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miércoles, 9 de enero de 2008

Mi reseña de Vollmann en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I. N., Churchill helado en una plaza de Luxemburgo, diciembre 2007
W.T. Vollmann, Europa Central (Mondadori)
La novela desmesurada de un siglo convulso
ISABEL NÚÑEZ

William T Vollmann (Los Angeles, 1959) es una especie de gigante de la literatura, casi desconocido en España. Novelista, cuentista, periodista, ensayista, ha viajado y escrito sobre Afganistán (An Afghanistan Picture Show, 1987), Somalia e Iraq, ha dedicado 4.000 páginas a un estudio sobre la ética de la violencia, Rising Up and Rising Down (2004), y en el 2005 obtuvo el prestigioso National Book Award por Europa Central. Él mismo ha declarado que la muerte de un hermano, ahogado por descuido suyo en su niñez, es en cierta manera motor de su exploración. Sin duda sus ancestros alemanes pesan también en este intento de captar el horror del siglo XX europeo.

Una treintena de relatos componen esta ambiciosa novela, centrada en la relación entre Alemania y la Unión Soviética, de 1917 a 1945, y en la percepción que cada uno tuvo de su enemigo, reflejada en ese teléfono pulpo que estira sus tentáculos comunicantes por Europa.

Un espía soviético observando a la poeta Anna Ajmátova, acosada por el régimen de Stalin, memorizando poemas que no puede escribir, sometiéndose por su hijo encarcelado, entregándose a sus amantes. Un alto oficial de las SS empeñado en avisar al mundo del genocidio judío, contabilizando el terror para un hipotético testimonio que le librase éticamente de la culpa de estar allí. El compositor Shostakóvich, siempre aterrado y vigilado por las autoridades soviéticas, entre su amor por la hermosa traductora Elena y su deber familiar, componiendo su Opus 110, una partitura que, como la novela de Vollmann, recogería cada grito de horror, agitación, deseo y fragmento de violencia del siglo, una mirada alucinada sobre la inmensa red de microelementos humanos.

La joven idealista que dispara a Lenin y la amante de Lenin que la visita en la cárcel. El general ruso que se pasa al bando alemán. La escultora y dibujante Käthe Kollwitz (convertida en hombre en el dorso del libro, por un gazapo editorial), tan empática y bien construida que vemos moverse sus dibujos, un personaje tan atractivo como el convincente Shostakóvich.

Una magnitud onírica que conecta con el Pynchon de El arco iris de gravedad, pero aquí sin nervio central, sin la columna que vertebre todo irradiándolo (la paranoia pynchoniana), sino que todos los microuniversos se agitan simultáneamente en un tejido carnal, vivo, de relatos que articulan la locura de la Historia, la arbitrariedad y la orgía de violencia. La entrecortada escritura, de difícil traducción, no brilla como la de Pynchon.

Vollmann homenajea a su manera Una tumba para Boris Davidóvich, la magnífica novela de Danilo Kiš, compuesta por relatos de personajes acosados por el régimen soviético, que le valió el ataque feroz de la intelectualidad serbia. Reconozco que la épica estratégica y bélica, tan documentada y viril, y el exceso de páginas de Vollmann me producen cierto hastío. Pero brillan las ideas, atrae la búsqueda de comprensión, la forma en que cada personaje se debate éticamente frente al poder y el terror, resiste o se doblega o contagia de la locura dominante, y en ese retablo gigante de un Hyeronimus Bosch contemporáneo sólo queda la esperanza del arte y el intento de construir la propia verdad, como escribió Ludvik Vakulic en la Primavera de Praga: “La verdad no está en el triunfo. La verdad es lo que queda cuando todo lo demás se ha destruido”.

domingo, 11 de marzo de 2007

BALCANES: Marianne Costa

Foto: Estación de Vukovar
Culturas (25 de mayo 2005) Novela
Terapia bosnia ISABEL NÚÑEZ - 25/05/2005
Marianne Costa nació en Francia a finales de los años sesenta. Su trayectoria es ecléctica: licenciada en Literatura Comparada, fue cantante de rock, trabaja como actriz y traductora, aprendió serbocroata, se fue a Sarajevo en la posguerra balcánica, donde dirigió talleres de escritura y colaboró con el activo Centre André Malraux. Ha publicado dos libros de poemas, Angels & after (2001) y Pin-up chrysalide (2004), es tarotóloga y forma equipo con Alejandro Jodorowsky, con quien firmó La vía del tarot (2004). Su primera novela, El infierno prometido, respira esa multiplicidad de intereses. Cuenta la historia de Alicia quien, tras superar una depresión, se enamora de un barman, un hosco (balcánico) obsesionado con la guerra, que fuma sin parar, repite estereotipos sobre la heroica lucha de sus hermanos abandonados y posee a Alicia sin apenas mirarla. El día en que él la abandona, ella pierde el olfato. Tras varias visitas a un terapeuta semigurú y unos rituales de psicomagia, Alicia se marcha allá, al país de la guerra, donde trabajará como traductora, terapeuta, periodista oficiosa, testigo de crímenes de guerra. Para quien haya visitado ese país es fácil reconocer el paisaje rural de Bosnia y la ciudad de las colinas, tan vulnerable a los francotiradores durante el asedio, agujereada por los impactos, o la efervescencia vital y la hospitalidad asombrosa de sus habitantes. Además de los pastelillos de amapola, el físico de la gente o la compulsión de fumar, la Biblioteca Nacional incendiada, la arquitectura austrohúngara-soviética-otomana, he reconocido algún personaje real de Sarajevo en estas páginas.
La trama acumula sorpresas y la novela está escrita con una fluidez que facilita la lectura de corrido. La voz de la autora es inteligente y su aire etéreo no le impide profundizar en el análisis del personaje y sus relaciones. En el proceso, la anticarrolliana Alicia pasará al otro lado del espejo, se curará de su relación desequilibrada y hallará otras formas de encuentro. El humor irónico, la fuerza poética del lenguaje esotérico-analítico, junto con la frescura y el ritmo, son las herramientas que utiliza Marianne Costa para construir su historia.
Hay un núcleo de sinceridad en la novela y momentos capaces de perdurar. También está la crítica a la no-reacción europea durante el conflicto, la sumisión de la prensa a los estereotipos y sus escandalosos silencios, el engaño de los acuerdos de Dayton (siempre sin nombres, como la escena que parodia la visita del intelectual mediático al territorio en guerra, obviamente el charmant BHL luciéndose en Sarajevo con su vistosa partner) y la perplejidad ante la violencia sádica que caracterizó el conflicto. La traducción apoya el texto con eficacia. Marianne Costa El infierno prometido - Traducción de María Teresa Gallego Urrutia - SIRUELA (373 págs. 22,50 €)

sábado, 13 de enero de 2007

Clausura del Any Freud

Foto: Andrea Resmini, Safi, 2006
Texto que leí en la clausura del Año Freud en Caixafòrum
Entrevista con el vampiro Hace unos días viajé a Belgrado a entrevistar, para mi libro balcánico, al único escritor directamente implicado en el discurso del odio y la guerra que aceptó hablar conmigo. Se trataba de un ex ministro de la Republika Sprska en Bosnia durante la guerra, colega y defensor de Radovan Karadžić. Ese encuentro me afectó mucho más de lo que yo suponía, a pesar de la desazón que sentía desde días antes de ir. El escritor serbio amigo mío que había aceptado oficiar de intérprete me tradujo oralmente dos de los cuentos de guerra del entrevistado y su calidad literaria me sobrecogió. Eran cuentos descarnados, económicos, casi chalamovianos, y estaban llenos de un amargo sarcasmo, y de toda la ambivalencia y complejidad de las guerras. Durante el encuentro, tuve la impresión de estar hablando con el Raskolnikov de Crimen y castigo, tan ansioso parecía de compartir el peso de su culpa, aunque no lo verbalizase así. Todas las historias que yo había leído y escuchado sobre el genocidio de los Balcanes estaban en cierto modo allí, sobre aquella mesa. Tal vez su inteligencia manipuladora, su talento de escritor, su pretensión de normalidad, su urgencia por acercarse ideológicamente a nosotros con un discurso supuestamente multicultural, su necesidad de ser entendido y perdonado fuese lo peor. Aquel hombre admitió que había pasado toda la guerra con Karadžić, se llamó su amigo y defendió su inocencia, aunque aludió a su biografía oscura. Él insistía en su condición de civil y probablemente no mató a nadie, pero estuvo allí y no hizo nada por impedir o mitigar los sufrimientos, las violaciones y el horror. La peor resaca emocional vino después. Aquella noche no pude dormir, cerraba los ojos y sólo veía la agonía y muerte de mi padre, tal vez porque todo aquello estaba demasiado conectado con la muerte. Mi amigo dijo que era como andar por un campo lleno de calaveras. Él se sentía mal por haber traducido sus palabras, convirtiéndose en cierto modo en el segundo autor de aquel texto. Yo no soy periodista, sino escritora y crítica literaria: nunca había entrevistado antes a alguien implicado en un genocidio, aunque sólo fuera de un modo indirecto. No sé cómo debió sentirse Hannah Arendt con Eichmann. Era inevitable pensar en la banalidad del mal, y en medio de la falta de luz del invierno balcánico, me consoló la interpretación freudiana de Elisabeth Roudinesco en ¿Por qué el psicoanálisis?, citando a Lanzmann: “No cualquiera es capaz de ese horror.” Cuando parece que la pulsión de muerte domine el mundo, para mí, el alivio del psicoanálisis es que permite volver a la visión humanista del hombre como ser libre y complejo, y no intenta adormecer su malestar con química, sino que lo aborda con valor. Durante los 13 años de mi propio análisis, yo pude agregar mis distintos fragmentos y contemplar con fascinación la curación por la palabra. Para una escritora con bloqueos crónicos, que escribe a tientas, que no depende de la voluntad sino del inconsciente, y que ve la vida como una sucesión de sorpresas internas, el psicoanálisis es una forma más interesante de mirar el mundo, pues permite sondear detrás de lo aparente. Gracias a Freud y a Lacan, yo he podido ser algo más libre, y vivir me sigue pareciendo curiosamente intrincado en un sentido de fruición intelectual, de comprender mientras voy andando (o escribiendo), al margen de la apariencia de éxitos y fracasos, al estilo de Françoise Davoine en La Folie Wittgenstein, o como dice Derrida en Aprender a vivir al fin: “Cuando recuerdo mi vida, tiendo a pensar que he tenido la suerte de amar incluso los momentos desdichados de esa vida, y bendecirlos.” Isabel Núñez, enero 2007