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miércoles, 28 de octubre de 2009

Mi reseña sobre Lionel Shriver en La Vanguardia Culturas

Foto: I.N., Rincón de un pequeño parque en Bruselas, 2008
Narrativa ¿Qué pasaría si le besara? ISABEL NÚÑEZ Lionel Shriver El mundo después del cumpleaños Anagrama Traducción de Daniel Najmías 704 PÁGINAS 27 EUROS El azar y la pregunta ¿qué habría ocurrido si…? han generado mucha literatura. Para todo escritor, la interrogación ante cada opción vital y la renuncia que implica son materia de ficción. Dejando aparte la poética de lo fortuito austeriana y vilamatiana, Henry James utilizó ese condicional en La esquina alegre, Paul Theroux en My Other Life, y lo manejan la autoficción y el cine con resultados diversos. Lionel Shriver, que causó un impacto más sociológico que literario con su Tenemos que hablar de Kevin (buceando en la violencia adolescente con un legítimo cuestionamiento del rol materno, pero sin una indagación personal más valerosa), somete la trama de El mundo después del cumpleaños a una estructura rígida, casi asfixiante: en el primer capítulo, Irina, ilustradora infantil rusoamericana, felizmente instalada en su rutina de pareja con el racional y estable Lawrence, asesor de política internacional, se ve asaltada por el deseo de besar a un amigo de Lawrence que parece su opuesto, un jugador de snooker británico, inculto, encantador y dado al exceso. De ahí surgen dos novelas de capítulos alternos; en un capítulo, Irina y Ramsey se besan, en el otro no. Y con paciencia minuciosa, Shriver describe en un paralelismo más divertido que irritante las dos posibles vías, con las variaciones de cada opción. ¿Qué pasaría si le besara? ¿Y si no le besara? En ese trayecto, tal vez demasiado largo (aunque dicen que lo largo vende), Shriver se burla de los ingleses (con afecto), de los norteamericanos expatriados (sin renunciar a serlo), de los escritores (“un escritor frustrado, si es que hay alguno que no lo sea”), de hombres y mujeres, raíces, estereotipos y la conciencia moral de lo político. Usa su visión microscópica, algo misógina, desmitifica el sexo y retrata el matrimonio evocando al Hornby de Cómo ser buenos, siempre desde su posición ligera (Shriver prefiere un capítulo de la serie The Wire con palomitas a un cuento de Henry James), para defender la feliz rutina, con un interrogante abierto. Y sale más que airosa de su empeño. En el retrato de esas dos trayectorias posibles, los hechos políticos del cambio de milenio aparecen como mero telón de fondo –guerra de los Balcanes, muerte de Diana, atentado de las Torres Gemelas— que no afecta a la acción principal, y esa reducción es en sí misma una declaración. Domina su feroz ironía, con momentos geniales y otros previsibles, y su mirada inquieta, capaz de mostrar la multiplicidad de yos que coexisten en cada uno y cómo cada relación puede reflejar uno de esos yos y desconcertar. Analiza la extraña dualidad de la pareja, hecha de espacios secretos y canales de diálogo, con sus frágiles equilibrios. Y la necesidad de probar otra vía que puede asaltar a cualquiera. Y en esa reflexión sobre las relaciones, aunque no se dirija tanto a los intelectuales como al público de las palomitas, hay también una interrogación sobre nosotros y cómo nos definimos en el otro, llena de contradicciones y matices. La escritura es pragmática (la traducción eficaz), no busca grandes hallazgos formales. Se trata de entretenimiento inteligente, falsamente ligero, muy contemporáneo y apto para casi todos los públicos.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Von Doderer en La Vanguardia Culturas

Foto: I.N. Jardín en San Petersburgo, 2004
Narrativa Retratos de café vienés y silencio de preguerra
ISABEL NÚÑEZ Heimito von Doderer Los demonios El Acantilado Traducción de Roberto Bravo de la Varga 1664 PÁGINAS 48 EUROS Heimito (adaptación del diminutivo español Jaimito) von Doderer nació en 1896 cerca de Viena, y vivió siempre en esa ciudad, excepto por su cautiverio en Siberia, en la I Guerra Mundial, durante el cual decidió convertirse en escritor. Sus estudios de psicología e historia le servirían en esa búsqueda literaria. Los demonios fue su gran novela (Premio Nacional de las Artes), su escritura le llevó veinticinco años e impregnó sus demás libros (se ha dicho que su novela La escalera de Strudelhof “nació de una costilla” de ésta), incluyendo poemas y artículos periodísticos. Con su biografía, Von Doderer podría corroborar la evolución que denuncia Bernhard, de una Austria que sustituye el nacionalsocialismo por el catolicismo, sin transición, enterrando el pasado: Von Doderer militó brevemente en el partido nazi, no se sabe si por nietszcheanismo o por un error de cálculo, y lo abandonó desengañado y horrorizado, pero su conversión intentaba “devenir un ser humano”, una idea que inspiraría su obra.
Los demonios es una novela sólida e inteligente, dibuja la Viena de entreguerras minuciosamente, con la complejidad narrativa de un inmenso fresco de personajes que bullen como “bajo una gran piedra levantada en el jardín” y recogen un amplio espectro social, desde el legado fastuoso y palaciego de la capital imperial a la pequeñez de esa ciudad reducida y provinciana que se mira el ombligo, en la década de los veinte, los años en que se fragua todo el horror y la violencia del siglo XX.
Al parecer, el autor mezcló osadamente el alemán coloquial con la lengua de la burocracia imperial, la erudición desenfrenada y una jerga inventada para lo erótico en una sorprendente polifonía, superando las barreras que separaban rígidamente el alemán culto del oral, aunque esto no pueda transmitirse en una traducción.
Se ha comparado a Von Doderer con Proust y Musil, y aunque pueda comprenderse, la asociación no le favorece. Von Doderer no tiene la densidad filosófica, ni el brillo subjetivo e íntimo, la nervadura que anima la obra de Proust, ni tampoco –aunque se hable de la misma sociedad y aunque ambos autores intenten comprender la Historia a partir de la ficción literaria y utilicen un ritmo lento—, comparte el peso alegórico y simbólico de El hombre sin atributos, cuyos personajes también se desgajaban como el tejido social del imperio perdido.
Se trata aquí de un gigantesco friso barroco de esa sociedad vienesa que precede a la violencia nazi, dibujado mediante el retrato de sus múltiples personajes, con un puntillismo y una aguda finura en el trazo, y ese ritmo lento, sin economía, que nos abre las puertas de los salones y nos permite asistir a los paseos por los bosques circundantes, escuchando de cerca sus voces, observando los mínimos cambios de expresión, sintiéndolos respirar, sonreír, desperezarse, produce la sensación de recorrer la pintura francesa del Louvre y observar con lupa cuadros de bailes, cafés y encuentros sociales… antes de que la Historia los precipite al infierno. Más aún: el yo narrador de Von Doderer, semielíptico y omnisciente gracias a las supuestas crónicas de otros amigos, es un maestro en diseccionar las relaciones, los juegos de poder, la pérdida de control y la sumisión, el temor o la arrogancia en los gestos más sutiles, y el retrato adquiere gran riqueza de matices psicológicos.
Y cuando nos preguntamos por qué la paródica escenificación de un grupo de damas obesas que toman el té con sus pensamientos banales, sus rivalidades y su batalla fallida contra el peso se alarga tanto en el tiempo, o esas reuniones donde apenas ocurre nada pero todo parece formar parte de un thriller sin médula, vemos los forcejeos de la joven Renacuajo intentando entender y entenderse y adoptar una posición, no sólo del arco de su violín sino también en el mundo, y decididamente nos cautiva, o bien contemplamos agitarse esos otros personajes, como Kajetan, Grete, Frau Mary, René o el maestre de caballería, y la sutileza clarividente con que el autor los examina entretiene y suscita admiración. O el modo maravilloso en que la compleja realidad interna de esos personajes se refleja en el paisaje, como apuntaba Martin Mosebach en su prólogo (impregnado del mismo élan vital que la novela), de modo que incluso el mobiliario o los objetos son capaces de proyectar de vuelta esa realidad y de permitir que los personajes la comprendan, dando lugar a momentos epifánicos. Son instantes en los que a partir de un gesto –como esa mirada materna de Grete en la calle, al arbusto que se ha llenado de brotes verdes como pequeñas esmeraldas antes de que acabe el helado invierno, que conmociona a Schlaggenberg y le hace cambiar de dirección—, todo se reordena y adquiere un sentido humano, aunque sea irónico. Hay una pasión, una intensidad de espíritu o una religiosidad vital extraordinaria en Von Doderer, en su capacidad humanista de observar la vida múltiple de su inmenso microcosmos, en su mirada llena de ironía y humor, en su habilidad al recrear atmósferas e instantes de descubrimiento y comprensión. Y el incendio del Palacio de Justicia de Viena en 1927, en su trágica escenificación simbólica, acaba por precipitar también los hechos personales y sus prioridades afectivas, como ese timbre que parece rasgar el cuerpo de Mary justo antes del gesto absoluto de Leonhard, y la radiante eclosión de Renacuajo y el giro en la vida del narrador, y es como si el autor rematara sus distintos hilos con una fluidez delicada e imprevisible y como si el horror llevara sólo a refugiarse calladamente en el amor.
La versión castellana y la cuidada edición también brillan. Pero, si al fin resulta que precisamente esa lentitud, tan ajena a nuestro mundo interrumpido –donde la falta de tiempo es perenne y casi dolorosa—, se convierte en otro de los hechizos de la novela, sigue habiendo aquí una elipsis de esos demonios, algo imperdonablemente liviano, cierta huida, un silencio, y ésa es ciertamente la razón exasperada de Bernhard.

miércoles, 18 de marzo de 2009

En La Vanguardia Cultura/s Erling Jepsen

Foto: I.N., Calles de París, 2009
Narrativa Crónica asfixiante de la brutalidad familiar ISABEL NÚÑEZ
A veces me he preguntado cómo podían seducirme algunos libros sobre el horror. Me ocurrió con Trastorno de Thomas Bernhard y con Klaus y Lucas de Agota Kristof. La clave sería la ironía y la sensibilidad que distancia a los narradores del entorno espantoso que les rodea, como en Sin destino de Kertész. Confieso que no me ha sucedido con El arte de llorar a coro de Erling Jepsen (Dinamarca, 1956). Contada por un niño de once años que une a Tarzán y al ángel de la guarda sobre su cama, cree que son parientes y les reza por igual, es una crónica de la brutalidad, en una familia de la Dinamarca rural, con un padre incestuoso y cobarde, que se deja humillar en público y luego apalea a su hijo, y una madre que acepta que el padre se acueste con la hija. El protagonista lo cuenta con naturalidad, decidido a respetar las arbitrarias leyes familiares, encomendándose solitario a los héroes de su altar pagano, mientras su hermana es dopada e ingresada por un psiquiatra sin escrúpulos para acallar sus protestas por el abuso. La novela ha sido calificada de “divertida” y llevada al cine, pero a mí, su lectura me parece asfixiante. En esa escritura eficaz, que restituye con credibilidad la voz de un preadolescente rural e insinúa una verdad biográfica tras la fabulación, nada, ni siquiera el humor me libraba de la claustrofobia. Como Allan, que apela al hermano mayor, urbanita y único familiar opuesto a lo que allí sucede, yo también deseaba escapar mientras leía de esa atmósfera enrarecida donde los ritos religiosos cohabitan con la violencia. Y la quietud del presente histórico, esa lupa capaz de ralentizar el tiempo contribuye tal vez al agobio de la lectura. Si los niños de Agota Kristof se endurecían para resistirlo todo, algo en sus sueños y en sus gestos conectaba con la poderosa poética de su autora. En Kristof, como en Kertész y Bernhard se levanta el entramado inteligente de la gran literatura, que despierta en nosotros un magma vital transformador y nos conforta pese a lo terrible. El arte de llorar a coro es una novela de éxito, una crítica feroz a la institución familiar y la hipocresía social, pero el pobre Allan forma parte de ese mundo siniestro y el autor lo muestra con honradez: no hay diferencia entre él y los otros, ni hay esperanza tampoco para el lector. Erling Jepsen El arte de llorar a coro
Lengua de trapo
Traducción de Blanca Ortiz Ostalé
256 PÁGINAS
19,50 EUROS

miércoles, 7 de mayo de 2008

Reseña en La Vanguardia Culturas


Foto: I.N., Girona, 2008


Narrativa
Memoria y fabulación
ISABEL NÚÑEZ

Milena Agus (Génova, 1959) es profesora de literatura italiana en un instituto de Cagliari, Cerdeña. Sus novelas Mentre dorme il pescecane (2005) y Ali di babbo (2008) han tenido buena acogida de público, pero a raíz de su publicación en Francia, Mal de piedras se ha convertido en un best-séller europeo, con más de 400.000 ejemplares vendidos entre Francia, Alemania e Italia.
Escrita en tercera persona por una narradora-nieta, la novela traza la vida de una abuela excéntrica y poco convencional, en la Cerdeña de la II Guerra Mundial y el fascismo, una mujer que según interpreta otro personaje, asumió con su conflictividad todo el desorden necesario, en la fantasía de que toda familia necesita cierta dosis de locura, y un solo miembro paga el tributo para que los demás encajen en el mundo. La abuela somatiza su dolor o su falta de afecto en un mal de piedras que mata los embriones de embarazos posibles, ahuyenta a sus pretendientes con poemas libremente obscenos, y el hombre que se casa con ella lo hará para saldar una deuda familiar. Ella se presta con él a todas las representaciones eróticas y él olvida pronto la casa de citas, pero duermen sin tocarse y su placer no genera afecto. En el balneario donde la hermosa abuela cura sus piedras encontrará al objeto de su ensoñación amorosa, el Veterano, un personaje que permite a la autora hablar de la arbitrariedad de la guerra y la reconciliación del país.
Una escritura fluida, una poética fácil, un tono ensoñado y fantasioso que evoca el realismo mágico latinoamericano o tal vez El cartero y Pablo Neruda, un mundo de sensualidad que se aborda de forma natural, a veces escatológica o descaradamente erótica, sin gran economía literaria (pese a ser una novela corta) ni sentimental, ni gran exigencia, donde los estereotipos y lo previsible conviven con ideas inteligentes y metáforas dignas, y donde el talento, que lo hay, brilla en medio de una banalidad autonegligente o de un giro final tramposo. Cualquiera puede leer esta historia sin más, y un lector exigente detectará entre la ganga vetas que añadan matices a su percepción de las cosas.


Milena Agus Mal de piedrasMal de pedres
Siruela - Empúries
Traducción de Celia Filipetto – Andreu Moreno
116 PÁGINAS - 96 PÁGINAS
16 EUROS

lunes, 4 de febrero de 2008

Inéditos pero no olvidados: Tsvietáieva-Goncharova

Ilustración: Natalia Goncharova
Ensayo El genio ruso ISABEL NÚÑEZ
(Escribí esta reseña en marzo de 2006 para La Vanguardia y nunca llegó a publicarse. La publicidad, los compromisos, la aceleración de los acontecimientos hacen que algunas reseñas nunca vean la luz, porque al cabo de poco, los libros dejan de ser "novedades". Algunas de estas piezas se incluyen en un libro que saldrá pronto). Marina Tsvietáieva Natalia Goncharova. Retrato de una pintora MINÚSCULA Traducción de Selma Ancira 160 PÁGINAS 14 EUROS Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892 – Elábuga, 1941) es una de las voces poéticas más intensas, sorprendentes e inclasificables de la literatura del siglo XX. La frustración que supone no poder leer su obra en ruso queda en parte mitigada por el trabajo de una traductora sensible y concienzuda como Selma Ancira.
Anna Maria Moix dice en el epílogo de Un espíritu prisionero (Galaxia Gutenberg, 1999) que, contra la opinión de la pragmática Berberova, Tsvietáieva se equivocó quizás en todo, excepto en su escritura. Se equivocó intentando ser una madre y esposa abnegada, pero acertó en la construcción de un mundo literario, en la apropiación innovadora del legado poético de Pushkin y la calidad rara y única que dejó en sus escritos. Y realmente asombra la luz, el humor finísimo, la vitalidad ligera de su obra contrapuesta al horror de su biografía, como si esta mujer hubiera logrado rescatar toda su iluminación en su escritura, agotando los recursos para luchar contra la oscuridad de su vida.
Tal vez las confesiones de la autora reunidas en Vivre dans le feu (Robert Laffont), presentadas por Todorov, ofrezcan claves sobre su enigmático destino. Porque los hechos de la historia que mediaron su biografía tras el estallido de la revolución –su duro exilio, su distancia ideológica y la franca hostilidad de la comunidad de rusos blancos, la detención de su marido como doble espía, el difícil retorno a la Unión Soviética, una hija muerta de hambre, otra enviada al Gulag, un hijo que no le perdonó nada, y la miseria y el abandono que precipitaron su suicidio— no ocultan la inadaptación interna, la dificultad de Tsvietáieva para vivir.
En ese otro libro delicioso, de relatos supuestamente autobiográficos que es El diablo (Anagrama, 1991), se nos advierte con buen tino que Tsvietáieva siempre es autobiográfica en su obra de creación, pero fantasea y fabula cuando se trata de abordar su autobiografía.
Natalia Goncharova. Retrato de una pintora entra en ese género que cultivó Marina Tsvietáieva y que se ha llamado “ensayo autobiográfico”. La poeta rusa traza un retrato de la artista de vanguardia Natalia Goncharova, pero lo hace libremente. La sigue a través de un territorio común, una casa, una niñez, y de su antepasada del mismo nombre, la “beldad” Natalia Goncharova, que un siglo antes se casó con Pushkin y por cuyos devaneos imaginarios o reales el poeta retó a su rival y murió en el duelo. Para Tsvietáieva, esa “otra” Goncharova, diosa melancólica y vacía que no escuchaba los poemas de Pushkin, lo opuesto a la pintora, comparte con ella “el genio ruso”.
Antes de entrar en la pintura de Goncharova, antes de llevarnos a los ballets rusos de Diághilev que ella escenografió, de comentar su influencia sobre Picasso o su relación con Larionov, la pasión cromática y su capacidad de mostrar colores que no están (como en La española del abanico aquí reproducida), su visión de España y de las mujeres con “forma de catedrales”, su orientalismo, que deja una estela rusa sobre los artistas europeos, su rápida evolución, sus naturalezas muertas que respiran, pues son Stillleben, vida silenciosa, o sus cuadros incendiados... Antes de abordar la obra en sí, Tsvietáieva ya ha desvelado sus mitos y se ha mostrado ella misma, con su gracia sutil, sus insólitos versos de los 16 años, su pasión pushkiniana o su ingenio para burlarse de un biógrafo de Goncharova.
En definitiva, éste es un libro maravilloso, y nos llega en la cuidada y primorosa edición de Minúscula, simultánea a la muestra madrileña de las vanguardias rusas (Museo Thyssenbornemisza) que incluye cuadros de Goncharova. El libro no es sólo una vía para (re)descubrir a Goncharova con los ojos de Marina Tsvietáieva, sino también de abrir el mundo de la poeta rusa a los lectores que aún la desconozcan, y para sus admiradores, una ocasión más de gozar de su talento.

lunes, 13 de agosto de 2007

Colette - Cultura/s

Foto: Angela Reynold's, Bere, 2007

El genio femenino
ISABEL NÚÑEZ

Colette
Lo puro y lo impuro
Global Rhythm Press
Traducción de Gabriel Hormaechea
152 PÁGINAS


Qué sugerente, en estos tiempos de hipócrita moral que reglamenta la vida cotidiana y criminaliza excesos e intoxicaciones personales, entrar con Colette en un fumadero de opio y visitar restaurantes azules de humo, donde los cirios amarillentos lloran sobre altos candelabros sin disipar las tinieblas, y tantas mujeres inteligentes y contradictorias, con sus “torneos de miradas”, sus conversaciones directas sobre el amor físico, exploran los límites de las prohibiciones, entregándose a los placeres y al dolor, debatiéndose entre el impulso de ser libres y las fantasías de sometimiento y protección.


Ya desde las primeras líneas, burlándose de los bordados chinos (hechos en China para Occidente), esquivando irritada a sus compatriotas en territorio extranjero, la narradora expresa toda la riqueza de su punto de vista –analítico y fascinado—, con la fruición de la inteligencia en la edad madura, el placer de comprender lo que hay detrás de cada gesto, y con su admiración de la belleza –nostálgica, sí, pero con la alegría de haber estado allí, de haber sufrido sus goces.


Se trata en efecto de la última y reflexiva Colette que, observadora sagaz –con una mirada que escudriña, capaz de leer mohines que desvelan o temen secretos pasados—, nos muestra de qué materia se tejen las relaciones, y entra en la intimidad de las confesiones para mostrar escenas de la danza amorosa, con pinceladas finas.
Ella, que siempre escribió autoficción con descaro, se sitúa aquí en segundo plano, Somerset Maugham femenina, confidente que presta su escucha inteligente –literaria—, y aunque sea impaciente e incluso mordaz, es siempre empática con las debilidades del espíritu y la carne.


Hilando escenas en la atmósfera decadente del París de entreguerras (o trasladándose veinte años atrás, para trazar un retrato irónico y luminoso a la teatral Renée Vivien), nos muestra una deliciosa galería de mujeres sáficas, desde las viriles amazonas a las más femeninas, entre cartas del tarot, cocheros silenciosos y velos bajo el sombrero… Y se cuela en el mundo masculino, para escuchar al huraño ególatra don juan y ser adoptada en círculos de homosexuales hombres, o para llenar el vacío que dejó Proust (que según ella, describió bien Sodoma, pero nunca entendió Gomorra).


Sus legítimas interrogaciones del feminismo son más refrescantes en este país, donde la devaluación de lo femenino afecta incluso a las comentaristas ingeniosas de los periódicos, que desprecian su propio género. Colette va más allá, su finura crítica y su gusto de las mujeres no cae en misoginias baratas. Sabe bien que los géneros no son puros ni son dos, que todos tenemos masculinidades y feminidades cruzadas, como tantos yos se agitan en nuestro interior.


Hay momentos oscuros en su lenguaje, como señala el buen prólogo de Gabriel Hormaechea, restos de un diálogo ensimismado que se nos escapa. El traductor cumple su cometido y permite una lectura placentera de una escritora tan imbricada en la lengua francesa que parece imposible sin ella: una hazaña.


Colette consideraba éste su mejor libro. Es un juicio difícil, dadas las raras joyas de sus piezas narrativas. Pero aquí se sentía libre y podía jugar con los géneros, posmoderna avant-la-lettre.


No es extraño que Julia Kristeva la incluyese en su trilogía Le génie féminin. Colette es una mina: maneja las artes de la literatura popular y encandila al gran público galo, puede subvertir y feminizar el estilo Montaigne, y sin ella cuesta imaginar al Barthes de Fragmentos de un discurso amoroso o la escritura de Hélène Cixous, refugiada con Derrida “en el vientre de la lengua francesa”. Leyéndola comprendo que Anna Caballé tenía razón, “hay que recordar de dónde venimos”: en este país misógino y puritano, árido y sin matices en el discurso amoroso, no podría haber nacido Sidonie Colette. Leerla es recordar que existen otros mundos…

lunes, 30 de enero de 2006

David Leavitt

Foto: I.N., Antes las cajas de cerillas no eran feas como ahora, 2007
Escribí esta reseña por encargo de La Vanguardia Cultura/s, pero tampoco llegó a publicarse.
Narrativa El manuscrito robado ISABEL NÚÑEZ David Leavitt El cuerpo de Jonah Boyd ANAGRAMA Traducción de Javier Lacruz 223 PÁGINAS 14,50 EUROS David Leavitt (Pittsburgh, 1961), graduado en Yale, da clases de literatura creativa en la Universidad de Florida, y ha pasado largas temporadas en el sur de Italia y en Barcelona. A los 23 años irrumpió en el panorama literario anglosajón con el brillante Baile en familia y tras el memorable El lenguaje perdido de las grúas, fue etiquetado como escritor gay en el contexto del realismo sucio. Un escándalo por supuesto plagio (el uso de un episodio de la vida del escritor Stephen Spender como material literario) y otro escándalo moral en Estados Unidos por un cuento de Arkansas marcan una trayectoria iconoclasta y una escritura que alguien ha calificado de “elegantemente subversiva”. En España, Anagrama ha publicado todos sus libros. En El cuerpo de Jonah Boyd, Leavitt aborda precisamente el tema del plagio, la intertextualización, la reescritura o la participación de distintas manos en un libro, con una brillante e irónica vuelta de tuerca a su pasado escándalo con Stephen Spender. La narradora de la historia es, aparentemente, Denny Denham, una inteligente secretaria que, como el personaje (¿robado?) de Allison Lurie, siempre ha tenido éxito con los hombres a pesar de su aspecto o tal vez precisamente por su aspecto sin atractivos convencionales. Secretaria de Ernest Wright, psicoanalista reconocido, es también su amante, amiga de su esposa, Nancy Wright (y sexualmente atraída por ella), confidente y rival de los hijos y de la amiga histórica de Nancy, Anne, e interpreta con soltura todos esos papeles. La visita de Anne a la casa de los Wright, junto con su marido, Jonah Boyd, un escritor de éxito, transformará la vida de todos. Jonah les lee parte de su novela, manuscrita en cuadernos italianos, los cuadernos desaparecen misteriosamente y la trayectoria de Jonah Boyd se descarría para siempre.
La trama, que utiliza ciertas claves de thriller en su indagación personal y literaria, está llena de matices y sorpresas hasta el mismísimo desenlace, donde no sólo se revela el misterio del manuscrito robado, sino también la identidad sesgada del auténtico narrador de la historia.
La escritura elegante y precisa de Leavitt gana fuerza y brío a medida que avanza, tras un principio engañosamente clásico y descriptivo que dibuja la casa de los Wright, escenario de la burguesía ilustrada norteamericana, con muebles de los Eames, piscina y barbacoa (guiño del apellido Wright), y alcanza un interesante clímax poco antes del final, en una confesión simbólicamente detectivesca, pero que gira en torno a la escritura, la influencia de la confianza y la autoestima para desarrollar un talento, y que integra el plagio en la visión posmoderna de la intertextualización, sin dejar nunca de considerarlo un delito dramático, exculpado tan sólo por la muerte y el olvido del legítimo autor. La figura de la secretaria eficaz, su asociación con los secretos que conoce, su papel como reescritora de la producción de su jefe, su simpatía solidaria por una hermandad universal e invisible de secretarias, su crítica burlona de los roles y la misoginia en los años sesenta, su amoralidad moral y su observación fascinada pero tranquila de la belleza es tal vez uno de los mayores logros.
La escritura grácil y fluida, de una naturalidad asombrosa, que crece con la pasión y la convicción de quien cuenta una historia de verdad encaja perfectamente con esa búsqueda de la propia identidad del escritor, llevada a cabo como una investigación analítica, pero sin apenas teorizar, desde los gestos externos de la acción, con observaciones de humor inteligente que puntúan la historia como el juego del título (El cuerpo –body— de Jonás –el profeta— Boyd).
Algún despiste de trascripción (la “librería del Congreso” en vez de la Biblioteca del Congreso) no desmerece la traducción eficaz. En conjunto, una excelente novela, que se lee con auténtico placer.