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sábado, 7 de agosto de 2010

Mi artículo de Kosovo en FronteraD

Foto: I.N., Bouquiniste en Pristina, Kosovo, 2007
Isabel Núñez Kosovo y España: Del silencio, la negación de la historia y los mitos Isabel Núñez La historia de las relaciones entre Serbia y Kosovo ha sido históricamente compleja y violenta. Tal vez uno de los últimos errores de Europa Occidental y la OTAN respecto a Serbia fuera no obligar a Milošević a reconocer públicamente la derrota en 1999. Eso ha permitido que gran parte de la población serbia siga ignorando aún que fueron derrotados, del mismo modo que muchos de ellos creen aún que las atrocidades y abusos cometidos en Kosovo sólo existen en la propaganda antiserbia y que nunca se produjeron. Kosovo es, además, un lugar simbólico negativo para los serbios, considerado la cuna de su identidad por la histórica derrota contra los turcos de 1389, la tierra donde crece la peonía roja, regada según el mito con la sangre de sus soldados serbios, como cuenta Ismaíl Kadaré en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Pero la mayoría de la población -muy joven: el 50% es menor de 35 años- es albanesa y aspira a la independencia. El legado histórico y cultural no puede ser más diverso. Imperio bizantino, austrohúngaro, otomano, ocupación italiana, serbia… Judíos sefarditas de la diáspora española, católicos y ortodoxos convertidos oficialmente al Islam, Y el pasado reciente: el comunismo yugoslavo, sui géneris, de fronteras abiertas y sin censura, con propiedad privada, fronterizo con el implacable régimen albanés de Enver Hoxa. Y una importante comunidad gitana, los roma. El escritor serbio Igor Marojević declaró recientemente que la incapacidad de los serbios para admitir la derrota les había llevado a ultiplicar la pérdida de Kosovo por tres, de momento, y tal vez indefinidamente si persisten en su actitud negacionista. Según él, en 1999, cuando Milošević tuvo que aceptar la retirada del ejército yugoslavo del territorio de Kosovo y la entrada de las fuerzas internacionales y el KFOR, al no declarar la derrota, muchos serbios siguieron obcecándose en que tenían derecho a seguir ocupando el territorio, cohabitando mal que bien con los albaneses. En 2008, la declaración de independencia de Kosovo fue la segunda ocasión: los serbios llevaron la cuestión al Tribunal Internacional, intentando demostrar que Kosovo estaba en territorio serbio y que la independencia era ilegal. Y ahora por tercera vez, una vez el Tribunal Internacional reconoce definitivamente la independencia de Kosovo, muchos serbios siguen negándolo. La conclusión de este sofisma irónico de Marojević es que “a los serbios les gusta ser derrotados” y sugiere que “el reconocimiento de esa derrota supondría mejorar la salud mental del país”. Entrevisté a Igor Marojević para mi libro Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Opté por leer y escuchar a los escritores porque, según descubrí allí, habían tenido un papel decisivo en aquella guerra, “una de las pocas guerras organizada y llevada a cabo por escritores”, como dijo Marko Vešović -Radovan Karadžić, Mira Marković, Miroslav Toholj, Dobrica Ćosić, Ivan Aralica, Franjo Tudjman fueron algunos de los actores de la guerra que publicaban libros-. Una de las cosas que aprendí o que más escuché de los escritores que entrevisté en las distintas antiguas repúblicas yugoslavas es que el silenciamiento y la negación de las heridas de la Segunda Guerra Mundial, tan encarnizada en la antigua Yugoslavia como una guerra civil, permitieron que se produjera este último conflicto con sus atrocidades de matanzas, violaciones, limpieza étnica, etc. De hecho, como dijo Dubravka Ugrešić, los ganadores de entonces han sido en cierta manera los perdedores de ahora. Ese silenciamiento y negación significa otorgar un papel importante a los mitos, que sin una historia rigurosa crecen como la roja peonía de Kosovo. De hecho, en las escuelas serbias se enseñaban poemas épicos que contribuían a esas beligerantes y victimistas leyendas de la Gran Serbia, por ejemplo, del mismo modo que hoy se repite la negación. Lo contaba Slavenka Drakulić sobre Croacia: “Hubo temas de la Segunda Guerra Mundial que nunca se abordaron. No tuvimos una historia rigurosa. Tito mitificó la revolución, los partisanos. El número de víctimas, los errores y abusos cometidos por los comunistas no se abordaron. Ellos hicieron su historia al llegar al poder. Los partisanos mataron también un gran número de soldados enemigos en Croacia, Eslovenia y Austria… La gente no lo estudiaba en las escuelas. Los números de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial se inflaron, por ejemplo 700.000 muertos en campos de concentración era un número que no se podía ni siquiera procesar, contaban un cero de más… Es muy fácil crear mitos y eso es exactamente lo que se hizo, mitos sobre las víctimas, un gran mito serbio; es muy fácil construir ideología, nacionalista en este caso. En mi opinión, la historia es muy importante, ahora estamos viviendo lo mismo. Silencio, negación, los niños no aprenden historia en la escuela, sino historia nacionalista. La Segunda Guerra Mundial, Tito y el comunismo son dos frases en los libros de texto, Croacia se representa como víctima, no se dice que Croacia participó activamente en la guerra en Bosnia, que hubo campos de concentración con presos musulmanes dirigidos por croatas, no se menciona. No hay historia, se repite la negación y el silencio…” Una conveniente propaganda basada en la manipulación de los mitos, junto con las viejas heridas familiares -reales y no resueltas-, permitió que ocurriera lo que ocurrió en la antigua Yugoslavia en los noventa. Según muestran distintos trabajos psicoanalíticos sobre el trauma y la transmisión, el silencio hace que el trauma se transmita a través de las generaciones, mediante depresión, violencia o enfermedad, y a veces es la tercera generación la que lo expresa. Los que logran ponerlo en palabras y transformar su experiencia en un testimonio útil a otros pueden superar el trauma. Un país que no abre sus heridas, ni las airea, examina, ni hace justicia para curarlas, ni encuentra y entierra a sus muertos, las cierra en falso y no recobra la salud.
Viajé a Pristina, Kosovo, en la primavera de 2007 para entrevistar a varios escritores e intelectuales (Migjen Kelmendi, Shkelzen Maliqi, Eqrem Basha, Flaka Surroi y Nerimane Kamberi) para mi libro. Kelmendi y Maliki me hablaron del apartheid que impuso Milosevic en el año 1989 a la comunidad albanesa y que duró diez años. No podían entrar en bares ni hoteles y tuvieron que montar escuelas en las casas y los garajes, sin sillas ni pizarras. Luego vino la deportación masiva. “Nunca en mi vida imaginé que podría ocurrir algo así…”, me dijo Kelmendi. “Que podrían echarme de casa, deportar a una ciudad entera… ¿Por qué? No podían matarnos a todos. En la guerra de Bosnia, los serbios de Milosevic habían visto que era difícil matar a tanta gente, deshacerse de tantos cuerpos, del mal olor y las infecciones, y por eso decidieron echarnos de Kosovo”. Me contó cómo les sacaron de sus casas y les condujeron a una estación, donde tuvieron que esperar bajo la lluvia, “la ciudad entera en una pradera”, con gente mayor y enferma lamentándose, partos que se adelantaban... Oían rumor de aviones y gritaban “OTAN, OTAN”, pero seguían ráfagas de ametralladoras serbias. Y al fin, tras esperar toda una noche en que nacieron tres niños, llegó un tren, al que subieron atropellándose, empapados, hasta Macedonia, a un campo de refugiados albaneses, en pleno lodo, sin apenas alimento. Me contaron de las casas quemadas y de aquellos trenes: doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en el lodo y en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de ellos volvió. “De los 5.000 desaparecidos, volvieron los huesos de 2.000”, dijo Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y documentos de identidad rotos por las fuerzas paramilitares serbias. “Era el caos, nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya.” Sólo la intervención internacional puso fin al régimen de terror en Kosovo. Ahora bien, conviene mencionar aquí el hostigamiento y los abusos sufridos también por la minoría serbia en Kosovo durante años. Además, en marzo de 2004, grupos de albaneses de Kosovo quemaron iglesias serbias y atacaron a los miembros de esas comunidades, en una inversión del hostigamiento que habían sufrido. La revista albanesa Java denunció los hechos calificándolos de Kristallnacht frente al silencio y la justificación de otros. “Los albaneses no deben pagar a los serbios con su propia moneda”, declaró Migjen Kelmendi: “Los culpables de la diáspora no son los serbios de Kosovo, sino los seguidores de Milošević.” Una historia de conflicto, incluyendo los años de lucha armada por parte de los albaneses, que hace muy difícil la convivencia. Sería injusto ignorar el hostigamiento que la minoría serbia ha sufrido en Kosovo, como negar los momentos de la historia en que los serbios han sido víctimas de los albaneses y de otros pueblos balcánicos. Pero aún más injusto resulta no reconocer que el régimen de apartheid y la limpieza étnica que sufrieron los kosovares a manos de las fuerzas de Milošević hace que su independencia sea, además de justa, necesaria. La decisión del Tribunal Internacional de Justicia que avala la independencia de Kosovo y confirma que no contraviene la legalidad internacional es la única vía lógica y políticamente justa tras los hechos de los noventa. Tal vez por eso resulta tan sorprendente la reacción española, que alía a nuestro país con un grupo pintoresco en Europa –Grecia, Chipre, Eslovaquia y Rumanía—, los únicos países de la UE que no han aceptado la independencia, y a Rusia, India o China, frente a los 69 países que sí la han reconocido, incluyendo a Estados Unidos y Japón. Es una postura que contribuye a alimentar la confusión, mientras que, como alguien ha dicho, la postura del Tribunal Constitucional respecto al Estatut d’Autonomia de Catalunya ha contribuido más al independentismo que ningún otro grupo político. Ese miedo del gobierno, que teme que el reconocimiento de un Kosovo independiente desate los demonios nacionalistas vascos y catalanes o que alguien pueda compararlos -¿En qué podrían parecerse Catalunya y Kosovo? ¿En qué se parecen los nacionalistas españoles a los serbios?- sólo revela sus propias fantasías. Y resulta aún más dudosa la alineación con Serbia –fue curioso ver con qué entusiasmo la mayoría de los serbios apoyó a la selección española en el campeonato mundial de fútbol—, porque lo quiera o no, la postura del gobierno de Zapatero le alinea sentimental o moralmente con la Serbia nacionalista, sus heridas, sus atrocidades y sus mitos. El propio nacionalismo catalán ha asumido erróneamente el mito de que la Guerra Civil, en lugar de ser como fue una guerra de clases y la defensa de la legitimidad republicana frente a los insurgentes derechistas, fue una guerra de Catalunya contra España. Muchos parecen ignorar, gracias a ese mito alimentado durante años por CIU, que hubo amplios sectores de la burguesía catalana que apoyaron a Franco por miedo a la revolución, a la violencia y a la pérdida de sus propiedades. Sólo una historia rigurosa y que llame a las cosas por su nombre –¿por qué cuesta tanto pronunciar las palabras fascismo y dictadura aplicadas al régimen que se impuso durante cuarenta años por la fuerza de las armas en este país?— y una justicia que depure responsabilidades y ordene exhumaciones para que puedan enterrarse sus muertos devolverían la salud mental a este pobre país nuestro, donde el retorno de lo reprimido surge constantemente, pues todo lo que no se habla sigue latiendo bajo la piel y estalla en los momentos más imprevistos, obstaculizando el pensamiento y la razón.
El silenciamiento y la mistificación de nuestra propia historia han permitido que también los sectores más derechistas se crezcan, envalentonen y no acepten ningún cuestionamiento. Como decía la psicoanalista Anna Miñarro, en este país la izquierda sigue en el papel de la víctima, sirviendo al Amo. Por eso cuando muere un personaje como Calvo Sotelo algunos socialistas le despiden como a “un demócrata”, o se admite que alguien como Fraga haya permanecido en la política activa, o se concede a Samaranch funerales de Estado, aunque muchos recordemos imágenes suyas con el brazo en alto junto a conocidos nazis y aunque siguiera reivindicando públicamente a Franco mientras se implicaba en un escándalo de corrupción tras otro y mostraba su afinidad con los peores dictadores internacionales. Sólo hace poco se ha revelado, por ejemplo, y apenas se habla de ello, que en la negociación de la Constitución, nuestros políticos catalanes rechazaron las mayores competencias y poder autonómico que implicaban un concierto similar al vasco y prefirieron, como decía hace poco un antiguo rector, optar por el nacionalismo romántico y testimonial, con menos responsabilidades y que permitía echar mano del útil victimismo, sin tener que quemarse asumiendo responsabilidades de Estado. La falta de costumbre de reflexionar y discutir en este país permite que crezcan los mitos y que se sigan alimentando confusiones históricas. Tal vez una de las lecciones de la Guerra de los Balcanes sea precisamente la necesidad de repasar reflexivamente la historia y no dejar que la negación y el silencio sustituyan la complejidad de los hechos por puros mitos fáciles de manipular por los medios y quienes los controlan, esos mitos o metáforas que, en el poema de guerra de Aleš Debeljak “flamean dolorosamente sobre la ciudad”.
Isabel Núñez (Figueres, 1957) es autora del ensayo Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (2009), los libros de relatos, Crucigrama (2006) y Algunos hombres... y otras mujeres (2009), y La plaza del azufaifo (2008), con prólogo de Enrique Vila-Matas. Es colaboradora del suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

martes, 13 de marzo de 2007

Supervivientes judíos: Nicole Krauss


Foto: Sinagoga de Berlín

La Vanguardia Culturas, 05/04/2006

Novela
Entre Grace Paley y García Márquez

ISABEL NÚÑEZ

Nicole Krauss (Nueva York, 1974) se graduó en Stanford e hizo un posgrado en Oxford. En cierta ocasión, asistió a una conferencia de Josif Brodskii y le entregó sus poemas. No esperaba recibir noticias, pero él la llamó al día siguiente y pasaron siete horas juntos trabajando en ellos. Más tarde, Krauss abandonó la poesía. Su primera novela, Man walks into a room, tuvo una excelente acogida crítica.

Antes de que su segunda novela, La historia del amor, llegara a las librerías norteamericanas, Krauss ya aparecía en todos los suplementos literarios. El director de cine mexicano Alfonso Cuarón dirige la película, basada en un libro que ha merecido los elogios de Coetzee y de Ali Smith, además del entusiasmo unánime de la crítica y la traducción a veinticinco lenguas. En las entrevistas, Krauss se ha quejado de que siempre le hablen de su marido, el también escritor Jonathan Safran Foer, y en parte es injusto contribuir a esa desigualdad, pero la comparación resulta inevitable, puesto que ambos comparten mucho más que el éxito, la juventud y la adaptación al cine de sus segundas novelas: una gran similitud en la mirada a su pasado, también común, de abuelos judíos del Este europeo que sobrevivieron al Holocausto y se establecieron en Nueva York, y cuya dolorida nostalgia de la pérdida sólo se ve dominada por un intenso vitalismo y una alegría (agridulce, crítica, analítica, autoirónica, siempre apegada a la cultura, pero alegría al fin) de vivir.

El viejo escritor y cerrajero Leo Gursky perdió a Alma, su novia -embarazada-, camino del exilio, perdió la vivencia de la paternidad y también perdió en el traslado la novela que había escrito sobre ellos, La historia del amor, a manos de su amigo Litvinoff, al que no volvió a ver y, en una soledad interrumpida por las visitas de su amigo y vecino Bruno, procura asegurarse de que alguien le vea todos los días, y lleva un cartel que dice: "Me llamo Leo Gursky, no tengo familia, llamen al cementerio Pinelawn, tengo una parcela en la sección judía. Gracias por su amabilidad". Gursky es uno de los dos protagonistas principales. La otra es Alma Singer, que se llama así por el personaje de la novela perdida de Gursky, una niña excéntrica y solitaria que intenta con los procedimientos más peregrinos que su madre, traductora viuda, deje de estar sola, y que proyecta primero ser paleontóloga, luego viajar a la Antártida y al fin acaba aprendiendo pintura por puro accidente. A partir de aquí, los sucesos se encadenan en una especie de paródico thriller, con ciertas resonancias austerianas por la influencia del azar en todas las cosas, y empieza a caer una lluvia de interrogantes sobre la cotidianeidad de Alma, que investiga el pasado de sus padres, la novela que les fascinó (y que ahora su madre traduce por encargo de un misterioso desconocido), rastrea la vida del escritor que la firmó, Litvinoff, descubre a Isaac Moritz, el hijo escritor de Gursky, y sigue muchas otras vías que le permiten relativizar la pérdida de su padre y el fin de su romance con un judío ruso, Mishka. Todo esto en una exuberancia imaginativa de personajes y momentos mágicos, llenos de una sutil y particular complejidad de matices y en un tono que conecta con Todo está iluminado (está claro que Jonathan Safran Foer también se ha inspirado en el pasado de ella), y a la vez resucita y reactiva deliberadamente el encantamiento de Cien años de soledad, matizado por un humor judío americano y femenino que homenajea a Grace Paley, sin excluir cierta locura al estilo del judío ruso Isaac Babel.

Ninguna de estas influencias oculta el núcleo duro de verdad personal de Nicole Krauss, su imperiosa necesidad de contar, que a veces se pierde en el puro torrente de pequeñas historias tangenciales, pero que recupera con su obvio talento, su energía y sus cualidades de narradora. Una novela muy sugerente.


Nicole Krauss La historia del amor / La història de l´amor. Traducción al castellano de Ana
M. ª de la Fuente y al catalán de Ernest Riera Salamandra / RBA-La Magrana
(288 / 272 págs. 16 / 18 €)

domingo, 11 de marzo de 2007

BALCANES Dubravka Ugrešić

Narrativa Ámsterdam, ciudad arenosa del exilio ISABEL NÚÑEZ Dubravka Ugrešić - El Ministerio del Dolor - Anagrama - Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Piśtelec (304 págs. 18 € ) Algunos afortunados lectores españoles conocerán ya a Dubravka Ugrešić (Zagreb, 1949), por su excelente e insólita novela anterior, El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003). Allí, la narradora croata, exiliada tras el conflicto que destruyó la antigua Yugoslavia, utilizaba su desubicación en Berlín para apresar con su mirada inteligente e irónica el mapa contemporáneo de esa ciudad-museo de la historia, donde todo el encarnizamiento y la complejidad del siglo XX muestra sus rastros visibles y el propio turista es invitado a participar (opuesto a nuestra ahistórica Barcelona, que construye incluso en el lugar donde fueron fusilados cientos de ciudadanos y borra toda memoria de la ciudad rebelde, en una imagen sólo comercial, suficiente para los turistas del alcohol). Construía su propio álbum identitario, fragmentado y agridulce, con los retratos tragicómicos de las amigas separadas por la guerra, los diálogos desconcertados con la madre, los grupos variopintos de ex yugoslavos que se detectan entre sí por las calles berlinesas, el sexo fugaz, los artistas que dibujan la memoria, la soledad y la burlona nostalgia siempre lúcida de su vivencia del exilio. En El Ministerio del Dolor, la narradora es de nuevo una croata exiliada a quien ofrecen una plaza de profesora de serbo-croata en Ámsterdam y que enseguida comprende que el aula es un campo minado y la lengua y las palabras, capaces de hacer estallar la guerra que todos se han llevado consigo sin querer. Son las dificultades y conflictos de Tanja Lucić, su búsqueda de un territorio común en el pasado remoto de los alumnos, la rebelión silenciosa de una parte de la clase y su relativo triunfo sobre la profesora, los gestos de cada personaje, la común ironía que no excluye nunca el dolor –tampoco cuando uno de ellos se suicida, dejando unas pistas para interpretarle—, la obsesión por la palabra y la angustiosa incapacidad de usarla, como en el juego que acerca y aleja a la narradora de uno de sus alumnos, con una escena de callada violencia que sólo el final resuelve, y la atmósfera casi acogedora del barrio rojo de las putas, la desnudez y exhibición privada de la ciudad arenosa, los encuentros fugaces y equívocos donde el intercambio de fluidos permite cierta pacificación, y la reflexión audazmente literaria y analítica de su mirada. Cada elemento encuentra su lugar preciso en el engranaje hábil y melancólico de la novela, con un tono donde el agotamiento emocional, la carga del dolor acumulado no puede derrotar, aunque lo intente, la energía intelectual de esta gran autora. De nuevo, la mirada sobre Ámsterdam, sugerida en la cita de Cees Noteboom al inicio del libro, es tan penetrante y llena de matices que me ha hecho preguntarme si acaso entre todos los viajeros, será el exiliado quien pueda ver mejor las ciudades que le acogen y devolver su imagen con mayor claridad. O tal vez sea ese un talento especial de Dubravka Ugresic y sus narradoras, llenas de la perplejidad chejoviana que permite la mejor literatura. El título, irónico pero clave para comprender el fondo duro de esta novela arenosa como la bajura del terreno de Ámsterdam, es el nombre de un club sadomasoquista de la ciudad y los alumnos de la profesora Lucić lo utilizan para aludir burlescamente a uno de sus trabajos ocasionales mejor pagados, confeccionar ropa S/M para la ciudad holandesa. ¿Cómo gestionar ese dolor histórico y personal y cómo digerir todas las facetas de esa forma geométrica y compleja que es el exilio? No se trata ya sólo del desarraigo, de las dificultades sobre la propia identidad, construida sobre un pasado más o menos común, ni del pretexto que supone para cambiar de vida y dejar atrás relaciones vencidas, se trata también y sobre todo de la violencia, de esa misma violencia ante la cual fingimos sorprendernos al verla en guerras ajenas, la que nos habita, está en nuestros vecinos y está en nosotros y puede generar rupturas y estallidos insospechados que no tendrán cura. La antigua Yugoslavia es un país complejo, tan desconocido entre nosotros como su gran literatura, y Dubravka Ugrešić , atacada y perseguida por el régimen patriarcal de Tudjman, es una de sus voces más sugestivas e interesantes. No se la pierdan. Perfil: Pesadilla balcánica
Dubravka Ugrešić (Zagreb, 1949) ha publicado en España la novela El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003) y los ensayos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004). Traductora, profesora en la Universidad de Zagreb, fue una de las 5 escritoras estigmatizadas por la prensa oficial de Franjo Tudjman como “las brujas de Rio” (en la cumbre feminista de Rio de Janeiro, alguna de ellas denunció que la supuesta guerra nacionalista encubría una auténtica guerra contra las mujeres, con las violaciones sistemáticas de bosnias y croatas en los campos de concentración serbios), publicaron sus teléfonos y dirección para que cualquiera pudiera avasallarlas. Perdieron sus trabajos, vivieron la cobardía de amigos y colegas que las traicionaron, y acabaron por marcharse. Ugresić ha vivido en distintas ciudades de Europa, como Berlín y Ámsterdam, y sus libros, elogiados por Susan Sontag o Timothy Garton Ash, han tenido una acogida crítica excepcional, tanto en Europa como Estados Unidos. La misma ironía, unas veces ligera y otras sarcástica y amarga, con que analiza el exilio en estas dos novelas, impregna sus declaraciones en Barcelona. No tiene esperanza en el futuro de su país. Define a la protagonista de El Ministerio del Dolor como una narradora traumatizada, que apenas puede contar su dolor, ni nos deja ver a sus estudiantes, sólo oírles. En la versión original, su forma de hablar revela si son eslovenos, macedonios serbios, bosnios, croatas, montenegrinos. Ella sólo se refleja en ventanas y escaparates de una ciudad, Ámsterdam, que se exhibe impúdicamente. Incluso en el juicio de Milošević en La Haya, en lugar de mirarle a través del cristal, prefiere verlo en la pantalla de televisión, como parte del escenario irreal. Dice Ugrešić que su libro “trata de la culpa, y la autohumillación a la que se somete la narradora sólo es un síntoma de ese sentimiento”. Recuerda el dicho según el cual hacen falta 20 años para que un país se cure de una guerra, y añade que “nada se ha resuelto: la gente no quiere hablar, prefieren sentirse víctimas”, e ironiza: “víctimas de la historia y víctimas históricas, víctimas del imperio otomano y del imperio austro-húngaro, del comunismo y el nacionalismo, futuras víctimas de la Unión Europea y víctimas de una futura invasión china, porque dos chinos han abierto una pequeña tienda en Zagreb”. Y lo mismo ocurre con los exiliados: “La autocompasión es el sentimiento favorito de la especie humana, porque excluye la responsabilidad y permite la regresión infantil.” Según Ugrešić, los nacionalistas extremos que apoyaron lo que ocurrió durante la guerra siguen conservando sus puestos en la Universidad, la administración, la prensa y la televisión. Dice que El Ministerio del Dolor no es una novela autobiográfica, aunque “sin mi experiencia nunca habría podido construirla”. Bromea sobre las diferencias entre su narradora y ella, o sobre su impresionante formato físico, y sobre la relación sadomasoquista de profesora y alumno dice que “eso es lo único autobiográfico de la novela”.

sábado, 13 de enero de 2007

Clausura del Any Freud

Foto: Andrea Resmini, Safi, 2006
Texto que leí en la clausura del Año Freud en Caixafòrum
Entrevista con el vampiro Hace unos días viajé a Belgrado a entrevistar, para mi libro balcánico, al único escritor directamente implicado en el discurso del odio y la guerra que aceptó hablar conmigo. Se trataba de un ex ministro de la Republika Sprska en Bosnia durante la guerra, colega y defensor de Radovan Karadžić. Ese encuentro me afectó mucho más de lo que yo suponía, a pesar de la desazón que sentía desde días antes de ir. El escritor serbio amigo mío que había aceptado oficiar de intérprete me tradujo oralmente dos de los cuentos de guerra del entrevistado y su calidad literaria me sobrecogió. Eran cuentos descarnados, económicos, casi chalamovianos, y estaban llenos de un amargo sarcasmo, y de toda la ambivalencia y complejidad de las guerras. Durante el encuentro, tuve la impresión de estar hablando con el Raskolnikov de Crimen y castigo, tan ansioso parecía de compartir el peso de su culpa, aunque no lo verbalizase así. Todas las historias que yo había leído y escuchado sobre el genocidio de los Balcanes estaban en cierto modo allí, sobre aquella mesa. Tal vez su inteligencia manipuladora, su talento de escritor, su pretensión de normalidad, su urgencia por acercarse ideológicamente a nosotros con un discurso supuestamente multicultural, su necesidad de ser entendido y perdonado fuese lo peor. Aquel hombre admitió que había pasado toda la guerra con Karadžić, se llamó su amigo y defendió su inocencia, aunque aludió a su biografía oscura. Él insistía en su condición de civil y probablemente no mató a nadie, pero estuvo allí y no hizo nada por impedir o mitigar los sufrimientos, las violaciones y el horror. La peor resaca emocional vino después. Aquella noche no pude dormir, cerraba los ojos y sólo veía la agonía y muerte de mi padre, tal vez porque todo aquello estaba demasiado conectado con la muerte. Mi amigo dijo que era como andar por un campo lleno de calaveras. Él se sentía mal por haber traducido sus palabras, convirtiéndose en cierto modo en el segundo autor de aquel texto. Yo no soy periodista, sino escritora y crítica literaria: nunca había entrevistado antes a alguien implicado en un genocidio, aunque sólo fuera de un modo indirecto. No sé cómo debió sentirse Hannah Arendt con Eichmann. Era inevitable pensar en la banalidad del mal, y en medio de la falta de luz del invierno balcánico, me consoló la interpretación freudiana de Elisabeth Roudinesco en ¿Por qué el psicoanálisis?, citando a Lanzmann: “No cualquiera es capaz de ese horror.” Cuando parece que la pulsión de muerte domine el mundo, para mí, el alivio del psicoanálisis es que permite volver a la visión humanista del hombre como ser libre y complejo, y no intenta adormecer su malestar con química, sino que lo aborda con valor. Durante los 13 años de mi propio análisis, yo pude agregar mis distintos fragmentos y contemplar con fascinación la curación por la palabra. Para una escritora con bloqueos crónicos, que escribe a tientas, que no depende de la voluntad sino del inconsciente, y que ve la vida como una sucesión de sorpresas internas, el psicoanálisis es una forma más interesante de mirar el mundo, pues permite sondear detrás de lo aparente. Gracias a Freud y a Lacan, yo he podido ser algo más libre, y vivir me sigue pareciendo curiosamente intrincado en un sentido de fruición intelectual, de comprender mientras voy andando (o escribiendo), al margen de la apariencia de éxitos y fracasos, al estilo de Françoise Davoine en La Folie Wittgenstein, o como dice Derrida en Aprender a vivir al fin: “Cuando recuerdo mi vida, tiendo a pensar que he tenido la suerte de amar incluso los momentos desdichados de esa vida, y bendecirlos.” Isabel Núñez, enero 2007