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sábado, 7 de agosto de 2010

Mi artículo de Kosovo en FronteraD

Foto: I.N., Bouquiniste en Pristina, Kosovo, 2007
Isabel Núñez Kosovo y España: Del silencio, la negación de la historia y los mitos Isabel Núñez La historia de las relaciones entre Serbia y Kosovo ha sido históricamente compleja y violenta. Tal vez uno de los últimos errores de Europa Occidental y la OTAN respecto a Serbia fuera no obligar a Milošević a reconocer públicamente la derrota en 1999. Eso ha permitido que gran parte de la población serbia siga ignorando aún que fueron derrotados, del mismo modo que muchos de ellos creen aún que las atrocidades y abusos cometidos en Kosovo sólo existen en la propaganda antiserbia y que nunca se produjeron. Kosovo es, además, un lugar simbólico negativo para los serbios, considerado la cuna de su identidad por la histórica derrota contra los turcos de 1389, la tierra donde crece la peonía roja, regada según el mito con la sangre de sus soldados serbios, como cuenta Ismaíl Kadaré en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Pero la mayoría de la población -muy joven: el 50% es menor de 35 años- es albanesa y aspira a la independencia. El legado histórico y cultural no puede ser más diverso. Imperio bizantino, austrohúngaro, otomano, ocupación italiana, serbia… Judíos sefarditas de la diáspora española, católicos y ortodoxos convertidos oficialmente al Islam, Y el pasado reciente: el comunismo yugoslavo, sui géneris, de fronteras abiertas y sin censura, con propiedad privada, fronterizo con el implacable régimen albanés de Enver Hoxa. Y una importante comunidad gitana, los roma. El escritor serbio Igor Marojević declaró recientemente que la incapacidad de los serbios para admitir la derrota les había llevado a ultiplicar la pérdida de Kosovo por tres, de momento, y tal vez indefinidamente si persisten en su actitud negacionista. Según él, en 1999, cuando Milošević tuvo que aceptar la retirada del ejército yugoslavo del territorio de Kosovo y la entrada de las fuerzas internacionales y el KFOR, al no declarar la derrota, muchos serbios siguieron obcecándose en que tenían derecho a seguir ocupando el territorio, cohabitando mal que bien con los albaneses. En 2008, la declaración de independencia de Kosovo fue la segunda ocasión: los serbios llevaron la cuestión al Tribunal Internacional, intentando demostrar que Kosovo estaba en territorio serbio y que la independencia era ilegal. Y ahora por tercera vez, una vez el Tribunal Internacional reconoce definitivamente la independencia de Kosovo, muchos serbios siguen negándolo. La conclusión de este sofisma irónico de Marojević es que “a los serbios les gusta ser derrotados” y sugiere que “el reconocimiento de esa derrota supondría mejorar la salud mental del país”. Entrevisté a Igor Marojević para mi libro Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Opté por leer y escuchar a los escritores porque, según descubrí allí, habían tenido un papel decisivo en aquella guerra, “una de las pocas guerras organizada y llevada a cabo por escritores”, como dijo Marko Vešović -Radovan Karadžić, Mira Marković, Miroslav Toholj, Dobrica Ćosić, Ivan Aralica, Franjo Tudjman fueron algunos de los actores de la guerra que publicaban libros-. Una de las cosas que aprendí o que más escuché de los escritores que entrevisté en las distintas antiguas repúblicas yugoslavas es que el silenciamiento y la negación de las heridas de la Segunda Guerra Mundial, tan encarnizada en la antigua Yugoslavia como una guerra civil, permitieron que se produjera este último conflicto con sus atrocidades de matanzas, violaciones, limpieza étnica, etc. De hecho, como dijo Dubravka Ugrešić, los ganadores de entonces han sido en cierta manera los perdedores de ahora. Ese silenciamiento y negación significa otorgar un papel importante a los mitos, que sin una historia rigurosa crecen como la roja peonía de Kosovo. De hecho, en las escuelas serbias se enseñaban poemas épicos que contribuían a esas beligerantes y victimistas leyendas de la Gran Serbia, por ejemplo, del mismo modo que hoy se repite la negación. Lo contaba Slavenka Drakulić sobre Croacia: “Hubo temas de la Segunda Guerra Mundial que nunca se abordaron. No tuvimos una historia rigurosa. Tito mitificó la revolución, los partisanos. El número de víctimas, los errores y abusos cometidos por los comunistas no se abordaron. Ellos hicieron su historia al llegar al poder. Los partisanos mataron también un gran número de soldados enemigos en Croacia, Eslovenia y Austria… La gente no lo estudiaba en las escuelas. Los números de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial se inflaron, por ejemplo 700.000 muertos en campos de concentración era un número que no se podía ni siquiera procesar, contaban un cero de más… Es muy fácil crear mitos y eso es exactamente lo que se hizo, mitos sobre las víctimas, un gran mito serbio; es muy fácil construir ideología, nacionalista en este caso. En mi opinión, la historia es muy importante, ahora estamos viviendo lo mismo. Silencio, negación, los niños no aprenden historia en la escuela, sino historia nacionalista. La Segunda Guerra Mundial, Tito y el comunismo son dos frases en los libros de texto, Croacia se representa como víctima, no se dice que Croacia participó activamente en la guerra en Bosnia, que hubo campos de concentración con presos musulmanes dirigidos por croatas, no se menciona. No hay historia, se repite la negación y el silencio…” Una conveniente propaganda basada en la manipulación de los mitos, junto con las viejas heridas familiares -reales y no resueltas-, permitió que ocurriera lo que ocurrió en la antigua Yugoslavia en los noventa. Según muestran distintos trabajos psicoanalíticos sobre el trauma y la transmisión, el silencio hace que el trauma se transmita a través de las generaciones, mediante depresión, violencia o enfermedad, y a veces es la tercera generación la que lo expresa. Los que logran ponerlo en palabras y transformar su experiencia en un testimonio útil a otros pueden superar el trauma. Un país que no abre sus heridas, ni las airea, examina, ni hace justicia para curarlas, ni encuentra y entierra a sus muertos, las cierra en falso y no recobra la salud.
Viajé a Pristina, Kosovo, en la primavera de 2007 para entrevistar a varios escritores e intelectuales (Migjen Kelmendi, Shkelzen Maliqi, Eqrem Basha, Flaka Surroi y Nerimane Kamberi) para mi libro. Kelmendi y Maliki me hablaron del apartheid que impuso Milosevic en el año 1989 a la comunidad albanesa y que duró diez años. No podían entrar en bares ni hoteles y tuvieron que montar escuelas en las casas y los garajes, sin sillas ni pizarras. Luego vino la deportación masiva. “Nunca en mi vida imaginé que podría ocurrir algo así…”, me dijo Kelmendi. “Que podrían echarme de casa, deportar a una ciudad entera… ¿Por qué? No podían matarnos a todos. En la guerra de Bosnia, los serbios de Milosevic habían visto que era difícil matar a tanta gente, deshacerse de tantos cuerpos, del mal olor y las infecciones, y por eso decidieron echarnos de Kosovo”. Me contó cómo les sacaron de sus casas y les condujeron a una estación, donde tuvieron que esperar bajo la lluvia, “la ciudad entera en una pradera”, con gente mayor y enferma lamentándose, partos que se adelantaban... Oían rumor de aviones y gritaban “OTAN, OTAN”, pero seguían ráfagas de ametralladoras serbias. Y al fin, tras esperar toda una noche en que nacieron tres niños, llegó un tren, al que subieron atropellándose, empapados, hasta Macedonia, a un campo de refugiados albaneses, en pleno lodo, sin apenas alimento. Me contaron de las casas quemadas y de aquellos trenes: doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en el lodo y en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de ellos volvió. “De los 5.000 desaparecidos, volvieron los huesos de 2.000”, dijo Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y documentos de identidad rotos por las fuerzas paramilitares serbias. “Era el caos, nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya.” Sólo la intervención internacional puso fin al régimen de terror en Kosovo. Ahora bien, conviene mencionar aquí el hostigamiento y los abusos sufridos también por la minoría serbia en Kosovo durante años. Además, en marzo de 2004, grupos de albaneses de Kosovo quemaron iglesias serbias y atacaron a los miembros de esas comunidades, en una inversión del hostigamiento que habían sufrido. La revista albanesa Java denunció los hechos calificándolos de Kristallnacht frente al silencio y la justificación de otros. “Los albaneses no deben pagar a los serbios con su propia moneda”, declaró Migjen Kelmendi: “Los culpables de la diáspora no son los serbios de Kosovo, sino los seguidores de Milošević.” Una historia de conflicto, incluyendo los años de lucha armada por parte de los albaneses, que hace muy difícil la convivencia. Sería injusto ignorar el hostigamiento que la minoría serbia ha sufrido en Kosovo, como negar los momentos de la historia en que los serbios han sido víctimas de los albaneses y de otros pueblos balcánicos. Pero aún más injusto resulta no reconocer que el régimen de apartheid y la limpieza étnica que sufrieron los kosovares a manos de las fuerzas de Milošević hace que su independencia sea, además de justa, necesaria. La decisión del Tribunal Internacional de Justicia que avala la independencia de Kosovo y confirma que no contraviene la legalidad internacional es la única vía lógica y políticamente justa tras los hechos de los noventa. Tal vez por eso resulta tan sorprendente la reacción española, que alía a nuestro país con un grupo pintoresco en Europa –Grecia, Chipre, Eslovaquia y Rumanía—, los únicos países de la UE que no han aceptado la independencia, y a Rusia, India o China, frente a los 69 países que sí la han reconocido, incluyendo a Estados Unidos y Japón. Es una postura que contribuye a alimentar la confusión, mientras que, como alguien ha dicho, la postura del Tribunal Constitucional respecto al Estatut d’Autonomia de Catalunya ha contribuido más al independentismo que ningún otro grupo político. Ese miedo del gobierno, que teme que el reconocimiento de un Kosovo independiente desate los demonios nacionalistas vascos y catalanes o que alguien pueda compararlos -¿En qué podrían parecerse Catalunya y Kosovo? ¿En qué se parecen los nacionalistas españoles a los serbios?- sólo revela sus propias fantasías. Y resulta aún más dudosa la alineación con Serbia –fue curioso ver con qué entusiasmo la mayoría de los serbios apoyó a la selección española en el campeonato mundial de fútbol—, porque lo quiera o no, la postura del gobierno de Zapatero le alinea sentimental o moralmente con la Serbia nacionalista, sus heridas, sus atrocidades y sus mitos. El propio nacionalismo catalán ha asumido erróneamente el mito de que la Guerra Civil, en lugar de ser como fue una guerra de clases y la defensa de la legitimidad republicana frente a los insurgentes derechistas, fue una guerra de Catalunya contra España. Muchos parecen ignorar, gracias a ese mito alimentado durante años por CIU, que hubo amplios sectores de la burguesía catalana que apoyaron a Franco por miedo a la revolución, a la violencia y a la pérdida de sus propiedades. Sólo una historia rigurosa y que llame a las cosas por su nombre –¿por qué cuesta tanto pronunciar las palabras fascismo y dictadura aplicadas al régimen que se impuso durante cuarenta años por la fuerza de las armas en este país?— y una justicia que depure responsabilidades y ordene exhumaciones para que puedan enterrarse sus muertos devolverían la salud mental a este pobre país nuestro, donde el retorno de lo reprimido surge constantemente, pues todo lo que no se habla sigue latiendo bajo la piel y estalla en los momentos más imprevistos, obstaculizando el pensamiento y la razón.
El silenciamiento y la mistificación de nuestra propia historia han permitido que también los sectores más derechistas se crezcan, envalentonen y no acepten ningún cuestionamiento. Como decía la psicoanalista Anna Miñarro, en este país la izquierda sigue en el papel de la víctima, sirviendo al Amo. Por eso cuando muere un personaje como Calvo Sotelo algunos socialistas le despiden como a “un demócrata”, o se admite que alguien como Fraga haya permanecido en la política activa, o se concede a Samaranch funerales de Estado, aunque muchos recordemos imágenes suyas con el brazo en alto junto a conocidos nazis y aunque siguiera reivindicando públicamente a Franco mientras se implicaba en un escándalo de corrupción tras otro y mostraba su afinidad con los peores dictadores internacionales. Sólo hace poco se ha revelado, por ejemplo, y apenas se habla de ello, que en la negociación de la Constitución, nuestros políticos catalanes rechazaron las mayores competencias y poder autonómico que implicaban un concierto similar al vasco y prefirieron, como decía hace poco un antiguo rector, optar por el nacionalismo romántico y testimonial, con menos responsabilidades y que permitía echar mano del útil victimismo, sin tener que quemarse asumiendo responsabilidades de Estado. La falta de costumbre de reflexionar y discutir en este país permite que crezcan los mitos y que se sigan alimentando confusiones históricas. Tal vez una de las lecciones de la Guerra de los Balcanes sea precisamente la necesidad de repasar reflexivamente la historia y no dejar que la negación y el silencio sustituyan la complejidad de los hechos por puros mitos fáciles de manipular por los medios y quienes los controlan, esos mitos o metáforas que, en el poema de guerra de Aleš Debeljak “flamean dolorosamente sobre la ciudad”.
Isabel Núñez (Figueres, 1957) es autora del ensayo Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (2009), los libros de relatos, Crucigrama (2006) y Algunos hombres... y otras mujeres (2009), y La plaza del azufaifo (2008), con prólogo de Enrique Vila-Matas. Es colaboradora del suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Mi texto de presentación en el IDEC

Foto: Portada de un libro anterior de Drakulić
Slavenka Drakulić, No matarían ni una mosca. Global Rhytm Press
Conocí a Slavenka Drakulić en octubre de 2006, en Berlín, donde ella pasaba un año disfrutando de una beca de la ciudad para escribir un libro. Me citó en el café de la Literaturhaus y allí la entrevisté para el libro balcánico que yo estaba escribiendo. Lo que más me sorprendió, comparativamente con otros autores de la antigua Yugoslavia, fue su ánimo y su vitalidad. Yo sabía, como algunos de ustedes sabrán, que junto con Dubravka Ugresić y otras tres escritoras e intelectuales feministas croatas, Slavenka fue perseguida y estigmatizada en el grupo al que llamaron “las brujas de Río”, por una cumbre feminista celebrada en esa ciudad, donde sólo alguna de ellas participó y donde se denunciaban las violaciones de mujeres bosnias; la prensa del establishment nacionalista las acusó, mintió sobre ellas y facilitó sus datos personales, sus direcciones y teléfonos para que todo el mundo pudiera perseguirlas. Su casa fue vandalizada. El miedo hizo que sus colegas no las apoyaran y tuvieran que abandonar el país.
Pensé entonces, al conocerla, que su particular situación, ni dentro ni fuera del país, es decir, sin exiliarse pero sin soportar la asfixia dentro, siempre viajera, corresponsal (ella dice que no se considera disidente puesto que en su país hay democracia), entre Viena, Berlín, Istria y Zagreb, la ayudaba. Pero cuando le transmití a Slavenka mi impresión, me dijo: “No me interesa tanto pensar en mí misma como intentar entender lo que ocurre a mi alrededor.” Y en efecto, sus libros así lo demuestran. En ese sentido ella sigue aquella máxima de Spinoza que yo siempre cito: “No sufrir, ni lamentarse, inteligir.”
Periodista, socióloga y licenciada en Literatura Comparada, Slavenka Drakulić ha colaborado con medios europeos tan prestigiosos como The Nation, La Stampa, Frankfurter Allgemeine Zeitung y otros. Ha publicado diversos libros de ficción y ensayos, traducidos a 15 lenguas. En España tiene tres novelas publicadas, una de ellas, la sobrecogedora Como si yo no existiera se basa en la documentación y testimonios recogidos de las violaciones de mujeres bosnias en los campos (y ha sido elegida en Nueva York entre los “1001 libros que hay que leer antes de morir”. Su última novela, sobre Frida Kahlo, Frida o del dolor, se publicará este año en Viking Penguin como Frida’s Bed. También me interesó la compilación de artículos titulada Balkans Express, Fragments from the Other Side of the War que construyen una crónica excelente, serena y reflexiva de los tiempos de guerra. Todos esos libros son analíticos y brillantes, pero sin duda el que presentamos hoy, No matarían ni una mosca es el más potente, por decirlo así. Se trata de una selección de las crónicas que la autora escribió, para la prensa internacional, de su seguimiento de los juicios a criminales de guerra balcánicos en el Tribunal Penal Internacional de La Haya para crímenes de la antigua Yugoslavia.
Es un libro arendtiano, ya que se basa en la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. La selección es inteligente, puesto que los retratos de los personajes elegidos y sus procesos nos sirven para entender los aspectos más importantes de la llamada Guerra de los Balcanes. En ese sentido, tal vez sea el libro que mejor permite entender esa guerra, pero no sólo eso, nos permite comprender cómo, mediante una poderosa campaña de prensa, se puede inducir a la mayoría de la población a entablar una guerra fraticida contra los que hasta entonces eran sus familiares, amigos, compañeros de trabajo o vecinos. Permite reflexionar sobre el proceso de estigmatización del “Otro”. Permite también preguntarnos, con sinceridad y sin hipocresía, qué haríamos nosotros en una situación similar. Permite comprender que la guerra no la hacen sólo los criminales, los supuestos “monstruos”, sino que requiere la complicidad colectiva. Y que esa complicidad, como mostraba Victor Klemperer, se inicia a menudo en pequeños gestos: como no saludar a un vecino estigmatizado como “el otro”, que justificarán otros gestos posteriores: denunciarle para apoderarse de su puesto de trabajo, aprovechar su detención para robarle un televisor.
Y al mismo tiempo, nos obliga a preguntarnos qué se esconde tras la paz, si no será que la paz es sólo la cobertura de una guerra sorda, si acaso la opresión económica y social en la que vivimos no es a su vez una forma de guerra invisible que lleva a la desesperación y que convierte a algunos en potenciales cómplices en tiempos de guerra.
El libro muestra cómo un ciudadano ejemplar, croata, de esos que ayudan a sus vecinos y que tenía amigos serbios y musulmanes, se convierte durante 17 días en un monstruo que encuentra placer en torturar, matar y violar. ¿Es que la guerra nos convierte en monstruos? ¿O sólo revela al monstruo que nos habita?
O el juicio de Foča, a un grupo de hombres serbobosnios que encerraron y violaron a unas mujeres bosnias durante meses y que “sólo querían divertirse”. Esos acusados no comprenden por qué les condenan, si eso es lo que ellos les hacen a sus mujeres normalmente, si podían haberlas matado y no lo hicieron. Y para rematar su confusión, les juzga una mujer, negra. Es un juicio histórico porque por primera vez se declaró la violación, crimen contra la humanidad.
O la historia del pueblo croata de Gospić, donde mataron a 150 personas (entre serbios y croatas disidentes), saquearon y quemaron sus casas y donde todos callan, porque apartaron la vista o robaron un vídeo de las víctimas. Un único testigo que va a la Haya sufre la hostilidad de todo el pueblo y le acaban matando con una bomba. Todos son cómplices.
O el joven serbio en Bosnia, enrolado en el ejército casi por accidente, que se encuentra en el lugar equivocado –la masacre de Srebrenica—, no reacciona a tiempo, y cuando intenta negarse a disparar, le ofrecen que entregue su arma y se ponga con el pelotón, y por cobardía, acaba matando a 80 hombres desarmados, indefensos, que llegan en autobuses, con los ojos vendados…
O el afinado retrato psicológico de la patológica pareja que gobernó Serbia, desdeñando a las instituciones, Slobodan Milošević y su esposa Mira Marković.
Y ese happy together del final, esa escena en que los criminales de guerra croatas, musulmanes y serbios viven juntos en armonía en la cárcel de Scheveningen. ¿Era el nacionalismo sólo un pretexto? ¿Acaso no había ninguna causa para todo aquel horror?
Vemos también cómo avanzan esos juicios, con interrogatorios prolijos, minuciosos, a veces monótonos, hasta que de pronto se dibujan estremecedoramente los hechos que los inspiraron.
Sin duda hay dolor y atrocidades en estas páginas, como cuando vemos a esa testigo, madre de una niña secuestrada a los 12 años, violada y esclavizada, vendida a un soldado y desaparecida para siempre, y la testigo no logra articular palabra en La Haya y sólo le sale un leve gemido casi animal, de animal dolorido. Y no es el único momento. De hecho, mientras lo leía, yo misma me pregunté, como tantas veces escuchando las crónicas de los escritores a los que entrevisté allí, por qué demonios me había puesto yo a investigar en ese tema.
Sin embargo, el estilo de Slavenka Drakulić no nos permite regodearnos en ese dolor, sino que va más allá, con su tono aparentemente ligero, periodístico, pero a la vez audaz y agudo en sus análisis, tanto en lo psicológico como en lo político y social, nos ayuda a seguir la máxima de Spinoza y nos contagia de su pasión investigadora, de su pasión por comprender.
Ella se acerca a sus personajes sin prejuicios, aunque sin vacilar en su ética, los analiza, y el modo fluido en que usa el yo o compara esos supuestos monstruos con sus conocidos o familiares demuestra sus tablas de escritora. Esa habilidad suya es especialmente patente en el capítulo sobre el criminal de guerra Mladić (como saben, aún en libertad), la extraña y sobrecogedora escena familiar, justo antes de que la hija del general Mladić se suicide pegándose un tiro con la pistola de su padre, probablemente al enterarse de sus fechorías, cómo Slavenka Drakulić sitúa al personaje comparándolo con su propio padre militar, otra vez sin mitificar ni demonizar, simplemente investigando, como Hannah Arendt hizo con Eichmann. Y por otra parte, el retrato de su padre le sirve a Slavenka Drakulić para mostrar, no sin crítica, esa otra antigua Yugoslavia que ahora quieren enterrar, de una generación orgullosa de aquel comunismo más soft, de ese legado de la izquierda que lleva a muchos a no renunciar a las conquistas sociales y aspirar a una democracia estilo nórdico.
También nos muestra cómo la propaganda que se hizo para instigar la guerra utilizó las heridas silenciadas de la II Guerra Mundial, que en la antigua Yugoslavia había sido encarnizada como una guerra civil, y que la historia idealizada, mítica y poco crítica que se enseñó en las escuelas en época de Tito no ayudó a resolver.
Es un libro valiente, para lectores valientes. No por la dureza, sino por el valor de enfrentarse a la realidad y analizarla, el valor de pensar libremente, con todas sus consecuencias.
Quiero decir que su lectura fue especial para mí, para comprender, y me alegra mucho haber contribuido en cierto modo a que se publicase en España, pero al mismo tiempo, creo que hay en el libro una lección importante para nuestro país, que ha vivido en el olvido durante medio siglo y que sólo ahora empieza, tímidamente y con las protestas de todos aquellos que preferirían olvidar, no sólo en las filas de la derecha tradicional, sino también en lo que se considera la izquierda. Yo entrevisté a Slavenka Drakulić en Berlín, una ciudad donde la historia está presente por todas partes, no sólo en los museos, no sólo en lo turístico, sino en las heridas que se muestran de forma más sutil. Cuando le conté a ella cómo en Barcelona se enterraba la historia, cómo se construyó el edificio del Fòrum en el lugar donde se fusiló a tantos defensores de la República, cómo la ciudad se ha convertido en “la millor botiga del món” ocultando las marcas de su pasado revolucionario, trágico, anarquista, etc., Slavenka me propuso: “Cuando presente mi libro, me gustaría hacerlo en uno de esos lugares simbólicos ahora invisibles.” Y no ha podido ser, pero la idea está ahí. Para recordar que no existe cultura ni identidad sin una historia rigurosa, y que sólo mediante la revisión seria de los hechos, la historia individual y colectiva, y el deseo de saber y comprender pueden superarse las guerras y evitar que todo se repita.

miércoles, 20 de junio de 2007

Recorrido por el Kosovo literario



La Vanguardia CULTURA/S


14 Culturas La Vanguardia Miércoles, 20 junio 2007 ESCRITURAS

Un recorrido por el Kosovo literario

En los Balcanes post-Milosevic el fatalismo converge con la esperanza. Hablamos con protagonistas de su escena cultural.

ISABEL NÚÑEZ

Como cuenta Ismaíl Kadaré en sus Tres cantos fúnebres, Kosovo significa campo de mirlos, pero la ciudad de Pristina se parece más a un campo de cemento. En los últimos años, la corrupción del gobierno provisional ha permitido construir sin licencia ni planes. El paisaje es caótico y sorprendente, lleno de grúas y polvo, y los coches invaden las aceras. Pero esa misma agitación, el bullicio de los cafés, la profusión de música y antenas parabólicas, son también signos de la efervescencia de la ciudad tras la guerra. A la espera de la independencia.
Queda lejos el apartheid que instauró Milosevic para la comunidad albanesa, expulsándoles de las instituciones e incluso de los bares, forzándoles a montar un sistema paralelo de escuelas en garajes, de exposiciones en hangares. Después vino la gran deportación, las casas quemadas y el tren donde hubo que meterse por la fuerza. Doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de albaneses ha vuelto. "Y de los 5.000 desaparecidos, han vuelto los huesos de 2.000", dice Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y carnets de identidad rotos por las fuerzas paramilitares de Arkan. "Era el caos", dice Flaka, "nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya."
La sede del grupoKoha incluye un periódico, un canal de televisión y una editorial de libros: 300 trabajadores. El padre era periodista y su hermano Veton dirige el partido de la oposición. Flaka niega que el grupo sea un instrumento del partido: "Él sale más en otros diarios que en el mío". Dice que en Pristina la gente no compra muchos periódicos, los lee en el bar. Como no hay precio unificado, compiten con diarios de precio más bajo.
Es una mujer joven y energética. Para ella, ser crítica supone enfrentarse a la corrupción y a la mafia. Han recibido amenazas de muerte. "Tengo que proteger a mi equipo." Le preocupa la corrupción y la educación. Su canal de televisión es informativo y cultural.No llegan a la comunidad serbia, por la lengua. "En Pristina ya hay jóvenes serbios que estudian aquí y aprenden albanés... Es difícil curar las heridas, se necesita tiempo." Koha vende libros en quiosco, junto con los diarios. Fomentan la lectura a un nivel popular. Han agotado tiradas de miles de ejemplares, en un lugar donde suelen editarse 500.

Migjen Kelmendi accede a los jóvenes con su canal de música por internet. Creó el semanario Java como foro y espacio para periodistas. Introdujo la cuestión de la identidad kosovar en el primer número de Java (2001) y luego en un libro, Who is Kosovar?, para promover un debate sobre la lengua gheg y el legado oriental. "Los kosovares nunca hemos hablado bien el albanés unificado, instaurado en la Albania de Hoxha, y los albaneses del norte nos ridiculizaban. Hablando gheg, los albano-kosovares resultan incluso exóticos", sugiere Kelmendi. "Los grupos de música que cantan en gheg suscitan curiosidad en Albania... Si toda la comunidad albanesa en Kosovo habla en gheg, ¿por qué renunciar a la propia lengua?"

En Java se escribe en gheg, albanés y serbio, con espíritu abierto. Pero casi todos le critican. "Dicen que no es el momento de la lengua, que hay problemas más urgentes. Romper tabúes siempre es un desafío, aunque agota."Y plantear la cuestión de la identidad "es como entrar desnudo en una mezquita". Kelmendi reivindica el legado oriental, el islam. "No la religión, sino la cultura y la tradición islámicas", el encuentro de Oriente y Occidente que conforma el rico legado de Kosovo. Java ha recibido el Press Freedom Award de Austria, un espaldarazo para Migjen. "La televisión de Kosovo me ignora, pero las cadenas de radio y televisión albanesas me invitaron a hablar del gheg." Habla de la corrupción, de la codicia de la posguerra, y de crearun movimiento cívico que pueda cambiar las cosas. "Tal vez un día funde un partido", sonríe.

Paseo por los bazares y la parte vieja de la ciudad, que conserva su estructura otomana, como un Estambul afeado y pasado por el filtro comunista. Tito preservó la arquitectura austrohúngara en la antigua Yugoslavia, pero en tiempos del jefe de seguridad Aleksander Rankovic, con el eslogan "Destruyamos lo viejo para construir lo nuevo", arrasó la arquitectura otomana de Pristina.

Me lo cuenta otro protagonista de la escena cultural, el poeta, novelista y editor Eqrem Basha, propietario de la librería Dukagjini. Librería y editorial están frente a la sede de Koha, en Nene Tereze (Madre Teresa), la avenida principal de Pristina (junto con la avenida Bill Clinton) y tal vez la única que se pronuncia por su nombre. En Pristina, nadie sabe los nombres de las calles: todas son indicaciones de proximidad (junto al Grand Hotel, frente a la iglesia ortodoxa...). Basha es optimista, tal vez porque su actividad le entusiasma. Los libros son caros, pero también publican libros de texto, y han obtenido premios internacionales por su contenido innovador y su interés didáctico. "La Universidad de Pristina ha sido de las primeras en adaptarse al sistema de Bologna. Y mi hija, una de los primeros estudiantes que se fue con una beca Erasmus." Basha es europeísta convencido, y arraigado a su país. "Necesitamos el Estatuto para resolver los problemas pendientes. Kosovo es rico en recursos, pero no en inversión." No teme el retorno de los repatriados. El hecho de que el 50 por ciento de la población tenga menos de 30 años le parece positivo, aunque falte trabajo. "Los albaneses siempre han emigrado a trabajar, traen ideas nuevas, recursos... Y la presencia de la comunidad internacional es positiva por el intercambio cultural."
Basha escribió de la guerra en su novela Las puertas del silencio, aún sin traducir. En francés le han publicado Les ombres de la nuit (Fayard). En la ciudad vieja, visito la mezquita, con sus hermosos mosaicos azules: en la puerta hay dos pares de zapatos. El muecín empieza a cantar bajo la fina lluvia matinal. Shkelzen Maliqi es ensayista, ha sido editor de libros y de una revista literaria, MM, asesor educativo de la Fundación Soros. Ahora escribe sus memorias y ha abierto una galería donde también organiza conferencias. Se anima al hablar de su actividad como comisario de arte y de su espacio, Rizoma. Me presenta al grupo de artistas que se encerró cinco días en la galería: sus intervenciones mezclan grafitis, imágenes de cómic, collages y textos irónicos o conceptuales. Luego destruirán las pinturas y toda documentación, aunque
bromean que algo quedará grabado en el móvil de Shkelzen.
Entrevisto en italiano al joven poeta Arben Idrizzi, redactor del diario L'Express, donde escribe una columna cultural.
Aprendió italiano para leer poesía, de modo autodidacta, y ha traducido a Montale, Pavese, Pasolini... Sus poemas tienen nervio. No ha escrito apenas de la guerra, le interesa la época actual y es pesimista. “No hay esperanza en Kosovo. Hay tanta pobreza, no hay trabajo ni dinero y la corrupción es generalizada. Tememos que con la llegada del Estatuto no se resuelva nada y todo siga igual.”

Nerimane Kamberi usa indistintamente albanés y francés para escribir.
Es profesora de literatura francesa en la Universidad de Pristina, con un sueldo ínfimo, que compensa trabajando en organismos internacionales. Ha publicado cuentos, escribe una novela de la guerra. Cita a Mehmet Kraja, en cuyo libro unos locos se fugan del manicomio después de la guerra. “Ese manicomio, con serbios, albaneses y algún croata, era lo único que quedaba de Yugoslavia en Kosovo durante la guerra y los locos contemplaban cómo el mundo de fuera se volvía loco, y la frontera entre dentro y fuera se desvanecía.” Dio lugar a una película titulada KUKUMI, dirigida por el propio Kraja con Isa Qosja, y donde los locos vagan por el Kosovo destruido, bajo la lluvia. Nerimane es pesimista. “Según una encuesta, si pudieran elegir, el 70% de los jóvenes se iría de Kosovo. Y eso es grave.” Ella teme la marcha de la comunidad internacional, que da trabajo a tanta gente.
Fahredin Shehu es un joven poeta que trabaja en RadioKosova y ha recogido el legado sufí en sus poemas. Sueña con organizar unencuentro sufí en Sevilla o Granada. Leo sus poemas traducidos al inglés, de una sensualidad oriental. En la guerra, en el sudeste de Kosovo, sufrió el ataque de granadas del ejército yugoslavo, tuvo que abandonar su casa y perdió una biblioteca familiar de 2.000 títulos, con manuscritos caligráficos de 250 años de antigüedad, como el Canon de Avicenna. Durante tres meses vivieron en sótanos y, para no enloquecer, leía a Meher Baba y a Osho Rajneesh.
Eso le cambió. “La religión es para los que temen el infierno y anhelan el paraíso, la espiritualidad es para quienes ya han estado allí.”
Yvana Henzler dirige la oficina cultural de la embajada suiza, situada en la ladera de la colina. Hablamos de la escena del arte. “No hay inversión, no hay estructuras, ni escuelas, sólo centros decimonónicos.
Pero hay talento, artistas originales, con una historia que contar.
Temo que sin esas estructuras, no puedan evolucionar. No hay coleccionistas, nadie les compra excepto yo”, sonríe y me cuenta cómo se convirtió en coleccionista. Por pura pasión. En 1998, en Sarajevo, descubrió artistas que le impresionaron. La guerra les había moldeado e inspirado. Empezó a comprarles piezas, entablando una relación con ellos y siguiendo su evolución.Enla escena internacional, detectó cierto desdén por lo balcánico: les invitaban a las ferias, pero sólo como grupo. Harald Szeemann se interesó por algunos y los llevó a Documenta o a Sevilla. Por desgracia, ese proceso se cortó con su muerte.
La colección de Yvana está íntimamente vinculada a los Balcanes y la guerra. “Cuando los artistas se marchan,
desconectan y cambian, y sus piezas ya no encajan con mi colección.” La representación visual de los problemas de la zona es “el hilo rojo que conecta mi colección. Una colección puede ser un sismógrafo de los problemas sociales.”

miércoles, 4 de abril de 2007

Balcanes: Aleš Debeljak

Foto: El País, el castaño de Anna Frank, 2007

Poesía y ensayo
Un paseo por la historia
ISABEL NÚÑEZ


Aleš Debeljak
La ciutat i el nen
Edicions La Guineu
Traducción de Xavier Farré
88 PÁGINAS
12,4 EUROS
Aleš Debeljak
La neu de l’any passat
Lleonard Muntaner
Traducción de Simona Škrabec
169 PÁGINAS
14 EUROS


Debo reconocer que leí la versión inglesa, The City and the Child, revisada y corregida por el propio Aleš Debeljak, y me cautivó ese recorrido dolorido por su destruida Arcadia, un paseo melancólico por la historia de los Balcanes y de Europa. El narrador mezcla su lamento a la celebración vital del nacimiento de su hija, un hecho que revoluciona su percepción del mundo y le hace comprender, en plena guerra, que la vida es sobre todo renovación.
Admito que no he logrado el mismo encantamiento con la versión de Xavier Farré (no por el contenido, cuidado por la revisión de Simona Škrabec y Jaume Creus). Tal vez estuviera yo demasiado apegada a las palabras de mi primer descubrimiento de Debeljak, o tal vez sea una cuestión subjetiva, de gusto, de palabras que yo no escogería y que vuelven rígido un texto que en inglés fluía naturalmente, en unos versos largos, narrativos y precisos, de una belleza poética que entronca con lo que el propio Debeljak decía del escritor serbio judío Danilo Kiš, que “(con los mismos procedimientos poéticos y literarios que Borges), introduce en su obra una responsabilidad ética, con dos interrogantes claves del siglo XX: los campos de exterminio nazis y el gulag soviético. De este modo, su literatura queda arraigada a un espacio histórico.”
Los poemas de Debeljak arraigan también en un espacio histórico, en esa “prisión de la historia”, en el peso ritual que se repite, en “el mapa de un país que desafía el olvido”, en “las metáforas que arden dolorosamente sobre la ciudad” destruida, en su mirada culpable y su “crónica del dolor”: “dos mortíferos y hermosos bombarderos rompen el cielo y los cartógrafos no descansan. El tiempo se acaba. La historia prende una hoguera en los arbustos…”, Siempre con su dualidad vital y sensual, fumando “el último cigarrillo”. Como el muro de piedra que espera a que el ritual de la historia se repita, pero que también “será derribado por el delicado aliento de un niño”.
La neu de l’any passat es una cuidada selección de ensayos, eficazmente traducida por Simona Škrabec, que añade un interesante y esclarecedor epílogo. Debeljak expone, en su tono poético y personal, sus brillantes reflexiones sobre los Balcanes, la historia, la cultura, el peligro de los mitos (el uso perverso que hizo de ellos Milorad Pavić para apoyar la narrativa beligerante de la Gran Serbia; o los más viejos mitos, como la peonía de Kosovo de la que hablaba Kadaré, que crecía con la sangre de los soldados serbios y ahora entorpece tácitamente la aceptación serbia de una independencia necesaria). Debeljak explora los fundamentos para construir una identidad europea común, sin renunciar a las diferencias ni al legado étnico propio.
El descubrimiento adolescente de la gran ciudad cosmopolita de Belgrado –sucia y viril frente al espíritu germánico e higienista de los eslovenos—, su identificación de joven lector con la antigua Yugoslavia, o con la lengua, que promete no abandonar en la poesía (escribe ensayos en inglés), la pérdida de esa Arcadia yugoslava que es también su juventud… En definitiva, el periplo vital y pensante de un ensayista subjetivo y literario que se considera poeta antes que ninguna otra cosa, contado con pasión y delicadeza, y que se lee como una novela.



Poeta y ensayista, Ales Debeljak (Ljubljana, 1961) es licenciado en Literatura Comparada y doctor en Pensamiento Social por la University of Syracuse (NY). Actualmente imparte clases en la Northwestern University de Chicago (donde reside) y el College d’Europe de Varsovia.
Empezó a publicar en los años ochenta, libros de poemas (Los nombres de la muerte, 1985; Diccionario del silencio, 1987) y ensayos (La esfinge posmoderna, 1989; El crepúsculo de los ídolos (1994; Bilbao: Tercera Prensa, 1999). Ha visitado Barcelona invitado por el KRTU, para pronunciar las conferencias Europa sin los europeos en la Fundació Antoni Tàpies y Los poetas y la política en la UPF, y presentar sus libros La ciutat i el nen (La Guineu) y La neu de l'any passat (Lleonard Muntaner).
Su generación, que vivió la época más suave del régimen de Tito, y que a diferencia del resto del bloque comunista, pudo viajar por el mundo y tuvo libre acceso a la literatura internacional, llegó a la madurez con el fin del comunismo, el estallido de los nacionalismos y la guerra, que les pilló por sorpresa y rompió dramáticamente su plácido ensueño.
Aunque los diez días bélicos en Eslovenia fueron, dice Debeljak, “una guerra entre comillas”, él vivió el conflicto como traductor para la CNN y confiesa que le parecía irreal, como una película. Sólo la visión de los primeros muertos le hizo comprender. Tiene palabras amargas para la actitud de Europa: “En 1993, cuando en Sarajevo llevaban un año de asedio, la prioridad de la UE era Maastricht: ordenar la casa. Aunque en el patio de enfrente la gente moría. Pero a las élites no les preocupaba. A los yugoslavos no se les consideraba europeos. Mientras Sarajevo ardía, Europa tocaba el violín. Maastrich era un documento de cultura, pero su reverso oscuro (de barbarie) fue cerrar los ojos a los crímenes de guerra, a que en Bosnia violaran y degollaran a tanta gente.” Y añade: “Si esta guerra no hubiera implicado a musulmanes, Europa habría evitado el genocidio… Y lo más triste es que en Bosnia existía precisamente la clase de islam que buscaba Europa, un islam abierto y europeo avant-la-lettre…” De la sentencia del Tribunal Penal Internacional de La Haya sobre Srbrenica, dice: “Es la misma actitud desde el principio del conflicto, un compromiso. Por una parte, confirma el genocidio y apoya a los bosnios. Por otra, al decir que la responsabilidad no es exclusivamente de Serbia, apoya a Serbia. Hay un dicho esloveno para eso: querer conservar toda la oveja y saciar al lobo...” Y continúa: “La UE podría aprender una lección del desmembramiento de Yugoslavia. Yugoslavia era (dicho con ironía) una pequeña Europa: lenguas y alfabetos distintos, religiones distintas… La búsqueda de puntos comunes fue la característica que definió la Yugoslavia de Tito. Todos teníamos una identidad primera, étnica, que nos definía, y por un acto voluntario, éramos yugoslavos. Como en Europa todos somos catalanes, franceses, italianos, pero decidimos ser europeos. Yugoslavia era una identidad transnacional. Sólo le faltaba la democracia… La UE tiene un déficit de democracia, aún es un proyecto de las elites, desde arriba. Como en Yugoslavia, falta el consenso de las comunidades… La lección sería cómo puede fracasar o no el proyecto europeo.”
Cuenta cómo el nacionalismo esloveno, más moderado, creció a partir del “rechazo arrogante” por parte de Serbia de todas las propuestas de cohabitación que los eslovenos pusieron sobre la mesa yugoslava. Y también habla de lo que fue el experimento yugoslavo, la particular combinación del oriente y occidente europeos capaz de engendrar pensadores como Slavoj Zizec, que une marxismo y psicoanálisis.
Debeljak define el multiculturalismo como un abrirse hacia lo distinto sin renunciar a la propia identidad, una tensión entre conservar lo propio y entender lo ajeno, y es más optimista que otros autores ex yugoslavos, se implica en proyectos editoriales que reconecten culturalmente las antiguas repúblicas, y recuerda que “en las encuestas, los musulmanes bosnios aún afirman que serían capaces de convivir con serbios y croatas…” Más optimista que otros autores ex yugoslavos, dice: “Tarde o temprano tiene que haber una reconciliación.”
Es significativo que un editor vasco y dos catalanes se hayan interesado por este autor. Quien pasee por las librerías de Ljubljana, verá en sus escaparates autores vascos y catalanes; algunos, como Bernardo Atxaga, son casi best-séllers. Más allá de los estereotipos de unos balcánicos salvajes y sangrientos, asociados en el imaginario europeo decimonónico al propio mito de Drácula, la reflexión sobre la identidad y las diferencias en Europa establece también afinidades literarias.

domingo, 11 de marzo de 2007

BALCANES: Marianne Costa

Foto: Estación de Vukovar
Culturas (25 de mayo 2005) Novela
Terapia bosnia ISABEL NÚÑEZ - 25/05/2005
Marianne Costa nació en Francia a finales de los años sesenta. Su trayectoria es ecléctica: licenciada en Literatura Comparada, fue cantante de rock, trabaja como actriz y traductora, aprendió serbocroata, se fue a Sarajevo en la posguerra balcánica, donde dirigió talleres de escritura y colaboró con el activo Centre André Malraux. Ha publicado dos libros de poemas, Angels & after (2001) y Pin-up chrysalide (2004), es tarotóloga y forma equipo con Alejandro Jodorowsky, con quien firmó La vía del tarot (2004). Su primera novela, El infierno prometido, respira esa multiplicidad de intereses. Cuenta la historia de Alicia quien, tras superar una depresión, se enamora de un barman, un hosco (balcánico) obsesionado con la guerra, que fuma sin parar, repite estereotipos sobre la heroica lucha de sus hermanos abandonados y posee a Alicia sin apenas mirarla. El día en que él la abandona, ella pierde el olfato. Tras varias visitas a un terapeuta semigurú y unos rituales de psicomagia, Alicia se marcha allá, al país de la guerra, donde trabajará como traductora, terapeuta, periodista oficiosa, testigo de crímenes de guerra. Para quien haya visitado ese país es fácil reconocer el paisaje rural de Bosnia y la ciudad de las colinas, tan vulnerable a los francotiradores durante el asedio, agujereada por los impactos, o la efervescencia vital y la hospitalidad asombrosa de sus habitantes. Además de los pastelillos de amapola, el físico de la gente o la compulsión de fumar, la Biblioteca Nacional incendiada, la arquitectura austrohúngara-soviética-otomana, he reconocido algún personaje real de Sarajevo en estas páginas.
La trama acumula sorpresas y la novela está escrita con una fluidez que facilita la lectura de corrido. La voz de la autora es inteligente y su aire etéreo no le impide profundizar en el análisis del personaje y sus relaciones. En el proceso, la anticarrolliana Alicia pasará al otro lado del espejo, se curará de su relación desequilibrada y hallará otras formas de encuentro. El humor irónico, la fuerza poética del lenguaje esotérico-analítico, junto con la frescura y el ritmo, son las herramientas que utiliza Marianne Costa para construir su historia.
Hay un núcleo de sinceridad en la novela y momentos capaces de perdurar. También está la crítica a la no-reacción europea durante el conflicto, la sumisión de la prensa a los estereotipos y sus escandalosos silencios, el engaño de los acuerdos de Dayton (siempre sin nombres, como la escena que parodia la visita del intelectual mediático al territorio en guerra, obviamente el charmant BHL luciéndose en Sarajevo con su vistosa partner) y la perplejidad ante la violencia sádica que caracterizó el conflicto. La traducción apoya el texto con eficacia. Marianne Costa El infierno prometido - Traducción de María Teresa Gallego Urrutia - SIRUELA (373 págs. 22,50 €)

BALCANES Dubravka Ugrešić

Narrativa Ámsterdam, ciudad arenosa del exilio ISABEL NÚÑEZ Dubravka Ugrešić - El Ministerio del Dolor - Anagrama - Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Piśtelec (304 págs. 18 € ) Algunos afortunados lectores españoles conocerán ya a Dubravka Ugrešić (Zagreb, 1949), por su excelente e insólita novela anterior, El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003). Allí, la narradora croata, exiliada tras el conflicto que destruyó la antigua Yugoslavia, utilizaba su desubicación en Berlín para apresar con su mirada inteligente e irónica el mapa contemporáneo de esa ciudad-museo de la historia, donde todo el encarnizamiento y la complejidad del siglo XX muestra sus rastros visibles y el propio turista es invitado a participar (opuesto a nuestra ahistórica Barcelona, que construye incluso en el lugar donde fueron fusilados cientos de ciudadanos y borra toda memoria de la ciudad rebelde, en una imagen sólo comercial, suficiente para los turistas del alcohol). Construía su propio álbum identitario, fragmentado y agridulce, con los retratos tragicómicos de las amigas separadas por la guerra, los diálogos desconcertados con la madre, los grupos variopintos de ex yugoslavos que se detectan entre sí por las calles berlinesas, el sexo fugaz, los artistas que dibujan la memoria, la soledad y la burlona nostalgia siempre lúcida de su vivencia del exilio. En El Ministerio del Dolor, la narradora es de nuevo una croata exiliada a quien ofrecen una plaza de profesora de serbo-croata en Ámsterdam y que enseguida comprende que el aula es un campo minado y la lengua y las palabras, capaces de hacer estallar la guerra que todos se han llevado consigo sin querer. Son las dificultades y conflictos de Tanja Lucić, su búsqueda de un territorio común en el pasado remoto de los alumnos, la rebelión silenciosa de una parte de la clase y su relativo triunfo sobre la profesora, los gestos de cada personaje, la común ironía que no excluye nunca el dolor –tampoco cuando uno de ellos se suicida, dejando unas pistas para interpretarle—, la obsesión por la palabra y la angustiosa incapacidad de usarla, como en el juego que acerca y aleja a la narradora de uno de sus alumnos, con una escena de callada violencia que sólo el final resuelve, y la atmósfera casi acogedora del barrio rojo de las putas, la desnudez y exhibición privada de la ciudad arenosa, los encuentros fugaces y equívocos donde el intercambio de fluidos permite cierta pacificación, y la reflexión audazmente literaria y analítica de su mirada. Cada elemento encuentra su lugar preciso en el engranaje hábil y melancólico de la novela, con un tono donde el agotamiento emocional, la carga del dolor acumulado no puede derrotar, aunque lo intente, la energía intelectual de esta gran autora. De nuevo, la mirada sobre Ámsterdam, sugerida en la cita de Cees Noteboom al inicio del libro, es tan penetrante y llena de matices que me ha hecho preguntarme si acaso entre todos los viajeros, será el exiliado quien pueda ver mejor las ciudades que le acogen y devolver su imagen con mayor claridad. O tal vez sea ese un talento especial de Dubravka Ugresic y sus narradoras, llenas de la perplejidad chejoviana que permite la mejor literatura. El título, irónico pero clave para comprender el fondo duro de esta novela arenosa como la bajura del terreno de Ámsterdam, es el nombre de un club sadomasoquista de la ciudad y los alumnos de la profesora Lucić lo utilizan para aludir burlescamente a uno de sus trabajos ocasionales mejor pagados, confeccionar ropa S/M para la ciudad holandesa. ¿Cómo gestionar ese dolor histórico y personal y cómo digerir todas las facetas de esa forma geométrica y compleja que es el exilio? No se trata ya sólo del desarraigo, de las dificultades sobre la propia identidad, construida sobre un pasado más o menos común, ni del pretexto que supone para cambiar de vida y dejar atrás relaciones vencidas, se trata también y sobre todo de la violencia, de esa misma violencia ante la cual fingimos sorprendernos al verla en guerras ajenas, la que nos habita, está en nuestros vecinos y está en nosotros y puede generar rupturas y estallidos insospechados que no tendrán cura. La antigua Yugoslavia es un país complejo, tan desconocido entre nosotros como su gran literatura, y Dubravka Ugrešić , atacada y perseguida por el régimen patriarcal de Tudjman, es una de sus voces más sugestivas e interesantes. No se la pierdan. Perfil: Pesadilla balcánica
Dubravka Ugrešić (Zagreb, 1949) ha publicado en España la novela El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003) y los ensayos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004). Traductora, profesora en la Universidad de Zagreb, fue una de las 5 escritoras estigmatizadas por la prensa oficial de Franjo Tudjman como “las brujas de Rio” (en la cumbre feminista de Rio de Janeiro, alguna de ellas denunció que la supuesta guerra nacionalista encubría una auténtica guerra contra las mujeres, con las violaciones sistemáticas de bosnias y croatas en los campos de concentración serbios), publicaron sus teléfonos y dirección para que cualquiera pudiera avasallarlas. Perdieron sus trabajos, vivieron la cobardía de amigos y colegas que las traicionaron, y acabaron por marcharse. Ugresić ha vivido en distintas ciudades de Europa, como Berlín y Ámsterdam, y sus libros, elogiados por Susan Sontag o Timothy Garton Ash, han tenido una acogida crítica excepcional, tanto en Europa como Estados Unidos. La misma ironía, unas veces ligera y otras sarcástica y amarga, con que analiza el exilio en estas dos novelas, impregna sus declaraciones en Barcelona. No tiene esperanza en el futuro de su país. Define a la protagonista de El Ministerio del Dolor como una narradora traumatizada, que apenas puede contar su dolor, ni nos deja ver a sus estudiantes, sólo oírles. En la versión original, su forma de hablar revela si son eslovenos, macedonios serbios, bosnios, croatas, montenegrinos. Ella sólo se refleja en ventanas y escaparates de una ciudad, Ámsterdam, que se exhibe impúdicamente. Incluso en el juicio de Milošević en La Haya, en lugar de mirarle a través del cristal, prefiere verlo en la pantalla de televisión, como parte del escenario irreal. Dice Ugrešić que su libro “trata de la culpa, y la autohumillación a la que se somete la narradora sólo es un síntoma de ese sentimiento”. Recuerda el dicho según el cual hacen falta 20 años para que un país se cure de una guerra, y añade que “nada se ha resuelto: la gente no quiere hablar, prefieren sentirse víctimas”, e ironiza: “víctimas de la historia y víctimas históricas, víctimas del imperio otomano y del imperio austro-húngaro, del comunismo y el nacionalismo, futuras víctimas de la Unión Europea y víctimas de una futura invasión china, porque dos chinos han abierto una pequeña tienda en Zagreb”. Y lo mismo ocurre con los exiliados: “La autocompasión es el sentimiento favorito de la especie humana, porque excluye la responsabilidad y permite la regresión infantil.” Según Ugrešić, los nacionalistas extremos que apoyaron lo que ocurrió durante la guerra siguen conservando sus puestos en la Universidad, la administración, la prensa y la televisión. Dice que El Ministerio del Dolor no es una novela autobiográfica, aunque “sin mi experiencia nunca habría podido construirla”. Bromea sobre las diferencias entre su narradora y ella, o sobre su impresionante formato físico, y sobre la relación sadomasoquista de profesora y alumno dice que “eso es lo único autobiográfico de la novela”.

sábado, 13 de enero de 2007

Clausura del Any Freud

Foto: Andrea Resmini, Safi, 2006
Texto que leí en la clausura del Año Freud en Caixafòrum
Entrevista con el vampiro Hace unos días viajé a Belgrado a entrevistar, para mi libro balcánico, al único escritor directamente implicado en el discurso del odio y la guerra que aceptó hablar conmigo. Se trataba de un ex ministro de la Republika Sprska en Bosnia durante la guerra, colega y defensor de Radovan Karadžić. Ese encuentro me afectó mucho más de lo que yo suponía, a pesar de la desazón que sentía desde días antes de ir. El escritor serbio amigo mío que había aceptado oficiar de intérprete me tradujo oralmente dos de los cuentos de guerra del entrevistado y su calidad literaria me sobrecogió. Eran cuentos descarnados, económicos, casi chalamovianos, y estaban llenos de un amargo sarcasmo, y de toda la ambivalencia y complejidad de las guerras. Durante el encuentro, tuve la impresión de estar hablando con el Raskolnikov de Crimen y castigo, tan ansioso parecía de compartir el peso de su culpa, aunque no lo verbalizase así. Todas las historias que yo había leído y escuchado sobre el genocidio de los Balcanes estaban en cierto modo allí, sobre aquella mesa. Tal vez su inteligencia manipuladora, su talento de escritor, su pretensión de normalidad, su urgencia por acercarse ideológicamente a nosotros con un discurso supuestamente multicultural, su necesidad de ser entendido y perdonado fuese lo peor. Aquel hombre admitió que había pasado toda la guerra con Karadžić, se llamó su amigo y defendió su inocencia, aunque aludió a su biografía oscura. Él insistía en su condición de civil y probablemente no mató a nadie, pero estuvo allí y no hizo nada por impedir o mitigar los sufrimientos, las violaciones y el horror. La peor resaca emocional vino después. Aquella noche no pude dormir, cerraba los ojos y sólo veía la agonía y muerte de mi padre, tal vez porque todo aquello estaba demasiado conectado con la muerte. Mi amigo dijo que era como andar por un campo lleno de calaveras. Él se sentía mal por haber traducido sus palabras, convirtiéndose en cierto modo en el segundo autor de aquel texto. Yo no soy periodista, sino escritora y crítica literaria: nunca había entrevistado antes a alguien implicado en un genocidio, aunque sólo fuera de un modo indirecto. No sé cómo debió sentirse Hannah Arendt con Eichmann. Era inevitable pensar en la banalidad del mal, y en medio de la falta de luz del invierno balcánico, me consoló la interpretación freudiana de Elisabeth Roudinesco en ¿Por qué el psicoanálisis?, citando a Lanzmann: “No cualquiera es capaz de ese horror.” Cuando parece que la pulsión de muerte domine el mundo, para mí, el alivio del psicoanálisis es que permite volver a la visión humanista del hombre como ser libre y complejo, y no intenta adormecer su malestar con química, sino que lo aborda con valor. Durante los 13 años de mi propio análisis, yo pude agregar mis distintos fragmentos y contemplar con fascinación la curación por la palabra. Para una escritora con bloqueos crónicos, que escribe a tientas, que no depende de la voluntad sino del inconsciente, y que ve la vida como una sucesión de sorpresas internas, el psicoanálisis es una forma más interesante de mirar el mundo, pues permite sondear detrás de lo aparente. Gracias a Freud y a Lacan, yo he podido ser algo más libre, y vivir me sigue pareciendo curiosamente intrincado en un sentido de fruición intelectual, de comprender mientras voy andando (o escribiendo), al margen de la apariencia de éxitos y fracasos, al estilo de Françoise Davoine en La Folie Wittgenstein, o como dice Derrida en Aprender a vivir al fin: “Cuando recuerdo mi vida, tiendo a pensar que he tenido la suerte de amar incluso los momentos desdichados de esa vida, y bendecirlos.” Isabel Núñez, enero 2007