquella máxima de Spinoza que yo siempre cito: “No sufrir, ni lamentarse, inteligir.”
Periodista, socióloga y licenciada en Literatura Comparada, Slavenka Drakulić ha colaborado con medios europeos tan prestigiosos como The Nation, La Stampa, Frankfurter Allgemeine Zeitung y otros. Ha publicado diversos libros de ficción y ensayos, traducidos a 15 lenguas. En España tiene tres novelas publicadas, una de ellas, la sobrecogedora Como si yo no existiera se basa en la documentación y testimonios recogidos de las violaciones de mujeres bosnias en los campos (y ha sido elegida en Nueva York entre los “1001 libros que hay que leer antes de morir”. Su última novela, sobre Frida Kahlo, Frida o del dolor, se publicará este año en Viking Penguin como Frida’s Bed. También me interesó la compilación de artículos titulada Balkans Express, Fragments from the Other Side of the War que construyen una crónica excelente, serena y reflexiva de los tiempos de guerra. Todos esos libros son analíticos y brillantes, pero sin duda el que presentamos hoy, No matarían ni una mosca es el más potente, por decirlo así. Se trata de una selección de las crónicas que la autora escribió, para la prensa internacional, de su seguimiento de los juicios a criminales de guerra balcánicos en el Tribunal Penal Internacional de La Haya para crímenes de la antigua Yugoslavia.
Es un libro arendtiano, ya que se basa en la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. La selección es inteligente, puesto que los retratos de los personajes elegidos y sus procesos nos sirven para entender los aspectos más importantes de la llamada Guerra de los Balcanes. En ese sentido, tal vez sea el libro que mejor permite entender esa guerra, pero no sólo eso, nos permite comprender cómo, mediante una poderosa campaña de prensa, se puede inducir a la mayoría de la población a entablar una guerra fraticida contra los que hasta entonces eran sus familiares, amigos, compañeros de trabajo o vecinos. Permite reflexionar sobre el proceso de estigmatización del “Otro”. Permite también preguntarnos, con sinceridad y sin hipocresía, qué haríamos nosotros en una situación similar. Permite comprender que la guerra no la hacen sólo los criminales, los supuestos “monstruos”, sino que requiere la complicidad colectiva. Y que esa complicidad, como mostraba Victor Klemperer, se inicia a menudo en pequeños gestos: como no saludar a un vecino estigmatizado como “el otro”, que justificarán otros gestos posteriores: denunciarle para apoderarse de su puesto de trabajo, aprovechar su detención para robarle un televisor.
Y al mismo tiempo, nos obliga a preguntarnos qué se esconde tras la paz, si no será que la paz es sólo la cobertura de una guerra sorda, si acaso la opresión económica y social en la que vivimos no es a su vez una forma de guerra invisible que lleva a la desesperación y que convierte a algunos en potenciales cómplices en tiempos de guerra.
El libro muestra cómo un ciudadano ejemplar, croata, de esos que ayudan a sus vecinos y que tenía amigos serbios y musulmanes, se convierte durante 17 días en un monstruo que encuentra placer en torturar, matar y violar. ¿Es que la guerra nos convierte en monstruos? ¿O sólo revela al monstruo que nos habita?
O el juicio de Foča, a un grupo de hombres serbobosnios que encerraron y violaron a unas mujeres bosnias durante meses y que “sólo querían divertirse”. Esos acusados no comprenden por qué les condenan, si eso es lo que ellos les hacen a sus mujeres normalmente, si podían haberlas matado y no lo hicieron. Y para rematar su confusión, les juzga una mujer, negra. Es un juicio histórico porque por primera vez se declaró la violación, crimen contra la humanidad.
O la historia del pueblo croata de Gospić, donde mataron a 150 personas (entre serbios y croatas disidentes), saquearon y quemaron sus casas y donde todos callan, porque apartaron la vista o robaron un vídeo de las víctimas. Un único testigo que va a la Haya sufre la hostilidad de todo el pueblo y le acaban matando con una bomba. Todos son cómplices.
O el joven serbio en Bosnia, enrolado en el ejército casi por accidente, que se encuentra en el lugar equivocado –la masacre de Srebrenica—, no reacciona a tiempo, y cuando intenta negarse a disparar, le ofrecen que entregue su arma y se ponga con el pelotón, y por cobardía, acaba matando a 80 hombres desarmados, indefensos, que llegan en autobuses, con los ojos vendados…
O el afinado retrato psicológico de la patológica pareja que gobernó Serbia, desdeñando a las instituciones, Slobodan Milošević y su esposa Mira Marković.
Y ese happy together del final, esa escena en que los criminales de guerra croatas, musulmanes y serbios viven juntos en armonía en la cárcel de Scheveningen. ¿Era el nacionalismo sólo un pretexto? ¿Acaso no había ninguna causa para todo aquel horror?
Vemos también cómo avanzan esos juicios, con interrogatorios prolijos, minuciosos, a veces monótonos, hasta que de pronto se dibujan estremecedoramente los hechos que los inspiraron.
Sin duda hay dolor y atrocidades en estas páginas, como cuando vemos a esa testigo, madre de una niña secuestrada a los 12 años, violada y esclavizada, vendida a un soldado y desaparecida para siempre, y la testigo no logra articular palabra en La Haya y sólo le sale un leve gemido casi animal, de animal dolorido. Y no es el único momento. De hecho, mientras lo leía, yo misma me pregunté, como tantas veces escuchando las crónicas de los escritores a los que entrevisté allí, por qué demonios me había puesto yo a investigar en ese tema.
Sin embargo, el estilo de Slavenka Drakulić no nos permite regodearnos en ese dolor, sino que va más allá, con su tono aparentemente ligero, periodístico, pero a la vez audaz y agudo en sus análisis, tanto en lo psicológico como en lo político y social, nos ayuda a seguir la máxima de Spinoza y nos contagia de su pasión investigadora, de su pasión por comprender.
Ella se acerca a sus personajes sin prejuicios, aunque sin vacilar en su ética, los analiza, y el modo fluido en que usa el yo o compara esos supuestos monstruos con sus conocidos o familiares demuestra sus tablas de escritora. Esa habilidad suya es especialmente patente en el capítulo sobre el criminal de guerra Mladić (como saben, aún en libertad), la extraña y sobrecogedora escena familiar, justo antes de que la hija del general Mladić se suicide pegándose un tiro con la pistola de su padre, probablemente al enterarse de sus fechorías, cómo Slavenka Drakulić sitúa al personaje comparándolo con su propio padre militar, otra vez sin mitificar ni demonizar, simplemente investigando, como Hannah Arendt hizo con Eichmann. Y por otra parte, el retrato de su padre le sirve a Slavenka Drakulić para mostrar, no sin crítica, esa otra antigua Yugoslavia que ahora quieren enterrar, de una generación orgullosa de aquel comunismo más soft, de ese legado de la izquierda que lleva a muchos a no renunciar a las conquistas sociales y aspirar a una democracia estilo nórdico.
También nos muestra cómo la propaganda que se hizo para instigar la guerra utilizó las heridas silenciadas de la II Guerra Mundial, que en la antigua Yugoslavia había sido encarnizada como una guerra civil, y que la historia idealizada, mítica y poco crítica que se enseñó en las escuelas en época de Tito no ayudó a resolver.
Es un libro valiente, para lectores valientes. No por la dureza, sino por el valor de enfrentarse a la realidad y analizarla, el valor de pensar libremente, con todas sus consecuencias.
Quiero decir que su lectura fue especial para mí, para comprender, y me alegra mucho haber contribuido en cierto modo a que se publicase en España, pero al mismo tiempo, creo que hay en el libro una lección importante para nuestro país, que ha vivido en el olvido durante medio siglo y que sólo ahora empieza, tímidamente y con las protestas de todos aquellos que preferirían olvidar, no sólo en las filas de la derecha tradicional, sino también en lo que se considera la izquierda. Yo entrevisté a Slavenka Drakulić en Berlín, una ciudad donde la historia está presente por todas partes, no sólo en los museos, no sólo en lo turístico, sino en las heridas que se muestran de forma más sutil. Cuando le conté a ella cómo en Barcelona se enterraba la historia, cómo se construyó el edificio del Fòrum en el lugar donde se fusiló a tantos defensores de la República, cómo la ciudad se ha convertido en “la millor botiga del món” ocultando las marcas de su pasado revolucionario, trágico, anarquista, etc., Slavenka me propuso: “Cuando presente mi libro, me gustaría hacerlo en uno de esos lugares simbólicos ahora invisibles.” Y no ha podido ser, pero la idea está ahí. Para recordar que no existe cultura ni identidad sin una historia rigurosa, y que sólo mediante la revisión seria de los hechos, la historia individual y colectiva, y el deseo de saber y comprender pueden superarse las guerras y evitar que todo se repita.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Mi reseña de la biografía de Melville de A. Delbanco en La Vanguardia Culturas

Retrato de un escritor visionario ISABEL NÚÑEZ Seguramente ninguna de las múltiples biografías de Melville tiene la hondura crítica ni la precisión del retrato que ha logrado Andrew Delbanco (Nueva York, 1952). Académico, director de Estudios Americanos de la Universidad de Columbia, Delbanco ha publicado en castellano La muerte de Satán, y es colaborador asiduo de las mejores revistas literarias norteamericanas.
La introducción ya dibuja muy bien a su personaje atormentado, apasionado y melancólico en el Nueva York de 1800 y ofrece datos concluyentes sobre su trayectoria –poeta, dedicado a la prosa sólo doce de sus 72 años de vida, la abandonó para retomarla con una pequeña y última obra maestra, sufrió el fracaso y dificultades financieras asombrosas, comparadas con su éxito póstumo y la inmensa vigencia de su obra: Moby Dick, pero también Bartleby el escribiente, Benito Cereno, Billy Budd…_, relatos de navegación y dificultades económicas paternas. A medida que la sucia Nueva York del 1800 cobra vida con su estruendo y magnitud, con la ciudad de Edith Wharton y Henry James surge el retrato de ese novelista tardío con trazos precisos, sin excluir defectos ni excesos de carácter, errores de aprendizaje, huidas de sí mismo, dificultades conyugales, muerte del hermano y del hijo, y ese rostro de barba descomunal se anima en cada página, y cada gesto de escritura adquiere ecos simbólicos.
Vemos a un escritor que no quiso ser directamente político como lo eran Emerson o Harriet Beecher Stowe en La cabaña del Tío Tom, impregnándose de la política sin querer, de una forma shakespeariana, humanista, observando en lo individual los rasgos de la esclavitud, del racismo, el delirio del poder, la paranoia fanática y la sociedad enferma, alma de sus libros, reactualizados con cada época.
Vemos su aislamiento (una parte de Ahab es sin duda él mismo), pero también la amistad con Hawthorne, la mutua admiración—rivalidad, fecunda para ambos, la afinidad, sus conversaciones y la afectuosa observación de detalles, como el desaliño de la ropa interior de Melville, que Hawthorne atribuye a su vida de navegante. Y llega un momento en que todas las influencias –Hamlet, Yago y Lear de Shakespeare, Frankenstein de Mary Shelley, La Eneida, Milton…—, unidas a sus visiones de América y su experiencia vital, confluyen prodigiosamente en esa novela que creía acabada y que transforma en una masa químicamente nueva, y su Ahab, prefiguración de Hitler contra los judíos o de Bush contra Osama o Sadam, deviene la esencia del fanatismo totalitario, y el Pequod es la loca nave de Norteamérica y los 30 tripulantes son los 30 Estados de la Unión en 1850, y cada metáfora y la propia fonética multiplican el poder de su historia.
Delbanco no sólo es un investigador riguroso y un crítico brillante, sino que su erudita pasión literaria se une a su insight freudiano para comprender a Melville y seguir sus ecos en la política, el cine y la literatura de hoy. Al cerrar el libro, no sólo vuelvo a mi adorado Moby Dick, como cuenta Muñoz Molina en su prólogo, sino que corro a descubrir Billy Budd. No se lo pierdan.
Andrew Delbanco
Melville
Seix Barral
Traducción de Juan Bonilla

lunes, 4 de febrero de 2008

Inéditos pero no olvidados: Tsvietáieva-Goncharova

Ilustración: Natalia Goncharova
Ensayo El genio ruso ISABEL NÚÑEZ
(Escribí esta reseña en marzo de 2006 para La Vanguardia y nunca llegó a publicarse. La publicidad, los compromisos, la aceleración de los acontecimientos hacen que algunas reseñas nunca vean la luz, porque al cabo de poco, los libros dejan de ser "novedades". Algunas de estas piezas se incluyen en un libro que saldrá pronto). Marina Tsvietáieva Natalia Goncharova. Retrato de una pintora MINÚSCULA Traducción de Selma Ancira 160 PÁGINAS 14 EUROS Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Elábuga, 1941) es una de las voces poéticas más intensas, sorprendentes e inclasificables de la literatura del siglo XX. La frustración que supone no poder leer su obra en ruso queda en parte mitigada por el trabajo de una traductora sensible y concienzuda como Selma Ancira.
Anna Maria Moix dice en el epílogo de Un espíritu prisionero (Galaxia Gutenberg, 1999) que, contra la opinión de la pragmática Berberova, Tsvietáieva se equivocó quizás en todo, excepto en su escritura. Se equivocó intentando ser una madre y esposa abnegada, pero acertó en la construcción de un mundo literario, en la apropiación innovadora del legado poético de Pushkin y la calidad rara y única que dejó en sus escritos. Y realmente asombra la luz, el humor finísimo, la vitalidad ligera de su obra contrapuesta al horror de su biografía, como si esta mujer hubiera logrado rescatar toda su iluminación en su escritura, agotando los recursos para luchar contra la oscuridad de su vida.
Tal vez las confesiones de la autora reunidas en Vivre dans le feu (Robert Laffont), presentadas por Todorov, ofrezcan claves sobre su enigmático destino. Porque los hechos de la historia que mediaron su biografía tras el estallido de la revolución –su duro exilio, su distancia ideológica y la franca hostilidad de la comunidad de rusos blancos, la detención de su marido como doble espía, el difícil retorno a la Unión Soviética, una hija muerta de hambre, otra enviada al Gulag, un hijo que no le perdonó nada, y la miseria y el abandono que precipitaron su suicidio— no ocultan la inadaptación interna, la dificultad de Tsvietáieva para vivir.
En ese otro libro delicioso, de relatos supuestamente autobiográficos que es El diablo (Anagrama, 1991), se nos advierte con buen tino que Tsvietáieva siempre es autobiográfica en su obra de creación, pero fantasea y fabula cuando se trata de abordar su autobiografía.
Natalia Goncharova. Retrato de una pintora entra en ese género que cultivó Marina Tsvietáieva y que se ha llamado “ensayo autobiográfico”. La poeta rusa traza un retrato de la artista de vanguardia Natalia Goncharova, pero lo hace libremente. La sigue a través de un territorio común, una casa, una niñez, y de su antepasada del mismo nombre, la “beldad” Natalia Goncharova, que un siglo antes se casó con Pushkin y por cuyos devaneos imaginarios o reales el poeta retó a su rival y murió en el duelo. Para Tsvietáieva, esa “otra” Goncharova, diosa melancólica y vacía que no escuchaba los poemas de Pushkin, lo opuesto a la pintora, comparte con ella “el genio ruso”.
Antes de entrar en la pintura de Goncharova, antes de llevarnos a los ballets rusos de Diághilev que ella escenografió, de comentar su influencia sobre Picasso o su relación con Larionov, la pasión cromática y su capacidad de mostrar colores que no están (como en La española del abanico aquí reproducida), su visión de España y de las mujeres con “forma de catedrales”, su orientalismo, que deja una estela rusa sobre los artistas europeos, su rápida evolución, sus naturalezas muertas que respiran, pues son Stillleben, vida silenciosa, o sus cuadros incendiados... Antes de abordar la obra en sí, Tsvietáieva ya ha desvelado sus mitos y se ha mostrado ella misma, con su gracia sutil, sus insólitos versos de los 16 años, su pasión pushkiniana o su ingenio para burlarse de un biógrafo de Goncharova.
En definitiva, éste es un libro maravilloso, y nos llega en la cuidada y primorosa edición de Minúscula, simultánea a la muestra madrileña de las vanguardias rusas (Museo Thyssenbornemisza) que incluye cuadros de Goncharova. El libro no es sólo una vía para (re)descubrir a Goncharova con los ojos de Marina Tsvietáieva, sino también de abrir el mundo de la poeta rusa a los lectores que aún la desconozcan, y para sus admiradores, una ocasión más de gozar de su talento.

viernes, 25 de enero de 2008

Mesa redonda en el Ateneu


Ilustración: Página de Rimbaud del magnífico portafolio sobre la historia del psicoanálisis en Francia, de Yann Diener y Elisabeth Roudinesco

Copio aquí mi speech de ayer en la mesa redonda sobre Psicoanálisis y escritura que compartí en el Ateneu con los escritores Dante Bertini e Imma Monsó y el psicoanalista y psiquiatra Manuel Baldiz, que oficiaba de moderador. No leí la cita de Emily Dickinson, pero la tuve ahí delante, y en la mente.


This is my letter to the World
That never wrote to Me...

Emily Dickinson

Psicoanálisis y escritura

Los que me conocen o me leen, por lo obsesiva y quejumbrosa que soy, saben que yo viví la infancia como una especie de infierno. Pero de mi supervivencia en ese infierno, de la memoria tenaz o de su indigesto proceso posterior surgió, lenta y a trompicones, mi escritura. Hasta que no aprendí a leer, para mí, la felicidad estuvo sólo en el paisaje. Desde muy pronto recuerdo la sorpresa al constatar que aún en aquella sucesión de pequeños horrores cotidianos, a mi alrededor todo era belleza, y lo que más me asombraba era poder percibirla en medio del dolor. Yo sentía que había algo en aquel espectáculo que me apoyaba o que, como diría hoy en un discurso new age, el universo estaba de mi parte. Y me mandaba signos. Siempre pensé, puesto que nadie más parecía escucharlos, que los pájaros cantaban para mí, por decirlo así.
Dice Thomas Mann que el infierno es un lugar donde no hay reglas. La misma persona que me torturaba, mi tía Rottenmeyer, por su vocación de maestra frustrada o de sargento de instrucción, me dio la llave de salida del infierno: me enseñó a leer. Yo vi enseguida que en aquellas letras que sonaban y formaban palabras había también algo especial, algo para mí. Ella debió de detectar mi pasión de aprender puesto que a diferencia de lo que ocurría en la comida, con la higiene, las relaciones o las noches, que eran siempre escenarios o pretextos para castigarme, en ese aprendizaje nunca me pegó ni me encerró. Incluso me dijo: Cuando aprendas a leer, te regalaré un libro. Y cumplió su palabra. Aún lo tengo, lo encontré y reconocí enseguida, por su portada vagamente verdosa. Almendrita y otros cuentos, de Andersen. Con ese libro, aparentemente pequeño y simple, cambió mi vida. Descubrí que había otro mundo, un mundo mucho más afín, donde mi ética precoz, construida en la conciencia exacerbada de la injusticia y en la rabia, coincidía con aquella ética implacable, donde había madrastras y hermanastros, donde el tercer hermano era el que vencía al dragón y conquistaba a la princesa, donde los malvados que lo humillaban sufrían castigos terribles, donde el pato feo se convertía en cisne, donde Cenicienta, también visitada por los pájaros y apoyada por lagartos y ratones, iba a vivir al palacio de cristal.
En How To Be Alone, Jonathan Franzen citaba el estudio de Shirley Brice Heath, su tesis sobre aquellos que de pequeños se sienten aislados o al margen y empiezan a leer para no estar solos. Leyendo, yo también dejaba de estar sola. Y empecé a escribir muy pronto, muy pequeña, diarios de castigos y venganzas, gérmenes de cuentos, porque yo quería vivir en los libros, quedarme en aquel otro mundo.
Decía Jean Rhys que empezó a escribir para mitigar el dolor, por “el deseo de liberarme de aquella horrible tristeza que me abrumaba. Cuando era niña, (dice), descubrí que si lograba poner el dolor en palabras desaparecía. Deja una especie de melancolía y luego se va. Creo que Somerset Maugham dijo que si escribes una cosa… ya no te preocupa tanto. Supongo que es como un católico que se confiesa o como el psicoanálisis.”
Y sin embargo, su escritura no es simplemente terapéutica y espero que la mía tampoco. Hay un placer en la escritura. Yo escribo para satisfacer un deseo, pero a veces diría que no es un deseo de objeto, escribir-algo, sino un deseo de escritura per se, o como dice Barthes citando a Freud, una tendencia.
Ese deseo, dice Barthes, es pothos, deseo agudo de lo ausente, deseo de lo que falta… la falta de la vida está en la escritura. Y ahí está volupia, lo que Flaubert describe como cher tourment, querido tormento. O Kafka, que escribe como único objetivo en la vida, en conflicto con la vida… y al mismo tiempo, habla de la terrible pereza y el miedo a escribir, “de entregarme a esa ocupación terrible mientras que todo mi sufrimiento consiste en este momento en verme privado de ella”.
Es también la literatosis de Lobo Antunes que citaba Vila-Matas: vivir para escribir: En cuanto empiezo a sufrir, pienso ¿y esto, podré utilizarlo para escribir? ¿Me servirá para un cuento? «Se puede hablar de una enfermedad de la escritura», dice Marguerite Duras.
Y coincidiendo con el deseo atormentado de Kafka, dice Truman Capote en el prólogo de su Música para camaleones (cito de memoria) “Dios le da a uno un don y con el don le da también un látigo. Para autofustigarse.”
Antes que el placer y el juego, yo también sentí la escritura como un deber. Adolescente, pensaba que mi percepción de las cosas era distinta, no por original ni innovadora, sino por intensa, dolorosa y feliz al mismo tiempo. Pensaba que incluso la belleza me dolía y aunque el agradecimiento siempre me pareció una fuente de felicidad, también implicaba la obligación de devolver (a los dioses griegos) el don que se me había concedido, un poco como la parábola de los talentos, pero no por moral calvinista, sino para que nada de lo vivido fuese en vano, por si a alguien pudiera servirle, como a mí me había servido la escritura de otros.
Dice Katherine Ann Porter: Todos mis sentidos eran agudos, las cosas me llegaban a través de los ojos y a través de todos mis poros. Todo me golpeaba a la vez…”
En cambio, yo sólo percibo una pequeña parte de las cosas. No puedo decir si alguien a quien he visto llevaba gafas o bigote, y en cambio puedo casi dibujar un gesto de su mano o imitar su tono. Ahora creo que esa percepción absurdamente distorsionada puede permitirme el sesgo, la oblicuidad necesaria para escribir. Con el análisis y la vejez, la pasión por comprender lo incomprensible compite con la percepción sensorial.
Dice Faulkner que el artista es una criatura movida por los demonios. “Tiene un sueño y le angustia tanto que necesita librarse de él…” Y como ninguna de sus obras alcanza sus estándares literarios, elige la que más le dolió (The Sound and the Fury).
Yo escribo a ciegas. Al principio discutía con mi amigo escritor serbio, más cerebral, que planifica todo… Como García Márquez. Adolescente, fui a casa del escritor colombiano con una amiga común, que le regaba las plantas cuando él viajaba. Y pude colarme en su estudio. Estaba escribiendo El otoño del patriarca, en una carpeta con cuadros sinópticos generales y para cada capítulo, con personajes y actos. Aquello me desalentó…
Mi amigo me decía: No puedes escribir sin saber… Y probé a escribir una novela como él, como García Márquez, como Iris Murdoch, decidiendo conscientemente, con cuadros sinópticos y planes prefijados, y descubrí que no me salía una sola palabra. Me aburría soberanamente saber todo aquello de antemano. Descubrí que no planifico porque me interesa lo desconocido, lo inconsciente, lo que no sé. Como los sueños, esa escritura es mi materia de análisis. “Vosotros escritores tenéis la suerte de que no necesitáis los sueños para conectar con el inconsciente”, me dijo una vez mi analista. “La escritura es lo desconocido”, dice Marguerite Duras. “Antes de escribir no se sabe nada de lo que se va a escribir. Y… si supiéramos algo… antes de escribirlo, nunca escribiríamos. No valdría la pena…”
Naturalmente, eso significa estar a merced del inconsciente, del bloqueo, de lo desconocido, andar como un funambulista por la cuerda, pero también tiene esa emoción de desvelar, descubrir. Para reforzarme, sin darme cuenta, fui recolectando autores que escribían como yo, a ciegas.
Dijo Katherine Ann Porter: “Cuando alguien me preguntó por qué había escrito Flowering Judas en presente histórico, contesté: ‘¿Eso hice? No me había dado cuenta’. Nunca planeé escribirla de ninguna manera. Una historia se forma en mi cabeza y va avanzando… Pero yo nunca pienso en la forma… No creo en el estilo. El estilo eres tú… Podría cultivar un estilo, pero sería como una máscara.”
Yo empecé a analizarme porque no podía escribir. “Escribir aquí”, me decía mi analista. Así fui descubriendo lo que se me atragantaba, quiénes eran los fantasmas con los que temía quedarme a solas, todo lo que pedía ser atendido. Con el análisis no me he curado del todo de mis bloqueos, no siempre puedo dejar jugar libremente a la niña amoral y despiadada que me habita y con la que debo conectar para escribir, tal vez los necesito para mi cocina interna, pero el análisis me ha permitido dar vueltas en torno a la escritura, escribir a veces, escribir ailleurs, en otra parte. Como Zizek que, frente al bloqueo, no escribe libros, sólo toma notas y de pronto, en cierto momento, descubre que el libro está ya escrito, como si lo hubiera escrito otro. “Has pasado del bloqueo al blogueo”, me dijo alguien una vez. Y es que a mí, la escritura refoulée se me escapa por otros lugares. Me siento libre escribiendo en el blog, tanto que no pararía, pero también he rescatado a veces mensajes de correo electrónico que eran gérmenes de un cuento, incluso con el título.
Y al acabar un cuento, está esa indecisión que también nombra Barthes, ese extravío del que no sabe, la ausencia de criterio. Dice Kafka, releyendo su diario: “no veo que lo que he escrito hasta aquí sea particularmente valioso, ni tampoco que merezca claramente ser destruido”. Barthes concluye que la literatura NO es científica. A veces, yo ni siquiera sé de qué trata un cuento hasta mucho después, hasta que no empiezo a discutirlo con alguien. Es como si continuara en ese estado de escucha interna, esa especie de duermevela con la que a veces, sobre todo cuando voy andando, por la calle o por la casa, empiezo a pronunciar mentalmente las frases de un texto. Temiendo que nadie me interrumpa… temiendo la visita del hombre de Porlock.
Supongo que conocen la historia. Coleridge estaba escribiendo Kublai Khan, su poema inacabado, no sabía cómo terminarlo y decidió echarse la siesta. Según cuenta, en sueños o al despertar se le apareció muy claro el final del poema. Pero en ese momento llamaron a la puerta. Era un hombre de Porlock, el pueblo de al lado, que distrajo a Coleridge y le hizo olvidar el final del poema. Ese hombre de Porlock se convirtió en una figura literaria que representa las excusas de los escritores ante el bloqueo.
Yo di a leer el último cuento que he escrito a mi amigo escritor serbio. Él tiene habilidad para analizar un texto de ficción, sobre todo en la estructura, la dramaturgia, los contrapesos, etc. Mi ceguera, mi escritura inconsciente hace que yo no sepa lo que quería escribir hasta que empiezo a discutir, casi a pelearme con él. Esta vez me dijo: “No, no encaja, deberías separar al personaje del padre, ponerlo en otro cuento”. Lo releí y comprendí por qué no podía hacerle caso. Gracias a esa discusión se me reveló la estructura interna de mi cuento, comprendí que era un cuento sobre la paternidad y que el padre del protagonista, completamente surreal, era clave para entender la forma extraña de abordar la paternidad de ese protagonista, tan razonada que resultaba delirante. Me di cuenta del peso de cada uno y lo reforcé cambiando algo de lugar, y todo encajó misteriosamente y yo sentí una liberación por no hacer caso de mi amigo. De pronto, ya no estaba perdida…
Otra forma de descubrir las claves de mi escritura se la debo a mi amiga americana, empeñada en leer mis escritos y con la cual hacemos un extraño trabajo de traducción, empezando con una versión inglesa rudimentaria y discutiendo cada fase de sus correcciones. Así, yo descubro que cada palabra escrita tiene su razón de ser, incluso fonética, que la mirada tiene que ser oblicua en un momento, y en otro aludir a algo que no se explica.
Yo hago autoficción, es decir que construyo a partir de material biográfico. Me interesa construir observando la microvida, convirtiendo en cuentos algunos fragmentos de lo que veo en otros, interiorizo o sufro directamente. Tomar elementos propios y ajenos y reordenarlos como un puzzle que permitiera variaciones, como aquel viejo John Gielgud de la película Providence que en la cama y bebiendo whisky imaginaba escenas con su hija, su yerno y otro personaje y se divertía cambiando palabras y gestos de todos...
Tal vez la autoficción, en los cuentos y en el blog, signifique un grado mayor de exposición, también porque algunos lo toman al pie de la letra o creen que están entrando a una pantalla de Gran Hermano, sin advertir que hay una construcción, una selección, que los yos son siempre personajes. Hay lectores de mis cuentos que conocían las situaciones biográficas en que se basaban algunas historias pero corregían sus recuerdos con la idea de que la verdad debía de estar en mis cuentos. A veces me pregunto si la autoficción es sólo una forma de continuar el proceso de mi análisis, siempre fascinada por la palabra y utilizando ese material inconsciente para mirar mejor mi interior.
En mi análisis yo aprendí a vivir con mis cicatrices, con mis limitaciones y mis puntos dolorosos, pero también descubrí que gracias a esas cicatrices, limitaciones y puntos dolorosos podía vivir autrement, es decir, que ese conocimiento me ofrecía una posibilidad de vida más libre, situándome en mi extrañamiento, siempre con esa fruición apasionada de intentar comprender. Creo que mi escritura refleja eso, un canal que modifica mi vida. Mi escritura es el intento de comprender, es el puro ejercicio de mostrar para mostrarme, de exponer y de exponerme para poderme pensar.

miércoles, 9 de enero de 2008

Mi reseña de Vollmann en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I. N., Churchill helado en una plaza de Luxemburgo, diciembre 2007
W.T. Vollmann, Europa Central (Mondadori)
La novela desmesurada de un siglo convulso
ISABEL NÚÑEZ

William T Vollmann (Los Angeles, 1959) es una especie de gigante de la literatura, casi desconocido en España. Novelista, cuentista, periodista, ensayista, ha viajado y escrito sobre Afganistán (An Afghanistan Picture Show, 1987), Somalia e Iraq, ha dedicado 4.000 páginas a un estudio sobre la ética de la violencia, Rising Up and Rising Down (2004), y en el 2005 obtuvo el prestigioso National Book Award por Europa Central. Él mismo ha declarado que la muerte de un hermano, ahogado por descuido suyo en su niñez, es en cierta manera motor de su exploración. Sin duda sus ancestros alemanes pesan también en este intento de captar el horror del siglo XX europeo.

Una treintena de relatos componen esta ambiciosa novela, centrada en la relación entre Alemania y la Unión Soviética, de 1917 a 1945, y en la percepción que cada uno tuvo de su enemigo, reflejada en ese teléfono pulpo que estira sus tentáculos comunicantes por Europa.

Un espía soviético observando a la poeta Anna Ajmátova, acosada por el régimen de Stalin, memorizando poemas que no puede escribir, sometiéndose por su hijo encarcelado, entregándose a sus amantes. Un alto oficial de las SS empeñado en avisar al mundo del genocidio judío, contabilizando el terror para un hipotético testimonio que le librase éticamente de la culpa de estar allí. El compositor Shostakóvich, siempre aterrado y vigilado por las autoridades soviéticas, entre su amor por la hermosa traductora Elena y su deber familiar, componiendo su Opus 110, una partitura que, como la novela de Vollmann, recogería cada grito de horror, agitación, deseo y fragmento de violencia del siglo, una mirada alucinada sobre la inmensa red de microelementos humanos.

La joven idealista que dispara a Lenin y la amante de Lenin que la visita en la cárcel. El general ruso que se pasa al bando alemán. La escultora y dibujante Käthe Kollwitz (convertida en hombre en el dorso del libro, por un gazapo editorial), tan empática y bien construida que vemos moverse sus dibujos, un personaje tan atractivo como el convincente Shostakóvich.

Una magnitud onírica que conecta con el Pynchon de El arco iris de gravedad, pero aquí sin nervio central, sin la columna que vertebre todo irradiándolo (la paranoia pynchoniana), sino que todos los microuniversos se agitan simultáneamente en un tejido carnal, vivo, de relatos que articulan la locura de la Historia, la arbitrariedad y la orgía de violencia. La entrecortada escritura, de difícil traducción, no brilla como la de Pynchon.

Vollmann homenajea a su manera Una tumba para Boris Davidóvich, la magnífica novela de Danilo Kiš, compuesta por relatos de personajes acosados por el régimen soviético, que le valió el ataque feroz de la intelectualidad serbia. Reconozco que la épica estratégica y bélica, tan documentada y viril, y el exceso de páginas de Vollmann me producen cierto hastío. Pero brillan las ideas, atrae la búsqueda de comprensión, la forma en que cada personaje se debate éticamente frente al poder y el terror, resiste o se doblega o contagia de la locura dominante, y en ese retablo gigante de un Hyeronimus Bosch contemporáneo sólo queda la esperanza del arte y el intento de construir la propia verdad, como escribió Ludvik Vakulic en la Primavera de Praga: “La verdad no está en el triunfo. La verdad es lo que queda cuando todo lo demás se ha destruido”.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Chuck Palahniuk - La Vanguardia Cultura/s




Foto: J.A.Millán, Camino de San Sebastián, Cadaqués
La Vanguardia Cultura/s, 14 noviembre 2007
Un vertedero americano
ISABEL NÚÑEZ

Chuck Palahniuk
Rant. La vida de un asesino
Mondadori
Traducción de Javier Calvo

George Plimpton comparó su biografía oral, Capote, a una fiesta imaginaria cuyos invitados hablaran del escritor, contradiciéndose en sus filias y fobias. En la nota preliminar, Palahniuk alude al libro de Plimpton y a Edie (Sedgwick) de Jean Stein. Dos biografías de personajes reales contadas por sus rivales y colegas de excesos, espectadores de sus teatralidades más o menos trágicas. Con demasiadas páginas.

Rant es una novela contada como biografía oral, con efecto Rashomon y múltiples digresiones, como las (brillantes) lecciones de psicología del vendedor de coches. Entra en la ciencia ficción ciberpunk (high tech, low life) subrepticiamente, para resolver la trama en un bucle edípico.

Rant vive en Middleton, una de esas poblaciones americanas sin futuro, donde el viento disemina las basuras y llena las alambradas de condones y compresas, en la escatología cruel típica del autor. Su padre violó a su madre, de 13 años. De niño, mientras busca los huevos de Pascua, le pica una viuda negra, y su padre le obliga a seguir buscando huevos. El veneno no lo mata, le cambia la vida. Ese chico con olfato de lobo asocia la ponzoña al sexo y busca algo que lo mate, mete la mano en las madrigueras, contrae la rabia y la propaga besando a las chicas y embarazando a las maestras.

De mayor, Rant lidera un divertimento ballardiano, el partycrash (aquí, choquejuerga): circulan en coches de recién casados, con latas colgando, y chocan unos contra otros.

Chuck Palahniuk (Washington, 1962), que ha publicado en castellano Superviviente (El Aleph), Nana, Asfixia y Fantasmas (Mondadori), y Diario, una novela en NEB, etc., creó El club de la lucha (El Aleph) cuando trabajaba como mecánico de camiones. En una entrevista contó que escribía tumbado bajo el camión. Su padre se unió a una mujer que huía de un amante violento, y cuando éste salió de la cárcel los mató a los dos y quemó la casa. Estos datos biográficos no suman ni restan nada a su innegable talento de escritor, pero se filtran en la atmósfera despiadada y brutal, la sensación turbadora de sus novelas.

En Rant, la estructura de biografía oral permite a Palahniuk ahondar en su aparente no-estilo, en la tradición despojada de Amy Hempel, Tom Spanbauer y Dennis Johnson. Una especie de tábula rasa con ritmo rudo y una aparente aculturalidad.

Su humor satírico utiliza el dolor amargo de la infancia para contar la distopia americana, el reverso del éxito. Ese dolor está inextricablemente unido al placer, pero también a la violencia latente de las clases populares y la vida urbana contemporánea.

Pero Palahniuk no controla el delirio con la mano férrea de Pynchon (ni la economía de Flannery O’Connor), y la multiplicidad de hilos e ideas corre el riesgo de saturar al lector, atrapado en la narrativa de esos personajes analfabetos que filosofan en su desierto espiritual –“en la vida todo es carne o es dinero”—, y en su estrepitosa ausencia de sueños.

Desde el arranque hilarante de la novela, con el padre de Rant en un avión, la escena en que Rant confiere a Halloween horror verdadero, con corazones animales y ojos ensangrentados, o sus escondites de monedas de oro bajo mocos pegados a la pared, o la obsesión por los partes radiofónicos de accidentes ocurridos mañana, el mito del asesino en serie que infecta con su saliva, su doble final y las coordenadas de ciencia ficción –el mundo dividido en una clase inferior nocturna y una clase diurna, con toque de queda, controles infecciosos y viajes en el túnel del tiempo—, todo crece en el exceso.

Es como si a Palahniuk le hubiera dado pereza eliminar materia de otras historias. El autor ya ha anunciado que seguirá con el personaje. Y aquí, sus seguidores encontrarán no sólo ejemplos del genio Palahniuk, sino también esa voz suya, que restituye incansable la pesadilla americana, capaz de devorar lo que queda de la Vieja Europa.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Jorge Baron Biza - Cultura/s

(Caravaggio, David y Goliat)

Un dolor cerrado
ISABEL NÚÑEZ

Jorge Baron Biza
El desierto y su semilla
451 Editores


El narrador, Mario, acompaña a su madre, Eligia, a la que llama siempre por su nombre, a reconstruirse la cara, quemada por el ácido que el padre del narrador, Arón, le ha lanzado en un acuerdo de divorcio, antes de suicidarse. Madre e hijo viajan a Italia, donde un cirujano célebre le reconstruirá las facciones. Mario pasea por Roma, conoce a una prostituta de la que se hace amante, bebe y bebe, y con un distanciamiento que no puede ocultar el hastío y la violencia interna, narra la evolución de la madre y va hilando escenas del convulso siglo XX argentino, ironizando sobre la desdichada suerte y la estrechez del pensamiento de unos y otros, y acercándose cada vez más al padre escritor, como si una suerte de fatalidad le arrastrara a ello.
Tras publicar su novela de autoficción, en pleno éxito de crítica y público, el periodista y escritor Jorge Baron Biza (Buenos Aires, 1942 – Córdoba, 2001) se arrojó por la ventana de un duodécimo piso, siguiendo la misma pauta repetitiva familiar que recoge la novela, ya que su padre escritor, su madre y su hermana se suicidaron antes que él.
Un crítico ha asociado El desierto y su semilla al género del mal, ha comparado su protagonista a los de Roberto Arlt y sus personajes femeninos a los de Cortázar. Pero el joven narrador de El juguete rabioso arltiano está lleno de sensibilidad, de vitalismo melancólico y de sueños locos, aunque no encaje en el mundo. Y las heroínas de Cortázar muestran el extrañamiento o la interrogación desconcertada de un narrador masculino, pero esa mirada deja lugar a la empatía y el deseo.
Aquí, pese a la belleza de la destrucción y a la feliz idea de asociar simbólicamente las ruinas del rostro materno a las de su país, domina el resentimiento sordo y cansino contra las mujeres, que sólo a veces cede para dejar brillar su humor inteligente (su experiencia transcribiendo recetas de cocina y olvidando ingredientes, o el engaño a los enterradores australianos reinterpretando la cultura clásica) o los experimentos (el cocoliche) en los diálogos, traduciendo literalmente las lenguas cuando hablan extranjeros.
En la literatura, el ángulo suele ser la clave, y situarse en el del perpetrador del mal resulta interesante, precisamente porque las flaquezas humanas, la irracionalidad y la locura son las minas del escritor: pienso en Crimen y Castigo de Dostoievski, el violador de The Little Girl de Grace Paley o Santuario de Faulkner, Flannery O’Connor, Jonathan Littel…
Ciertamente hay aquí un dolor cerrado que no puede dejar indiferente y su expresión es pura literatura. Pero el escritor, incluso enfermo, tiene que controlar su materia, aunque sea eso lo único que controle. Aquí, la falta de salida asfixia al propio escritor, pesa demasiado la obsesiva y sádica descripción del rostro desfigurado de la madre y los –peligrosos— cuidados de su hijo, y ese alcohol compulsivo y desesperado que anuncia ya lo que vendrá.
Si la literatura implica una interrogación, aquí, la respuesta es obvia y el escritor es el único que parece ignorarla, señalando a la genética, silenciando la relación con la madre y camuflando la identificación paterna, las razones de su rabia contra las mujeres, como si sólo el fatuum o el apellido explicaran su necesidad de destruirlas físicamente a cuchilladas. Lo cual no impide relumbrar la chispa de escritor de Baron Biza, ni desmerece la cuidada edición.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Balcanes: Dos intelectuales en Kosovo



Foto: I.N., Museo de Historia, Pristina, 2007


Letras Libres - "Dos intelectuales en Kosovo" por Isabel Núñez
Letrillas
SEPTIEMBRE DE 2007
BALCANES: Dos intelectuales en Kosovo
por Isabel Núñez


Para los serbios, Kosovo es un lugar simbólico negativo, la cuna de su identidad, asociada a la derrota contra los turcos, la tierra donde crece la mítica peonía roja, regada con la sangre de sus soldados, como cuenta Ismaíl Kadaré en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Pero la mayoría de la población (muy joven: el 50% es menor de 35 años) es albanesa y aspira a la independencia. El legado histórico y cultural no puede ser más diverso. Imperio bizantino, austrohúngaro, otomano, ocupación italiana, serbia… Judíos sefarditas de la diáspora española, católicos y ortodoxos convertidos oficialmente al islam, y el pasado reciente: el comunismo yugoslavo, sui generis, de fronteras abiertas y sin censura, con propiedad privada, fronterizo con el implacable régimen albanés de Enver Hoxa. Y una importante comunidad gitana, los roma.

En estos últimos años, tras el bombardeo de la OTAN que les liberó del régimen de Milosevic, con el retorno de los expatriados, y sus viviendas destruidas por los paramilitares serbios, y con la corrupción generalizada, se ha construido sin licencia ni planificación. El paisaje urbano es una locura: grúas, cemento y polvo, casitas rurales
tras bloques inmensos y coches que lo invaden todo. A la espera de la independencia, la presencia internacional es apabullante: la ONU, el KFOR, las ONG…
He viajado a Pristina a hablar con dos intelectuales albaneses, Migjen Kelmendi y Shzelken Maliqi, para completar mi libro Conversaciones en torno a la guerra, donde entrevisto a escritores sobre el conflicto de los Balcanes.

Letras Libres - "Dos intelectuales en Kosovo" por Isabel Núñez
Pristina es un mar de cemento. La ciudad vieja, en torno a los bazares, conserva su estructura oriental, evoca la hermosa Estambul, pero pasada por el cemento comunista. Sólo una antigua mezquita –magnífica, en su humildad de mosaico azul–, una madrassa cerrada y alguna casa tradicional, de aire insólitamente vasco, se mantienen en pie.
Migjen Kelmendi, antiguo rockero, periodista y ensayista, montó el semanario Java como foro de debate para periodistas y escritores. Atravesamos la ciudad en su coche.
"Aquí se construye sin control", dice. "Es la corrupción del gobierno. Yo no quise un edificio ilegal", me explica al llegar a la sede de Java, en la ladera de una colina, junto a la Universidad Iliria, "y nos quedamos en éste, más pequeño… Pero toda esta efervescencia y crecimiento también me dan una impresión de energía, algo que reconducir. Hay que crear un movimiento cívico y democrático para luchar contra la corrupción, para cuando llegue el Estatuto."
Me habla del apartheid que impuso Milosevic a la comunidad albanesa. "No podíamos entrar siquiera en el bar del Grand Hotel, por ejemplo… Tuvimos que montar escuelas en las casas y los garajes, sin sillas ni pizarras…"
Luego vino la deportación masiva. De eso ha escrito Kelmendi, una pieza irónica, cuyo título, "Love Train", alude a una canción pop. "Nunca en mi vida imaginé que podría ocurrir algo así…", me dice. "Que podrían echarme de casa, deportar a una ciudad entera… ¿Por qué? No podían matarnos a todos. En la guerra de Bosnia, los serbios de Milosevic habían visto que era difícil matar a tanta gente, deshacerse de tantos cuerpos, del mal olor y las infecciones, y por eso decidieron echarnos de Kosovo", sonríe melancólico.
Les sacaron de sus casas y les condujeron a una estación, donde tuvieron que esperar bajo la lluvia, "la ciudad entera en una pradera", con gente mayor y enferma lamentándose, gente que gastaba bromas, partos que se adelantaban... Oían rumor de aviones y gritaban "NATO, NATO", pero seguían ráfagas de ametralladoras serbias. Y al fin, tras esperar toda una noche en que nacieron tres niños, llegó un tren, al que subieron atropellándose, empapados, hasta Macedonia, a un campo de refugiados albaneses, en pleno lodo, sin apenas alimento.

Migjen Kelmendi ha creado controversia al reivindicar la lengua gheg, dialecto oral de los albaneses de Kosovo, que nadie utilizaba para escribir. "En la Albania de Hoxa, se instauró el albanés unificado, pero los kosovares nunca lo dominaron, hablaban tosk, el dialecto del sur, y eran ridiculizados por los albaneses del norte. Ese prejuicio les ha llevado a avergonzarse de su lengua, la que todos hablan, el gheg."
"He intentado promover un debate sobre la identidad y la lengua, primero en Java y luego en el libro Who is Kosovar, pero implicaba romper un tabú. Los grupos de música que cantan en gheg suscitan fascinación en Albania. Si todos los albaneses de Kosovo hablan gheg, ¿por qué renunciar a escribir en la propia lengua? Todos se han puesto en contra. Dicen que no es el momento, que hay problemas más importantes.
Romper tabúes siempre es un desafío. Aunque resulte agotador. Nadie me ha invitado a hablar del tema en la televisión de Kosovo, pero sí en varias cadenas de radio y televisión de Albania."
"En Java escribimos en gheg, albanés estándar y serbio, para estar abiertos, fomentar el diálogo…" Java ha recibido el Press Freedom Award de los Reporteros Sin Fronteras de Austria.
En marzo de 2004, algunos albaneses de Kosovo quemaron iglesias serbias y atacaron a los miembros de esas comunidades, en una inversión del hostigamiento que habían sufrido. Java denunció los hechos calificándolos de Kristallnacht, frente al silencio y la justificación de otros. "Los albaneses no deben pagar a los serbios con su propia moneda", concluye Migjen. "Los culpables de la diáspora no son los serbios de Kosovo, sino los seguidores de Milosevic."

Otro tabú que ha roto es la reivindicación del legado oriental, el islam. "No es una cuestión religiosa", sonríe: "como creyente, soy más bien saganista" (¡de Carl Sagan!). "Se trata de la cultura. ¿Por qué renunciar a la riqueza del encuentro Oriente-Occidente en Kosovo?"


Shkelzen Maliqi es escritor, ensayista, ha sido editor de libros y de la revista literaria MM, asesor educativo de la Fundación Soros y, en los últimos años, además de escribir sus memorias, ha trabajado como comisario de arte y tiene un espacio galerístico, Rizoma. Ha escrito que la antigua Yugoslavia tenía bases frágiles desde el principio. Me cuenta que para él, "la guerra no fue una sorpresa". A finales de los ochenta, vio en Belgrado lo que se estaba preparando. "Yo hablo serbio sin acento y los nacionalistas se expresaban ante mí sin inhibiciones. Estaba trabajando allí y decidí volver a Pristina,no sólo por motivos personales, sino también por la atmósfera tan nacionalista y asfixiante que había."
Maliqi considera que los acuerdos de Dayton, donde ni se mencionaba Kosovo, tuvieron un efecto paradójicamente positivo. Fue "el fin de la ilusión de que la comunidad internacional apoyaría la independencia de Kosovo. Pareció que rehabilitaban a Milosevic, como garante del acuerdo de Bosnia. Sólo Estados Unidos
parecía sospechar del régimen de Milosevic e insistió en mantener las sanciones a Belgrado hasta que no se resolviera la cuestión de Kosovo."

"Con el sistema de apartheid, los albaneses fueron excluidos incluso de las asociaciones culturales y deportivas. Pero Serbia no pudo impedir que los casi 400.000 estudiantes y profesores continuaran su trabajo en instituciones paralelas, en los márgenes, los suburbios, donde eran mayoría y se sentían más seguros. La vida cultural se desplazó de las instituciones al underground. Se montaban exposiciones en restaurantes, representaciones teatrales en espacios improvisados…" "El Estado serbio utilizó su poder militar, primero para suspender la autonomía política de Kosovo, y luego intentó eliminar físicamente a una parte de sus ciudadanos. Les interesaba el territorio de Kosovo como ‘tierra sagrada’, pero no admitían la cohabitación con los albaneses."

La rápida reacción internacional para evitar un genocidio en Kosovo es el núcleo de su optimismo. "En contraste con las guerras en Croacia y Bosnia, tratadas como guerras ‘internas’ y locales, sin repercusiones globales (la limpieza étnica en Bosnia era para la comunidad internacional un problema moral y no geoestratégico), una guerra en Kosovo se veía como un posible efecto dominó, un conflicto más amplio…" "La guerra sucia y el éxodo del pueblo kosovar, de proporciones bíblicas, marcaron un desenlace amargo, pero también un turning point que puso fin a la pesadilla. La intervención occidental no sólo concierne a los albaneses y a Kosovo; es la respuesta a una gran crisis humanitaria, la obligación de la civilización de detener la limpieza étnica, el genocidio..."
Ve las dificultades para conseguir la independencia, pero afirma que "a Serbia le resulta enormemente costoso mantener a Kosovo bajo su control... Y en ese sentido, no tienen otra opción." Maliqi cree que la base social y la educación del comunismo son un buen legado, pero "los sistemas totalitarios no funcionan, por el ansia de poder y la corrupción que generan. El sistema creó también una pasividad. Prefiero una democracia estilo nórdico, con fuerte base social". Pero elogia la inteligencia política de Tito, que los mantuvo en paz, y en los setenta, los kosovares empezaron "una década dorada, que duró hasta los primeros conflictos."


lunes, 13 de agosto de 2007

Colette - Cultura/s

Foto: Angela Reynold's, Bere, 2007

El genio femenino
ISABEL NÚÑEZ

Colette
Lo puro y lo impuro
Global Rhythm Press
Traducción de Gabriel Hormaechea
152 PÁGINAS


Qué sugerente, en estos tiempos de hipócrita moral que reglamenta la vida cotidiana y criminaliza excesos e intoxicaciones personales, entrar con Colette en un fumadero de opio y visitar restaurantes azules de humo, donde los cirios amarillentos lloran sobre altos candelabros sin disipar las tinieblas, y tantas mujeres inteligentes y contradictorias, con sus “torneos de miradas”, sus conversaciones directas sobre el amor físico, exploran los límites de las prohibiciones, entregándose a los placeres y al dolor, debatiéndose entre el impulso de ser libres y las fantasías de sometimiento y protección.


Ya desde las primeras líneas, burlándose de los bordados chinos (hechos en China para Occidente), esquivando irritada a sus compatriotas en territorio extranjero, la narradora expresa toda la riqueza de su punto de vista –analítico y fascinado—, con la fruición de la inteligencia en la edad madura, el placer de comprender lo que hay detrás de cada gesto, y con su admiración de la belleza –nostálgica, sí, pero con la alegría de haber estado allí, de haber sufrido sus goces.


Se trata en efecto de la última y reflexiva Colette que, observadora sagaz –con una mirada que escudriña, capaz de leer mohines que desvelan o temen secretos pasados—, nos muestra de qué materia se tejen las relaciones, y entra en la intimidad de las confesiones para mostrar escenas de la danza amorosa, con pinceladas finas.
Ella, que siempre escribió autoficción con descaro, se sitúa aquí en segundo plano, Somerset Maugham femenina, confidente que presta su escucha inteligente –literaria—, y aunque sea impaciente e incluso mordaz, es siempre empática con las debilidades del espíritu y la carne.


Hilando escenas en la atmósfera decadente del París de entreguerras (o trasladándose veinte años atrás, para trazar un retrato irónico y luminoso a la teatral Renée Vivien), nos muestra una deliciosa galería de mujeres sáficas, desde las viriles amazonas a las más femeninas, entre cartas del tarot, cocheros silenciosos y velos bajo el sombrero… Y se cuela en el mundo masculino, para escuchar al huraño ególatra don juan y ser adoptada en círculos de homosexuales hombres, o para llenar el vacío que dejó Proust (que según ella, describió bien Sodoma, pero nunca entendió Gomorra).


Sus legítimas interrogaciones del feminismo son más refrescantes en este país, donde la devaluación de lo femenino afecta incluso a las comentaristas ingeniosas de los periódicos, que desprecian su propio género. Colette va más allá, su finura crítica y su gusto de las mujeres no cae en misoginias baratas. Sabe bien que los géneros no son puros ni son dos, que todos tenemos masculinidades y feminidades cruzadas, como tantos yos se agitan en nuestro interior.


Hay momentos oscuros en su lenguaje, como señala el buen prólogo de Gabriel Hormaechea, restos de un diálogo ensimismado que se nos escapa. El traductor cumple su cometido y permite una lectura placentera de una escritora tan imbricada en la lengua francesa que parece imposible sin ella: una hazaña.


Colette consideraba éste su mejor libro. Es un juicio difícil, dadas las raras joyas de sus piezas narrativas. Pero aquí se sentía libre y podía jugar con los géneros, posmoderna avant-la-lettre.


No es extraño que Julia Kristeva la incluyese en su trilogía Le génie féminin. Colette es una mina: maneja las artes de la literatura popular y encandila al gran público galo, puede subvertir y feminizar el estilo Montaigne, y sin ella cuesta imaginar al Barthes de Fragmentos de un discurso amoroso o la escritura de Hélène Cixous, refugiada con Derrida “en el vientre de la lengua francesa”. Leyéndola comprendo que Anna Caballé tenía razón, “hay que recordar de dónde venimos”: en este país misógino y puritano, árido y sin matices en el discurso amoroso, no podría haber nacido Sidonie Colette. Leerla es recordar que existen otros mundos…

miércoles, 20 de junio de 2007

Recorrido por el Kosovo literario



La Vanguardia CULTURA/S


14 Culturas La Vanguardia Miércoles, 20 junio 2007 ESCRITURAS

Un recorrido por el Kosovo literario

En los Balcanes post-Milosevic el fatalismo converge con la esperanza. Hablamos con protagonistas de su escena cultural.

ISABEL NÚÑEZ

Como cuenta Ismaíl Kadaré en sus Tres cantos fúnebres, Kosovo significa campo de mirlos, pero la ciudad de Pristina se parece más a un campo de cemento. En los últimos años, la corrupción del gobierno provisional ha permitido construir sin licencia ni planes. El paisaje es caótico y sorprendente, lleno de grúas y polvo, y los coches invaden las aceras. Pero esa misma agitación, el bullicio de los cafés, la profusión de música y antenas parabólicas, son también signos de la efervescencia de la ciudad tras la guerra. A la espera de la independencia.
Queda lejos el apartheid que instauró Milosevic para la comunidad albanesa, expulsándoles de las instituciones e incluso de los bares, forzándoles a montar un sistema paralelo de escuelas en garajes, de exposiciones en hangares. Después vino la gran deportación, las casas quemadas y el tren donde hubo que meterse por la fuerza. Doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de albaneses ha vuelto. "Y de los 5.000 desaparecidos, han vuelto los huesos de 2.000", dice Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y carnets de identidad rotos por las fuerzas paramilitares de Arkan. "Era el caos", dice Flaka, "nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya."
La sede del grupoKoha incluye un periódico, un canal de televisión y una editorial de libros: 300 trabajadores. El padre era periodista y su hermano Veton dirige el partido de la oposición. Flaka niega que el grupo sea un instrumento del partido: "Él sale más en otros diarios que en el mío". Dice que en Pristina la gente no compra muchos periódicos, los lee en el bar. Como no hay precio unificado, compiten con diarios de precio más bajo.
Es una mujer joven y energética. Para ella, ser crítica supone enfrentarse a la corrupción y a la mafia. Han recibido amenazas de muerte. "Tengo que proteger a mi equipo." Le preocupa la corrupción y la educación. Su canal de televisión es informativo y cultural.No llegan a la comunidad serbia, por la lengua. "En Pristina ya hay jóvenes serbios que estudian aquí y aprenden albanés... Es difícil curar las heridas, se necesita tiempo." Koha vende libros en quiosco, junto con los diarios. Fomentan la lectura a un nivel popular. Han agotado tiradas de miles de ejemplares, en un lugar donde suelen editarse 500.

Migjen Kelmendi accede a los jóvenes con su canal de música por internet. Creó el semanario Java como foro y espacio para periodistas. Introdujo la cuestión de la identidad kosovar en el primer número de Java (2001) y luego en un libro, Who is Kosovar?, para promover un debate sobre la lengua gheg y el legado oriental. "Los kosovares nunca hemos hablado bien el albanés unificado, instaurado en la Albania de Hoxha, y los albaneses del norte nos ridiculizaban. Hablando gheg, los albano-kosovares resultan incluso exóticos", sugiere Kelmendi. "Los grupos de música que cantan en gheg suscitan curiosidad en Albania... Si toda la comunidad albanesa en Kosovo habla en gheg, ¿por qué renunciar a la propia lengua?"

En Java se escribe en gheg, albanés y serbio, con espíritu abierto. Pero casi todos le critican. "Dicen que no es el momento de la lengua, que hay problemas más urgentes. Romper tabúes siempre es un desafío, aunque agota."Y plantear la cuestión de la identidad "es como entrar desnudo en una mezquita". Kelmendi reivindica el legado oriental, el islam. "No la religión, sino la cultura y la tradición islámicas", el encuentro de Oriente y Occidente que conforma el rico legado de Kosovo. Java ha recibido el Press Freedom Award de Austria, un espaldarazo para Migjen. "La televisión de Kosovo me ignora, pero las cadenas de radio y televisión albanesas me invitaron a hablar del gheg." Habla de la corrupción, de la codicia de la posguerra, y de crearun movimiento cívico que pueda cambiar las cosas. "Tal vez un día funde un partido", sonríe.

Paseo por los bazares y la parte vieja de la ciudad, que conserva su estructura otomana, como un Estambul afeado y pasado por el filtro comunista. Tito preservó la arquitectura austrohúngara en la antigua Yugoslavia, pero en tiempos del jefe de seguridad Aleksander Rankovic, con el eslogan "Destruyamos lo viejo para construir lo nuevo", arrasó la arquitectura otomana de Pristina.

Me lo cuenta otro protagonista de la escena cultural, el poeta, novelista y editor Eqrem Basha, propietario de la librería Dukagjini. Librería y editorial están frente a la sede de Koha, en Nene Tereze (Madre Teresa), la avenida principal de Pristina (junto con la avenida Bill Clinton) y tal vez la única que se pronuncia por su nombre. En Pristina, nadie sabe los nombres de las calles: todas son indicaciones de proximidad (junto al Grand Hotel, frente a la iglesia ortodoxa...). Basha es optimista, tal vez porque su actividad le entusiasma. Los libros son caros, pero también publican libros de texto, y han obtenido premios internacionales por su contenido innovador y su interés didáctico. "La Universidad de Pristina ha sido de las primeras en adaptarse al sistema de Bologna. Y mi hija, una de los primeros estudiantes que se fue con una beca Erasmus." Basha es europeísta convencido, y arraigado a su país. "Necesitamos el Estatuto para resolver los problemas pendientes. Kosovo es rico en recursos, pero no en inversión." No teme el retorno de los repatriados. El hecho de que el 50 por ciento de la población tenga menos de 30 años le parece positivo, aunque falte trabajo. "Los albaneses siempre han emigrado a trabajar, traen ideas nuevas, recursos... Y la presencia de la comunidad internacional es positiva por el intercambio cultural."
Basha escribió de la guerra en su novela Las puertas del silencio, aún sin traducir. En francés le han publicado Les ombres de la nuit (Fayard). En la ciudad vieja, visito la mezquita, con sus hermosos mosaicos azules: en la puerta hay dos pares de zapatos. El muecín empieza a cantar bajo la fina lluvia matinal. Shkelzen Maliqi es ensayista, ha sido editor de libros y de una revista literaria, MM, asesor educativo de la Fundación Soros. Ahora escribe sus memorias y ha abierto una galería donde también organiza conferencias. Se anima al hablar de su actividad como comisario de arte y de su espacio, Rizoma. Me presenta al grupo de artistas que se encerró cinco días en la galería: sus intervenciones mezclan grafitis, imágenes de cómic, collages y textos irónicos o conceptuales. Luego destruirán las pinturas y toda documentación, aunque
bromean que algo quedará grabado en el móvil de Shkelzen.
Entrevisto en italiano al joven poeta Arben Idrizzi, redactor del diario L'Express, donde escribe una columna cultural.
Aprendió italiano para leer poesía, de modo autodidacta, y ha traducido a Montale, Pavese, Pasolini... Sus poemas tienen nervio. No ha escrito apenas de la guerra, le interesa la época actual y es pesimista. “No hay esperanza en Kosovo. Hay tanta pobreza, no hay trabajo ni dinero y la corrupción es generalizada. Tememos que con la llegada del Estatuto no se resuelva nada y todo siga igual.”

Nerimane Kamberi usa indistintamente albanés y francés para escribir.
Es profesora de literatura francesa en la Universidad de Pristina, con un sueldo ínfimo, que compensa trabajando en organismos internacionales. Ha publicado cuentos, escribe una novela de la guerra. Cita a Mehmet Kraja, en cuyo libro unos locos se fugan del manicomio después de la guerra. “Ese manicomio, con serbios, albaneses y algún croata, era lo único que quedaba de Yugoslavia en Kosovo durante la guerra y los locos contemplaban cómo el mundo de fuera se volvía loco, y la frontera entre dentro y fuera se desvanecía.” Dio lugar a una película titulada KUKUMI, dirigida por el propio Kraja con Isa Qosja, y donde los locos vagan por el Kosovo destruido, bajo la lluvia. Nerimane es pesimista. “Según una encuesta, si pudieran elegir, el 70% de los jóvenes se iría de Kosovo. Y eso es grave.” Ella teme la marcha de la comunidad internacional, que da trabajo a tanta gente.
Fahredin Shehu es un joven poeta que trabaja en RadioKosova y ha recogido el legado sufí en sus poemas. Sueña con organizar unencuentro sufí en Sevilla o Granada. Leo sus poemas traducidos al inglés, de una sensualidad oriental. En la guerra, en el sudeste de Kosovo, sufrió el ataque de granadas del ejército yugoslavo, tuvo que abandonar su casa y perdió una biblioteca familiar de 2.000 títulos, con manuscritos caligráficos de 250 años de antigüedad, como el Canon de Avicenna. Durante tres meses vivieron en sótanos y, para no enloquecer, leía a Meher Baba y a Osho Rajneesh.
Eso le cambió. “La religión es para los que temen el infierno y anhelan el paraíso, la espiritualidad es para quienes ya han estado allí.”
Yvana Henzler dirige la oficina cultural de la embajada suiza, situada en la ladera de la colina. Hablamos de la escena del arte. “No hay inversión, no hay estructuras, ni escuelas, sólo centros decimonónicos.
Pero hay talento, artistas originales, con una historia que contar.
Temo que sin esas estructuras, no puedan evolucionar. No hay coleccionistas, nadie les compra excepto yo”, sonríe y me cuenta cómo se convirtió en coleccionista. Por pura pasión. En 1998, en Sarajevo, descubrió artistas que le impresionaron. La guerra les había moldeado e inspirado. Empezó a comprarles piezas, entablando una relación con ellos y siguiendo su evolución.Enla escena internacional, detectó cierto desdén por lo balcánico: les invitaban a las ferias, pero sólo como grupo. Harald Szeemann se interesó por algunos y los llevó a Documenta o a Sevilla. Por desgracia, ese proceso se cortó con su muerte.
La colección de Yvana está íntimamente vinculada a los Balcanes y la guerra. “Cuando los artistas se marchan,
desconectan y cambian, y sus piezas ya no encajan con mi colección.” La representación visual de los problemas de la zona es “el hilo rojo que conecta mi colección. Una colección puede ser un sismógrafo de los problemas sociales.”

miércoles, 4 de abril de 2007

Balcanes: Aleš Debeljak

Foto: El País, el castaño de Anna Frank, 2007

Poesía y ensayo
Un paseo por la historia
ISABEL NÚÑEZ


Aleš Debeljak
La ciutat i el nen
Edicions La Guineu
Traducción de Xavier Farré
88 PÁGINAS
12,4 EUROS
Aleš Debeljak
La neu de l’any passat
Lleonard Muntaner
Traducción de Simona Škrabec
169 PÁGINAS
14 EUROS


Debo reconocer que leí la versión inglesa, The City and the Child, revisada y corregida por el propio Aleš Debeljak, y me cautivó ese recorrido dolorido por su destruida Arcadia, un paseo melancólico por la historia de los Balcanes y de Europa. El narrador mezcla su lamento a la celebración vital del nacimiento de su hija, un hecho que revoluciona su percepción del mundo y le hace comprender, en plena guerra, que la vida es sobre todo renovación.
Admito que no he logrado el mismo encantamiento con la versión de Xavier Farré (no por el contenido, cuidado por la revisión de Simona Škrabec y Jaume Creus). Tal vez estuviera yo demasiado apegada a las palabras de mi primer descubrimiento de Debeljak, o tal vez sea una cuestión subjetiva, de gusto, de palabras que yo no escogería y que vuelven rígido un texto que en inglés fluía naturalmente, en unos versos largos, narrativos y precisos, de una belleza poética que entronca con lo que el propio Debeljak decía del escritor serbio judío Danilo Kiš, que “(con los mismos procedimientos poéticos y literarios que Borges), introduce en su obra una responsabilidad ética, con dos interrogantes claves del siglo XX: los campos de exterminio nazis y el gulag soviético. De este modo, su literatura queda arraigada a un espacio histórico.”
Los poemas de Debeljak arraigan también en un espacio histórico, en esa “prisión de la historia”, en el peso ritual que se repite, en “el mapa de un país que desafía el olvido”, en “las metáforas que arden dolorosamente sobre la ciudad” destruida, en su mirada culpable y su “crónica del dolor”: “dos mortíferos y hermosos bombarderos rompen el cielo y los cartógrafos no descansan. El tiempo se acaba. La historia prende una hoguera en los arbustos…”, Siempre con su dualidad vital y sensual, fumando “el último cigarrillo”. Como el muro de piedra que espera a que el ritual de la historia se repita, pero que también “será derribado por el delicado aliento de un niño”.
La neu de l’any passat es una cuidada selección de ensayos, eficazmente traducida por Simona Škrabec, que añade un interesante y esclarecedor epílogo. Debeljak expone, en su tono poético y personal, sus brillantes reflexiones sobre los Balcanes, la historia, la cultura, el peligro de los mitos (el uso perverso que hizo de ellos Milorad Pavić para apoyar la narrativa beligerante de la Gran Serbia; o los más viejos mitos, como la peonía de Kosovo de la que hablaba Kadaré, que crecía con la sangre de los soldados serbios y ahora entorpece tácitamente la aceptación serbia de una independencia necesaria). Debeljak explora los fundamentos para construir una identidad europea común, sin renunciar a las diferencias ni al legado étnico propio.
El descubrimiento adolescente de la gran ciudad cosmopolita de Belgrado –sucia y viril frente al espíritu germánico e higienista de los eslovenos—, su identificación de joven lector con la antigua Yugoslavia, o con la lengua, que promete no abandonar en la poesía (escribe ensayos en inglés), la pérdida de esa Arcadia yugoslava que es también su juventud… En definitiva, el periplo vital y pensante de un ensayista subjetivo y literario que se considera poeta antes que ninguna otra cosa, contado con pasión y delicadeza, y que se lee como una novela.



Poeta y ensayista, Ales Debeljak (Ljubljana, 1961) es licenciado en Literatura Comparada y doctor en Pensamiento Social por la University of Syracuse (NY). Actualmente imparte clases en la Northwestern University de Chicago (donde reside) y el College d’Europe de Varsovia.
Empezó a publicar en los años ochenta, libros de poemas (Los nombres de la muerte, 1985; Diccionario del silencio, 1987) y ensayos (La esfinge posmoderna, 1989; El crepúsculo de los ídolos (1994; Bilbao: Tercera Prensa, 1999). Ha visitado Barcelona invitado por el KRTU, para pronunciar las conferencias Europa sin los europeos en la Fundació Antoni Tàpies y Los poetas y la política en la UPF, y presentar sus libros La ciutat i el nen (La Guineu) y La neu de l'any passat (Lleonard Muntaner).
Su generación, que vivió la época más suave del régimen de Tito, y que a diferencia del resto del bloque comunista, pudo viajar por el mundo y tuvo libre acceso a la literatura internacional, llegó a la madurez con el fin del comunismo, el estallido de los nacionalismos y la guerra, que les pilló por sorpresa y rompió dramáticamente su plácido ensueño.
Aunque los diez días bélicos en Eslovenia fueron, dice Debeljak, “una guerra entre comillas”, él vivió el conflicto como traductor para la CNN y confiesa que le parecía irreal, como una película. Sólo la visión de los primeros muertos le hizo comprender. Tiene palabras amargas para la actitud de Europa: “En 1993, cuando en Sarajevo llevaban un año de asedio, la prioridad de la UE era Maastricht: ordenar la casa. Aunque en el patio de enfrente la gente moría. Pero a las élites no les preocupaba. A los yugoslavos no se les consideraba europeos. Mientras Sarajevo ardía, Europa tocaba el violín. Maastrich era un documento de cultura, pero su reverso oscuro (de barbarie) fue cerrar los ojos a los crímenes de guerra, a que en Bosnia violaran y degollaran a tanta gente.” Y añade: “Si esta guerra no hubiera implicado a musulmanes, Europa habría evitado el genocidio… Y lo más triste es que en Bosnia existía precisamente la clase de islam que buscaba Europa, un islam abierto y europeo avant-la-lettre…” De la sentencia del Tribunal Penal Internacional de La Haya sobre Srbrenica, dice: “Es la misma actitud desde el principio del conflicto, un compromiso. Por una parte, confirma el genocidio y apoya a los bosnios. Por otra, al decir que la responsabilidad no es exclusivamente de Serbia, apoya a Serbia. Hay un dicho esloveno para eso: querer conservar toda la oveja y saciar al lobo...” Y continúa: “La UE podría aprender una lección del desmembramiento de Yugoslavia. Yugoslavia era (dicho con ironía) una pequeña Europa: lenguas y alfabetos distintos, religiones distintas… La búsqueda de puntos comunes fue la característica que definió la Yugoslavia de Tito. Todos teníamos una identidad primera, étnica, que nos definía, y por un acto voluntario, éramos yugoslavos. Como en Europa todos somos catalanes, franceses, italianos, pero decidimos ser europeos. Yugoslavia era una identidad transnacional. Sólo le faltaba la democracia… La UE tiene un déficit de democracia, aún es un proyecto de las elites, desde arriba. Como en Yugoslavia, falta el consenso de las comunidades… La lección sería cómo puede fracasar o no el proyecto europeo.”
Cuenta cómo el nacionalismo esloveno, más moderado, creció a partir del “rechazo arrogante” por parte de Serbia de todas las propuestas de cohabitación que los eslovenos pusieron sobre la mesa yugoslava. Y también habla de lo que fue el experimento yugoslavo, la particular combinación del oriente y occidente europeos capaz de engendrar pensadores como Slavoj Zizec, que une marxismo y psicoanálisis.
Debeljak define el multiculturalismo como un abrirse hacia lo distinto sin renunciar a la propia identidad, una tensión entre conservar lo propio y entender lo ajeno, y es más optimista que otros autores ex yugoslavos, se implica en proyectos editoriales que reconecten culturalmente las antiguas repúblicas, y recuerda que “en las encuestas, los musulmanes bosnios aún afirman que serían capaces de convivir con serbios y croatas…” Más optimista que otros autores ex yugoslavos, dice: “Tarde o temprano tiene que haber una reconciliación.”
Es significativo que un editor vasco y dos catalanes se hayan interesado por este autor. Quien pasee por las librerías de Ljubljana, verá en sus escaparates autores vascos y catalanes; algunos, como Bernardo Atxaga, son casi best-séllers. Más allá de los estereotipos de unos balcánicos salvajes y sangrientos, asociados en el imaginario europeo decimonónico al propio mito de Drácula, la reflexión sobre la identidad y las diferencias en Europa establece también afinidades literarias.

martes, 13 de marzo de 2007

Supervivientes judíos: Nicole Krauss


Foto: Sinagoga de Berlín

La Vanguardia Culturas, 05/04/2006

Novela
Entre Grace Paley y García Márquez

ISABEL NÚÑEZ

Nicole Krauss (Nueva York, 1974) se graduó en Stanford e hizo un posgrado en Oxford. En cierta ocasión, asistió a una conferencia de Josif Brodskii y le entregó sus poemas. No esperaba recibir noticias, pero él la llamó al día siguiente y pasaron siete horas juntos trabajando en ellos. Más tarde, Krauss abandonó la poesía. Su primera novela, Man walks into a room, tuvo una excelente acogida crítica.

Antes de que su segunda novela, La historia del amor, llegara a las librerías norteamericanas, Krauss ya aparecía en todos los suplementos literarios. El director de cine mexicano Alfonso Cuarón dirige la película, basada en un libro que ha merecido los elogios de Coetzee y de Ali Smith, además del entusiasmo unánime de la crítica y la traducción a veinticinco lenguas. En las entrevistas, Krauss se ha quejado de que siempre le hablen de su marido, el también escritor Jonathan Safran Foer, y en parte es injusto contribuir a esa desigualdad, pero la comparación resulta inevitable, puesto que ambos comparten mucho más que el éxito, la juventud y la adaptación al cine de sus segundas novelas: una gran similitud en la mirada a su pasado, también común, de abuelos judíos del Este europeo que sobrevivieron al Holocausto y se establecieron en Nueva York, y cuya dolorida nostalgia de la pérdida sólo se ve dominada por un intenso vitalismo y una alegría (agridulce, crítica, analítica, autoirónica, siempre apegada a la cultura, pero alegría al fin) de vivir.

El viejo escritor y cerrajero Leo Gursky perdió a Alma, su novia -embarazada-, camino del exilio, perdió la vivencia de la paternidad y también perdió en el traslado la novela que había escrito sobre ellos, La historia del amor, a manos de su amigo Litvinoff, al que no volvió a ver y, en una soledad interrumpida por las visitas de su amigo y vecino Bruno, procura asegurarse de que alguien le vea todos los días, y lleva un cartel que dice: "Me llamo Leo Gursky, no tengo familia, llamen al cementerio Pinelawn, tengo una parcela en la sección judía. Gracias por su amabilidad". Gursky es uno de los dos protagonistas principales. La otra es Alma Singer, que se llama así por el personaje de la novela perdida de Gursky, una niña excéntrica y solitaria que intenta con los procedimientos más peregrinos que su madre, traductora viuda, deje de estar sola, y que proyecta primero ser paleontóloga, luego viajar a la Antártida y al fin acaba aprendiendo pintura por puro accidente. A partir de aquí, los sucesos se encadenan en una especie de paródico thriller, con ciertas resonancias austerianas por la influencia del azar en todas las cosas, y empieza a caer una lluvia de interrogantes sobre la cotidianeidad de Alma, que investiga el pasado de sus padres, la novela que les fascinó (y que ahora su madre traduce por encargo de un misterioso desconocido), rastrea la vida del escritor que la firmó, Litvinoff, descubre a Isaac Moritz, el hijo escritor de Gursky, y sigue muchas otras vías que le permiten relativizar la pérdida de su padre y el fin de su romance con un judío ruso, Mishka. Todo esto en una exuberancia imaginativa de personajes y momentos mágicos, llenos de una sutil y particular complejidad de matices y en un tono que conecta con Todo está iluminado (está claro que Jonathan Safran Foer también se ha inspirado en el pasado de ella), y a la vez resucita y reactiva deliberadamente el encantamiento de Cien años de soledad, matizado por un humor judío americano y femenino que homenajea a Grace Paley, sin excluir cierta locura al estilo del judío ruso Isaac Babel.

Ninguna de estas influencias oculta el núcleo duro de verdad personal de Nicole Krauss, su imperiosa necesidad de contar, que a veces se pierde en el puro torrente de pequeñas historias tangenciales, pero que recupera con su obvio talento, su energía y sus cualidades de narradora. Una novela muy sugerente.


Nicole Krauss La historia del amor / La història de l´amor. Traducción al castellano de Ana
M. ª de la Fuente y al catalán de Ernest Riera Salamandra / RBA-La Magrana
(288 / 272 págs. 16 / 18 €)