miércoles, 10 de noviembre de 2010

Mi reseña de la Biografía de John Cheever en el Cultura/s

Foto: I.N., Un jardín en Cassà de la Selva, 2010
LA VANGUARDIA Cultura/s
Biografía Un retrato cruel (Una vida turbulenta ) ISABEL NÚÑEZ Blake Bailey Cheever: Una vida Duomo Perímetro Traducción de Ramón de España 885 PÁGINAS 43 EUROS Blake Bailey (Oklahoma, 1963), profesor de Universidad en Virginia, es biógrafo del escritor norteamericano Richard Yates. Con Cheever: Una vida obtuvo una beca Guggenheim y el Premio Nacional de la Crítica 2009, además de amplio acceso a la parte inédita de los magníficos Diarios de Cheever y a la documentación controlada por la familia. El resultado es esta magna y detalladísima biografía, que muestra lo que los Diarios ya dibujaban, pero sin su extraordinario impacto literario, sin la mirada del autor: el peso de un pasado familiar que atormentó a John Cheever toda su vida (ese padre fracasado en plena Depresión y la madre que le humilla con su fea tienda de objetos de regalo), la dualidad entre la fuerza de su deseo homosexual y la vergüenza que le producía, el alcohol ahogándolo todo, y su ambición social, su urgencia de ser un pater familias normal de clase media alta norteamericana, contrapuesta a su complejo social y a su incapacidad de encajar en esa apariencia de felicidad. Y su magnífica obra, el retrato despiadado de esas contradicciones, de esos secretos familiares que anidan en el césped suburbano y los reflejos de las piscinas, de ese descontento crónico, de la violencia del deseo reprimido y sus consecuencias. El retrato del escritor, a través de cientos de testimonios, amenizado con los cameos de escritores que fueron alumnos, amigos y/o rivales (Maxwell, Salinger, Updike, Roth, Capote, Donleavy, Bellow, Mailer, Gurganus), siguiendo su oscura infancia, su trayectoria estudiantil, universitaria, matrimonial y profesional de escritor en The New Yorker, guionista en Hollywood, profesor en la Universidad (de T.C. Boyle y Gurganus), miembro de Yaddo, sus amantes de los dos sexos, su difícil relación con sus hijos, su omnipresente ginebra, es demoledor, pero también conmueve, precisamente porque está detrás del Cheever escritor. La pregunta que se hará algún lector es hasta qué punto hacía falta esta investigación tan prolija de la parte más sórdida del hombre Cheever, y si nos interesa ese Cheever más que el escritor. Sobre todo, teniendo en cuenta que sus Diarios publicados son ya explícitos y con una calidad literaria muy superior. También cabe preguntarse por qué su familia, apoyando la biografía, habrá querido mostrar la peor cara del escritor. A mí me ha resultado de un voyeurismo agotador, tanto como sus Diarios (Emecé, 1993) me interesaron. Leyéndolo casi comparto su resaca alcohólica. Ciertamente es entretenida, está llena de brillante gossip y cuenta con un útil índice onomástico. Algunos la leen “como una gran novela”; depende de lo que uno busque en las biografías. Y el precio de la edición castellana parece excesivo. Tal vez su máximo valor sea devolvernos el deseo de leer sus cuentos, tan luminosos en su melancolía suburbana, tan sabiamente dosificados y económicos, de retomar La geometría del amor (Emecé, 1998), recordar al nadador que encarnó en el cine Burt Lancaster, volver incluso a sus diarios y novelas.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Mi reseña de Markus Orths en el Cultura/s

Foto: I.N., Tibidabo, 2010
Narrativa La camarera intrigante ISABEL NÚÑEZ
Markus Orths La camarera Seix Barral Traducción de Mª José Díez Pérez 143 PÁGINAS 15 EUROS
Los hoteles siempre han inspirado a los escritores, y el personal de servicio, también. Pensemos en aquel Journal d’une femme de chambre de Octave Mirbeau que Renoir y Buñuel llevaron al cine, o en The intriguing chambermaid del Fielding dramaturgo, o en el hábil descaro social y amatorio del tramposo botones en Confesiones del estafador Felix Krull de Thomas Mann, la denuncia social y la tristeza histórica de Tentación de Janos Székely y la ferocidad de la señora de los lavabos en “The Holy Terror” de Maeve Brennan. Todos mostraron lo que subyacía a esa desigualdad, a veces casi esclavitud de unos sufridos trabajadores que contemplaban la intimidad lujosa y despreocupada de sus huéspedes. Además, la vida atisbada, sospechada y fugaz de los hoteles ha engendrado joyas como 200 chambres 200 salles de bain de Valery Larbaud, o experimentos contemporáneos como el Hotel World de Ali Smith, y la lista podría continuar incansablemente. Markus Orth (Viersen, 1969) es autor de varias novelas premiadas en Alemania, entre ellas La mujer travestida (Salamandra, 2009), la historia de una mujer hispana que vivió libre como un hombre en el 1600, o Lehrerzimmer, que pronto veremos en cine y que publicará Seix Barral. La camarera es una nouvelle, y cuenta la historia de Lynn Zapatek, una joven recién salida del psiquiátrico que entra como camarera en un hotel, se entrega obsesivamente a las tareas de limpieza y acaba husmeando en la intimidad de los huéspedes, escondiéndose bajo las camas para vivir sus vidas y olvidarse. O seduciendo a la prostituta que visita a uno de ellos. Se trata de lo que llaman un page turner; ciertamente se lee de un tirón. A pesar de la huella melancólica que dejan los gestos de la protagonista, de esa triste obsesividad enferma, con cierta escatología (tal vez la erótica de lo escatológico esté de moda en Alemania, vía Charlotte Roche), de su amor sáfico y su atmósfera de soledad urbana, la ligereza burlona y algo vacua con que está contada desaprovecha posibilidades literarias y no profundiza ni se interroga honestamente sobre ese patético personaje. Pero tal vez las imágenes y gestos de la protagonista expresen por sí solos su carga de soledad y patología contemporáneas, y el tono de ligero entretenimiento sin duda atraerá a muchos más lectores.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Mi reseña de Jacques Yonnet

Foto: Brassaï, Le ruisseau serpente, París, 1932
Esta reseña no se publicará en la revista adonde iba destinada, por razones diversas. La publico aquí porque el libro me gustó mucho, y ya que la escribí, me gustaría compartirla.
Narrativa Los bajos fondos de París ISABEL NÚÑEZ Tenían razón Raymond Queneau y Jacques Prévert en su fascinación por esta Calle de los Maleficios de Jacques Yonnet. Reconozco que, al principio, la comparación estereotípica de la ciudad con una mujer y dos comentarios salvajemente misóginos me echaron para atrás. Pero la escritura hipnótica de este relato poético-etnográfico del París canalla, el hampa y la clandestinidad del barrio Mouffetard, donde la Resistencia se mezcla a la traición, el robo, el alcohol, la violencia, la presencia de fantasmas y embrujos e incluso los ritos africanos féticheurs, que evocan las películas de Jean Rouch o las de Jordi Esteva, atrae poderosamente. Es el París de Brassaï y de Doisneau, el París de Eugène Atget, el París vivo y muerto a la vez, legendario, de una autenticidad que hoy añoramos y también de una asombrosa pobreza, nocturno, peligroso, hormigueante y secreto en la mirada de espera apocalíptica de Yonnet, que no se cierra nunca a lo misterioso y acepta como real todo lo que le cuentan. Traperos, héroes de la Resistencia como él mismo, asesinos, ex legionarios, putas, personajes indescriptibles, como aquella mujer frágil y felina que rescata y protege gatos, maltratada y víctima de los abusos de una extraña mezcla de hombre y animal, ante la impotencia de todos. O el Viejo de la Medianoche, espíritu que sólo aparece a esa hora, en cualquier antro, interviene ante un litigio y desaparece. O las dos propietarias del Quatre Fesses, dulcemente sáficas y hospitalarias. O el aventurero malogrado y violento pero cercano Danse Toujours (aquí “Sigue Bailando”). O los espías dobles, la magnífica y romántica coscolina Solange y su apasionada y libre relación con el narrador. Como la metralla que vuelve a doler cíclicamente en el cuerpo de Yonnet, como los poetas que reviven en labios de todos esos noctámbulos, las almas perdidas de un París desaparecido. O el emocionante ritual africano féticheur al que el narrador es invitado. Y de fondo, la guerra, la brutalidad nazi, el escepticismo, la lúcida denuncia de la Ocupación y la ignominia del maltrato francés a los republicanos españoles. Es un libro maravilloso, con estructura propia, crónica caprichosa, irónica y humanista, desolada y ferviente, sin género preciso, llena de sorpresas y con una áspera poética que la traducción sabe mantener.
Jacques Yonnet Calle de los Maleficios. Crónica secreta de París Traducción de Julia Alquézar Solsona Sajalín Editores 359 PÁGINAS 21 EUROS

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi reseña de Maupassant en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Un gato vecino, 2010
ISABEL NÚÑEZ
La vida errante. Diarios de viaje por el Mediterráneo
Guy de Maupassant
Marbot
Traducción de Elisenda Julibert
269 PÁGS
14,50 EUROS
En “Lasitud”, el primer capítulo de esta crónica viajera, la ubicuidad de la Torre Eiffel, que asoma a todas las calles de París y aparece reproducida ad náuseam, desespera al autor. Horrorizado de las nuevas formas y del cientifismo que sustituye las luces de la ciencia y el pensamiento por la banalidad de los inventos y la técnica y proyecta sus sombras sobre la cultura humanista, Maupassant huye a Italia a refugiarse en la belleza clásica, y tras recorrer Florencia, meditando sobre la sinestesia y la locura de los poetas, en el campanario de Pisa, donde el cementerio se abre a un claustro melancólico a la sombra de inmensos tilos, concluye con ironía que los italianos sí supieron dar a su país una auténtica exposición universal que visitaremos por los siglos de los siglos. De allí viaja a Sicilia y se hospeda en el mítico Hotel des Palmes de Palermo, donde antes estuviera Wagner y donde años después moriría Raymond Roussel en enigmáticas circunstancias, y Sciascia lo visitaría para investigarlo. Maupassant encuentra el rastro de Wagner en el olor a rosas del armario ropero del compositor. Describe el soberbio carácter de soledad y de pobreza de la que fue una isla rica y deseada, restituye con finura el barroquismo, la mezcla de estilos, el horror de las minas de azufre y los niños esclavos, los volcanes, las momias y la magnífica iglesia palatina. Viaja a Túnez y a Argel, camino de Kairuán, y por fin atraviesa Venecia (donde explica cómo lecturas, mitos y sueños se mezclan a la mirada viajera) e Isquia. Es un observador sutil y apasionado, irónico y crítico, incita al viaje físico y al viaje onírico, pero además de su sensibilidad, revela sus prejuicios de hombre occidental (sobre la gandulería de los árabes), y también una misoginia salvaje que yo no había detectado en sus cuentos, como cuando afirma que las mujeres son demasiado pequeñas para comunicarse con Dios o decide que la Venus descabezada expresa mejor el misterio de la feminidad. Esos comentarios contrastan con la sutileza evocadora de su genio literario –el mismo que refulge en sus cuentos y que logra aquí páginas maravillosas, bien traducidas por Elisenda Julibert—, y sólo revelan las contradicciones de un narrador que supo dibujar espléndidos personajes femeninos sin despojarlos de la cabeza.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Mi reseña de Isak Dinesen en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Paisaje provenzal, 2010
Una escritura única (Inagotable Isak Dinesen) ISABEL NÚÑEZ Carnaval y otros cuentos Isak Dinesen Nórdica Traducción de Jaime Silva 336 PÁGS 20, 95 EUROS Isak Dinesen es el seudónimo masculino que tuvo que ponerse la baronesa Karen Blixen para ver publicado su primer volumen de cuentos. Como contrapartida, fue una de las escritoras más universalmente reconocidas, incluso por escritores tan misóginos como Hemingway. Pero antes de escribir, Blixen fue aventurera, casada con un primo suyo que acabó contagiándole la sífilis, montó un cafetal en Kenia y resistió allí sola contra la adversidad durante un cuarto de siglo. Sólo cuando perdió su propiedad y su herencia danesa, empezó a escribir. Su poética se situó al margen de las modas de su tiempo. Más cercana a los contadores de historias orales, su capacidad de fabular parece inagotable y su tono recuerda a Hans Christian Andersen, un Andersen que hubiera crecido y madurado, más irónico y libre. Dinesen hereda también, por su estructura de cajas chinas, el tono de la mejor Sherezade, pero sus Mil y Una Noches son atemporales y a veces, de pronto, asombrosamente modernas, cargadas de riqueza simbólica y de un humor suave y diabólico. Como Borges, enlaza con mitos y leyendas de la historia del mundo, se atreve con todo y sorprende siempre. "La familia Cats", donde la bondad y el rigor ético de sus miembros tiene como reverso y condición la maldad de un miembro de cada generación de Cats, y cuando éste se vuelve bueno, los demás empiezan a caer en distintos vicios; como una metáfora de la Iglesia católica y sus abusos. O ese tío Théodore que acude inexplicablemente a salvar a una pareja arruinada con su leyenda inventada. O el carnaval donde los aburridos ricos deciden sortear sus riquezas para que uno de ellos, elegido por sorteo, viva un tiempo como un rey. O ese inesperado Jack el Destripador ya viejo y romantizado, que ayuda a una pobre sobrina a condición de que incluya secretamente su nombre en un monumento. O la historia trepidante de aristocracia, ruina y destino azaroso de la familia Gattamelatta, el espíritu de los caballos que anima a la niña enferma, la broma aristocrática al gran verdugo de la Revolución Francesa o la ironía sobre la vida y la obra de lord Byron. Éste es uno de esos raros libros gozosos y seguros que uno puede llevarse a cualquier viaje y leer incluso en el peor no-lugar, que es un aeropuerto. Bien traducido y bien editado. No se lo pierdan.

sábado, 7 de agosto de 2010

Mi artículo de Kosovo en FronteraD

Foto: I.N., Bouquiniste en Pristina, Kosovo, 2007
Isabel Núñez Kosovo y España: Del silencio, la negación de la historia y los mitos Isabel Núñez La historia de las relaciones entre Serbia y Kosovo ha sido históricamente compleja y violenta. Tal vez uno de los últimos errores de Europa Occidental y la OTAN respecto a Serbia fuera no obligar a Milošević a reconocer públicamente la derrota en 1999. Eso ha permitido que gran parte de la población serbia siga ignorando aún que fueron derrotados, del mismo modo que muchos de ellos creen aún que las atrocidades y abusos cometidos en Kosovo sólo existen en la propaganda antiserbia y que nunca se produjeron. Kosovo es, además, un lugar simbólico negativo para los serbios, considerado la cuna de su identidad por la histórica derrota contra los turcos de 1389, la tierra donde crece la peonía roja, regada según el mito con la sangre de sus soldados serbios, como cuenta Ismaíl Kadaré en Tres cantos fúnebres por Kosovo. Pero la mayoría de la población -muy joven: el 50% es menor de 35 años- es albanesa y aspira a la independencia. El legado histórico y cultural no puede ser más diverso. Imperio bizantino, austrohúngaro, otomano, ocupación italiana, serbia… Judíos sefarditas de la diáspora española, católicos y ortodoxos convertidos oficialmente al Islam, Y el pasado reciente: el comunismo yugoslavo, sui géneris, de fronteras abiertas y sin censura, con propiedad privada, fronterizo con el implacable régimen albanés de Enver Hoxa. Y una importante comunidad gitana, los roma. El escritor serbio Igor Marojević declaró recientemente que la incapacidad de los serbios para admitir la derrota les había llevado a ultiplicar la pérdida de Kosovo por tres, de momento, y tal vez indefinidamente si persisten en su actitud negacionista. Según él, en 1999, cuando Milošević tuvo que aceptar la retirada del ejército yugoslavo del territorio de Kosovo y la entrada de las fuerzas internacionales y el KFOR, al no declarar la derrota, muchos serbios siguieron obcecándose en que tenían derecho a seguir ocupando el territorio, cohabitando mal que bien con los albaneses. En 2008, la declaración de independencia de Kosovo fue la segunda ocasión: los serbios llevaron la cuestión al Tribunal Internacional, intentando demostrar que Kosovo estaba en territorio serbio y que la independencia era ilegal. Y ahora por tercera vez, una vez el Tribunal Internacional reconoce definitivamente la independencia de Kosovo, muchos serbios siguen negándolo. La conclusión de este sofisma irónico de Marojević es que “a los serbios les gusta ser derrotados” y sugiere que “el reconocimiento de esa derrota supondría mejorar la salud mental del país”. Entrevisté a Igor Marojević para mi libro Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Opté por leer y escuchar a los escritores porque, según descubrí allí, habían tenido un papel decisivo en aquella guerra, “una de las pocas guerras organizada y llevada a cabo por escritores”, como dijo Marko Vešović -Radovan Karadžić, Mira Marković, Miroslav Toholj, Dobrica Ćosić, Ivan Aralica, Franjo Tudjman fueron algunos de los actores de la guerra que publicaban libros-. Una de las cosas que aprendí o que más escuché de los escritores que entrevisté en las distintas antiguas repúblicas yugoslavas es que el silenciamiento y la negación de las heridas de la Segunda Guerra Mundial, tan encarnizada en la antigua Yugoslavia como una guerra civil, permitieron que se produjera este último conflicto con sus atrocidades de matanzas, violaciones, limpieza étnica, etc. De hecho, como dijo Dubravka Ugrešić, los ganadores de entonces han sido en cierta manera los perdedores de ahora. Ese silenciamiento y negación significa otorgar un papel importante a los mitos, que sin una historia rigurosa crecen como la roja peonía de Kosovo. De hecho, en las escuelas serbias se enseñaban poemas épicos que contribuían a esas beligerantes y victimistas leyendas de la Gran Serbia, por ejemplo, del mismo modo que hoy se repite la negación. Lo contaba Slavenka Drakulić sobre Croacia: “Hubo temas de la Segunda Guerra Mundial que nunca se abordaron. No tuvimos una historia rigurosa. Tito mitificó la revolución, los partisanos. El número de víctimas, los errores y abusos cometidos por los comunistas no se abordaron. Ellos hicieron su historia al llegar al poder. Los partisanos mataron también un gran número de soldados enemigos en Croacia, Eslovenia y Austria… La gente no lo estudiaba en las escuelas. Los números de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial se inflaron, por ejemplo 700.000 muertos en campos de concentración era un número que no se podía ni siquiera procesar, contaban un cero de más… Es muy fácil crear mitos y eso es exactamente lo que se hizo, mitos sobre las víctimas, un gran mito serbio; es muy fácil construir ideología, nacionalista en este caso. En mi opinión, la historia es muy importante, ahora estamos viviendo lo mismo. Silencio, negación, los niños no aprenden historia en la escuela, sino historia nacionalista. La Segunda Guerra Mundial, Tito y el comunismo son dos frases en los libros de texto, Croacia se representa como víctima, no se dice que Croacia participó activamente en la guerra en Bosnia, que hubo campos de concentración con presos musulmanes dirigidos por croatas, no se menciona. No hay historia, se repite la negación y el silencio…” Una conveniente propaganda basada en la manipulación de los mitos, junto con las viejas heridas familiares -reales y no resueltas-, permitió que ocurriera lo que ocurrió en la antigua Yugoslavia en los noventa. Según muestran distintos trabajos psicoanalíticos sobre el trauma y la transmisión, el silencio hace que el trauma se transmita a través de las generaciones, mediante depresión, violencia o enfermedad, y a veces es la tercera generación la que lo expresa. Los que logran ponerlo en palabras y transformar su experiencia en un testimonio útil a otros pueden superar el trauma. Un país que no abre sus heridas, ni las airea, examina, ni hace justicia para curarlas, ni encuentra y entierra a sus muertos, las cierra en falso y no recobra la salud.
Viajé a Pristina, Kosovo, en la primavera de 2007 para entrevistar a varios escritores e intelectuales (Migjen Kelmendi, Shkelzen Maliqi, Eqrem Basha, Flaka Surroi y Nerimane Kamberi) para mi libro. Kelmendi y Maliki me hablaron del apartheid que impuso Milosevic en el año 1989 a la comunidad albanesa y que duró diez años. No podían entrar en bares ni hoteles y tuvieron que montar escuelas en las casas y los garajes, sin sillas ni pizarras. Luego vino la deportación masiva. “Nunca en mi vida imaginé que podría ocurrir algo así…”, me dijo Kelmendi. “Que podrían echarme de casa, deportar a una ciudad entera… ¿Por qué? No podían matarnos a todos. En la guerra de Bosnia, los serbios de Milosevic habían visto que era difícil matar a tanta gente, deshacerse de tantos cuerpos, del mal olor y las infecciones, y por eso decidieron echarnos de Kosovo”. Me contó cómo les sacaron de sus casas y les condujeron a una estación, donde tuvieron que esperar bajo la lluvia, “la ciudad entera en una pradera”, con gente mayor y enferma lamentándose, partos que se adelantaban... Oían rumor de aviones y gritaban “OTAN, OTAN”, pero seguían ráfagas de ametralladoras serbias. Y al fin, tras esperar toda una noche en que nacieron tres niños, llegó un tren, al que subieron atropellándose, empapados, hasta Macedonia, a un campo de refugiados albaneses, en pleno lodo, sin apenas alimento. Me contaron de las casas quemadas y de aquellos trenes: doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en el lodo y en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de ellos volvió. “De los 5.000 desaparecidos, volvieron los huesos de 2.000”, dijo Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y documentos de identidad rotos por las fuerzas paramilitares serbias. “Era el caos, nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya.” Sólo la intervención internacional puso fin al régimen de terror en Kosovo. Ahora bien, conviene mencionar aquí el hostigamiento y los abusos sufridos también por la minoría serbia en Kosovo durante años. Además, en marzo de 2004, grupos de albaneses de Kosovo quemaron iglesias serbias y atacaron a los miembros de esas comunidades, en una inversión del hostigamiento que habían sufrido. La revista albanesa Java denunció los hechos calificándolos de Kristallnacht frente al silencio y la justificación de otros. “Los albaneses no deben pagar a los serbios con su propia moneda”, declaró Migjen Kelmendi: “Los culpables de la diáspora no son los serbios de Kosovo, sino los seguidores de Milošević.” Una historia de conflicto, incluyendo los años de lucha armada por parte de los albaneses, que hace muy difícil la convivencia. Sería injusto ignorar el hostigamiento que la minoría serbia ha sufrido en Kosovo, como negar los momentos de la historia en que los serbios han sido víctimas de los albaneses y de otros pueblos balcánicos. Pero aún más injusto resulta no reconocer que el régimen de apartheid y la limpieza étnica que sufrieron los kosovares a manos de las fuerzas de Milošević hace que su independencia sea, además de justa, necesaria. La decisión del Tribunal Internacional de Justicia que avala la independencia de Kosovo y confirma que no contraviene la legalidad internacional es la única vía lógica y políticamente justa tras los hechos de los noventa. Tal vez por eso resulta tan sorprendente la reacción española, que alía a nuestro país con un grupo pintoresco en Europa –Grecia, Chipre, Eslovaquia y Rumanía—, los únicos países de la UE que no han aceptado la independencia, y a Rusia, India o China, frente a los 69 países que sí la han reconocido, incluyendo a Estados Unidos y Japón. Es una postura que contribuye a alimentar la confusión, mientras que, como alguien ha dicho, la postura del Tribunal Constitucional respecto al Estatut d’Autonomia de Catalunya ha contribuido más al independentismo que ningún otro grupo político. Ese miedo del gobierno, que teme que el reconocimiento de un Kosovo independiente desate los demonios nacionalistas vascos y catalanes o que alguien pueda compararlos -¿En qué podrían parecerse Catalunya y Kosovo? ¿En qué se parecen los nacionalistas españoles a los serbios?- sólo revela sus propias fantasías. Y resulta aún más dudosa la alineación con Serbia –fue curioso ver con qué entusiasmo la mayoría de los serbios apoyó a la selección española en el campeonato mundial de fútbol—, porque lo quiera o no, la postura del gobierno de Zapatero le alinea sentimental o moralmente con la Serbia nacionalista, sus heridas, sus atrocidades y sus mitos. El propio nacionalismo catalán ha asumido erróneamente el mito de que la Guerra Civil, en lugar de ser como fue una guerra de clases y la defensa de la legitimidad republicana frente a los insurgentes derechistas, fue una guerra de Catalunya contra España. Muchos parecen ignorar, gracias a ese mito alimentado durante años por CIU, que hubo amplios sectores de la burguesía catalana que apoyaron a Franco por miedo a la revolución, a la violencia y a la pérdida de sus propiedades. Sólo una historia rigurosa y que llame a las cosas por su nombre –¿por qué cuesta tanto pronunciar las palabras fascismo y dictadura aplicadas al régimen que se impuso durante cuarenta años por la fuerza de las armas en este país?— y una justicia que depure responsabilidades y ordene exhumaciones para que puedan enterrarse sus muertos devolverían la salud mental a este pobre país nuestro, donde el retorno de lo reprimido surge constantemente, pues todo lo que no se habla sigue latiendo bajo la piel y estalla en los momentos más imprevistos, obstaculizando el pensamiento y la razón.
El silenciamiento y la mistificación de nuestra propia historia han permitido que también los sectores más derechistas se crezcan, envalentonen y no acepten ningún cuestionamiento. Como decía la psicoanalista Anna Miñarro, en este país la izquierda sigue en el papel de la víctima, sirviendo al Amo. Por eso cuando muere un personaje como Calvo Sotelo algunos socialistas le despiden como a “un demócrata”, o se admite que alguien como Fraga haya permanecido en la política activa, o se concede a Samaranch funerales de Estado, aunque muchos recordemos imágenes suyas con el brazo en alto junto a conocidos nazis y aunque siguiera reivindicando públicamente a Franco mientras se implicaba en un escándalo de corrupción tras otro y mostraba su afinidad con los peores dictadores internacionales. Sólo hace poco se ha revelado, por ejemplo, y apenas se habla de ello, que en la negociación de la Constitución, nuestros políticos catalanes rechazaron las mayores competencias y poder autonómico que implicaban un concierto similar al vasco y prefirieron, como decía hace poco un antiguo rector, optar por el nacionalismo romántico y testimonial, con menos responsabilidades y que permitía echar mano del útil victimismo, sin tener que quemarse asumiendo responsabilidades de Estado. La falta de costumbre de reflexionar y discutir en este país permite que crezcan los mitos y que se sigan alimentando confusiones históricas. Tal vez una de las lecciones de la Guerra de los Balcanes sea precisamente la necesidad de repasar reflexivamente la historia y no dejar que la negación y el silencio sustituyan la complejidad de los hechos por puros mitos fáciles de manipular por los medios y quienes los controlan, esos mitos o metáforas que, en el poema de guerra de Aleš Debeljak “flamean dolorosamente sobre la ciudad”.
Isabel Núñez (Figueres, 1957) es autora del ensayo Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (2009), los libros de relatos, Crucigrama (2006) y Algunos hombres... y otras mujeres (2009), y La plaza del azufaifo (2008), con prólogo de Enrique Vila-Matas. Es colaboradora del suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Mi reseña de Jenny Diski en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Lugar protegido y durandiano, 2010
Biografía novelada
Una biógrafa implacable
ISABEL NÚÑEZ Jenny Diski Apología para la mujer que escribe CIRCE Traducción de Aurora Echevarría 286 PÁGINAS 17 EUROS Jenny Diski (Londres 1947) ha publicado en Circe varias novelas y libros de viajes. En la introducción de Apología para la mujer que escribe, la autora define el libro como “novela histórica”. Traza la trayectoria de una mujer, Marie le Jars (1565-1645) o Marie de Gournay, que pasó a la historia como editora y prologuista de los Ensayos de Michel de Montaigne, aunque también fue escritora feminista. Esta mujer autodidacta aprendió en la biblioteca de su padre muerto, descifró el latín y luchó contra su tiempo para cumplir la tarea que su admirado Montaigne le encomendara, sin dinero y contra el escepticismo misógino de su época. Para ella, la obra de Montaigne fue un descubrimiento y no se detuvo hasta conocerlo. Ahora bien, la lectura de esta vida insólita se hace difícil por la actitud fría e inclemente de la autora: es tan despiadada con su personaje, la desprecia y ridiculiza de tal manera –fea, sin modales, histérica, capaz de autolacerarse para que Montaigne acceda a sus deseos, mala escritora, delirante e ingenua— que resulta inevitable preguntarse por qué Diski la eligió como objeto de investigación. Según el relato, Marie se enfrenta a la cerrazón beata de su madre, que sólo piensa en casar a sus hijas y desdeña su aprendizaje cultural. Sólo cuenta con la simpatía de su tío, quien le regala una edición de los Ensayos de Montaigne, como un libro y un género nuevo que ha impactado al mundo literario. Por desgracia, su tío no la rescatará de su pobreza y Diski relativiza el apoyo intelectual y de la corte que logró Marie. La novela narra también la vida miserable de Marie de Gournay con su criada sáfica –que la ama y desprecia—, y el desdén del mundo cultural. Diski no la valora como autora, le extraña que Montaigne le confiara esa tarea, y en lugar de desconfiar de la misoginia de ese tiempo, parece dar la razón a quienes la atacaron. Adesiara acaba de publicar Igualtat entre els homes i les dones: una ocasión para leer a de Gournay y comprobar su valor. La historia podría ser apasionante, contagiarse de la maravilla reflexiva de Montaigne, pero acaba por resultar desoladora, con un paródico patetismo. Pese a todo, el dominio de Diski hace que el libro entretenga e interese, que incluso llegue a brillar, aunque nos exaspere el retrato dibujado con desdén.

sábado, 24 de julio de 2010

Mi reseña de Bernard Quiriny en La Vanguardia

Foto: I.N., Un gato provenzal, cerca de la haute église, 2010
La Vanguardia Cultura/s del 21 de julio de 2010
Cuentos borgianos ISABEL NÚÑEZ Cuentos Carnívoros Bernard Quiriny Prólogo de Enrique Vila-Matas Traducción de Marcelo Cohen 224 Páginas 18 EUROS Bernard Quiriny (Bélgica, 1978), joven y brillante autor belga, profesor de derecho y filosofía en la Universidad de Bourgogne, es autor de otro libro de relatos, L’Angoisse de la première phrase (2005, premio Vocation), y de una tesis sobre Castoriadis. Cuentos carnívoros, su primer libro publicado en castellano, es sorprendente.
Si en su exuberante relato Sanguina, pese a la introducción de lo fantástico, la atmósfera parece digna de Zweig, encontramos aquí elementos cortazarianos –ese amable obispo argentino confuso ante dos cuerpos que amenazan con multiplicarse recuerda la Carta a una señorita en París—, bolañianos –el recuento de escritores muertos de Gould tiene algo de La literatura nazi en América—, pero también vila-matianos –aparte del asombroso prólogo-relato en el que Enrique Vila-Matas reclama la autoría de sus cuentos— cuando retoma la literatura de otros para darle la vuelta, siempre con ironía cervantina, pero pasada por escritores latinoamericanos (como Berti), y con ese efecto de imaginación infinita que inauguró Borges, y son borgianos muchos de sus personajes, como esos yapus y sus frases de sinsentidos, o esos fanáticos de las mareas negras que se reúnen secretamente como los caníbales de Ishiguro, o sus músicos con nombres de arquitectos o escritores, o el petrolero llamado Pedro Páramo o el melancólico pianista de jazz que al caer olvida la música y se hace kantiano, o los casos inquietantes a los que se enfrenta ese dequinceyano asesino a sueldo, siempre orientado a la belleza aunque sea amoral, como metáfora faulkneriana de la literatura.
Sus lecturas son hábiles, su poética lograda, no hay nada banal en sus fantasmas, ni en su loco humor pingetiano-beckettiano, hay sí, un subrelato ásperamente misógino dentro del “Extraordinario Pierre Gould”, pero vence su buena escritura, sus metáforas de escritores sin ideas y escritores impostores, o ese botánico enamorado de la peligrosa planta carnívora o la bebida östeuropea que provoca la borrachera eterna y hace caer “del otro lado”, o la mítica desaparición del padre, y ese Pierre Gould que cruza los cuentos desde su primer libro introduciendo lo fantástico en la trama. El tono ligero y musical sólo acrecienta el atractivo de su escritura, en cuidada traducción de Marcelo Cohen. Un must.

jueves, 20 de mayo de 2010

Mi reseña de Elizabeth Strout en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Soho, Nueva York, 2010
Narrativa Una novela de cuentos ISABEL NÚÑEZ La Vanguardia Cultura/s, 12 mayo 2010
Elizabeth Strout Olive Kitteridge El Aleph Editores / Edicions 1984
328 /378 PÁGINAS 20 EUROS Traducción Rosa Pérez/Esther Tallada
Elizabeth Strout (Portland, Maine, 1956), a la que ya conocíamos aquí por sus relatos Amy e Isabelle, obtuvo el Pulitzer por esta “novela de cuentos”, Olive Kitteridge, trece historias situadas en el pueblo de Crosby, Maine, que giran más o menos en torno a un personaje. La estructura le permite a Strout alcanzar la densidad investigativa de la novela (algo que sólo grandes escritores como Alice Munro, o el Salinger de Para Esmee..., logran en cuentos), sin perder el brillo de revelación instantánea que da la vuelta a todo lo narrado en los cuentos. Aunque hay relatos mejores que otros, personajes abandonados que querríamos volver a ver. Vemos la atmósfera del lugar, los cielos inmensos, los atardeceres, la subida de las mareas, el bar-restaurante, la ferretería y la farmacia, la escuela. A veces parece que nada hubiera cambiado y que el mundo fuera el de antes, a pesar de toda la disfuncionalidad y el malestar contemporáneos que arrastran los personajes, la depresión, la anorexia, el suicidio, la violencia desesperada, siempre vista desde los dos lados, la necesidad de robar, el alcohol y la vejez, que deforma e hincha los cuerpos. Y de forma natural en la trama, surge Bush, los excesos del control de los aeropuertos, el fanatismo, la guerra de Irak. Lo más poderoso es el personaje de Olive y su verdad, esa maestra jubilada, corpulenta y obesa por la menopausia, con un carácter duro y obstinado, capaz de una extraña empatía con los desconocidos, sin duda por su insight psicológico, pero incapaz como madre y como pareja, incapaz de disculparse. La complejidad psicológica es la herramienta básica de Strout, que no nos ahorra ninguno de los gestos contradictorios y arbitrarios, o patológicos de estas mujeres difíciles que recorren el libro y con las que sin embargo acabamos simpatizando. Irradia “la necesidad de entender incluso a los que aborrecemos”. Y en ese realismo despiadado, surgen momentos de esperanza y de fulgor vital, que crece incluso en la vejez o sobre todo en la vejez. Hay algo muy clásico popular americano aquí, sin referencias a lo literario, sin sofisticaciones o innovación formal, pero la carga humana ambivalente, la pura vida con toda su fealdad escatológica, su oscuridad y su fulgor son innegables y dejan un poso importante en cualquier lector.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mi reseña de Las teorías salvajes de P. Oloixarac

Foto: I.N., Sant Salvador, 2010
La Vanguardia Cultura/s
No es literatura para viejos
ISABEL NÚÑEZ
Las teorías salvajes
Pola Oloixarac Alpha Decay 280 Páginas 19 EUROS La escritora Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) ha llegado a este país envuelta en seductora provocación, arropada por el entusiasmo de la generación nocilla y por autores del prestigio de Ricardo Piglia. En sus declaraciones, la autora modelo y bloguera argentina desdeña la crítica: “uno de esos oficios indecentes de los que prefiero mantenerme alejada”, cuenta que escribió la novela para soportar el horrible ambiente de la Universidad de Buenos Aires, donde estudió filosofía, y que quería repensar la literatura como forma de conocimiento. La narradora de Las teorías salvajes es una estudiante que intenta seducir a un oscuro profesor de antropología en Buenos Aires, para desmontarle ideológicamente. La Universidad, como en la magnífica Sanshiro de Soseki o en tantas novelas anglosajonas, es el centro-espejo donde todo confluye, el pasado (una tía de la narradora, izquierdista militante en los años setenta y desaparecida, dejó insólitas cartas a Mao) y lo actual (dos jóvenes nerds unidos desesperadamente por su deformidad, que inventan videojuegos de guerra y montan encuentros sexuales con descapacitados). Todo trabado en una maraña donde las teorías antropológicas, el saber filosófico, la ciencia y las nuevas redes sirven, con la música popular y otros discursos cruzados, para explicar el sexo o las relaciones de poder y parodiar el mundo cultural argentino y sus legados, la jerga psicoanalítica o el izquierdismo. Más que una novela, Las teorías salvajes parece un curioso artefacto destinado a seducir al mundo editorial. La autora es inteligente, organiza bien sus apoyaturas culturales, sus citas, la escenografía intelectual construida con deliberada ligereza: la narradora llama a su gata Montaigne, y ahuyenta a su pez Yorick con el Walden de Skinner. Oloixarac aprovecha sus lecturas: de Pynchon toma su capacidad de conectarlo todo, sólo que en Pynchon hay una verdad amarga tras la descripción de la paranoia, que se anticipó a lo que venía, y el escritor empatiza con sus personajes, por locos que sean. En cambio Oloixarac sólo parece amar a su narradora alter ego y muestra tan frío desdén por los demás personajes que resulta tedioso seguirles. De Houellebecq toma los individuos solitarios, obsesionados por el sexo y sin habilidad social. Pero Houellebecq, al menos en sus primeras novelas, mostraba su verdad dolorida de hijo de sesentayochistas, permitía compartir su humor autoirónico, su rabia misántropa. Oloixarac ha escrito una novela cruel, y eso tampoco es nuevo –antes fue Sade, o Marcel Schwob—, pero atraerá a muchos. Lo nuevo es su transposición a la escena bonaerense y al vacío infinito de la red. Su parodia apunta la necesaria revisión crítica del discurso de la izquierda, de la propaganda y la demagogia que dominaron los setenta. Y la urgencia de esa desmitificación, unida a su vigorosa ferocidad adolescente (pura fe en la propia inmortalidad), explican su éxito allí. La supuesta crítica al psicoanálisis se queda en la superficie, sólo hay burla de la jerga, una queja light contra el arraigo de ese saber en Argentina, que en España nunca ha existido: aquí sigue siendo una minoría bajo sospecha y eso evita en parte la rigidez. Tal vez el arranque de la novela o su fluidez formal sean sus mejores signos de futuro. En conjunto, se diría que a Oloixarac aún no le ha ocurrido nada, nada le ha dolido, nada la ha sacudido, salvo la ambición de un brillo provocador. Hay ideas brillantes y referencias culturales decorativas: las alusiones a Shakespeare y a Montaigne al nombrar sus mascotas ¿quieren compensar el vacío, la pose que sustituye al poso, la condición inhumana de su novela, opuesta a los dos humanistas, sondeadores de profundidad? Habilidad falta de chicha. Cuestión de prioridades o tal vez de edad: los que esperamos otra cosa de la literatura no podemos gozar con ella, aún reconociendo su ingenio y sus dotes de seducción.

miércoles, 14 de abril de 2010

Mi reseña sobre Alexandre Diego Gary en La Vanguardia

Foto: I.N., Vía Augusta, 2010 La Vanguardia Cultura/s Sobrevivir a dos mitos ISABEL NÚÑEZ Alexandre Diego Gary S. o la esperanza de vida Galaxia Gutenberg Traducción de Ignacio Vidal-Folch 160 PÁGINAS 17,50 EUROS Alexandre Diego Gary (1962) es hijo del prolífico novelista francés de origen lituano Romain Gary, dos veces premio Goncourt, y de la fulgurante estrella cinematográfica Jean Seberg, la Juana de Arco de Preminger (que sólo defendió el entonces crítico de la nouvelle vague, François Truffaut), protagonista de la godardiana À bout de souffle, cuyas imágenes de la pareja Seberg-Belmondo por París serían un icono de los sesenta. Seberg y Gary se suicidaron, uno tras otro. A. D. Gary, que estudió literatura en la Sorbona y que regenta un café-librería en el Raval barcelonés, llamado significativamente Lletraferit, emprende, treinta años después del suicidio paterno, la batalla eliotiana con las palabras para contar su vida sin contarla. Con un deliberado juego de máscaras y nombres –él es Sébastien Heayes, es “el hombre de San Sebastián”, es David Alejandro...—, expresa esa doble sombra, dos suicidios míticos sobre su vida. Su talento de escritor, las referencias cultas –a Leiris, a Baudelaire, Mandiargues, Soutine, Welles...—, la ironía y sus juegos de metáforas le sirven en ese forcejeo entre la necesidad de contar y la voluntad de proteger una imagen materna –y paterna— ya quebrada por los paparazzi, por el acoso del FBI, por todos los que, como su último partner, miembro de los Panteras Negras que acabó desvalijándola, contribuyeron al suicidio de la actriz. Gary dibuja al padre ausente, absorto en su obra, en ese piso lleno de objetos de arte, pintura y libros que él hará desaparecer, para sobrevivir. Traza un perfil discontinuo de la confusión vulnerable de su madre. Habla de “su madre española”, Eugenia, que le enseñó castellano y le ligó a este país. Cuenta su urgencia, durante años, de correr de una amante a otra, como su madre, de refugiarse en ellas, sumergido en alcohol y tranquilizantes, en hoteles y pensiones de Barcelona y París. O la desintoxicación en la clínica de pago, con la ironía analítica que le salva: “mi vida entera era una historia de inseguridad social”. Una historia fragmentada, con la feliz fotografía inicial, con enigmas e interrogantes, mausoleo imaginario de suicidas, erotismo, arrancamiento y escenas dolorosas de su madre. Y traductor de lujo, Ignacio Vidal-Folch, como en las dos novelas de Romain Gary recuperadas por Galaxia Gutenberg.

miércoles, 7 de abril de 2010

Mi reseña de Cynthia Ozick en La Vanguardia

Foto: I.N. Un jardín en la ciudad, 2010
Narrativa La maestría literaria ISABEL NÚÑEZ
Cynthia Ozick “El xal” El cercle de Viena Traducción de Dolors Udina 96 PÁGINAS 14,70 EUROS Este libro magnífico, auténtica joya que yo quise traducir, se compone de dos relatos, “El xal” y “Rosa”. El primero, breve, arranca con la frase “Stella frío, frío, el frío del infierno” y muestra a Rosa, joven polaca esquelética en un campo de concentración, con una criatura hambrienta buscando sus pechos secos, oculta bajo un chal protector, y una niña, su sobrina Stella, celosa de la pequeña y que en la fantasía de Rosa se convierte en caníbal y la devora. Y las voces fantasmas junto a las rejas electrificadas. Cuando Stella le quita el chal a la pequeña, ésta escapa del barracón y llora perdida, y un soldado llega antes que su aterrada madre. El tono de esta escritura ardiente y despiadada, con un ritmo musical y onírico, tiene resonancias del Quanta, quanta guerra, no sólo por la traducción, excelente, de Dolors Udina, sino porque compone un paisaje delirante del horror con los ojos de la adolescencia, en una poética llena de gracia y una feroz sensualidad que no se olvida. El segundo cuento, con distinta fiereza y humor negro enterrado, muestra a Rosa en Florida, treinta años después, con su loca lucidez, la mirada acusadora contra el mundo de alguien sin vida, que sólo quiere soñar sola: maldice la helada desmemoria de su sobrina Stella y recupera el chal que le permite, por transposición traumática, resucitar a su hija perdida, hacerla volar y brillar con sus vestidos y escribirle cartas en polaco, restituir ante ella la magnífica Varsovia, el padre que se sabía la Eneida de memoria, la madre delicada ante la que todos se inclinaban, la vida de antes. Dice Rosa que ellos tienen tres vidas, la de antes era su vida de verdad, allí donde nacieron, la de después es ahora, en un país que no recuerda ni comprende, donde no tienen identidad y el acento polaco surge como humo cuando hablan, la de durante es Hitler. “Antes es un sueño. Después es una broma. Sólo queda el durante. Y decir vida es mentir.” Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), autora prolífica y sólida, en la tradición literaria judío-americana, con novelas como Los últimos testigos, y cuentos como los de Levitación, superó a Carver, Updike y Cheever ganando tres veces el O’Henry. Es una suerte que se haya publicado y que Viena haya elegido a una traductora experta y sensible para la versión catalana.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Robert Pinget, mi reseña del Cultura/s


Foto: Eugène Atget, Pont Neuf, París, 1925
Obsesivo y onírico Pinget
Narrativa
Una verdad elusiva
ISABEL NÚÑEZ 


Robert Pinget El inquisitorio
Marbot Ediciones
Traducción de Elisenda Julibert 
431 PÁGINAS
27 EUROS

Robert Pinget (Ginebra, 1919 – Tours, 1997) estudió Derecho en Suiza, pero se aburrió de la abogacía y en 1946 se trasladó a París para dedicarse a la pintura y luego a la escritura. Publicó el libro de relatos Fantoine et Agapa en 1951 y fue asociado al Nouveau Roman. Su estilo anticonvencional producía recelo en los editores, pero gracias al apoyo de Robbe-Grillet y Albert Camus, entre otros, logró publicar en Éditions de Minuit, editor al que se mantuvo fiel. Amigo de Samuel Beckett, éste tradujo La Manivelle de Pinget al inglés y Pinget, a su vez, tradujo All That Fall de Beckett al francés.
Autor prolífico –catorce novelas y diez piezas teatrales—, su talento para el diálogo brilla en esta obsesiva y onírica El inquisitorio (1962), su novela más ambiciosa y conocida. En una entrevista, Pinget decía que empezó El inquisitorio sabiendo sólo la frase “Responda sí o no”. Siempre escribía a ciegas, de oído, puesto que la musicalidad de una frase le arrastraba.
En esta extraña novela, el criado de un castillo es interrogado por un misterioso personaje, seguramente policial, con motivo de la desaparición de un secretario, y sin embargo, como en las historias de Kafka, la sed de saber de quien interroga va mucho más allá de establecer esa verdad o de encontrar al personaje; quiere saberlo todo. Así, la historia se ramifica en una descripción rica y minuciosa de secretos, cuadros, habitaciones, relaciones y excentricidades, y la búsqueda se convierte en un tapiz narrativo, una interrogación sobre el propio lenguaje, sobre la vida, sobre el reflejo de ese universo del que “sus habitantes sólo percibimos fragmentos opacos”. Y el personaje, que declara en un lenguaje agramatical, empieza a contradecirse y buscarse él también en la curiosidad del otro y su lógica oculta, con un sentido que siempre se nos escapa.
Hay que felicitarse de la traducción y la audacia de Marbot por El inquisitorio (Premio de la crítica francesa en 1961), en estos tiempos de aburrida banalidad comercial, un libro del que Beckett, conmovido e impresionado, destacó “la escritura inaudita de sutileza y transparencia” y “la especie de iluminación de Poema que lo aureola todo”. Y es cierto. Hay algo hondo y maravilloso en la teatralidad de Pinget, homenajeado en París mientras escribo estas líneas.

lunes, 15 de marzo de 2010

Una vieja reseña mía sobre Clarice Lispector

Foto: I.N. Hospital de Sant Pau, 2010
En La Vanguardia Cultura/s , publicada en agosto de 2004, de un libro maravilloso, que recomiendo con entusiasmo y que siempre me vuelve. La mía es una humilde reseña sin espacio suficiente y escrita en mis tiempos preblog y pre Crucigrama , pero se la dedico a Bel M., que ha leído de verdad a CL...
Una columnista excepcional
ISABEL NÚÑEZ
Clarice Lispector
Revelación de un mundo
AH, Adriana Hidalgo Editora (Buenos Aires)
Selección, traducción y notas de Amalia Sato
330 PÁGINAS
9 EUROS
Clarice Lispector (Ucrania, 1925 – Río de Janeiro, 1977) se trasladó con sus padres a Brasil a los pocos meses de edad, donde vivió y murió, pese a su condición viajera. A los 19 años publicó una novela, Cerca del corazón salvaje (1944), que revolucionaría la literatura brasileña. Después, en su vida de diplomática, periodista y columnista, continuó su prolífica y magnética obra con múltiples novelas y cuentos, que en España han publicado (aunque no en su totalidad) Siruela, Alfaguara y El Aleph. Este libro maravilloso, publicado en Buenos Aires por Adriana Hidalgo, reúne las crónicas que Clarice Lispector escribió para el Journal do Brasil, seleccionadas y traducidas por Amalia Sato. En esas crónicas insólitas, que por desgracia no podríamos ni imaginar en ningún periódico español de estos tiempos, Clarice Lispector habla de lo que quiere, cuenta historias, anécdotas, pensamientos, sensaciones. El espléndido retrato de la cocinera-vidente y su relación con esa chica extraña y silenciosa que limpia la casa, que quiere leer un libro de Lispector porque le gustan las cosas complicadas, y que un día acaba por enloquecer temporalmente, o la ira de la escritora por los horrores de la miseria y la desigualdad, o sus dudas al contar su vida en un periódico, o sus comentarios sobre la urgencia, el miedo, la compulsión y el hastío de escribir, cualquiera de esas piezas exhala la misma capacidad hipnótica que está en su ficción, aunque desde un ángulo estructural distinto, aparentemente muy sencillo y espontáneo, pero que transporta inesperadamente a su núcleo vital descarnado y palpitante, de una rara sensibilidad. Aquí también está, por tanto, otro de los encantos de la obra de Clarice Lispector y es la potencia de su feminidad, su capacidad de expresar sutilmente, sin tener que explicarlo, lo que significa ser mujer en un mundo organizado por los hombres, como descubrió Hélène Cixous en su ensayo sobre esta autora. Y es que estos fragmentos componen subrepticiamente la personalidad mítica de la escritora judía que hablaba con las erres guturales, con una belleza tan distinta como la que respiran sus historias, retratada por De Chirico, que se durmió fumando y que, cuando intentaba apagar el incendio, se quemó gravemente la mano derecha. Encabezó la famosa Passeata Dos Cem Mil contra la dictadura militar en 1968, separada y con dos hijos, apasionada, melancólica y transgresora, y su primera novela apareció en Francia con portada de Henri Matisse. Dice Clarice Lispector que no le interesan los géneros, sólo el misterio. Que se siente muerta cuando no escribe, pero también, en alguna parte, explica su terror ante ese mismo misterio que exhalan sus epifanías más otras: “Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto (...) Para escribir tengo que instalarme en el vacío. En este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él saco sangre.” Efectivamente, el mundo de Clarice Lispector se revela aquí, como sugiere el título, y estas crónicas se convierten en otra entrada posible a su literatura, porque sería difícil leerlas sin sentir curiosidad por su ficción. Y en cuanto a los lectores ya contagiados del influjo de su obra narrativa, esta recopilación les sorprenderá, pese a las apariencias, con el placer de una prolongación inesperada de su voz.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Mi artículo en la vanguardia Cultura/s: Zadie Smith, editora

Foto: I.N. L'Alliance française de Sabadell, 2010
Malestar y escritura ISABEL NÚÑEZ
Zadie Smith, editora El libro de los otros Salamandra Traducción de Eduardo Iriarte 254 Páginas 16 EUROS Hay varias maneras de construir una antología y una de ellas es seleccionar relatos ya existentes con una tesis que entreteja como un nervio las fibras de las distintas piezas y les dé otro sentido. Otra opción es encargar a los autores que escriban de un tema, y éste es el caso de El libro de los otros, en que Zadie Smith, célebre por su ópera prima Dientes blancos (2000), pidió a veintiún escritores en lengua inglesa que inventaran un personaje y titularan el cuento con su nombre. Se trata de un libro benéfico, en pro de una organización dedicada a la enseñanza de la escritura creativa. El encargo es suficientemente vago y universal para reunir piezas muy distintas, aunque muchas de ellas hablen del malestar en la familia o se acerquen a la depresión y la locura. Yo diría que el libro mejora a medida que avanza –tal vez la versión castellana influya, tal vez los primeros cuentos se le atravesaron también al traductor—, empieza a subir de nivel con la cruel y algo tosca parodia evangélica de Aleksandar Hemon –no está a la altura de La cuestión de Bruno—, progresa claramente con el negro delirio psicótico de A.L. Kennedy, se supera con el padre religioso, sombrío y mascullante que dibuja Andrew O’Hagan con irónica y sutil melancolía, seguido de otro padre esquivo, inmaduro y desagradable que recrea Zadie Smith, en tono más abrupto y espinoso. A su lado, la de Hornby es una parodia light del currículum reciclado de un autor. Sigue el retrato brutal y desasosegante de la madre jueza de Heidi Julavits, y el aire tristemente enfermo y lleno de la nostalgia de las posibilidades de Edwige Danticat. Despiadado y memorable Hari Kunzru con su callejera delirante e histriónica Magda Mandela, decepcionante Safran Foer, regular Toby Litt, incómodo y cruel el retrato femenino de Vendela Vita, lleno de gracia el de Miranda July, maligna y eficaz la pieza de A. M. Homes sobre una millonaria hiperesnob, fantasía poética de Dave Eggers, y retrato oscuro, hondo y energético el de ese loco sufriente con migraña que firma el gran Jonathan Lethem. No hay espacio aquí para comentarlos todos. El conjunto retrata sin duda nuestra sociedad enferma, con más o menos humor, gracia y melancolía. Y vale la pena leerlo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi artículo de Henry James en La Vanguardia

Foto: I.N., Plátanos en Perpinyà, 2009
Narrativa
Lecciones del maestro ISABEL NÚÑEZ
Henry James
Cuadernos de notas (1878-1911) Edición de F.O. Matthiessen y Kenneth B. Murdock DESTINO
469 PÁGINAS 21 EUROS
Al parecer, este libro maravilloso fue publicado por Península en 1989, con la misma elegante y cuidada traducción de Marcelo Cohen, pero pasó desapercibido en una colección de historia y ciencia. Escritos tal vez en el periodo más importante de la obra de James, vemos aquí el germen de sus mejores cuentos y novelas, desde Lo que Maisy sabía a Las alas de la paloma, pasando por La copa dorada o Alas rotas. Cualquier frase, anécdota, desdicha, conflicto que escucha James se convierte en materia para una historia, discute consigo mismo las opciones, y lo mejor es que la edición de F.O. Matthiessen y Kenneth B. Murdock comenta a pie de página cómo se transformó luego el cuento, casi siempre para mejorar con vueltas de tuerca imprevisibles que convierten lo más convencional en sutil e irónico. Podría pensarse que se trata de un libro para escritores y tal vez los máximos placeres sean para los lectores que escriben, puesto que aquí está reflejado todo el proceso de creación de James, con una exuberancia magnífica, y sus invocaciones a los maestros “¡Oh espíritu de Maupassant, ven en mi ayuda!”, las alusiones al paraíso del arte y a sus frutos que le consuelan de todo desaliento alternan con autocríticas injustísimas despotricando de su ociosidad y falta de rigor mientras nos muestra todo lo contrario. Pero cualquier lector gozará aquí: esos personajes que se dibujan y animan con la profunda sensibilidad y el humor inteligente de James revelan las paradojas vitales en conflictos de relaciones, convenciones, dinero, y su mirada es tan penetrante que parecen casos de psicoanálisis, pero transportados a la mejor literatura. En medio de los cuadernos hay pasajes autobiográficos intensos, como la muerte de su madre o esos paseos walserianos por Inglaterra y sus viejas casas, con hondas reflexiones sobre la memoria o los desencadenantes de nuestros actos, o la misteriosa influencia de una palabra ajena que nos mueve al fin a hacer lo que una voz interna nos sugería en vano.
Es maravilloso poder ver cómo concibió Las bostonianas o Maysie o cualquier otra pieza favorita, pero no hace falta haber leído a Henry James para disfrutar de estas páginas, pues apuntan tantas historias tan bien armadas que mientras gozamos y sonreímos, sólo deseamos seguir leyéndole. No se lo pierdan.

miércoles, 13 de enero de 2010

Oliveira y Vaso Roto en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Un ciprés en Mandri, ¿superviviente a las talas arboricidas?, 2009 Biografía Amores sáficos en Brasil ISABEL NÚÑEZ
Carmen L. Oliveira Flores raras y banalísimas. La historia de Elizabeth Bishop y Lota de Macedo Soares Vaso Roto Traducción de Ángel Alonso 285 PÁGINAS 14 EUROS Huérfana, de infancia solitaria y salud frágil, la brillante poeta norteamericana Elizabeth Bishop (Massachusetts, 1911 - Boston, 1979) había estudiado en Vassar, era discípula de Marianne Moore y amiga de Robert Lowell, y había fundado junto con Mary McCarthy la revista literaria Con Spirito. Tras la publicación con éxito de su libro de poemas Norte y Sur, viajó en barco a Brasil, en un impulso. Allí conoció a Lota de Macedo Soares, aristócrata, arquitecta autodidacta y vanguardista, mujer arrogante y fogosa, el extremo opuesto de la callada y discreta Bishop. Las dos mujeres se enamoraron y vivieron juntas doce años, en la innovadora y hermosa casa que Lota construía en Samambaia y el apartamento en Río de Janeiro, donde Lota recibe el encargo de diseñar un gran parque, el Flamengo. Carmen L. de Oliveira novela con acierto la vida de ambas mujeres, y gracias a su afinado retrato, esos dos interesantes personajes vibran intensamente y atraen a la lectura. Basándose en cartas y testimonios de amigos y personal de servicio, Oliveira logra una aproximación apasionante al frágil paraíso de estas mujeres: la capacidad de arrastre laboral, social y afectivo de Lota, la actitud abiertamente celosa de los amigos de Lota hacia Bishop, el forcejeo de Lota contra los procesos depresivos y alcohólicos de la poeta, la asfixia alérgica de Bishop, sus bloqueos, sus poemas felices, el premio Pulitzer, la complicidad, los viajes de Elizabeth con amigos y la dureza de las batallas políticas de Lota, que las acaban separando irremisiblemente. Bishop acepta un puesto en una universidad americana y allí conoce a otra mujer, y cuando al fin se reúnen de nuevo, es demasiado tarde para Lota, que tendrá un trágico final.
Es un libro irregular, con momentos deliciosos, y si hacia el final esquematiza perezosamente la narración o se hace prolijo en las barreras burocráticas y políticas del parque de Lota, en ese proyecto brillan las ideas sobre una ciudad pensada para sus habitantes, una ciudad moderna, exuberante y humana, en el espíritu de Sert y Mumford. Y los retratos de esas dos mujeres creadoras, su entorno, su amistad y su pasión sáfica merecen la lectura. Ilustrado con fotografías muy vivas, el libro ha sido publicado con osado esmero gráfico por una nueva editorial, Vaso Roto.

sábado, 2 de enero de 2010

Perfil de un rescate vano, en La Vanguardia

Foto: I.N, Desde mi terraza, 2009


(La Vanguardia, 15/06/2005)


Perfil:  Tristan Egolf, el imposible rescate

Quizá el éxito precoz y la presión mediática acentuaron la depresión que le ha llevado, a los 33 años, al suicidio. 

Según la leyenda creada en torno a él, la hija de Patrick Modiano le encontró errante en París. Se hicieron amigos, y Tristan le enseñó su novela


ISABEL NÚÑEZ - 00:00 horas - 15/06/2005 
Tristan Egolf nació en 1971, casualmente en El Escorial, donde su padre trabajaba como corresponsal del National Review. Sus progenitores se divorciaron cuando él tenía 12 años y se trasladó a vivir con su madre pintora y su nuevo partner ciclista a Washington y más tarde a Kentucky. Las temporadas en el campo, con su padre real, en un pueblo del sur de Indiana fronterizo con Kentucky, le servirían más adelante como escenario de su primera novela. Egolf abandonó la universidad antes de tiempo para montar una banda punk y luego se marchó a Europa a escribir. En París, según cuenta la leyenda mediática que se creó en torno a él, la hija de Patrick Modiano le encontró tocando la guitarra en el Pont des Arts y, al ver sus pies descalzos y ateridos de frío, le invitó a tomar un café. Se hicieron amigos y él le enseñó su novela, que habían rechazado más de setenta editores americanos (lo cual, según algún crítico, demuestra por su parte el mismo empecinamiento calvinista que Egolf prestaba a su personaje en la novela), y la chica Modiano le mostró el manuscrito a su padre. Modiano se entusiasmó y se la llevó a Gallimard, donde la publicaron traducida al francés, como Le seigneur des porcheries. Tristan Egolf tenía 27 años. Poco después la contrataba Picador en Inglaterra y Grove en Estados Unidos. Fue un éxito inmediato. La crítica le comparó a Steinbeck y Faulkner -tal vez porque hablaba del fuerte conservadurismo de la América rural, de la violencia y el puritanismo del sur-, a John Kennedy Toole -a quien Egolf admiraba, quizá por identificación con su fracaso vital-, incluso a Pynchon, por su imaginativa locura, con la diferencia de que Pynchon siempre ha mostrado un dominio férreo de la estructura de sus narraciones, que le permite organizar su caos con una fuerza paródica demoledora. En Francia, alguien se atrevió incluso a evocar a Céline. Obviamente, Tristan Egolf no era Faulkner, ni Kennedy Toole ni Pynchon, aunque como autor americano pudiera haber aprendido algo de todos ellos. La historia de John Kaltenbrunner, un chico huérfano capaz de llevar solo una granja a los nueve o diez años, que intenta sobrevivir en el ambiente ultraconservador y violento de un pueblo minero americano y que acaba promoviendo una gran huelga de basureros con unos colegas marginales, enfrentándose al mundo y a la fatalidad en la tradición de los héroes de Melville y Hawthorne, irradia imaginación, y su prosa tiene momentos de una asombrosa e instintiva fuerza. La novela necesitaba una mayor elaboración o tal vez un buen trabajo de edición, pero desbordaba un talento capaz de superar irregularidades y fallos estructurales, y la carga crítica y la marginalidad de su protagonista llenaban de vida esas páginas. Laura Miller escribió en The New York Times Review of Books: "Aunque resulta refrescante leer a un nuevo novelista cuya prosa no ha muerto de perfección exánime por exceso de talleres literarios, alguien debería decirle a Egolf que no puede lograr una buena novela con 410 páginas y sin una sola línea de diálogo". En el TLS de Londres la elogiaron como "una obra llena de sustancia, significado y originalidad". 
Su segunda novela no respondió a las expectativas. La chica y el violín volvía a mostrar su brillo irregular, sus ideas, su fogosa y decidida marginalidad, con un violinista harto de la dureza y las humillaciones de la vida del músico, que tira el violín y se gana la vida cazando ratas en las alcantarillas y vive entre locos. Pero también mostraba unos estereotipos imperdonables sobre la salvación -la sofisticada chica rica, en hipotético homenaje a la hija de Modiano, que rescata al protagonista de su oscuro sino de desratizador y le devuelve a la música- y detalles poco creíbles o mal resueltos que lastraban la historia. Si en la primera novela no había diálogo, aquí los diálogos pesaban demasiado. Y sin embargo, había en ella personajes e imágenes potentes, un humor que se disparaba en múltiples referencias (y ahí reaparecía el espectro de Pynchon), y seguía generando expectativas. Algunos han especulado si la presión mediática -situándole primero entre los más grandes para luego casi sepultarle en el barro- habrá sido decisiva en su depresión. En cualquier caso, Egolf no se bloqueó ni dejó de escribir, sino que multiplicó sus actividades. Volvió a Estados Unidos, donde se dedicó a liderar un grupo de agitación política antiguerra -eso incluyó quemar una efigie de Bush y posar semidesnudos en una pirámide similar a la de los presos iraquíes de Abu Ghraib, lo que significó su detención y un proceso pendiente de resolución- y a múltiples proyectos, como el guión cinematográfico de El amo del corral, otra novela, Kornwolf, que se publicará el próximo año y de la que ya se pueden adquirir capítulos en su página web (www.windmillsonline.us), un disco con su banda Doomed to Obscurity, una ópera rock con Iggy Pop como futuro protagonista, etcétera. Además, compartía con su novia el cuidado de su hija. Sus amigos han dicho que llevaba un año deprimido. Pero la noticia de que se ha quitado la vida pegándose un tiro (muy a la americana), a los 33 años, en su apartamento de Lancaster, Pennsylvania, ha sorprendido a casi todos. La comparación con su admirado Kennedy Toole, que se suicidó con gas antes de la publicación y el éxito de su novela, era inevitable. En este punto cabe preguntarse si realmente se puede salvar a alguien de sí mismo, o de sus propios demonios internos, como los Modiano intentaron con Egolf. Si hay individuos demasiado heridos para ser rescatados. Como la brillante escritora Maeve Brennan, a quien la revista The New Yorker ofreció ayuda, sin poder evitar que abandonara la escritura y muriera en un refugio para indigentes. O como Marc Frechette, el guapo activista que protagonizó Zabriskie Point de Antonioni, que donó el dinero de la película a una comuna, volvió a la marginalidad y fue detenido en un atraco, para acabar muriendo asfixiado en una institución penitenciaria. Y tantos otros.
No sé cuál será la vida literaria de la obra de Egolf en su país. En Barcelona, yo he buscado inútilmente su primera novela por las librerías. Algún librero llegó a decirme que el libro estaba agotado, lo cual no es rigurosamente cierto. Tampoco aparecía en la red de bibliotecas, exceptuando un único ejemplar en la Universidad Pompeu Fabra, que estaba en préstamo: esperanzadoramente para Egolf, un estudiante lo está leyendo. Ha habido autores a quienes el suicidio o la muerte prematura ha convertido en un mito, pero no siempre ocurre así. Tal vez su tercera novela, sobre un hombre lobo en tierra de los amish, vuelva a cambiar las cosas y resitúe el insólito legado literario de Tristan Egolf en el lugar que sin duda merece.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Columna en FACTUAL

Foto: I.N., Balcón de París, 2008
Una instantánea de Alfonso Vilallonga, Isabel Núñez Pianista, acordeonista, cantante y compositor, en la tradición del café teatro alemán y la chanson française, salpicada del jazz y el blues que tal vez conoció en su época bostoniana, Alfonso Vilallonga parece asumir la música como algo natural, heredado: célà allait de soi. La música era la pasión paterna (su padre cantaba canción hispana con una banda de amigos) que unió a tres de los hermanos. En esa casa todos tocaban y cantaban y dos de ellos se acabaron dedicando profesionalmente –la compositora Cristina, tanguera piazzolista y versátil cantante de Gotan Project, y Alfonso—, mientras que la traductora y cineasta Elena canta y graba de vez en cuando, en intervalos de sus otros dos oficios. Del casi clasicismo de su música, esos cuartetos de cuerda o tríos donde él toca el piano y canta, de su afición y osadía al versionar, del carácter alegremente decadente que podría tener este cantante dandy, ligero y elegante, le rescata y le da envolée no sólo su talento natural, sus maneras de seductor courtois, sino sobre todo, tal vez, la ironía, ese humor sutil –que alguna vez ha llevado al terreno del más delirante absurdo surreal— y que le permite parodiar suavemente a la vez que reinterpreta y compone. Alfonso ha puesto música a varias películas de Isabel Coixet, y lo ha hecho con ese brillo poético ligero, ese esprit que le caracteriza.
Como sus hermanas, Alfonso lleva su encanto aristocrático con la humildad gauchiste de quien quizás adivina oscuramente que, como muestra el Quijote, en Cataluña, los nobles eran históricamente también bandoleros, que se protegían políticamente en los círculos del poder. Lo que queda, aparte de la reivindicación del antepasado rebelde que fue Cabeza de Vaca, que se unió a los indios y desarrolló poderes esotéricos alejándose de los sanguinarios conquistadores, lo que queda en Alfonso es más cultural que genético, una vieja estética, los fragmentos de palacio divididos entre galerías y apartamentos, el aire de café teatro berlinés del Círculo Maldà y el dandismo del personaje, que de pequeño quiso ser actor y sabe llenar de teatralidad y de gracia gestual el espacio de sus actuaciones.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Natsume Soseki en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Parc del laberint d'Horta, 2009
Narrativa Novela haiku ISABEL NÚÑEZ
Natsume Soseki Kusamakura (Almohada de hierba) Ediciones Sígueme Traducción de Emilio Masiá y Moe Kuwano 205 PÁGINAS 18 EUROS Natsume Soseki (Tokio, 1867–1916) está considerado uno de los autores más destacados de la era Meiji, cuando Japón se abría a Occidente. Profesor de literatura inglesa en la Universidad de Tokio, buen conocedor de la literatura china, pasó dos años en Inglaterra que recordaría como los peores de su vida, pues se sintió “como un pobre perro perdido entre una manada de lobos”. De vuelta a Japón, publicó haikus y novelas, como la costumbrista e irónica Wagahai wa neko de aru (Soy un gato), la hilarante y tragicómica Botchan (publicada en España por Impedimenta) y otras tantas, hasta que una úlcera de estómago le llevó a la muerte a los 49 años.
Kusamakura es una novela-haiku, así la definió su autor. Un pintor viaja al balneario de Nakoi huyendo del bullicio y la efervescencia de las emociones, intentando contemplar la naturaleza y a los hombres como si fuesen un cuadro y buscando así el ánimo perfecto para pintar.
En el balneario, las apariciones de Nami, una hermosa mujer divorciada y considerada extravagante, le interrogan con su teatralidad misteriosa. Todo, cualquier elemento del paisaje, como la gestualidad y las palabras de los seres solitarios con quienes se cruza –el maestro budista, la vieja campesina, el barbero tosco, el hombre que acarrea leña, el joven soldado—, suscitan su contemplación reflexiva. El pintor no pinta, pero escribe breves haikus, a los que Nami responde con otros.
Sus reflexiones sobre la poesía china o anglosajona, sobre la posición del artista en el mundo o la pura belleza –de unas algas inmóviles al fondo del lago, de la comida japonesa, el obi rojo de un kimono, los árboles y el viento, las flores que caen, la luminosidad del aire o los colores y sus significados— componen una mirada sugerente y sutil, a la vez tradicional y experimental. La traducción castellana es elegante, aunque al principio desconcierta la alternancia de tiempos verbales.
Kusamakura es una novela insólita, entre el ensayo filosófico y una poética oriental que entronca con Wordsworth o Wilde. Atrapa y hechiza al lector con su sencillez, en la telaraña de su lentitud luminosa, no exenta de ironía ni de sorpresas. Los pensamientos vuelan en estas páginas como mariposas y un misterioso dinamismo nos lleva hasta el final, con sus pinceladas de belleza japonesa.