domingo, 11 de marzo de 2007

BALCANES: Mathias Enard



Foto: I.N., Gato de Sarajevo, 2003




Soliloquio del francotirador
Novela



ISABEL NÚÑEZ



Culturas, 01/12/2004




Un francotirador, apostado en los tejados de una ciudad no identificada, cualquier Beirut de nuestra época (o Sarajevo o Vukovar, aunque los nombres arabizantes evocan Oriente Medio), se concentra en la perfección del tiro como lo haría un samurai o un artista clásico. Perdida ya no sólo toda moralidad, sino cualquier sentido de la realidad más allá de los límites de su propia supervivencia, el narrador contempla a los demás habitantes del mundo como hipotéticos blancos y se relaciona con ellos casi exclusivamente como tirador. La guerra ha invadido la ciudad, ha engullido y transformado la cotidianeidad y la depreciación de la vida humana es tan completa que su horror sólo aparece aquí como el paisaje que atraviesa el orgulloso y solitario protagonista, prestigioso héroe que apenas concibe ya una realidad sin guerra, un trabajo que no consista en matar. La presencia de una adolescente a la que contrata para que cuide de su enloquecida madre –se trata, sobre todo, de acallar las protestas de los vecinos por los gritos de la mujer alucinada– es el único elemento capaz de alterar ese paisaje. El deseo parece, por un momento, despertar ternura, contención y cierta alegría en el narrador. Pero es un momento fugaz, ilusorio, un pequeño paréntesis en su mente de psicópata.

Narrada con un dominio y una economía de lenguaje que deslumbran, esta novela breve, que le valió a su autor el premio Emée de La Rochefoucauld y el Prix des Cinq Continents de la Francophonie 2004, restituye con precisión la realidad de la guerra como orgía, según la definición de Durkheim. Más allá de la falacia de atribuir la fiesta de la sangre y la embriaguez de la violencia a unos cuantos locos primitivos, el autor la devuelve a su lugar, inherente a la condición humana y la civilización, reverso de nuestra sociedad, por el simple procedimiento de convertir al francotirador en narrador. Mediante sus gestos, sus pensamientos y su poética del horror, recordamos que la guerra no es una excepción, sino una condición crónica, que estalla una y otra vez tras los intervalos de una paz ficticia, una paz que camufla otras guerras soterradas de poder económico y social y dominación
La perfección del tiro es la sorprendente primera novela de Mathias Enard (1972), traductor y profesor de lenguas orientales, que ha vivido en Oriente Medio durante años y en la actualidad reside en Barcelona. Espléndidamente traducido por Manuel Serrat Crespo, este libro de tan cuidada edición es uno de los primeros frutos de Reverso Ediciones, la nueva editorial impulsada por Ana Nuño y apoyada en su presentación por Juan Goytisolo, como iniciativa contracorriente ante las estrechas limitaciones mercantiles del mundo editorial. Uno de los rasgos que muestran su excepcionalidad es el lugar que se concede a la traducción, reflejado en la presentación del traductor que se hace en la pestaña del libro. Sin duda el nacimiento de esta editorial es una buena noticia para los lectores, pero también para críticos y traductores.

BALCANES Igor Marojević

Foto: I. N, Igor Marojević en Port Bou, 2005

NARRATIVA
Igor Marojević, El engaño de Dios, Barcelona, 2006, 77 pp.
(escrito para Letras Libres, no llegó a publicarse)

En general, las novelas de las épocas que preceden a los momentos históricos de locura generalizada suelen ser especialmente interesantes, como ocurría respecto al nazismo, en el Adiós a Berlín de Isherwood o sobre todo, en La nave de los locos de Katherine Anne Porter. Captar la atmósfera de esos momentos ayuda a imaginar cómo empiezan a extenderse los prejuicios, el miedo, el extrañamiento que acaba empujando a la gente a adherirse a un discurso desenfrenado e irracional. El engaño de Dios, la novela de Igor Marojević (Vrbas, 1968) no se sitúa precisamente antes, sino en plena guerra de la ex Yugoslavia, en plena era Milošević, y sin embargo comparte con esas novelas la perspectiva que permite captar lo ocurrido de otra manera. ¿Cómo lo hace?
Creo que la literatura es también una cuestión de ángulo. Un ángulo distinto desde el que contemplar las cosas. En este caso, se trata de un ángulo oblicuo, sesgado. Estos personajes, que giran de forma hiperbólica en torno a la idea del suicidio, sirven, si la literatura es también fuente de conocimiento, para dibujar el amargo panorama de la ex Yugoslavia, y de una ciudad, Belgrado, justo antes de ser bombardeada por la OTAN. La sensación de vivir en un lugar donde todo el mundo parece haberse vuelto loco.
El protagonista, Oliver Jablan, mientras recopila bibliografía y reflexiones sobre la renuncia a la vida, decide, en un interesante (e irónico) requiebro típico de su autor, renunciar a la renuncia, buscando una forma alternativa de morir sin tener que actuar. Empieza su periplo huyendo de ese pueblo de Perast que ya había inspirado a Marojevic un cuento con ese título, publicado en castellano por la revista Lateral, en la pura tradición bernhardiana del anti-heimat, el odio y la crítica al propio país, que para un escritor es amor-odio, siempre ambivalente, puesto que esa tierra que detesta también es su obsesión, la fuente de su prosa. Perast es, para Marojevic, un lugar que mata, un bonito pueblo marítimo cuya atmósfera –tal vez las aguas subterráneas que circulan bajo sus calles, especula el narrador—, produce un extraño ánimo lúgubre en sus habitantes, incluso en los visitantes ocasionales, que acaba conduciendo inevitablemente al suicidio. En ese itinerario entre Perast y la ciudad de Belgrado, Oliver va descubriendo a una serie de personajes tan obsesionados como él, que buscan la muerte de distintas maneras o se dejan morir, en un curioso intento de sustraerse a la ira de Dios, engañándole en su pecaminosa búsqueda de la muerte con su dejación aparentemente involuntaria, a ese mismo Dios que quizás, como sugiere el título o como escribió Gonzalo Pontón en el excelente texto de la contraportada, tal vez les haya engañado a todos.
Así, a excepción de la voluble y excéntrica bibliotecaria Vanda, que resulta la más valerosa, los demás buscan otras vías, otras formas de matarse: la literatura suicida, la música que mata, el bronceado en las cabinas de sol artificial, el riesgo físico en el trabajo, el sexo llevado al extremo o incluso la propia negación de la cuestión, con una delirante asociación anti-suicidio llamada Ptolomeo I, o bien –un detalle real que demostraba la locura del momento— los carteles de TARGET colocados en la frente de los belgradenses que esperan ser alcanzados por el fuego de la OTAN. La danza de todos ellos se va desplegando alocadamente hasta el desenlace final, en una extraña fiesta, una mascarada que coincide con el bombardeo de 1999.
Ese ángulo sesgado o esa alegoría le permite al autor contar todo esto, sin tener que hablar nunca strictu senso del nacionalismo extremo, ni del discurso desaforado que llevó a la guerra, ni de los crímenes que se cometieron, transmitiendo de un modo más delicado la sombría locura que cimentó la destrucción de un país. Y da unas claves para comprender la experiencia de otros serbios que sólo podían sufrir las consecuencias de la locura dominante, lo que significa para alguien con sensibilidad o espíritu crítico vivir en la ex Yugoslavia, no sólo entonces sino quizás también ahora, que apenas sale en nuestros medios (excepto en el reciente entierro de Milošević, en torno al cual, los miembros de un grupo anarquista celebraron una performance clavándole una estaca como si fuera un vampiro, un signo de que su espíritu no ha muerto ni su guerra ha terminado). Un país donde el libro de un criminal de guerra o del asesino del primer presidente demócrata siguen siendo best-séllers y donde otros criminales fugados siguen escondidos y apoyados por las mafias locales y una parte de la población, para no entregarlos al Tribunal Penal Internacional de La Haya. De todo esto se habla de alguna manera en El engaño de Dios, sin necesidad de nombrarlo.
Lo particular permite acceder a lo universal a través de las microrrealidades de estos personajes, con la elegancia de evitarnos lo obvio y de transmitir el dolor con una distancia irónica, a través de una parodia general. La economía, incluso el formato de nouvelle, que ahora suelen rechazar los editores más mercantiles, convierte esta historia en una lectura fluida y placentera.
Sin abandonar la contención emocional ni un humor negro a veces disparatado, el narrador muestra también lo que le une, pese a todo, a la vida, aunque sea como pura supervivencia melancólica: por un lado la sensualidad, los olores de las cosas, la contemplación fascinada, burlona, y diría que también misógina de las mujeres que le rodean, pero sobre todo, su capacidad de percibir la ironía que rige las cosas, la tragicomedia que convierte en patético e hilarante el destino del mundo. Como en la frase de Truman Capote de que “el mundo está loco y lo único cuerdo está en el arte”, todos estos vínculos con la vida, con la posibilidad de contarla, transmiten su pasión por la literatura, que sería el terreno seguro, la salvación que redime casi todo lo demás, la literatura como un lugar mejor en el que vivir.

Barcelona y Argentina: Jordi Bonells

Foto: Barcelona, 1936 Culturas La Vanguardia (6 diciembre 2006)
ESCRITURAS Narrativa
Quien se aleja de su casa ya ha vuelto
ISABEL NÚÑEZ
Jordi Bonells - Dios no sale en la foto / Déu no surt a la foto. Traducción al castellano de Isabel Lacruz Bassols
y al catalán de Pau Joan Hernàndez. FUNAMBULISTA / EDICIONS 62 - 206 / 144 págs. - 15,95 / 16 €
ISABEL NÚÑEZ En Esperando a Beckett, Jordi Bonells (Barcelona, 1951), presentado en el posfacio como "un desaparecido de nuestra literatura", escribió algo que fascinó a Enrique Vila-Matas: "Nací en Barcelona, y toda mi vida me la he pasado y me la pasaré yéndome de ella. No hay nada que hacer. Es la razón por la que intento ir lo menos posible a mi ciudad natal: cuando estoy en ella sólo tengo ganas de abandonarla. Vivo en una permanente desaparición... Por el contrario, he vivido en Buenos Aires durante algunos años y sólo tengo una idea en mente: volver allí cuando me jubile, o antes si puedo. Lo trágico es que quizá no vuelva nunca y mi temor, por uno de esos extraños tumbos de la vida, es acabar viviendo en Bélgica y que me entierren en Bruselas". Es la esencia del personaje del propio Bonells, narrador de los tres libros que ha publicado en España, un catalán convertido en escritor de culto francés, que sólo ha vuelto a escribir en castellano "porque un editor madrileño quiso publicarme". Profesor de literatura hispánica en Toulon, finalista del premio Herralde en 1988 y del Planeta en el 2000, Bonells vive en Marsella, con su mujer argentina y su hijo y, según declara, no tiene amigos franceses, sino argentinos, y no usa el catalán porque "ya no me quedan amigos con quienes hablarlo". Desdeña géneros y clasificaciones con cierta irritación y se sitúa en un terreno bartlebiano. Dice que no le interesa hablar de libros (ya lo hace en sus clases), que sólo escribe cuando le sobra tiempo, que sus gustos literarios son antiguos, y reivindica a Papini y a Zweig, pero es borgiano confeso, beckettiano por inspiración, y la asociación con Bolaño y Vila-Matas es inevitable desde su deslumbrante La segunda desaparición de Majorana (donde el narrador viaja a Buenos Aires en busca de un físico italiano desaparecido) y su escritura, no sólo por la distorsión de los géneros y la metaliteratura, sino también por la ironía y el tono, es claramente contemporánea. Dios no sale en la foto es la evocación del padre muerto, la revisitación de una ciudad que desaparece bajo las excavadoras (la fiebre inmobiliaria que ha devorado los jardines, pero también la Barcelona anarquista y revolucionaria, hoy enterrada y convertida en inmenso centro comercial), la reconstrucción de lo que no sale en la foto –con ese personaje de Dios irónico, un dios que duda e improvisa sobre la marcha, desbordado por un mundo complejo y por la estupidez y la perversión de los hombres–, como reverso de lo que se cuenta, los amigos anarquistas en las calles rodoredianas, la familia, la tensión erótica encarnada en la tía monja, frustrada hasta una poética locura, y cierta inocencia en la resolución narrativa de esos personajes que contrasta con un agudo registro de la pérdida, de ese padre del que la hermana y el narrador ya no hablan, pero que "no ha salido de nuestras vidas. Al contrario, ha entrado en lo más hondo de ellas".
Si bien la ficción autobiográfica permite a Bonells construir un hilo reiterativo que salta de uno a otro de sus libros, ciñéndose a ese material personal, también muestra quiebros poéticos fabuladores que recuerdan a Isak Dinesen, Carson McCullers o al Günter Grass de El tambor de hojalata. Así, ese padre que de pequeño estudia piano con una profesora vieja y fumadora, y las volutas de humo que le obligan a tocar lagrimeando los valses de Chopin, le harán odiar el instrumento y le convertirán irónicamente en adicto al tabaco. Un padre anarquista que acabará como chófer de un alemán en una mansión de Sant Gervasi, siempre con un humor negro que no excluye cierta nostalgia estética: "Creo que la guerra española consagró el triunfo del fracaso... la victoria no vale lo que la renuncia".
En Esperando a Beckett, Bonells traza su pasado en una ciudad de la que decidió huir "para no desaparecer", adentrándose en un ingenioso juego de letras B que explicaría sus fobias y filias y su obsesión por Beckett, al que lee "como quien mira un cuadro", sin entender el francés, entre la biblioteca del señor alemán y la librería Letteradura. Las mismas referencias familiares, filosóficas (Spinoza, Schopenhauer) y literarias se ordenan de distinta forma, idénticas piezas de un puzzle distinto, en un remix de escenas como aquella en la que el narrador lleva a su hijo a ver la casa donde vivió, que las excavadoras están destruyendo. Sin perder el equilibrio entre la ligereza de su juego y su pesimismo bernhardiano, obsesionado por la pérdida y la fatalidad. Era difícil superar La segunda desaparición de Majorana, donde el pulso narrativo de Bonells es firme y no sufre irregularidad ni descalabro alguno. Apoyado en la historia de Argentina, en la banalidad del mal arendtiana (el nazi oculto con una vida pequeña y afable, a la espera del momento en que será al fin descubierto y su destino cambiará conla frase: "Un momentito, señor"), pero también en la celebración de la ciudad de Buenos Aires, con sus atractivos y horrores, el psicoanálisis, el boxeo, los escritores (Gombrowicz, Puig, Chatwin, Arlt...), los amigos, los desaparecidos de la dictadura, la corrupción de Menem, la exuberancia libre y expresiva de la lengua porteña y, al final, la ficción devora la realidad como la selva recubre una antigua civilización: Majorana logra su autonomía, sumiendo al narrador en una nueva perplejidad.

Madrid: Jesús Ferrero

La Vanguardia Cultura/s
Escrituras - Novela - Un símbolo del 39
ISABEL NÚÑEZ
Jesús Ferrero, Las trece rosas. SIRUELA (233 págs.17,50 €)
ISABEL NÚÑEZ - 07/05/2003 En el contexto de recuperación de la memoria histórica de este país, que parece despertar por fin de su amnesia, coincidiendo con la emergencia de la conciencia crítica en la calle, aparecen también felizmente resonancias de esa misma sensibilidad en la literatura. En este caso, Jesús Ferrero (Zamora, 1952) se aleja del género documental o de la novela histórica y simplemente toma un hecho dramático, la ejecución de trece mujeres, menores de edad, por pura ideología o afinidades con el bando republicano. El hecho, que generó cierta leyenda pese a ser silenciado, fue uno de tantos gestos simbólicos de brutalidad ejemplarizante y vindicativa del victorioso frente nacional.
El silencio despiadado que cayó sobre estas víctimas inocentes, como sobre tantos otros desaparecidos hasta hoy (el Gobierno actual aún se niega a sufragar las excavaciones para encontrar sus tumbas, aunque sí financia las búsquedas de muertos del bando nacional en Alemania), sólo añade un componente dramático más sobre su destino. Se trata de una novela poética, a veces casi épica, donde el autor muestra su maduración mediante un despojamiento y una contención que no tenían sus anteriores novelas. Tal vez su mayor acierto (literario) sería contar estas escenas como parte de un delirio, una locura, una percepción distorsionada que afecta a todos, verdugos y víctimas. Las presas no ven o se les difuminan los contornos de la realidad, o acaso sea la proximidad del manicomio, donde un muchacho cree que lo que ve forma parte de un rodaje, pero también uno de los policías torturadores confunde a su víctima con la novia inaccesible que aún le rechaza. La sensación de asfixia que transmiten esas distorsiones de la percepción, pero también los sueños como vía de escape, los movimientos de esas mujeres, casi describiendo una coreografía (de ahí el acierto de la foto de Pina Bausch en la cubierta), todos esos elementos forman un engranaje poético que funciona, mientras que la narración va más allá y adquiere una verdad profunda, una verdad poética que no pretende simplemente contar la historia de este país, sino que viaja al meollo, a su base simbólica, para decir algo más, decir algo literariamente. Esta profundidad nueva sitúa a Ferrero lejos de "Belver Yin". Por otra parte, diría que su mirada sobre estas mujeres, el acercamiento y penetración más sutil en el universo de sus personajes femeninos, tiene algo de reconciliación con el género femenino, o en todo caso parece distanciarle del autor que afirmó una vez en la televisión que no existían mujeres escritoras, que Jane Austen o Virginia Woolf eran sólo un fraude. Si los años, su sensibilidad literaria o la conciencia de vivir en un país tan profundamente misógino le han curado de esa enfermedad, parece un motivo para felicitarnos. En conjunto, Jesús Ferrero ha logrado componer un cuadro poético original, con su mirada sobre uno solo de los gestos trágicos de la España terrible de 1939.

BALCANES Aleksandar Hemon

Narrativa Sarajevo desde América ISABEL NÚÑEZ Aleksandar Hemon - “El hombre de ninguna parte” - ANAGRAMA - Traducción de Damián Alou (255 págs. 14,50€)

Un escritor serbio decía hace poco que Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) ha logrado escapar de la influencia decisiva de Danilo Kis sobre todos los escritores de la antigua Yugoslavia adoptando el inglés y convirtiéndose en escritor norteamericano. Pero sin duda, una de las cosas que más fascinan a la crítica anglosajona es la renovación del idioma, de la cultura narrativa y de la forma que Hemon aporta con su legado kisiano contemporaneizado y filtrado por su particular uso del inglés. Otro de los logros de Hemon que producen el encantamiento desde las primeras páginas son esas imágenes cuya potencia no es sólo visual, sino emocional: contienen la esencia de su humor melancólico, de su tristeza irónica, tan eslava, tan balcánica, de su poética sarajeviana, de su fascinación mitteleuropea por el peso de la historia visto como narrativa, no como épica, sino con la lente microscópica de un personaje. Todo esto, que ya aparecía en la magnífica serie de relatos “La cuestión de Bruno” (Anagrama, 2001), se reafirma en esta insólita novela, “El hombre de ninguna parte”, el “Nowhere Man” de la canción de los Beatles, el mismo Jozef Pronek del relato “La cuestión de Bruno”, que intenta sobrevivir en Chicago mediante una serie de trabajos miserables, luchando por escapar a su extranjeridad maldita, con su inglés defectuoso de balcánico (la cómica dificultad de poner artículos para los hablantes de una lengua que no los tiene), que le sirve al autor para reforzar su autoironía característica, mientras, lejos del personaje, su país se fragmenta y destruye en la guerra salvaje de los años noventa, que parece no haber tenido nunca fin. También hay un retorno al pasado, en un largo capítulo que cuenta la juventud de Jozef, su banda de música filobeatle, sus torpes iniciaciones amorosas, su incursión a Kiev, la amistad y la destrucción juvenil, el pasado comunista, la infiltración de la política y la administración en la vida cotidiana. Y después, de nuevo en Chicago, su acercamiento al amor, intentando sustituir el dolor y el pesar que le oprimen, mientras las cartas de los amigos le envían noticias de guerra –cómo la metralla se lleva las piernas de su ex novia en un mercado, cómo se suicida un caballo hambriento, cómo el rencor y la conciencia de ser destruidos vuelve locamente agresivos a algunos sarajevianos—, y Jozef contempla su propia pulsión destructiva en una escena doméstica con un ratón. No falta un enigmático final histórico que resitúa al “hombre de ninguna parte”. Pero antes, Hemon nos ha desconcertado con sus juegos de personalidad, con ese Jozef siempre desdoblado, que se presenta a sus interlocutores con identidades y nacionalidades distintas (en una ocasión, simplemente como “otra persona”), o que conserva un yo quieto y espectador mientras su cuerpo destroza los muebles que le rodean en su desesperado arrebato de tristeza infantil... Y sobre todo, con esos narradores fantasmas, que intervienen en la historia a traición, abriendo misterios de fantasía e interrogantes sobre su sospechosa omnisciencia, como la mano que calma a Jozef en su ataque post-ratón, murmurándole unas palabras en serbocroata. Pero incluso esa fantasía liga bien con la fantasía ambiental, donde todo, las persianas que farfullan, los colgadores de toallas que tiemblan, la butaca que abraza al que se sienta, las mariposas que se arrancan las alas una a otra en el estómago de Jozef, reinterpretando la típica expresión inglesa de las náuseas, el papel higiénico que palpita como una medusa en el váter, las gotas tercas del grifo, el conductor que le apunta y dispara con el dedo al pasar, los huevos hirviendo como ojos sin iris, todo participa de esa melancolía literaria y autoirónica de un Hemon que se libera de su historia contándonosla y convirtiéndola en pura literatura. Y la versión castellana de Damián Alou, pese a los que escollos a los que se enfrenta, transluce la estructura inteligentemente sencilla del inglés de Hemon y el placer casi sensual que el autor parece hallar en la escritura.

BALCANES Dubravka Ugrešić

Narrativa Ámsterdam, ciudad arenosa del exilio ISABEL NÚÑEZ Dubravka Ugrešić - El Ministerio del Dolor - Anagrama - Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Piśtelec (304 págs. 18 € ) Algunos afortunados lectores españoles conocerán ya a Dubravka Ugrešić (Zagreb, 1949), por su excelente e insólita novela anterior, El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003). Allí, la narradora croata, exiliada tras el conflicto que destruyó la antigua Yugoslavia, utilizaba su desubicación en Berlín para apresar con su mirada inteligente e irónica el mapa contemporáneo de esa ciudad-museo de la historia, donde todo el encarnizamiento y la complejidad del siglo XX muestra sus rastros visibles y el propio turista es invitado a participar (opuesto a nuestra ahistórica Barcelona, que construye incluso en el lugar donde fueron fusilados cientos de ciudadanos y borra toda memoria de la ciudad rebelde, en una imagen sólo comercial, suficiente para los turistas del alcohol). Construía su propio álbum identitario, fragmentado y agridulce, con los retratos tragicómicos de las amigas separadas por la guerra, los diálogos desconcertados con la madre, los grupos variopintos de ex yugoslavos que se detectan entre sí por las calles berlinesas, el sexo fugaz, los artistas que dibujan la memoria, la soledad y la burlona nostalgia siempre lúcida de su vivencia del exilio. En El Ministerio del Dolor, la narradora es de nuevo una croata exiliada a quien ofrecen una plaza de profesora de serbo-croata en Ámsterdam y que enseguida comprende que el aula es un campo minado y la lengua y las palabras, capaces de hacer estallar la guerra que todos se han llevado consigo sin querer. Son las dificultades y conflictos de Tanja Lucić, su búsqueda de un territorio común en el pasado remoto de los alumnos, la rebelión silenciosa de una parte de la clase y su relativo triunfo sobre la profesora, los gestos de cada personaje, la común ironía que no excluye nunca el dolor –tampoco cuando uno de ellos se suicida, dejando unas pistas para interpretarle—, la obsesión por la palabra y la angustiosa incapacidad de usarla, como en el juego que acerca y aleja a la narradora de uno de sus alumnos, con una escena de callada violencia que sólo el final resuelve, y la atmósfera casi acogedora del barrio rojo de las putas, la desnudez y exhibición privada de la ciudad arenosa, los encuentros fugaces y equívocos donde el intercambio de fluidos permite cierta pacificación, y la reflexión audazmente literaria y analítica de su mirada. Cada elemento encuentra su lugar preciso en el engranaje hábil y melancólico de la novela, con un tono donde el agotamiento emocional, la carga del dolor acumulado no puede derrotar, aunque lo intente, la energía intelectual de esta gran autora. De nuevo, la mirada sobre Ámsterdam, sugerida en la cita de Cees Noteboom al inicio del libro, es tan penetrante y llena de matices que me ha hecho preguntarme si acaso entre todos los viajeros, será el exiliado quien pueda ver mejor las ciudades que le acogen y devolver su imagen con mayor claridad. O tal vez sea ese un talento especial de Dubravka Ugresic y sus narradoras, llenas de la perplejidad chejoviana que permite la mejor literatura. El título, irónico pero clave para comprender el fondo duro de esta novela arenosa como la bajura del terreno de Ámsterdam, es el nombre de un club sadomasoquista de la ciudad y los alumnos de la profesora Lucić lo utilizan para aludir burlescamente a uno de sus trabajos ocasionales mejor pagados, confeccionar ropa S/M para la ciudad holandesa. ¿Cómo gestionar ese dolor histórico y personal y cómo digerir todas las facetas de esa forma geométrica y compleja que es el exilio? No se trata ya sólo del desarraigo, de las dificultades sobre la propia identidad, construida sobre un pasado más o menos común, ni del pretexto que supone para cambiar de vida y dejar atrás relaciones vencidas, se trata también y sobre todo de la violencia, de esa misma violencia ante la cual fingimos sorprendernos al verla en guerras ajenas, la que nos habita, está en nuestros vecinos y está en nosotros y puede generar rupturas y estallidos insospechados que no tendrán cura. La antigua Yugoslavia es un país complejo, tan desconocido entre nosotros como su gran literatura, y Dubravka Ugrešić , atacada y perseguida por el régimen patriarcal de Tudjman, es una de sus voces más sugestivas e interesantes. No se la pierdan. Perfil: Pesadilla balcánica
Dubravka Ugrešić (Zagreb, 1949) ha publicado en España la novela El Museo de la Rendición Incondicional (Alfaguara, 2003) y los ensayos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004). Traductora, profesora en la Universidad de Zagreb, fue una de las 5 escritoras estigmatizadas por la prensa oficial de Franjo Tudjman como “las brujas de Rio” (en la cumbre feminista de Rio de Janeiro, alguna de ellas denunció que la supuesta guerra nacionalista encubría una auténtica guerra contra las mujeres, con las violaciones sistemáticas de bosnias y croatas en los campos de concentración serbios), publicaron sus teléfonos y dirección para que cualquiera pudiera avasallarlas. Perdieron sus trabajos, vivieron la cobardía de amigos y colegas que las traicionaron, y acabaron por marcharse. Ugresić ha vivido en distintas ciudades de Europa, como Berlín y Ámsterdam, y sus libros, elogiados por Susan Sontag o Timothy Garton Ash, han tenido una acogida crítica excepcional, tanto en Europa como Estados Unidos. La misma ironía, unas veces ligera y otras sarcástica y amarga, con que analiza el exilio en estas dos novelas, impregna sus declaraciones en Barcelona. No tiene esperanza en el futuro de su país. Define a la protagonista de El Ministerio del Dolor como una narradora traumatizada, que apenas puede contar su dolor, ni nos deja ver a sus estudiantes, sólo oírles. En la versión original, su forma de hablar revela si son eslovenos, macedonios serbios, bosnios, croatas, montenegrinos. Ella sólo se refleja en ventanas y escaparates de una ciudad, Ámsterdam, que se exhibe impúdicamente. Incluso en el juicio de Milošević en La Haya, en lugar de mirarle a través del cristal, prefiere verlo en la pantalla de televisión, como parte del escenario irreal. Dice Ugrešić que su libro “trata de la culpa, y la autohumillación a la que se somete la narradora sólo es un síntoma de ese sentimiento”. Recuerda el dicho según el cual hacen falta 20 años para que un país se cure de una guerra, y añade que “nada se ha resuelto: la gente no quiere hablar, prefieren sentirse víctimas”, e ironiza: “víctimas de la historia y víctimas históricas, víctimas del imperio otomano y del imperio austro-húngaro, del comunismo y el nacionalismo, futuras víctimas de la Unión Europea y víctimas de una futura invasión china, porque dos chinos han abierto una pequeña tienda en Zagreb”. Y lo mismo ocurre con los exiliados: “La autocompasión es el sentimiento favorito de la especie humana, porque excluye la responsabilidad y permite la regresión infantil.” Según Ugrešić, los nacionalistas extremos que apoyaron lo que ocurrió durante la guerra siguen conservando sus puestos en la Universidad, la administración, la prensa y la televisión. Dice que El Ministerio del Dolor no es una novela autobiográfica, aunque “sin mi experiencia nunca habría podido construirla”. Bromea sobre las diferencias entre su narradora y ella, o sobre su impresionante formato físico, y sobre la relación sadomasoquista de profesora y alumno dice que “eso es lo único autobiográfico de la novela”.

Madrid y Andalucía: Dulce Chacón


Foto: castaño gallego, pescada en Internet

La Vanguardia Culturas, 6/11/2002

Recuperar la memoria histórica
Isabel Núñez


La voz dormida - Dulce Chacón -Alfaguara. (388 págs. 15,95 € )


Desde hace unos años, empezamos a ver signos de interés por la historia reciente de España, tanto en el ámbito de la historiografía como en la literatura y el cine. Tal vez sea la normalización tras un período de amnesia espectacular, en el que las alusiones al franquismo y a la Guerra Civil eran sólo escenográficas o folklóricas. El análisis histórico es necesario para comprender el presente, más aún en un país marcado por esos 40 años de dictadura, donde la pasividad ciudadana, la falta de debate y de cultura democrática de agitación conforma el legado del franquismo, con un analfabetismo político preocupante.
No es casual que el archivo histórico del franquismo se halle en manos de una fundación privada (franquista) que restringe la consulta a su antojo, mientras que los de Hitler o Mussolini son de acceso público.
En este contexto y el del machismo imperante en el país con la cota más alta de Europa de muertes por violencia de género, hay que saludar el libro de Dulce Chacón (Zafra, Badajoz, 1954). El empeño de rescatar la memoria silenciada de las mujeres del bando republicano –que lucharon en la retaguardia del frente y luego en la guerrilla, perseguidas, torturadas y encarceladas, separadas de sus hijos, fusiladas, etc.—, es sin duda necesario y loable.
La novela se centra en mujeres de extracción popular, recluidas en la cárcel de Las Ventas: Pepita, que milita en el Partido por amor a su guerrillero, Hortensia, que ve retrasada su ejecución hasta que dé a luz, la siempre solidaria y animosa Reme o la rebelde Tomasa.
Dulce Chacón, poeta y novelista, premio Azorín 2000 con “Cielos de barro”, recogió los testimonios de las supervivientes y sus familiares. Su trabajo de documentación es serio y riguroso y sus fuentes se incluyen en los agradecimientos del final del libro.
Las condiciones miserables de la cárcel –piojos, sabañones, frío, hambre e infecciones—, el triste papel de la Iglesia española en la represión franquista, las continuas ejecuciones, la crueldad del trato a las presas y a sus familiares y sobre todo, la solidaridad y la fuerza de carácter de esas mujeres para conservar la dignidad y la cordura.
Un material vivo y verídico tan contundente, lleno de carga histórica y del dolor de un país, plantea dificultades. Es una lástima que Dulce Chacón se decidiera a novelarlo porque la ficción es la peor parte del libro. Todo es demasiado simple, demasiado previsible y superficial. No hay profundidad en los personajes, que apenas muestran contradicciones ni avanzan o cambian. Y sin embargo, la pura concatenación de los hechos particulares tenía suficiente fuerza dramática y habría constituido un excelente libro testimonial.

Barcelona: Lidia Falcón

(La Vanguardia Cultura/s 18/2/04)
Memorias Una mujer ilustrada en la España franquista ISABEL NÚÑEZ Lidia Falcón “La vida arrebatada” Anagrama (415 págs). 18 E
Lidia Falcón O’Neill (Madrid, 1935), nacida en una familia de tradición progresista, intelectual, feminista y de izquierdas desde principios del siglo XIX, pasó su juventud en la siniestra España de la posguerra. El retrato melancólico de la belleza rebelde y turbadora que aparece en la portada ofrece un contraste cruel con el relato de sus vicisitudes y su lucha por sobrevivir en la miseria material e intelectual que condicionaría a este país para siempre. En ese aspecto, la crónica social y política que se desgrana en estas páginas mientras la joven Lidia se ve despojada de la complicidad feminista de su madre, al sucumbir a un matrimonio precoz y fallido con un hombre mediocre, y obligada a vivir en la penuria, con sórdidos empleos y pensiones dudosas, sobrellevando su doble maternidad (¿y cómo evitarla, en una ciudad donde los preservativos sólo existían en el barrio chino y nunca en la sociedad bienpensante?), demuestra cruelmente una verdad que sólo unos pocos, como Haro Tecglen, han puesto de manifiesto en este país: aunque España se recuperó de la pobreza –y el desarrollo ha liberado aparentemente a la clase trabajadora de su esclavitud, amueblando su vida con productos de consumo y cierto bienestar material—, quedó condenada a la muerte intelectual y a la miseria educativa; es un país sin espíritu crítico, sin debate, sin apenas pensamiento, que sigue ostentando el récord europeo de violencia misógina, con Universidades generalmente mediocres e infradotadas, donde las revistas literarias no pagan a sus colaboradores y las tarifas de traducción son inferiores a las de México. Este panorama es tan sólo la herencia de lo que cuenta Lidia Falcón en sus memorias. Su lucha por sobrevivir y al mismo tiempo, su lucha por la dignidad intelectual y la restitución de los derechos básicos de las mujeres en una sociedad pacata y triste, que la obligaba a ocultar su condición de separada y su nueva convivencia con el entonces activista Eliseo Bayo, su esforzada carrera de Derecho, su tesón contra la censura y la misoginia presente también en los partidos de izquierda, o los peores años de soledad intelectual, en una Barcelona donde los progresistas e ilustrados habían huido, habían muerto o vivían ocultos, son parte de una losa que no nos hemos quitado de encima. La recuperación de la memoria histórica forma parte de la necesaria educación que en España brilla por su ausencia. Ese es el valor primero del libro de Lidia Falcón, pero hay muchos otros, como expresa, por ejemplo, la ambigüedad del título, porque la trayectoria de esta mujer –licenciada en Derecho, Arte Dramático y Periodismo, doctora en Filosofía, doctora honoris causa por la Universidad de Wooster, Ohio, fundadora de “Vindicación Feminista” y “Poder y Libertad”, creadora del Partido Feminista en España, partícipe del Tribunal Internacional de Crímenes contra la Mujer en Bruselas, autora de 35 libros de ensayos y narrativa y referencia obligada del feminismo internacional— está llena del espíritu “arrebatado” que la ha animado en su lucha contra la muerte en vida; es la crónica de una gran pasión vital, donde, como ocurre en el feminismo, lo personal se une a lo ideológico, evocando la idea de Marguerite Duras de que las grandes pasiones son siempre pasiones políticas.

sábado, 13 de enero de 2007

Clausura del Any Freud

Foto: Andrea Resmini, Safi, 2006
Texto que leí en la clausura del Año Freud en Caixafòrum
Entrevista con el vampiro Hace unos días viajé a Belgrado a entrevistar, para mi libro balcánico, al único escritor directamente implicado en el discurso del odio y la guerra que aceptó hablar conmigo. Se trataba de un ex ministro de la Republika Sprska en Bosnia durante la guerra, colega y defensor de Radovan Karadžić. Ese encuentro me afectó mucho más de lo que yo suponía, a pesar de la desazón que sentía desde días antes de ir. El escritor serbio amigo mío que había aceptado oficiar de intérprete me tradujo oralmente dos de los cuentos de guerra del entrevistado y su calidad literaria me sobrecogió. Eran cuentos descarnados, económicos, casi chalamovianos, y estaban llenos de un amargo sarcasmo, y de toda la ambivalencia y complejidad de las guerras. Durante el encuentro, tuve la impresión de estar hablando con el Raskolnikov de Crimen y castigo, tan ansioso parecía de compartir el peso de su culpa, aunque no lo verbalizase así. Todas las historias que yo había leído y escuchado sobre el genocidio de los Balcanes estaban en cierto modo allí, sobre aquella mesa. Tal vez su inteligencia manipuladora, su talento de escritor, su pretensión de normalidad, su urgencia por acercarse ideológicamente a nosotros con un discurso supuestamente multicultural, su necesidad de ser entendido y perdonado fuese lo peor. Aquel hombre admitió que había pasado toda la guerra con Karadžić, se llamó su amigo y defendió su inocencia, aunque aludió a su biografía oscura. Él insistía en su condición de civil y probablemente no mató a nadie, pero estuvo allí y no hizo nada por impedir o mitigar los sufrimientos, las violaciones y el horror. La peor resaca emocional vino después. Aquella noche no pude dormir, cerraba los ojos y sólo veía la agonía y muerte de mi padre, tal vez porque todo aquello estaba demasiado conectado con la muerte. Mi amigo dijo que era como andar por un campo lleno de calaveras. Él se sentía mal por haber traducido sus palabras, convirtiéndose en cierto modo en el segundo autor de aquel texto. Yo no soy periodista, sino escritora y crítica literaria: nunca había entrevistado antes a alguien implicado en un genocidio, aunque sólo fuera de un modo indirecto. No sé cómo debió sentirse Hannah Arendt con Eichmann. Era inevitable pensar en la banalidad del mal, y en medio de la falta de luz del invierno balcánico, me consoló la interpretación freudiana de Elisabeth Roudinesco en ¿Por qué el psicoanálisis?, citando a Lanzmann: “No cualquiera es capaz de ese horror.” Cuando parece que la pulsión de muerte domine el mundo, para mí, el alivio del psicoanálisis es que permite volver a la visión humanista del hombre como ser libre y complejo, y no intenta adormecer su malestar con química, sino que lo aborda con valor. Durante los 13 años de mi propio análisis, yo pude agregar mis distintos fragmentos y contemplar con fascinación la curación por la palabra. Para una escritora con bloqueos crónicos, que escribe a tientas, que no depende de la voluntad sino del inconsciente, y que ve la vida como una sucesión de sorpresas internas, el psicoanálisis es una forma más interesante de mirar el mundo, pues permite sondear detrás de lo aparente. Gracias a Freud y a Lacan, yo he podido ser algo más libre, y vivir me sigue pareciendo curiosamente intrincado en un sentido de fruición intelectual, de comprender mientras voy andando (o escribiendo), al margen de la apariencia de éxitos y fracasos, al estilo de Françoise Davoine en La Folie Wittgenstein, o como dice Derrida en Aprender a vivir al fin: “Cuando recuerdo mi vida, tiendo a pensar que he tenido la suerte de amar incluso los momentos desdichados de esa vida, y bendecirlos.” Isabel Núñez, enero 2007

En La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Un ciprés en Mandri, ¿superviviente a las talas arboricidas?, 2009
Biografía Amores sáficos en Brasil ISABEL NÚÑEZ
Carmen L. Oliveira Flores raras y banalísimas. La historia de Elizabeth Bishop y Lota de Macedo Soares Vaso Roto Traducción de Ángel Alonso 285 PÁGINAS 14 EUROS
Huérfana, de infancia solitaria y salud frágil, la brillante poeta norteamericana Elizabeth Bishop (Massachusetts, 1911 - Boston, 1979) había estudiado en Vassar, era discípula de Marianne Moore y amiga de Robert Lowell, y había fundado junto con Mary McCarthy la revista literaria Con Spirito. Tras la publicación con éxito de su libro de poemas Norte y Sur, viajó en barco a Brasil, en un impulso. Allí conoció a Lota de Macedo Soares, aristócrata, arquitecta autodidacta y vanguardista, mujer arrogante y fogosa, el extremo opuesto de la callada y discreta Bishop.
Las dos mujeres se enamoraron y vivieron juntas doce años, en la innovadora y hermosa casa que Lota construía en Samambaia y el apartamento en Río de Janeiro, donde Lota recibe el encargo de diseñar un gran parque, el Flamengo. Carmen L. de Oliveira novela con acierto la vida de ambas mujeres, y gracias a su afinado retrato, esos dos interesantes personajes vibran intensamente y atraen a la lectura. Basándose en cartas y testimonios de amigos y personal de servicio, Oliveira logra una aproximación apasionante al frágil paraíso de estas mujeres: la capacidad de arrastre laboral, social y afectivo de Lota, la actitud abiertamente celosa de los amigos de Lota hacia Bishop, el forcejeo de Lota contra los procesos depresivos y alcohólicos de la poeta, la asfixia alérgica de Bishop, sus bloqueos, sus poemas felices, el premio Pulitzer, la complicidad, los viajes de Elizabeth con amigos y la dureza de las batallas políticas de Lota, que las acaban separando irremisiblemente. Bishop acepta un puesto en una universidad americana y allí conoce a otra mujer, y cuando al fin se reúnen de nuevo, es demasiado tarde para Lota, que tendrá un trágico final. Es un libro irregular, con momentos deliciosos, y si hacia el final esquematiza perezosamente la narración o se hace prolijo en las barreras burocráticas y políticas del parque de Lota, en ese proyecto brillan las ideas sobre una ciudad pensada para sus habitantes, una ciudad moderna, exuberante y humana, en el espíritu de Sert y Mumford. Y los retratos de esas dos mujeres creadoras, su entorno, su amistad y su pasión sáfica merecen la lectura. Ilustrado con fotografías muy vivas, el libro ha sido publicado con osado esmero gráfico por una nueva editorial, Vaso Roto.

miércoles, 31 de mayo de 2006

Mary Shelley en La Vanguardia Cultura/s

(Y Mary Shelley creó a Frankenstein)
Mary Shelley y el mito de Frankenstein ISABEL NÚÑEZ Muriel Spark (Edimburgo, 1918), poeta y novelista, trabajó para los servicios secretos británicos durante la II Guerra Mundial, y es Dama del Imperio Británico desde 1993. Algunas de sus novelas se han publicado en España (El banquete).
Mary Shelley fue una escritora sorprendente y su vida fue muy literaria. Hija de la pionera del feminismo Mary Wollstonecraft y el pensador socialista William Godwin, creció en una casa frecuentada por poetas y filósofos, de niña escuchó a Coleridge recitar su Ancient Mariner, y a William Blake. Su madre murió en el parto (víctima de la desatención sanitaria a las mujeres), Godwin se casó con una mujer convencional y traicionó sus ideales, impidiendo que Mary y sus hermanas estudiaran (Mary se consoló en la amplia biblioteca de su casa). El poeta Percy Shelley (admirador y benefactor de Godwin) se enamoró de ella y abandonó a su esposa Harriet para huir juntos. Godwin desaprobó la unión y adoptó el papel de un padre tradicional, pero siguió aceptando dinero de Shelley de por vida.
Mary y Percy Shelley emprendieron una vida bohemia, rodeados de escritores, siempre sin dinero. En Suiza, alquilaron una casa en el lago Leman, con Claire (hermanastra de Mary), lord Byron y su médico Polidori. Allí, Byron propuso que cada uno escribiera un cuento fantástico; sólo cumplieron Polidori y Mary Shelley. A sus 18 años, Mary Shelley creó un mito de la nada, sin ningún antecedente popular. Un mito tan poderoso y atractivo que sería constantemente revisitado en la historia de la literatura y el cine.
Según los análisis contemporáneos, el mito de Frankenstein enraizaría en la experiencia vital de su autora. Si bien la atmósfera es romántica, su postura es científica –la posibilidad de crear vida a partir de materia orgánica mediante electricidad (una idea entonces en boga, que Polidori debió de explicar al grupo)— y darwiniana, y no contra la ciencia, como creen algunos. Ese monstruo, rechazado por su propio creador –que abjura de sus teorías, como el padre de Mary—, ese monstruo culto y sensible, con un discurso racional más brillante que el de su hacedor, marginado por los hombres, aludiría al conflicto de la identidad femenina libre (temida y sojuzgada por el mundo masculino), o de cualquier identidad otra (racismo), y también a la identidad obrera en la revolución industrial (legado paterno socialista).
Mary Shelley perdió a su madre, fue traicionada por su padre y sufrió la decepción de Shelley, que compartió con ella una intensa pasión literaria y amorosa, pero fue egocéntrico y desconsiderado (e íntimo del feroz misógino lord Byron). Los caprichos de Percy con los viajes constantes y su necesidad de huir de los acreedores acabaron con la vida de tres de sus hijos. Su ex esposa Harriet se suicidó arrojándose a un río, y la hermana de Mary, Fanny, también se suicidó. Pero según Muriel Spark, Mary Shelley fue “muy afortunada” en su vida. La única fortuna de Mary Shelley fue probablemente su talento creador. Percy Shelley y ella se apoyaron en sus obras respectivas y vivieron su efervescencia literaria, huyendo de las deudas, que en la época significaban prisión. Shelley murió de forma dramática y Mary tuvo que luchar sola contra la penuria y mantener a su hijo escribiendo, hasta que su suegro le legó la herencia que le correspondía.
La biografía de Muriel Spark sigue al detalle movimientos, viajes y relaciones de Mary, y dedica tres apartados a su obra. Se echa de menos una interpretación más analítica, más insight en esa crónica cansina de su vida, aunque resulte amena y accesible. Sus comentarios frívolos y poco rigurosos, a veces contradictorios, añaden cierta gracia al estilo —de salón decimonónico—, pero no ayudan a desentrañar a tan fascinante personaje, ni arrojan luz sobre el modo en que creó su obra. Creo que la brillante introducción de Isabel Burdiel a otra edición de Frankenstein (Cátedra, 2002) aporta claves más esclarecedoras para comprender a Mary Shelley que la biografía de Spark.
Esta cuidada edición de Lumen –en un momento brillante de la editorial— acompaña a otra de Frankenstein en Mondadori, con un sugerente prólogo de Alberto Manguel, dedicado a la presencia del mito en el cine. Es un placer volver a esa novela maravillosa, animada por la intensa verdad de su joven autora (y por la voz de un monstruo que nos habita), llena de claves simbólicas y poéticas y precoz antecesora del cyberpunk.
Además de su riqueza simbólica, esta novela “epistolar” tiene virtudes estructurales: mezcla hábilmente los géneros, para subvertirlos, y sus voces múltiples refuerzan su contemporaneidad, con una perplejidad final muy chejoviana. Se ha dicho que Percy Shelley ayudó a Mary a pulir los monólogos del monstruo y tal vez fuera así. También le prestó su firma para publicarla en una época desfavorable para las mujeres. Nada de eso desmerece la inaudita creación de Mary Shelley, salvo su autocensura en la versión de 1831.
Cuando Frankenstein se niega a crear una compañera para el monstruo, su temor de que ella no acepte su destino y se convierta en una amenaza evoca el temor histórico del hombre ante la libertad de las mujeres. Y en un mundo marcado por la exclusión y la persecución de los distintos, la vigencia de Frankenstein es indiscutible.
Muriel Spark
Mary Shelley
Lumen
Traducción de Aurora Fernández de Villavicencio
345 PÁGINAS
17,50 EUROS
Mary Shelley
Frankenstein o el moderno Prometeo
Traducción de Silvia Alemany
323 PÁGINAS
18 EUROS

jueves, 2 de marzo de 2006

La Vanguardia, en 2002

Ilustración: Arthur Rackham, Barba Azul
LA VANGUARDIA Cultura/s, 13/11/2002
Expiación, de Ian McEwan
Novela excelente, visión misógina ISABEL NÚÑEZ
No se trata simplemente de que la trama de la novela se base en la traición de una niña que, por celos, por despecho y por confusión, es capaz de arruinar la vida de un hombre, dejar que sufra una injusta condena y que se interrumpa su prometedora carrera. Al fin y al cabo, la niña es la protagonista de la novela, que narra la expiación de su culpa, un proceso que la consolidará como escritora. En ese sentido, Ian McEwan simpatiza con ella e indaga sobre sus errores y sentimientos a lo largo de estas brillantes páginas. Ahora bien, la protagonista sólo confirma una mentira ajena, la de un misterioso personaje adolescente, una chica violada que no sólo no denuncia a su violador, sino que se casa con él y opta por acusar a un inocente para explicar las huellas físicas evidentes de violencia sobre ella. En vano buscaremos en la novela una indagación de las motivaciones de ese personaje. No la hay. Y ese silencio parece más grave en la medida en que podría dar la razón a la vieja teoría misógina de que a las mujeres les gusta ser violadas y maltratadas, de que la violencia contra ellas sólo es una manera de realizar su deseo masoquista. Una idea que, por lo visto, sigue vigente en la mente de tantos hombres culpables de violencia doméstica en este país, y entre los jueces que les dejan tantas veces en libertad, permitiendo que las amenazas y los golpes culminen con la muerte de la perseguida. No se trata, pues, de simple corrección política sino de una cuestión que sigue siendo peligrosa en muchos lugares del mundo. Hace poco, el ex director del “Times Literary Supplement” decía en Cultura/s” que, a su juicio, muchos escritores hombres se dirigen al perfeccionismo en sus novelas a costa de desapegarse de la realidad, de lo humano. La excelente novela de McEwan tiene ese curioso defecto humano.

lunes, 30 de enero de 2006

David Leavitt

Foto: I.N., Antes las cajas de cerillas no eran feas como ahora, 2007
Escribí esta reseña por encargo de La Vanguardia Cultura/s, pero tampoco llegó a publicarse.
Narrativa El manuscrito robado ISABEL NÚÑEZ David Leavitt El cuerpo de Jonah Boyd ANAGRAMA Traducción de Javier Lacruz 223 PÁGINAS 14,50 EUROS David Leavitt (Pittsburgh, 1961), graduado en Yale, da clases de literatura creativa en la Universidad de Florida, y ha pasado largas temporadas en el sur de Italia y en Barcelona. A los 23 años irrumpió en el panorama literario anglosajón con el brillante Baile en familia y tras el memorable El lenguaje perdido de las grúas, fue etiquetado como escritor gay en el contexto del realismo sucio. Un escándalo por supuesto plagio (el uso de un episodio de la vida del escritor Stephen Spender como material literario) y otro escándalo moral en Estados Unidos por un cuento de Arkansas marcan una trayectoria iconoclasta y una escritura que alguien ha calificado de “elegantemente subversiva”. En España, Anagrama ha publicado todos sus libros. En El cuerpo de Jonah Boyd, Leavitt aborda precisamente el tema del plagio, la intertextualización, la reescritura o la participación de distintas manos en un libro, con una brillante e irónica vuelta de tuerca a su pasado escándalo con Stephen Spender. La narradora de la historia es, aparentemente, Denny Denham, una inteligente secretaria que, como el personaje (¿robado?) de Allison Lurie, siempre ha tenido éxito con los hombres a pesar de su aspecto o tal vez precisamente por su aspecto sin atractivos convencionales. Secretaria de Ernest Wright, psicoanalista reconocido, es también su amante, amiga de su esposa, Nancy Wright (y sexualmente atraída por ella), confidente y rival de los hijos y de la amiga histórica de Nancy, Anne, e interpreta con soltura todos esos papeles. La visita de Anne a la casa de los Wright, junto con su marido, Jonah Boyd, un escritor de éxito, transformará la vida de todos. Jonah les lee parte de su novela, manuscrita en cuadernos italianos, los cuadernos desaparecen misteriosamente y la trayectoria de Jonah Boyd se descarría para siempre.
La trama, que utiliza ciertas claves de thriller en su indagación personal y literaria, está llena de matices y sorpresas hasta el mismísimo desenlace, donde no sólo se revela el misterio del manuscrito robado, sino también la identidad sesgada del auténtico narrador de la historia.
La escritura elegante y precisa de Leavitt gana fuerza y brío a medida que avanza, tras un principio engañosamente clásico y descriptivo que dibuja la casa de los Wright, escenario de la burguesía ilustrada norteamericana, con muebles de los Eames, piscina y barbacoa (guiño del apellido Wright), y alcanza un interesante clímax poco antes del final, en una confesión simbólicamente detectivesca, pero que gira en torno a la escritura, la influencia de la confianza y la autoestima para desarrollar un talento, y que integra el plagio en la visión posmoderna de la intertextualización, sin dejar nunca de considerarlo un delito dramático, exculpado tan sólo por la muerte y el olvido del legítimo autor. La figura de la secretaria eficaz, su asociación con los secretos que conoce, su papel como reescritora de la producción de su jefe, su simpatía solidaria por una hermandad universal e invisible de secretarias, su crítica burlona de los roles y la misoginia en los años sesenta, su amoralidad moral y su observación fascinada pero tranquila de la belleza es tal vez uno de los mayores logros.
La escritura grácil y fluida, de una naturalidad asombrosa, que crece con la pasión y la convicción de quien cuenta una historia de verdad encaja perfectamente con esa búsqueda de la propia identidad del escritor, llevada a cabo como una investigación analítica, pero sin apenas teorizar, desde los gestos externos de la acción, con observaciones de humor inteligente que puntúan la historia como el juego del título (El cuerpo –body— de Jonás –el profeta— Boyd).
Algún despiste de trascripción (la “librería del Congreso” en vez de la Biblioteca del Congreso) no desmerece la traducción eficaz. En conjunto, una excelente novela, que se lee con auténtico placer.

domingo, 4 de septiembre de 2005

Soma Morgerstern

Foto: Canal de l'Ourcq, encontrada en Internet
Otra reseña que hice para La Vanguardia Cultura/s y que nunca salió
Soma Morgenstern En otro tiempo. Años de juventud en la Galitzia oriental Minúscula Traducción de Teresa Ruiz Rosas. Edición, notas y postfacio de Ingolf Schulte 590 PÁGINAS 30 EUROS En otro tiempo puede considerarse una primera parte de las memorias de Soma Morgenstern (Budzanów, Galitzia oriental, 1890 – Nueva York, 1976), dedicada a la infancia como paraíso perdido. El dolor que bloqueó a Morgenstern durante años, por el horror de lo vivido y la pérdida (“Cartas perdidas, amigos perdidos, mundo perdido. Hermanos perdidos en Dachau, hermana perdida en Birkenau, madre perdida en Theresienstadt...”), le impidió escribir lo que se echa de menos en estas memorias: su vida de escritor, su relación con figuras como Musil, Benjamin, Alma Mahler, Roth o Canetti, el peso sangrante de la Historia que los separó, los años de Nueva York, etc. Esos recuerdos hay que buscarlos en sus apasionantes memorias “indirectas”, sesgadas: Alban Berg y sus ídolos y Huida y fin de Joseph Roth, publicados en España por Pre-Textos. Además, están sus novelas: El hijo del hijo pródigo y la trilogía Destellos en el abismo. Pero este libro tiene un encanto especial. Con una estructura inspirada en los Cuadros de una exposición de Mussorgski, son “Paseos”, escenas o retablos que sintetizan momentos de su infancia y juventud en la Galitzia oriental. Dibujan, con un estilo desnudo y ligero y una sensación mágica de tiempo detenido, el vínculo emotivo de Morgenstern con el paisaje rural de su niñez (el bosquecillo de alisos y el pozo donde se reflejaban las estrellas que le enseñó su amigo perdido, o la escena de él mayor en Canadá, disimulando las lágrimas ante su amiga al ver los campos de heno), establecen la condición urbana de los judíos frente a los campesinos, trazan ya su relación intensa y difícil con la fe –de joven se hace ateo, pero vuelve a la religión por una vía puramente estética, tal vez para acercarse a la memoria de su padre, y al final de su vida será la novela la que llene el vacío espiritual—, fotografían la amistad, y el amor, incluso excesivo, que unía a su familia. En cierto momento, un joven mayor que él le advierte contra ese cerrado amor familiar. Tanta religiosidad y apego familiar pueden ser asfixiantes. Pero a Morgenstern le salva su vitalismo sensual y la identificación de la cultura judía con las distintas formas de conocimiento. Su pasión por la música, las lenguas, la ciencia, el teatro, la literatura, su base clásica humanística –pese a la decepción ante los griegos, que aceptan la esclavitud sin rebelarse, y de ahí la cita aristotélica que cierra el libro calificando a los esclavos de “instrumentos animados”—, brillan en estos cuadros pictóricos luminosos, junto con su cultivo de la amistad y el intercambio intelectual. Hay retratos de maestros, campesinos, compañeros de escuela, con una ironía no exenta de ternura, también una feroz desmitificación ética de personajes (como la escena en Nueva York, en que tuerce el gesto cuando unos chicos americanos arrojan bolas de nieve a Beethoven y les sugiere que las dirijan contra la estatua de Morse) que incurrieron en antisemitismo o desigualdad, y por encima de todo, la mirada humana de un escritor que Adorno juzgó con dureza, mientras que Musil le consideró un autor decisivo y Berg le admiró siempre. Con las mujeres, su mirada es contradictoria. Si bien el apego a su madre y el reconocimiento de su papel como “espíritu movens” de la familia son obvios, y si bien aparecen mujeres a las que admira, también hay momentos de extrema misoginia, en particular uno terrible: de niño, sorprendió la violación invisible, muda y en grupo de una muchacha, pero el escritor no la distingue del sexo libremente consentido. Hay escenas de una poesía callada y de un humor maravillosos y respiran como los cuadros vivientes de un artista contemporáneo. Se trata, en efecto, del mundo que destruiría el nazismo y que no volvería a ser. La traducción y la edición impecables, con las notas investigativas del editor alemán, intensifican el placer de su lectura.

miércoles, 17 de agosto de 2005

Luis Magrinyà en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Madrid, 2010
Narrativa Un experimento inteligente ISABEL NÚÑEZ Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ya se había revelado como un narrador interesante antes de ganar el premio Herralde de novela con Los dos Luises en el 2000, sobre todo por sus relatos Los aéreos (1993) y Belinda y el monstruo (1995). Intrusos y huéspedes es la crónica, en forma de diario, de un proceso de depresión larvada, en la primera parte, y de la reconstrucción e integración del mismo personaje, en la segunda. Un hombre separado, ex actor de teatro dedicado a la enseñanza, se ve desbordado por la intrusión de un hijo adolescente al que apenas conoce, que se instala a vivir con él y le obliga a sustituir sus rutinas y a soportar su confusión con la ayuda de fármacos. Sin embargo, el proceso dista mucho de parecerse a lo previsible.
La pesadilla y el agobio se reflejan en el primer diario entre consideraciones sobre el mundo del teatro, que sirven al protagonista como materia para su reflexión, en un curioso ejercicio de autoanálisis compuesto de matizaciones y contradicciones constantes.
No se trata sólo del desfile de jóvenes que aterriza bruscamente en la casa y que acaba sustituyendo al hijo viajero, sino sobre todo, del territorio común de su conexión y entendimiento, el instrumento que servirá al protagonista para reintegrarse a través de un proyecto inusual, una investigación sobre las drogas, con la misma fruición feliz de la que hablaban Himanen y Torvald en La ética del hacker; un experimento que nada tiene de casual, ya que todos los personajes, incluido el protagonista, han buscado en la farmacología legal o ilegal vías para encajar en el mundo.
La precisión del lenguaje, el estilo riguroso de Magrinyà, su ética y su amoralidad, su humor y su extrema seriedad, su capacidad de sorprender con noticias ocultas convertidas en nuevos requiebros de la trama ayudan a construir este curioso experimento, que sumirá en la perplejidad a más de un lector.
La cuestión de las drogas se plantea efectivamente como materia de investigación y tiene el peso ético y la naturalidad necesaria para convertirse en objeción legítima a la hipocresía con que se abordan políticamente estas cuestiones, prohibiéndonos cada vez más sustancias –la siguiente es el tabaco, pero no los productos MacDonald’s—, y a la vez permitiendo y fomentando incontables materiales tóxicos, contaminantes, cancerígenos y peligrosos en la industria, en la construcción, en los productos de limpieza o en la atmósfera.
Por otra parte, está la paternidad, aquí vista casi de soslayo, el retrato de ese padre desconcertado, con la angustia asaltándole en el supermercado, la luz de la calle, la soledad repentina de su espacio, precipitándole hacia los lexatines o llevándole a seguir por la casa a la mujer que limpia, o proyectándole a ese diario concebido como muro para no tener que hablar con su hijo de las cosas, como herramienta de impostura y justificación, o como simple espacio de pensamiento.
Es cierto que los jóvenes que aparecen son personajes secundarios en un escenario auténticamente teatral –incluyendo al hijo que huye, en una de las discutibles elipses de la trama—, y se proyectan casi como sombras, hermosas y melancólicas imágenes de intoxicación, descripciones físicas de sus estados, algunas frases certeras. Como si tan sólo existieran en la cabeza del protagonista. Estructuralmente, los contrapesos son discutibles y la densidad también. Muchas veces he tenido la impresión de que la historia resultaba demasiado ajena, demasiado particular y elíptica para atrapar a un lector o para dejar huella. Y sin embargo, de un modo extraño, irregular y sorpresivo, hay algo aquí que funciona, que despierta el interés dentro de la atmósfera melancólicamente fría, del olor químico de laboratorio casero y los mensajes de Internet, hay una trasposición vital verdadera, en el acto de exponerse, que sí deja huella y que a veces llega a brillar con un extraño fulgor.
Luis Magrinyà
Intrusos y huéspedes
ANAGRAMA
232 PÁGINAS
15 EUROS

miércoles, 8 de junio de 2005

Reseña de Eduardo Berti en La Vanguardia




Foto: I.N., Londres, 2012
Novela
A vueltas con un personaje de Borges
Un hombre y su esposa conciben el proyecto de un libro donde se unirían todos los Funes existentes

ISABEL NÚÑEZ - 08/06/2005

Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) ha colaborado como periodista y crítico literario en los principales periódicos argentinos. Ha publicado dos libros de relatos, Los pájaros y La vida imposible, y dos novelas, Agua y La mujer de Wakefield, galardonados con diversos premios literarios y con gran éxito de crítica, además de los elogios de Alberto Manguel y Rodrigo Fresán. Todos los Funes fue finalista del premio Herralde de Novela 2004. 
Hijo de una mujer francesa y un misterioso tanguero rioplatense, Jean-Yves Funès es especialista en literaturas latinoamericanas y toda su vida ha estado marcada por la circunstancia de su apellido borgiano (Funes el memorioso), acentuado a la francesa por el gesto fortuito de su abuela gala. Su mujer ha sido una alumna atraída a su curso por el mismo nombre literario y ambos han concebido el proyecto de un libro donde se unirían todos los personajes llamados Funes, partiendo del insomne memorioso de Borges, para pasar por otros tantos de Bioy Casares, Cortázar, Roa Bastos, Horacio Quiroga o Umberto Constantini, y sin negar siquiera la referencia al grotesco Louis de Funès. Ya viejo, viudo y enfermo, Funès viaja de París a Lyon para asistir a un congreso y allí sigue tropezándose con otros tantos Funes vivos e insólitos, en un itinerario casi onírico, con ciego homérico incluido, entre su debilidad física, la memoria obsesiva que motiva su renuncia a la escritura, los sueños borgianos del libro no escrito o que no hará falta escribir, los fantasmas y el pesado secreto, nunca revelado, de su simulación. Acechándole también, como un espectro (borgiano) más junto a la muerte, la paranoia de múltiples e insólitos plagiarios que amenazan con escribir y publicar el libro que él nunca llegó a terminar.
Todos los Funes está narrado con una fluidez sorprendente, ágil, ligera y brillante, que arrastra al lector imperceptiblemente hasta el final, sin perder nunca el pulso, la gracia o la firmeza. Berti utiliza con humor la estrategia borgiana de la metaliteratura, aprovechando para sembrar por todas partes sus guiños cómplices a los distintos narradores argentinos en un relato eficaz y placentero. |