lunes, 12 de marzo de 2007
Sudáfrica: Coetzee, Kentridge y Goldblatt
domingo, 11 de marzo de 2007
Corea y Japón: Chang-rae Lee
BALCANES: Marianne Costa
BALCANES: Judi Zeh
BALCANES: Mathias Enard
Novela
Un francotirador, apostado en los tejados de una ciudad no identificada, cualquier Beirut de nuestra época (o Sarajevo o Vukovar, aunque los nombres arabizantes evocan Oriente Medio), se concentra en la perfección del tiro como lo haría un samurai o un artista clásico. Perdida ya no sólo toda moralidad, sino cualquier sentido de la realidad más allá de los límites de su propia supervivencia, el narrador contempla a los demás habitantes del mundo como hipotéticos blancos y se relaciona con ellos casi exclusivamente como tirador. La guerra ha invadido la ciudad, ha engullido y transformado la cotidianeidad y la depreciación de la vida humana es tan completa que su horror sólo aparece aquí como el paisaje que atraviesa el orgulloso y solitario protagonista, prestigioso héroe que apenas concibe ya una realidad sin guerra, un trabajo que no consista en matar. La presencia de una adolescente a la que contrata para que cuide de su enloquecida madre –se trata, sobre todo, de acallar las protestas de los vecinos por los gritos de la mujer alucinada– es el único elemento capaz de alterar ese paisaje. El deseo parece, por un momento, despertar ternura, contención y cierta alegría en el narrador. Pero es un momento fugaz, ilusorio, un pequeño paréntesis en su mente de psicópata.
La perfección del tiro es la sorprendente primera novela de Mathias Enard (1972), traductor y profesor de lenguas orientales, que ha vivido en Oriente Medio durante años y en la actualidad reside en Barcelona. Espléndidamente traducido por Manuel Serrat Crespo, este libro de tan cuidada edición es uno de los primeros frutos de Reverso Ediciones, la nueva editorial impulsada por Ana Nuño y apoyada en su presentación por Juan Goytisolo, como iniciativa contracorriente ante las estrechas limitaciones mercantiles del mundo editorial. Uno de los rasgos que muestran su excepcionalidad es el lugar que se concede a la traducción, reflejado en la presentación del traductor que se hace en la pestaña del libro. Sin duda el nacimiento de esta editorial es una buena noticia para los lectores, pero también para críticos y traductores.
BALCANES Igor Marojević
Foto: I. N, Igor Marojević en Port Bou, 2005Igor Marojević, El engaño de Dios, Barcelona, 2006, 77 pp.
(escrito para Letras Libres, no llegó a publicarse)
En general, las novelas de las épocas que preceden a los momentos históricos de locura generalizada suelen ser especialmente interesantes, como ocurría respecto al nazismo, en el Adiós a Berlín de Isherwood o sobre todo, en La nave de los locos de Katherine Anne Porter. Captar la atmósfera de esos momentos ayuda a imaginar cómo empiezan a extenderse los prejuicios, el miedo, el extrañamiento que acaba empujando a la gente a adherirse a un discurso desenfrenado e irracional. El engaño de Dios, la novela de Igor Marojević (Vrbas, 1968) no se sitúa precisamente antes, sino en plena guerra de la ex Yugoslavia, en plena era Milošević, y sin embargo comparte con esas novelas la perspectiva que permite captar lo ocurrido de otra manera. ¿Cómo lo hace?
Creo que la literatura es también una cuestión de ángulo. Un ángulo distinto desde el que contemplar las cosas. En este caso, se trata de un ángulo oblicuo, sesgado. Estos personajes, que giran de forma hiperbólica en torno a la idea del suicidio, sirven, si la literatura es también fuente de conocimiento, para dibujar el amargo panorama de la ex Yugoslavia, y de una ciudad, Belgrado, justo antes de ser bombardeada por la OTAN. La sensación de vivir en un lugar donde todo el mundo parece haberse vuelto loco.
El protagonista, Oliver Jablan, mientras recopila bibliografía y reflexiones sobre la renuncia a la vida, decide, en un interesante (e irónico) requiebro típico de su autor, renunciar a la renuncia, buscando una forma alternativa de morir sin tener que actuar. Empieza su periplo huyendo de ese pueblo de Perast que ya había inspirado a Marojevic un cuento con ese título, publicado en castellano por la revista Lateral, en la pura tradición bernhardiana del anti-heimat, el odio y la crítica al propio país, que para un escritor es amor-odio, siempre ambivalente, puesto que esa tierra que detesta también es su obsesión, la fuente de su prosa. Perast es, para Marojevic, un lugar que mata, un bonito pueblo marítimo cuya atmósfera –tal vez las aguas subterráneas que circulan bajo sus calles, especula el narrador—, produce un extraño ánimo lúgubre en sus habitantes, incluso en los visitantes ocasionales, que acaba conduciendo inevitablemente al suicidio. En ese itinerario entre Perast y la ciudad de Belgrado, Oliver va descubriendo a una serie de personajes tan obsesionados como él, que buscan la muerte de distintas maneras o se dejan morir, en un curioso intento de sustraerse a la ira de Dios, engañándole en su pecaminosa búsqueda de la muerte con su dejación aparentemente involuntaria, a ese mismo Dios que quizás, como sugiere el título o como escribió Gonzalo Pontón en el excelente texto de la contraportada, tal vez les haya engañado a todos.
Así, a excepción de la voluble y excéntrica bibliotecaria Vanda, que resulta la más valerosa, los demás buscan otras vías, otras formas de matarse: la literatura suicida, la música que mata, el bronceado en las cabinas de sol artificial, el riesgo físico en el trabajo, el sexo llevado al extremo o incluso la propia negación de la cuestión, con una delirante asociación anti-suicidio llamada Ptolomeo I, o bien –un detalle real que demostraba la locura del momento— los carteles de TARGET colocados en la frente de los belgradenses que esperan ser alcanzados por el fuego de la OTAN. La danza de todos ellos se va desplegando alocadamente hasta el desenlace final, en una extraña fiesta, una mascarada que coincide con el bombardeo de 1999.
Ese ángulo sesgado o esa alegoría le permite al autor contar todo esto, sin tener que hablar nunca strictu senso del nacionalismo extremo, ni del discurso desaforado que llevó a la guerra, ni de los crímenes que se cometieron, transmitiendo de un modo más delicado la sombría locura que cimentó la destrucción de un país. Y da unas claves para comprender la experiencia de otros serbios que sólo podían sufrir las consecuencias de la locura dominante, lo que significa para alguien con sensibilidad o espíritu crítico vivir en la ex Yugoslavia, no sólo entonces sino quizás también ahora, que apenas sale en nuestros medios (excepto en el reciente entierro de Milošević, en torno al cual, los miembros de un grupo anarquista celebraron una performance clavándole una estaca como si fuera un vampiro, un signo de que su espíritu no ha muerto ni su guerra ha terminado). Un país donde el libro de un criminal de guerra o del asesino del primer presidente demócrata siguen siendo best-séllers y donde otros criminales fugados siguen escondidos y apoyados por las mafias locales y una parte de la población, para no entregarlos al Tribunal Penal Internacional de La Haya. De todo esto se habla de alguna manera en El engaño de Dios, sin necesidad de nombrarlo.
Lo particular permite acceder a lo universal a través de las microrrealidades de estos personajes, con la elegancia de evitarnos lo obvio y de transmitir el dolor con una distancia irónica, a través de una parodia general. La economía, incluso el formato de nouvelle, que ahora suelen rechazar los editores más mercantiles, convierte esta historia en una lectura fluida y placentera.
Sin abandonar la contención emocional ni un humor negro a veces disparatado, el narrador muestra también lo que le une, pese a todo, a la vida, aunque sea como pura supervivencia melancólica: por un lado la sensualidad, los olores de las cosas, la contemplación fascinada, burlona, y diría que también misógina de las mujeres que le rodean, pero sobre todo, su capacidad de percibir la ironía que rige las cosas, la tragicomedia que convierte en patético e hilarante el destino del mundo. Como en la frase de Truman Capote de que “el mundo está loco y lo único cuerdo está en el arte”, todos estos vínculos con la vida, con la posibilidad de contarla, transmiten su pasión por la literatura, que sería el terreno seguro, la salvación que redime casi todo lo demás, la literatura como un lugar mejor en el que vivir.
Barcelona y Argentina: Jordi Bonells
Madrid: Jesús Ferrero
BALCANES Aleksandar Hemon
Un escritor serbio decía hace poco que Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) ha logrado escapar de la influencia decisiva de Danilo Kis sobre todos los escritores de la antigua Yugoslavia adoptando el inglés y convirtiéndose en escritor norteamericano. Pero sin duda, una de las cosas que más fascinan a la crítica anglosajona es la renovación del idioma, de la cultura narrativa y de la forma que Hemon aporta con su legado kisiano contemporaneizado y filtrado por su particular uso del inglés. Otro de los logros de Hemon que producen el encantamiento desde las primeras páginas son esas imágenes cuya potencia no es sólo visual, sino emocional: contienen la esencia de su humor melancólico, de su tristeza irónica, tan eslava, tan balcánica, de su poética sarajeviana, de su fascinación mitteleuropea por el peso de la historia visto como narrativa, no como épica, sino con la lente microscópica de un personaje. Todo esto, que ya aparecía en la magnífica serie de relatos “La cuestión de Bruno” (Anagrama, 2001), se reafirma en esta insólita novela, “El hombre de ninguna parte”, el “Nowhere Man” de la canción de los Beatles, el mismo Jozef Pronek del relato “La cuestión de Bruno”, que intenta sobrevivir en Chicago mediante una serie de trabajos miserables, luchando por escapar a su extranjeridad maldita, con su inglés defectuoso de balcánico (la cómica dificultad de poner artículos para los hablantes de una lengua que no los tiene), que le sirve al autor para reforzar su autoironía característica, mientras, lejos del personaje, su país se fragmenta y destruye en la guerra salvaje de los años noventa, que parece no haber tenido nunca fin. También hay un retorno al pasado, en un largo capítulo que cuenta la juventud de Jozef, su banda de música filobeatle, sus torpes iniciaciones amorosas, su incursión a Kiev, la amistad y la destrucción juvenil, el pasado comunista, la infiltración de la política y la administración en la vida cotidiana. Y después, de nuevo en Chicago, su acercamiento al amor, intentando sustituir el dolor y el pesar que le oprimen, mientras las cartas de los amigos le envían noticias de guerra –cómo la metralla se lleva las piernas de su ex novia en un mercado, cómo se suicida un caballo hambriento, cómo el rencor y la conciencia de ser destruidos vuelve locamente agresivos a algunos sarajevianos—, y Jozef contempla su propia pulsión destructiva en una escena doméstica con un ratón. No falta un enigmático final histórico que resitúa al “hombre de ninguna parte”. Pero antes, Hemon nos ha desconcertado con sus juegos de personalidad, con ese Jozef siempre desdoblado, que se presenta a sus interlocutores con identidades y nacionalidades distintas (en una ocasión, simplemente como “otra persona”), o que conserva un yo quieto y espectador mientras su cuerpo destroza los muebles que le rodean en su desesperado arrebato de tristeza infantil... Y sobre todo, con esos narradores fantasmas, que intervienen en la historia a traición, abriendo misterios de fantasía e interrogantes sobre su sospechosa omnisciencia, como la mano que calma a Jozef en su ataque post-ratón, murmurándole unas palabras en serbocroata. Pero incluso esa fantasía liga bien con la fantasía ambiental, donde todo, las persianas que farfullan, los colgadores de toallas que tiemblan, la butaca que abraza al que se sienta, las mariposas que se arrancan las alas una a otra en el estómago de Jozef, reinterpretando la típica expresión inglesa de las náuseas, el papel higiénico que palpita como una medusa en el váter, las gotas tercas del grifo, el conductor que le apunta y dispara con el dedo al pasar, los huevos hirviendo como ojos sin iris, todo participa de esa melancolía literaria y autoirónica de un Hemon que se libera de su historia contándonosla y convirtiéndola en pura literatura. Y la versión castellana de Damián Alou, pese a los que escollos a los que se enfrenta, transluce la estructura inteligentemente sencilla del inglés de Hemon y el placer casi sensual que el autor parece hallar en la escritura.
BALCANES Dubravka Ugrešić
Madrid y Andalucía: Dulce Chacón

Recuperar la memoria histórica
Isabel Núñez
La voz dormida - Dulce Chacón -Alfaguara. (388 págs. 15,95 € )
No es casual que el archivo histórico del franquismo se halle en manos de una fundación privada (franquista) que restringe la consulta a su antojo, mientras que los de Hitler o Mussolini son de acceso público.
En este contexto y el del machismo imperante en el país con la cota más alta de Europa de muertes por violencia de género, hay que saludar el libro de Dulce Chacón (Zafra, Badajoz, 1954). El empeño de rescatar la memoria silenciada de las mujeres del bando republicano –que lucharon en la retaguardia del frente y luego en la guerrilla, perseguidas, torturadas y encarceladas, separadas de sus hijos, fusiladas, etc.—, es sin duda necesario y loable.
La novela se centra en mujeres de extracción popular, recluidas en la cárcel de Las Ventas: Pepita, que milita en el Partido por amor a su guerrillero, Hortensia, que ve retrasada su ejecución hasta que dé a luz, la siempre solidaria y animosa Reme o la rebelde Tomasa.
Dulce Chacón, poeta y novelista, premio Azorín 2000 con “Cielos de barro”, recogió los testimonios de las supervivientes y sus familiares. Su trabajo de documentación es serio y riguroso y sus fuentes se incluyen en los agradecimientos del final del libro.
Las condiciones miserables de la cárcel –piojos, sabañones, frío, hambre e infecciones—, el triste papel de la Iglesia española en la represión franquista, las continuas ejecuciones, la crueldad del trato a las presas y a sus familiares y sobre todo, la solidaridad y la fuerza de carácter de esas mujeres para conservar la dignidad y la cordura.
Un material vivo y verídico tan contundente, lleno de carga histórica y del dolor de un país, plantea dificultades. Es una lástima que Dulce Chacón se decidiera a novelarlo porque la ficción es la peor parte del libro. Todo es demasiado simple, demasiado previsible y superficial. No hay profundidad en los personajes, que apenas muestran contradicciones ni avanzan o cambian. Y sin embargo, la pura concatenación de los hechos particulares tenía suficiente fuerza dramática y habría constituido un excelente libro testimonial.
Barcelona: Lidia Falcón
sábado, 13 de enero de 2007
Clausura del Any Freud
En La Vanguardia Cultura/s
miércoles, 31 de mayo de 2006
Mary Shelley en La Vanguardia Cultura/s
jueves, 2 de marzo de 2006
La Vanguardia, en 2002
lunes, 30 de enero de 2006
David Leavitt
Foto: I.N., Antes las cajas de cerillas no eran feas como ahora, 2007
domingo, 4 de septiembre de 2005
Soma Morgerstern
