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miércoles, 1 de octubre de 2008

La regla del juego, en La Vanguardia Cultura/s

A favor del psicoanálisis ISABEL NÚÑEZ Bernard-Henri Lévy, Jacques Alain Miller, compiladores La regla del juego. Testimonios de encuentros con el psicoanálisis GREDOS / RBA Traducción de Susana Lauro 325 PÁGINAS 25 EUROS Francia ha tenido una relación de amor-odio con el psicoanálisis. El país de Lacan ha tumbado en sus divanes a múltiples personalidades públicas, y allí siempre hay un psicoanalista opinando sobre todo fenómeno social, de la moda a la violencia, la educación o el racismo. En España se desconoce y pocos saben que sin terminología freudiana apenas nombraríamos la individualidad. El reflejo de buscar ayuda psicoanalítica apenas existe aquí, salvo en comunidades argentinas o judías. En general y para su desdicha, los españoles prefieren doparse con fármacos que apagan sus síntomas, como si en lugar de tratar una infección bacteriana que causa fiebre, tomáramos antipiréticos de por vida. Este libro surgió para contrarrestar el Libro negro del psicoanálisis, en el que psicólogos conductistas lo denigraban, y contra el intento de los poderes públicos de someterlo a un dudoso control cientifista. La tendencia contra el psicoanálisis responde al mismo movimiento mercantil que amenaza la cultura humanista y la libertad del individuo en el mundo globalizado y se ajusta al interés de los laboratorios farmacéuticos por medicalizar e inventar enfermedades para sus productos. Hay testimonios brillantes y sintéticos, otros más densos, de escritores, psicoanalistas y políticos franceses e hispanos. El escritor Ricardo Piglia define el psicoanálisis como un “arte de la natación, de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre a punto de hundirse.” A la psicoanalista Elisabeth Roudinesco le fascina su lado subversivo, su provocación, “el odio que suscita desde sus orígenes”, como “avanzada de la civilización contra la barbarie”. Muchos hablan de libertad, del terreno incierto del deseo y la singularidad en que nos sitúa, nos cuentan cómo el psicoanálisis les ayudó a reconstruirse, a recobrar el habla (la filósofa Catherine Clement), de la libertad de escuchar (Renaud Dutreil, ministro), del asombro y la gratitud (Lolita Bosch), de la mejor opción contra el desánimo y el cinismo (Enric Berenguer), citan a Lezama Lima: “sólo lo difícil es estimulante” (Miquel Bassols), o afirman que les enseñó “a saber perder” (Jorge Alemán). Lleno de pasión y de experiencias vitales, el libro evoca el espléndido relato de su análisis que hizo Pierre Rey en Una temporada con Lacan.

viernes, 25 de enero de 2008

Mesa redonda en el Ateneu


Ilustración: Página de Rimbaud del magnífico portafolio sobre la historia del psicoanálisis en Francia, de Yann Diener y Elisabeth Roudinesco

Copio aquí mi speech de ayer en la mesa redonda sobre Psicoanálisis y escritura que compartí en el Ateneu con los escritores Dante Bertini e Imma Monsó y el psicoanalista y psiquiatra Manuel Baldiz, que oficiaba de moderador. No leí la cita de Emily Dickinson, pero la tuve ahí delante, y en la mente.


This is my letter to the World
That never wrote to Me...

Emily Dickinson

Psicoanálisis y escritura

Los que me conocen o me leen, por lo obsesiva y quejumbrosa que soy, saben que yo viví la infancia como una especie de infierno. Pero de mi supervivencia en ese infierno, de la memoria tenaz o de su indigesto proceso posterior surgió, lenta y a trompicones, mi escritura. Hasta que no aprendí a leer, para mí, la felicidad estuvo sólo en el paisaje. Desde muy pronto recuerdo la sorpresa al constatar que aún en aquella sucesión de pequeños horrores cotidianos, a mi alrededor todo era belleza, y lo que más me asombraba era poder percibirla en medio del dolor. Yo sentía que había algo en aquel espectáculo que me apoyaba o que, como diría hoy en un discurso new age, el universo estaba de mi parte. Y me mandaba signos. Siempre pensé, puesto que nadie más parecía escucharlos, que los pájaros cantaban para mí, por decirlo así.
Dice Thomas Mann que el infierno es un lugar donde no hay reglas. La misma persona que me torturaba, mi tía Rottenmeyer, por su vocación de maestra frustrada o de sargento de instrucción, me dio la llave de salida del infierno: me enseñó a leer. Yo vi enseguida que en aquellas letras que sonaban y formaban palabras había también algo especial, algo para mí. Ella debió de detectar mi pasión de aprender puesto que a diferencia de lo que ocurría en la comida, con la higiene, las relaciones o las noches, que eran siempre escenarios o pretextos para castigarme, en ese aprendizaje nunca me pegó ni me encerró. Incluso me dijo: Cuando aprendas a leer, te regalaré un libro. Y cumplió su palabra. Aún lo tengo, lo encontré y reconocí enseguida, por su portada vagamente verdosa. Almendrita y otros cuentos, de Andersen. Con ese libro, aparentemente pequeño y simple, cambió mi vida. Descubrí que había otro mundo, un mundo mucho más afín, donde mi ética precoz, construida en la conciencia exacerbada de la injusticia y en la rabia, coincidía con aquella ética implacable, donde había madrastras y hermanastros, donde el tercer hermano era el que vencía al dragón y conquistaba a la princesa, donde los malvados que lo humillaban sufrían castigos terribles, donde el pato feo se convertía en cisne, donde Cenicienta, también visitada por los pájaros y apoyada por lagartos y ratones, iba a vivir al palacio de cristal.
En How To Be Alone, Jonathan Franzen citaba el estudio de Shirley Brice Heath, su tesis sobre aquellos que de pequeños se sienten aislados o al margen y empiezan a leer para no estar solos. Leyendo, yo también dejaba de estar sola. Y empecé a escribir muy pronto, muy pequeña, diarios de castigos y venganzas, gérmenes de cuentos, porque yo quería vivir en los libros, quedarme en aquel otro mundo.
Decía Jean Rhys que empezó a escribir para mitigar el dolor, por “el deseo de liberarme de aquella horrible tristeza que me abrumaba. Cuando era niña, (dice), descubrí que si lograba poner el dolor en palabras desaparecía. Deja una especie de melancolía y luego se va. Creo que Somerset Maugham dijo que si escribes una cosa… ya no te preocupa tanto. Supongo que es como un católico que se confiesa o como el psicoanálisis.”
Y sin embargo, su escritura no es simplemente terapéutica y espero que la mía tampoco. Hay un placer en la escritura. Yo escribo para satisfacer un deseo, pero a veces diría que no es un deseo de objeto, escribir-algo, sino un deseo de escritura per se, o como dice Barthes citando a Freud, una tendencia.
Ese deseo, dice Barthes, es pothos, deseo agudo de lo ausente, deseo de lo que falta… la falta de la vida está en la escritura. Y ahí está volupia, lo que Flaubert describe como cher tourment, querido tormento. O Kafka, que escribe como único objetivo en la vida, en conflicto con la vida… y al mismo tiempo, habla de la terrible pereza y el miedo a escribir, “de entregarme a esa ocupación terrible mientras que todo mi sufrimiento consiste en este momento en verme privado de ella”.
Es también la literatosis de Lobo Antunes que citaba Vila-Matas: vivir para escribir: En cuanto empiezo a sufrir, pienso ¿y esto, podré utilizarlo para escribir? ¿Me servirá para un cuento? «Se puede hablar de una enfermedad de la escritura», dice Marguerite Duras.
Y coincidiendo con el deseo atormentado de Kafka, dice Truman Capote en el prólogo de su Música para camaleones (cito de memoria) “Dios le da a uno un don y con el don le da también un látigo. Para autofustigarse.”
Antes que el placer y el juego, yo también sentí la escritura como un deber. Adolescente, pensaba que mi percepción de las cosas era distinta, no por original ni innovadora, sino por intensa, dolorosa y feliz al mismo tiempo. Pensaba que incluso la belleza me dolía y aunque el agradecimiento siempre me pareció una fuente de felicidad, también implicaba la obligación de devolver (a los dioses griegos) el don que se me había concedido, un poco como la parábola de los talentos, pero no por moral calvinista, sino para que nada de lo vivido fuese en vano, por si a alguien pudiera servirle, como a mí me había servido la escritura de otros.
Dice Katherine Ann Porter: Todos mis sentidos eran agudos, las cosas me llegaban a través de los ojos y a través de todos mis poros. Todo me golpeaba a la vez…”
En cambio, yo sólo percibo una pequeña parte de las cosas. No puedo decir si alguien a quien he visto llevaba gafas o bigote, y en cambio puedo casi dibujar un gesto de su mano o imitar su tono. Ahora creo que esa percepción absurdamente distorsionada puede permitirme el sesgo, la oblicuidad necesaria para escribir. Con el análisis y la vejez, la pasión por comprender lo incomprensible compite con la percepción sensorial.
Dice Faulkner que el artista es una criatura movida por los demonios. “Tiene un sueño y le angustia tanto que necesita librarse de él…” Y como ninguna de sus obras alcanza sus estándares literarios, elige la que más le dolió (The Sound and the Fury).
Yo escribo a ciegas. Al principio discutía con mi amigo escritor serbio, más cerebral, que planifica todo… Como García Márquez. Adolescente, fui a casa del escritor colombiano con una amiga común, que le regaba las plantas cuando él viajaba. Y pude colarme en su estudio. Estaba escribiendo El otoño del patriarca, en una carpeta con cuadros sinópticos generales y para cada capítulo, con personajes y actos. Aquello me desalentó…
Mi amigo me decía: No puedes escribir sin saber… Y probé a escribir una novela como él, como García Márquez, como Iris Murdoch, decidiendo conscientemente, con cuadros sinópticos y planes prefijados, y descubrí que no me salía una sola palabra. Me aburría soberanamente saber todo aquello de antemano. Descubrí que no planifico porque me interesa lo desconocido, lo inconsciente, lo que no sé. Como los sueños, esa escritura es mi materia de análisis. “Vosotros escritores tenéis la suerte de que no necesitáis los sueños para conectar con el inconsciente”, me dijo una vez mi analista. “La escritura es lo desconocido”, dice Marguerite Duras. “Antes de escribir no se sabe nada de lo que se va a escribir. Y… si supiéramos algo… antes de escribirlo, nunca escribiríamos. No valdría la pena…”
Naturalmente, eso significa estar a merced del inconsciente, del bloqueo, de lo desconocido, andar como un funambulista por la cuerda, pero también tiene esa emoción de desvelar, descubrir. Para reforzarme, sin darme cuenta, fui recolectando autores que escribían como yo, a ciegas.
Dijo Katherine Ann Porter: “Cuando alguien me preguntó por qué había escrito Flowering Judas en presente histórico, contesté: ‘¿Eso hice? No me había dado cuenta’. Nunca planeé escribirla de ninguna manera. Una historia se forma en mi cabeza y va avanzando… Pero yo nunca pienso en la forma… No creo en el estilo. El estilo eres tú… Podría cultivar un estilo, pero sería como una máscara.”
Yo empecé a analizarme porque no podía escribir. “Escribir aquí”, me decía mi analista. Así fui descubriendo lo que se me atragantaba, quiénes eran los fantasmas con los que temía quedarme a solas, todo lo que pedía ser atendido. Con el análisis no me he curado del todo de mis bloqueos, no siempre puedo dejar jugar libremente a la niña amoral y despiadada que me habita y con la que debo conectar para escribir, tal vez los necesito para mi cocina interna, pero el análisis me ha permitido dar vueltas en torno a la escritura, escribir a veces, escribir ailleurs, en otra parte. Como Zizek que, frente al bloqueo, no escribe libros, sólo toma notas y de pronto, en cierto momento, descubre que el libro está ya escrito, como si lo hubiera escrito otro. “Has pasado del bloqueo al blogueo”, me dijo alguien una vez. Y es que a mí, la escritura refoulée se me escapa por otros lugares. Me siento libre escribiendo en el blog, tanto que no pararía, pero también he rescatado a veces mensajes de correo electrónico que eran gérmenes de un cuento, incluso con el título.
Y al acabar un cuento, está esa indecisión que también nombra Barthes, ese extravío del que no sabe, la ausencia de criterio. Dice Kafka, releyendo su diario: “no veo que lo que he escrito hasta aquí sea particularmente valioso, ni tampoco que merezca claramente ser destruido”. Barthes concluye que la literatura NO es científica. A veces, yo ni siquiera sé de qué trata un cuento hasta mucho después, hasta que no empiezo a discutirlo con alguien. Es como si continuara en ese estado de escucha interna, esa especie de duermevela con la que a veces, sobre todo cuando voy andando, por la calle o por la casa, empiezo a pronunciar mentalmente las frases de un texto. Temiendo que nadie me interrumpa… temiendo la visita del hombre de Porlock.
Supongo que conocen la historia. Coleridge estaba escribiendo Kublai Khan, su poema inacabado, no sabía cómo terminarlo y decidió echarse la siesta. Según cuenta, en sueños o al despertar se le apareció muy claro el final del poema. Pero en ese momento llamaron a la puerta. Era un hombre de Porlock, el pueblo de al lado, que distrajo a Coleridge y le hizo olvidar el final del poema. Ese hombre de Porlock se convirtió en una figura literaria que representa las excusas de los escritores ante el bloqueo.
Yo di a leer el último cuento que he escrito a mi amigo escritor serbio. Él tiene habilidad para analizar un texto de ficción, sobre todo en la estructura, la dramaturgia, los contrapesos, etc. Mi ceguera, mi escritura inconsciente hace que yo no sepa lo que quería escribir hasta que empiezo a discutir, casi a pelearme con él. Esta vez me dijo: “No, no encaja, deberías separar al personaje del padre, ponerlo en otro cuento”. Lo releí y comprendí por qué no podía hacerle caso. Gracias a esa discusión se me reveló la estructura interna de mi cuento, comprendí que era un cuento sobre la paternidad y que el padre del protagonista, completamente surreal, era clave para entender la forma extraña de abordar la paternidad de ese protagonista, tan razonada que resultaba delirante. Me di cuenta del peso de cada uno y lo reforcé cambiando algo de lugar, y todo encajó misteriosamente y yo sentí una liberación por no hacer caso de mi amigo. De pronto, ya no estaba perdida…
Otra forma de descubrir las claves de mi escritura se la debo a mi amiga americana, empeñada en leer mis escritos y con la cual hacemos un extraño trabajo de traducción, empezando con una versión inglesa rudimentaria y discutiendo cada fase de sus correcciones. Así, yo descubro que cada palabra escrita tiene su razón de ser, incluso fonética, que la mirada tiene que ser oblicua en un momento, y en otro aludir a algo que no se explica.
Yo hago autoficción, es decir que construyo a partir de material biográfico. Me interesa construir observando la microvida, convirtiendo en cuentos algunos fragmentos de lo que veo en otros, interiorizo o sufro directamente. Tomar elementos propios y ajenos y reordenarlos como un puzzle que permitiera variaciones, como aquel viejo John Gielgud de la película Providence que en la cama y bebiendo whisky imaginaba escenas con su hija, su yerno y otro personaje y se divertía cambiando palabras y gestos de todos...
Tal vez la autoficción, en los cuentos y en el blog, signifique un grado mayor de exposición, también porque algunos lo toman al pie de la letra o creen que están entrando a una pantalla de Gran Hermano, sin advertir que hay una construcción, una selección, que los yos son siempre personajes. Hay lectores de mis cuentos que conocían las situaciones biográficas en que se basaban algunas historias pero corregían sus recuerdos con la idea de que la verdad debía de estar en mis cuentos. A veces me pregunto si la autoficción es sólo una forma de continuar el proceso de mi análisis, siempre fascinada por la palabra y utilizando ese material inconsciente para mirar mejor mi interior.
En mi análisis yo aprendí a vivir con mis cicatrices, con mis limitaciones y mis puntos dolorosos, pero también descubrí que gracias a esas cicatrices, limitaciones y puntos dolorosos podía vivir autrement, es decir, que ese conocimiento me ofrecía una posibilidad de vida más libre, situándome en mi extrañamiento, siempre con esa fruición apasionada de intentar comprender. Creo que mi escritura refleja eso, un canal que modifica mi vida. Mi escritura es el intento de comprender, es el puro ejercicio de mostrar para mostrarme, de exponer y de exponerme para poderme pensar.

sábado, 13 de enero de 2007

Clausura del Any Freud

Foto: Andrea Resmini, Safi, 2006
Texto que leí en la clausura del Año Freud en Caixafòrum
Entrevista con el vampiro Hace unos días viajé a Belgrado a entrevistar, para mi libro balcánico, al único escritor directamente implicado en el discurso del odio y la guerra que aceptó hablar conmigo. Se trataba de un ex ministro de la Republika Sprska en Bosnia durante la guerra, colega y defensor de Radovan Karadžić. Ese encuentro me afectó mucho más de lo que yo suponía, a pesar de la desazón que sentía desde días antes de ir. El escritor serbio amigo mío que había aceptado oficiar de intérprete me tradujo oralmente dos de los cuentos de guerra del entrevistado y su calidad literaria me sobrecogió. Eran cuentos descarnados, económicos, casi chalamovianos, y estaban llenos de un amargo sarcasmo, y de toda la ambivalencia y complejidad de las guerras. Durante el encuentro, tuve la impresión de estar hablando con el Raskolnikov de Crimen y castigo, tan ansioso parecía de compartir el peso de su culpa, aunque no lo verbalizase así. Todas las historias que yo había leído y escuchado sobre el genocidio de los Balcanes estaban en cierto modo allí, sobre aquella mesa. Tal vez su inteligencia manipuladora, su talento de escritor, su pretensión de normalidad, su urgencia por acercarse ideológicamente a nosotros con un discurso supuestamente multicultural, su necesidad de ser entendido y perdonado fuese lo peor. Aquel hombre admitió que había pasado toda la guerra con Karadžić, se llamó su amigo y defendió su inocencia, aunque aludió a su biografía oscura. Él insistía en su condición de civil y probablemente no mató a nadie, pero estuvo allí y no hizo nada por impedir o mitigar los sufrimientos, las violaciones y el horror. La peor resaca emocional vino después. Aquella noche no pude dormir, cerraba los ojos y sólo veía la agonía y muerte de mi padre, tal vez porque todo aquello estaba demasiado conectado con la muerte. Mi amigo dijo que era como andar por un campo lleno de calaveras. Él se sentía mal por haber traducido sus palabras, convirtiéndose en cierto modo en el segundo autor de aquel texto. Yo no soy periodista, sino escritora y crítica literaria: nunca había entrevistado antes a alguien implicado en un genocidio, aunque sólo fuera de un modo indirecto. No sé cómo debió sentirse Hannah Arendt con Eichmann. Era inevitable pensar en la banalidad del mal, y en medio de la falta de luz del invierno balcánico, me consoló la interpretación freudiana de Elisabeth Roudinesco en ¿Por qué el psicoanálisis?, citando a Lanzmann: “No cualquiera es capaz de ese horror.” Cuando parece que la pulsión de muerte domine el mundo, para mí, el alivio del psicoanálisis es que permite volver a la visión humanista del hombre como ser libre y complejo, y no intenta adormecer su malestar con química, sino que lo aborda con valor. Durante los 13 años de mi propio análisis, yo pude agregar mis distintos fragmentos y contemplar con fascinación la curación por la palabra. Para una escritora con bloqueos crónicos, que escribe a tientas, que no depende de la voluntad sino del inconsciente, y que ve la vida como una sucesión de sorpresas internas, el psicoanálisis es una forma más interesante de mirar el mundo, pues permite sondear detrás de lo aparente. Gracias a Freud y a Lacan, yo he podido ser algo más libre, y vivir me sigue pareciendo curiosamente intrincado en un sentido de fruición intelectual, de comprender mientras voy andando (o escribiendo), al margen de la apariencia de éxitos y fracasos, al estilo de Françoise Davoine en La Folie Wittgenstein, o como dice Derrida en Aprender a vivir al fin: “Cuando recuerdo mi vida, tiendo a pensar que he tenido la suerte de amar incluso los momentos desdichados de esa vida, y bendecirlos.” Isabel Núñez, enero 2007