miércoles, 20 de junio de 2007

Recorrido por el Kosovo literario



La Vanguardia CULTURA/S


14 Culturas La Vanguardia Miércoles, 20 junio 2007 ESCRITURAS

Un recorrido por el Kosovo literario

En los Balcanes post-Milosevic el fatalismo converge con la esperanza. Hablamos con protagonistas de su escena cultural.

ISABEL NÚÑEZ

Como cuenta Ismaíl Kadaré en sus Tres cantos fúnebres, Kosovo significa campo de mirlos, pero la ciudad de Pristina se parece más a un campo de cemento. En los últimos años, la corrupción del gobierno provisional ha permitido construir sin licencia ni planes. El paisaje es caótico y sorprendente, lleno de grúas y polvo, y los coches invaden las aceras. Pero esa misma agitación, el bullicio de los cafés, la profusión de música y antenas parabólicas, son también signos de la efervescencia de la ciudad tras la guerra. A la espera de la independencia.
Queda lejos el apartheid que instauró Milosevic para la comunidad albanesa, expulsándoles de las instituciones e incluso de los bares, forzándoles a montar un sistema paralelo de escuelas en garajes, de exposiciones en hangares. Después vino la gran deportación, las casas quemadas y el tren donde hubo que meterse por la fuerza. Doscientos en cada vagón, me contó Flaka Surroi, jefa del grupo editorial Koha, evocando los trenes nazis. Empapados de lluvia y apretados hasta Macedonia, a un campo con 50.000 albaneses más, en terribles condiciones sanitarias, con tractores tirándoles pan como todo alimento. La mayoría de albaneses ha vuelto. "Y de los 5.000 desaparecidos, han vuelto los huesos de 2.000", dice Flaka Surroi. Ella encontró su casa intacta, pero el suelo de las calles de Pristina estaba lleno de medicinas incautadas y carnets de identidad rotos por las fuerzas paramilitares de Arkan. "Era el caos", dice Flaka, "nadie podía demostrar quién era, ni si la casa era suya."
La sede del grupoKoha incluye un periódico, un canal de televisión y una editorial de libros: 300 trabajadores. El padre era periodista y su hermano Veton dirige el partido de la oposición. Flaka niega que el grupo sea un instrumento del partido: "Él sale más en otros diarios que en el mío". Dice que en Pristina la gente no compra muchos periódicos, los lee en el bar. Como no hay precio unificado, compiten con diarios de precio más bajo.
Es una mujer joven y energética. Para ella, ser crítica supone enfrentarse a la corrupción y a la mafia. Han recibido amenazas de muerte. "Tengo que proteger a mi equipo." Le preocupa la corrupción y la educación. Su canal de televisión es informativo y cultural.No llegan a la comunidad serbia, por la lengua. "En Pristina ya hay jóvenes serbios que estudian aquí y aprenden albanés... Es difícil curar las heridas, se necesita tiempo." Koha vende libros en quiosco, junto con los diarios. Fomentan la lectura a un nivel popular. Han agotado tiradas de miles de ejemplares, en un lugar donde suelen editarse 500.

Migjen Kelmendi accede a los jóvenes con su canal de música por internet. Creó el semanario Java como foro y espacio para periodistas. Introdujo la cuestión de la identidad kosovar en el primer número de Java (2001) y luego en un libro, Who is Kosovar?, para promover un debate sobre la lengua gheg y el legado oriental. "Los kosovares nunca hemos hablado bien el albanés unificado, instaurado en la Albania de Hoxha, y los albaneses del norte nos ridiculizaban. Hablando gheg, los albano-kosovares resultan incluso exóticos", sugiere Kelmendi. "Los grupos de música que cantan en gheg suscitan curiosidad en Albania... Si toda la comunidad albanesa en Kosovo habla en gheg, ¿por qué renunciar a la propia lengua?"

En Java se escribe en gheg, albanés y serbio, con espíritu abierto. Pero casi todos le critican. "Dicen que no es el momento de la lengua, que hay problemas más urgentes. Romper tabúes siempre es un desafío, aunque agota."Y plantear la cuestión de la identidad "es como entrar desnudo en una mezquita". Kelmendi reivindica el legado oriental, el islam. "No la religión, sino la cultura y la tradición islámicas", el encuentro de Oriente y Occidente que conforma el rico legado de Kosovo. Java ha recibido el Press Freedom Award de Austria, un espaldarazo para Migjen. "La televisión de Kosovo me ignora, pero las cadenas de radio y televisión albanesas me invitaron a hablar del gheg." Habla de la corrupción, de la codicia de la posguerra, y de crearun movimiento cívico que pueda cambiar las cosas. "Tal vez un día funde un partido", sonríe.

Paseo por los bazares y la parte vieja de la ciudad, que conserva su estructura otomana, como un Estambul afeado y pasado por el filtro comunista. Tito preservó la arquitectura austrohúngara en la antigua Yugoslavia, pero en tiempos del jefe de seguridad Aleksander Rankovic, con el eslogan "Destruyamos lo viejo para construir lo nuevo", arrasó la arquitectura otomana de Pristina.

Me lo cuenta otro protagonista de la escena cultural, el poeta, novelista y editor Eqrem Basha, propietario de la librería Dukagjini. Librería y editorial están frente a la sede de Koha, en Nene Tereze (Madre Teresa), la avenida principal de Pristina (junto con la avenida Bill Clinton) y tal vez la única que se pronuncia por su nombre. En Pristina, nadie sabe los nombres de las calles: todas son indicaciones de proximidad (junto al Grand Hotel, frente a la iglesia ortodoxa...). Basha es optimista, tal vez porque su actividad le entusiasma. Los libros son caros, pero también publican libros de texto, y han obtenido premios internacionales por su contenido innovador y su interés didáctico. "La Universidad de Pristina ha sido de las primeras en adaptarse al sistema de Bologna. Y mi hija, una de los primeros estudiantes que se fue con una beca Erasmus." Basha es europeísta convencido, y arraigado a su país. "Necesitamos el Estatuto para resolver los problemas pendientes. Kosovo es rico en recursos, pero no en inversión." No teme el retorno de los repatriados. El hecho de que el 50 por ciento de la población tenga menos de 30 años le parece positivo, aunque falte trabajo. "Los albaneses siempre han emigrado a trabajar, traen ideas nuevas, recursos... Y la presencia de la comunidad internacional es positiva por el intercambio cultural."
Basha escribió de la guerra en su novela Las puertas del silencio, aún sin traducir. En francés le han publicado Les ombres de la nuit (Fayard). En la ciudad vieja, visito la mezquita, con sus hermosos mosaicos azules: en la puerta hay dos pares de zapatos. El muecín empieza a cantar bajo la fina lluvia matinal. Shkelzen Maliqi es ensayista, ha sido editor de libros y de una revista literaria, MM, asesor educativo de la Fundación Soros. Ahora escribe sus memorias y ha abierto una galería donde también organiza conferencias. Se anima al hablar de su actividad como comisario de arte y de su espacio, Rizoma. Me presenta al grupo de artistas que se encerró cinco días en la galería: sus intervenciones mezclan grafitis, imágenes de cómic, collages y textos irónicos o conceptuales. Luego destruirán las pinturas y toda documentación, aunque
bromean que algo quedará grabado en el móvil de Shkelzen.
Entrevisto en italiano al joven poeta Arben Idrizzi, redactor del diario L'Express, donde escribe una columna cultural.
Aprendió italiano para leer poesía, de modo autodidacta, y ha traducido a Montale, Pavese, Pasolini... Sus poemas tienen nervio. No ha escrito apenas de la guerra, le interesa la época actual y es pesimista. “No hay esperanza en Kosovo. Hay tanta pobreza, no hay trabajo ni dinero y la corrupción es generalizada. Tememos que con la llegada del Estatuto no se resuelva nada y todo siga igual.”

Nerimane Kamberi usa indistintamente albanés y francés para escribir.
Es profesora de literatura francesa en la Universidad de Pristina, con un sueldo ínfimo, que compensa trabajando en organismos internacionales. Ha publicado cuentos, escribe una novela de la guerra. Cita a Mehmet Kraja, en cuyo libro unos locos se fugan del manicomio después de la guerra. “Ese manicomio, con serbios, albaneses y algún croata, era lo único que quedaba de Yugoslavia en Kosovo durante la guerra y los locos contemplaban cómo el mundo de fuera se volvía loco, y la frontera entre dentro y fuera se desvanecía.” Dio lugar a una película titulada KUKUMI, dirigida por el propio Kraja con Isa Qosja, y donde los locos vagan por el Kosovo destruido, bajo la lluvia. Nerimane es pesimista. “Según una encuesta, si pudieran elegir, el 70% de los jóvenes se iría de Kosovo. Y eso es grave.” Ella teme la marcha de la comunidad internacional, que da trabajo a tanta gente.
Fahredin Shehu es un joven poeta que trabaja en RadioKosova y ha recogido el legado sufí en sus poemas. Sueña con organizar unencuentro sufí en Sevilla o Granada. Leo sus poemas traducidos al inglés, de una sensualidad oriental. En la guerra, en el sudeste de Kosovo, sufrió el ataque de granadas del ejército yugoslavo, tuvo que abandonar su casa y perdió una biblioteca familiar de 2.000 títulos, con manuscritos caligráficos de 250 años de antigüedad, como el Canon de Avicenna. Durante tres meses vivieron en sótanos y, para no enloquecer, leía a Meher Baba y a Osho Rajneesh.
Eso le cambió. “La religión es para los que temen el infierno y anhelan el paraíso, la espiritualidad es para quienes ya han estado allí.”
Yvana Henzler dirige la oficina cultural de la embajada suiza, situada en la ladera de la colina. Hablamos de la escena del arte. “No hay inversión, no hay estructuras, ni escuelas, sólo centros decimonónicos.
Pero hay talento, artistas originales, con una historia que contar.
Temo que sin esas estructuras, no puedan evolucionar. No hay coleccionistas, nadie les compra excepto yo”, sonríe y me cuenta cómo se convirtió en coleccionista. Por pura pasión. En 1998, en Sarajevo, descubrió artistas que le impresionaron. La guerra les había moldeado e inspirado. Empezó a comprarles piezas, entablando una relación con ellos y siguiendo su evolución.Enla escena internacional, detectó cierto desdén por lo balcánico: les invitaban a las ferias, pero sólo como grupo. Harald Szeemann se interesó por algunos y los llevó a Documenta o a Sevilla. Por desgracia, ese proceso se cortó con su muerte.
La colección de Yvana está íntimamente vinculada a los Balcanes y la guerra. “Cuando los artistas se marchan,
desconectan y cambian, y sus piezas ya no encajan con mi colección.” La representación visual de los problemas de la zona es “el hilo rojo que conecta mi colección. Una colección puede ser un sismógrafo de los problemas sociales.”

miércoles, 4 de abril de 2007

Balcanes: Aleš Debeljak

Foto: El País, el castaño de Anna Frank, 2007

Poesía y ensayo
Un paseo por la historia
ISABEL NÚÑEZ


Aleš Debeljak
La ciutat i el nen
Edicions La Guineu
Traducción de Xavier Farré
88 PÁGINAS
12,4 EUROS
Aleš Debeljak
La neu de l’any passat
Lleonard Muntaner
Traducción de Simona Škrabec
169 PÁGINAS
14 EUROS


Debo reconocer que leí la versión inglesa, The City and the Child, revisada y corregida por el propio Aleš Debeljak, y me cautivó ese recorrido dolorido por su destruida Arcadia, un paseo melancólico por la historia de los Balcanes y de Europa. El narrador mezcla su lamento a la celebración vital del nacimiento de su hija, un hecho que revoluciona su percepción del mundo y le hace comprender, en plena guerra, que la vida es sobre todo renovación.
Admito que no he logrado el mismo encantamiento con la versión de Xavier Farré (no por el contenido, cuidado por la revisión de Simona Škrabec y Jaume Creus). Tal vez estuviera yo demasiado apegada a las palabras de mi primer descubrimiento de Debeljak, o tal vez sea una cuestión subjetiva, de gusto, de palabras que yo no escogería y que vuelven rígido un texto que en inglés fluía naturalmente, en unos versos largos, narrativos y precisos, de una belleza poética que entronca con lo que el propio Debeljak decía del escritor serbio judío Danilo Kiš, que “(con los mismos procedimientos poéticos y literarios que Borges), introduce en su obra una responsabilidad ética, con dos interrogantes claves del siglo XX: los campos de exterminio nazis y el gulag soviético. De este modo, su literatura queda arraigada a un espacio histórico.”
Los poemas de Debeljak arraigan también en un espacio histórico, en esa “prisión de la historia”, en el peso ritual que se repite, en “el mapa de un país que desafía el olvido”, en “las metáforas que arden dolorosamente sobre la ciudad” destruida, en su mirada culpable y su “crónica del dolor”: “dos mortíferos y hermosos bombarderos rompen el cielo y los cartógrafos no descansan. El tiempo se acaba. La historia prende una hoguera en los arbustos…”, Siempre con su dualidad vital y sensual, fumando “el último cigarrillo”. Como el muro de piedra que espera a que el ritual de la historia se repita, pero que también “será derribado por el delicado aliento de un niño”.
La neu de l’any passat es una cuidada selección de ensayos, eficazmente traducida por Simona Škrabec, que añade un interesante y esclarecedor epílogo. Debeljak expone, en su tono poético y personal, sus brillantes reflexiones sobre los Balcanes, la historia, la cultura, el peligro de los mitos (el uso perverso que hizo de ellos Milorad Pavić para apoyar la narrativa beligerante de la Gran Serbia; o los más viejos mitos, como la peonía de Kosovo de la que hablaba Kadaré, que crecía con la sangre de los soldados serbios y ahora entorpece tácitamente la aceptación serbia de una independencia necesaria). Debeljak explora los fundamentos para construir una identidad europea común, sin renunciar a las diferencias ni al legado étnico propio.
El descubrimiento adolescente de la gran ciudad cosmopolita de Belgrado –sucia y viril frente al espíritu germánico e higienista de los eslovenos—, su identificación de joven lector con la antigua Yugoslavia, o con la lengua, que promete no abandonar en la poesía (escribe ensayos en inglés), la pérdida de esa Arcadia yugoslava que es también su juventud… En definitiva, el periplo vital y pensante de un ensayista subjetivo y literario que se considera poeta antes que ninguna otra cosa, contado con pasión y delicadeza, y que se lee como una novela.



Poeta y ensayista, Ales Debeljak (Ljubljana, 1961) es licenciado en Literatura Comparada y doctor en Pensamiento Social por la University of Syracuse (NY). Actualmente imparte clases en la Northwestern University de Chicago (donde reside) y el College d’Europe de Varsovia.
Empezó a publicar en los años ochenta, libros de poemas (Los nombres de la muerte, 1985; Diccionario del silencio, 1987) y ensayos (La esfinge posmoderna, 1989; El crepúsculo de los ídolos (1994; Bilbao: Tercera Prensa, 1999). Ha visitado Barcelona invitado por el KRTU, para pronunciar las conferencias Europa sin los europeos en la Fundació Antoni Tàpies y Los poetas y la política en la UPF, y presentar sus libros La ciutat i el nen (La Guineu) y La neu de l'any passat (Lleonard Muntaner).
Su generación, que vivió la época más suave del régimen de Tito, y que a diferencia del resto del bloque comunista, pudo viajar por el mundo y tuvo libre acceso a la literatura internacional, llegó a la madurez con el fin del comunismo, el estallido de los nacionalismos y la guerra, que les pilló por sorpresa y rompió dramáticamente su plácido ensueño.
Aunque los diez días bélicos en Eslovenia fueron, dice Debeljak, “una guerra entre comillas”, él vivió el conflicto como traductor para la CNN y confiesa que le parecía irreal, como una película. Sólo la visión de los primeros muertos le hizo comprender. Tiene palabras amargas para la actitud de Europa: “En 1993, cuando en Sarajevo llevaban un año de asedio, la prioridad de la UE era Maastricht: ordenar la casa. Aunque en el patio de enfrente la gente moría. Pero a las élites no les preocupaba. A los yugoslavos no se les consideraba europeos. Mientras Sarajevo ardía, Europa tocaba el violín. Maastrich era un documento de cultura, pero su reverso oscuro (de barbarie) fue cerrar los ojos a los crímenes de guerra, a que en Bosnia violaran y degollaran a tanta gente.” Y añade: “Si esta guerra no hubiera implicado a musulmanes, Europa habría evitado el genocidio… Y lo más triste es que en Bosnia existía precisamente la clase de islam que buscaba Europa, un islam abierto y europeo avant-la-lettre…” De la sentencia del Tribunal Penal Internacional de La Haya sobre Srbrenica, dice: “Es la misma actitud desde el principio del conflicto, un compromiso. Por una parte, confirma el genocidio y apoya a los bosnios. Por otra, al decir que la responsabilidad no es exclusivamente de Serbia, apoya a Serbia. Hay un dicho esloveno para eso: querer conservar toda la oveja y saciar al lobo...” Y continúa: “La UE podría aprender una lección del desmembramiento de Yugoslavia. Yugoslavia era (dicho con ironía) una pequeña Europa: lenguas y alfabetos distintos, religiones distintas… La búsqueda de puntos comunes fue la característica que definió la Yugoslavia de Tito. Todos teníamos una identidad primera, étnica, que nos definía, y por un acto voluntario, éramos yugoslavos. Como en Europa todos somos catalanes, franceses, italianos, pero decidimos ser europeos. Yugoslavia era una identidad transnacional. Sólo le faltaba la democracia… La UE tiene un déficit de democracia, aún es un proyecto de las elites, desde arriba. Como en Yugoslavia, falta el consenso de las comunidades… La lección sería cómo puede fracasar o no el proyecto europeo.”
Cuenta cómo el nacionalismo esloveno, más moderado, creció a partir del “rechazo arrogante” por parte de Serbia de todas las propuestas de cohabitación que los eslovenos pusieron sobre la mesa yugoslava. Y también habla de lo que fue el experimento yugoslavo, la particular combinación del oriente y occidente europeos capaz de engendrar pensadores como Slavoj Zizec, que une marxismo y psicoanálisis.
Debeljak define el multiculturalismo como un abrirse hacia lo distinto sin renunciar a la propia identidad, una tensión entre conservar lo propio y entender lo ajeno, y es más optimista que otros autores ex yugoslavos, se implica en proyectos editoriales que reconecten culturalmente las antiguas repúblicas, y recuerda que “en las encuestas, los musulmanes bosnios aún afirman que serían capaces de convivir con serbios y croatas…” Más optimista que otros autores ex yugoslavos, dice: “Tarde o temprano tiene que haber una reconciliación.”
Es significativo que un editor vasco y dos catalanes se hayan interesado por este autor. Quien pasee por las librerías de Ljubljana, verá en sus escaparates autores vascos y catalanes; algunos, como Bernardo Atxaga, son casi best-séllers. Más allá de los estereotipos de unos balcánicos salvajes y sangrientos, asociados en el imaginario europeo decimonónico al propio mito de Drácula, la reflexión sobre la identidad y las diferencias en Europa establece también afinidades literarias.

martes, 13 de marzo de 2007

Supervivientes judíos: Nicole Krauss


Foto: Sinagoga de Berlín

La Vanguardia Culturas, 05/04/2006

Novela
Entre Grace Paley y García Márquez

ISABEL NÚÑEZ

Nicole Krauss (Nueva York, 1974) se graduó en Stanford e hizo un posgrado en Oxford. En cierta ocasión, asistió a una conferencia de Josif Brodskii y le entregó sus poemas. No esperaba recibir noticias, pero él la llamó al día siguiente y pasaron siete horas juntos trabajando en ellos. Más tarde, Krauss abandonó la poesía. Su primera novela, Man walks into a room, tuvo una excelente acogida crítica.

Antes de que su segunda novela, La historia del amor, llegara a las librerías norteamericanas, Krauss ya aparecía en todos los suplementos literarios. El director de cine mexicano Alfonso Cuarón dirige la película, basada en un libro que ha merecido los elogios de Coetzee y de Ali Smith, además del entusiasmo unánime de la crítica y la traducción a veinticinco lenguas. En las entrevistas, Krauss se ha quejado de que siempre le hablen de su marido, el también escritor Jonathan Safran Foer, y en parte es injusto contribuir a esa desigualdad, pero la comparación resulta inevitable, puesto que ambos comparten mucho más que el éxito, la juventud y la adaptación al cine de sus segundas novelas: una gran similitud en la mirada a su pasado, también común, de abuelos judíos del Este europeo que sobrevivieron al Holocausto y se establecieron en Nueva York, y cuya dolorida nostalgia de la pérdida sólo se ve dominada por un intenso vitalismo y una alegría (agridulce, crítica, analítica, autoirónica, siempre apegada a la cultura, pero alegría al fin) de vivir.

El viejo escritor y cerrajero Leo Gursky perdió a Alma, su novia -embarazada-, camino del exilio, perdió la vivencia de la paternidad y también perdió en el traslado la novela que había escrito sobre ellos, La historia del amor, a manos de su amigo Litvinoff, al que no volvió a ver y, en una soledad interrumpida por las visitas de su amigo y vecino Bruno, procura asegurarse de que alguien le vea todos los días, y lleva un cartel que dice: "Me llamo Leo Gursky, no tengo familia, llamen al cementerio Pinelawn, tengo una parcela en la sección judía. Gracias por su amabilidad". Gursky es uno de los dos protagonistas principales. La otra es Alma Singer, que se llama así por el personaje de la novela perdida de Gursky, una niña excéntrica y solitaria que intenta con los procedimientos más peregrinos que su madre, traductora viuda, deje de estar sola, y que proyecta primero ser paleontóloga, luego viajar a la Antártida y al fin acaba aprendiendo pintura por puro accidente. A partir de aquí, los sucesos se encadenan en una especie de paródico thriller, con ciertas resonancias austerianas por la influencia del azar en todas las cosas, y empieza a caer una lluvia de interrogantes sobre la cotidianeidad de Alma, que investiga el pasado de sus padres, la novela que les fascinó (y que ahora su madre traduce por encargo de un misterioso desconocido), rastrea la vida del escritor que la firmó, Litvinoff, descubre a Isaac Moritz, el hijo escritor de Gursky, y sigue muchas otras vías que le permiten relativizar la pérdida de su padre y el fin de su romance con un judío ruso, Mishka. Todo esto en una exuberancia imaginativa de personajes y momentos mágicos, llenos de una sutil y particular complejidad de matices y en un tono que conecta con Todo está iluminado (está claro que Jonathan Safran Foer también se ha inspirado en el pasado de ella), y a la vez resucita y reactiva deliberadamente el encantamiento de Cien años de soledad, matizado por un humor judío americano y femenino que homenajea a Grace Paley, sin excluir cierta locura al estilo del judío ruso Isaac Babel.

Ninguna de estas influencias oculta el núcleo duro de verdad personal de Nicole Krauss, su imperiosa necesidad de contar, que a veces se pierde en el puro torrente de pequeñas historias tangenciales, pero que recupera con su obvio talento, su energía y sus cualidades de narradora. Una novela muy sugerente.


Nicole Krauss La historia del amor / La història de l´amor. Traducción al castellano de Ana
M. ª de la Fuente y al catalán de Ernest Riera Salamandra / RBA-La Magrana
(288 / 272 págs. 16 / 18 €)

lunes, 12 de marzo de 2007

Balcanes: Dubrakva Ugrešić en Quimera


Quimera (diciembre 2003)


TODOS SOMOS PIEZAS DE MUSEO
DUBRAVKA UGREŠIĆ

Isabel Núñez


Dubrakva Ugrešić (Zagreb, 1949), escritora, brillante ensayista y profesora universitaria de literatura eslava, abandonó la antigua Yugoslavia en 1993, convertida en persona non-grata por el pensamiento único y oficial nacionalista, y se fue a vivir a Holanda, exceptuando períodos de enseñanza en Universidades norteamericanas.
Sus obras se han publicado en inglés, francés, alemán, holandés y otras lenguas, y ahora hay que felicitarse de que Alfaguara haya decidido darla a conocer en España con El Museo de la Rendición Incondicional. En inglés y francés se encuentran también sus novelas y relatos In the Jaws of Life y Fording the Stream of Consciousness, además de múltiples ensayos.
Como un álbum de fotografías, esta novela sorprendente y extraordinaria va reuniendo fragmentos, pensamientos, diarios, cartas, retratos de amigos, citas literarias y proyectos de artistas contemporáneos que componen los fragmentos del mosaico del mundo contemporáneo.
El título alude a un museo de Berlín, con sede en el edificio donde se firmó la capitulación de Alemania al fin de la II Guerra Mundial y situado en el barrio del antiguo Berlín Este, con los antiguos cuarteles soviéticos y contenedores con las pertenencias de los soldados soviéticos que los ladrones fuerzan por las noches.
La protagonista y narradora, una especie de variante de la propia escritora, es una mujer croata de 45 años, escritora exiliada en Berlín, que reflexiona sobre el significado del exilio e intenta componer su identidad o preservar la memoria que la guerra se empeña en borrar, en una ciudad que ella ve como un museo viviente, como un yacimiento arqueológico donde el paseante puede detectar los sedimentos de cada época, la herencia dolorosa del hervidero de la historia que se reúne en los mercadillos de la ciudad, donde se venden esvásticas junto a hoces y martillos y figuritas de Lenin, y donde se reúnen refugiados balcánicos en busca de otros compatriotas. “Todos nosotros somos piezas de museo”, dice alguien.
En la soledad de una ciudad helada donde el tiempo parece transcurrir de otra manera, mientras la narradora se resiste aún a aprender alemán y habla casi sólo con el cartero o el conserje, reflexiona sobre la edad y el envejecimiento, sobre la memoria perdida, va construyendo sus recuerdos en forma de álbumes de fotos, fragmentos o imágenes que son, como dice la cita de Susan Sontag, memento mori.
Y en esa memoria fragmentada aparece la madre de la protagonista, con sus recuerdos de la II Guerra Mundial y la infancia de posguerra de la narradora y su nostalgia de los hijos, y los gestos de su madre parecen filtrarse victoriosamente en los gestos inconscientes de la hija, casi a su pesar, como por una voluntad materna de permanecer.
Otras imágenes congeladas despiertan otros pensamientos, cruces con personajes en otras ciudades o en el mismo Berlín. Obras y proyectos de Ilya Kabakov o de artistas contemporáneos en Berlín, que son también reflexiones sobre culturas perdidas, sobre el rescate de la memoria histórica, sobre la lucha contra el olvido, sobre la ciudad como superposición de historias. Conversaciones con una vecina rusa, con un colega, preguntas en voz alta. Das is Kunst? ¿Qué es el arte? Y una de las respuestas, de un colega: “El arte es un intento de defender la integridad del mundo, la secreta unión entre todas las cosas. Sólo el arte presupone una secreta relación entre la uña del dedo meñique de mi mujer y el terremoto de Kobe.”
La narración de un encuentro amoroso fugaz de la narradora en un congreso de Lisboa o de una antigua conocida en un café de una ciudad norteamericana, el recuerdo de una amiga berlinesa y sus aventuras cocinando para marineros islandeses o enamorándose de un albañil al otro lado del muro, o una anécdota que dibuja la vida en Zagreb, cualquiera de esas fotografías de la maleta imaginaria de la exiliada croata sirven para desatar el hilo de sus pensamientos y para mostrar su arte de narrar.
Y los sueños vagamente premonitorios y los atisbos de lo que vendría, los signos que ya estaban en la forma de ser de un país, en la cultura comunista, en la falta de crítica, en las décadas de violencia, tan cercanas.
“Vivíamos en una ciudad en la que la gente caminaba un poco de lado (...) porque nunca se sabía de dónde vendría la bofetada (... donde el odio se cultivaba como una planta doméstica (...), una ciudad de oscuros rincones, donde las vidas se gastaban deprisa, porque eran baratas, los odios eran vehementes y los amores tibios.”
Mucho más adelante, aparecen las amigas de la narradora, en una fotografía de grupo. Es especialmente memorable la reunión de las amigas universitarias, con sus conversaciones teóricas sobre las dietas y su avidez sensual hacia la comida –que también es una celebración de la multiculturalidad: delicias turcas, quesos serbios, nata salada, pasteles de Eslovenia con semillas de amapola y nueces, baklavas y fideos dulces kadaif con pasas y cestitas de chocolate, ensaladas y pasta—, sus amantes y maridos, su costumbre de echarse las cartas del Tarot, la idea de la mediana edad como ir tapando agujeros de una barca sin pensar nunca en el naufragio final o como una lucha contra el colesterol, todo se congela mágicamente y culmina en el momento mágico de la aparición de un extraño ángel sexuado que las llena de nostalgia física y después se va repartiéndoles una pluma y el olvido a cada una, menos a la narradora, a quien le deja la memoria.
Pero aún más memorables son los retratos vitales de esas amigas, que sirven para componer en un momento, en apenas unos trazos ligeros y brillantes, el relato de la guerra que convirtió la antigua Yugoslavia en tres pequeños países desiguales, llenos de heridas, de destrucción y de culpa. Una de ellas se queda donde está, en pleno peligro, con los alumnos divididos entre los dos bandos, refugiada en la bañera de su casa con una mesita donde pone el tabaco y la bebida (y cada vez bebe más) y un gato, Behemot, que le sirve de estufa, y el teléfono desde el que llama a las amigas mientras aún hay comunicaciones. Otra se queda en Sarajevo y su carta única explica, casi mejor que la exposición que aún hoy puede verse en el museo de la guerra de esa ciudad, cómo se organizó la supervivencia durante el asedio, sin electricidad, sin comida, sin calefacción, cómo todos aprendieron a cocinar de la nada, a cortar leña, a fabricar estufas y mandiles, cómo los niños vivían encerrados, las casas eran agujereadas, la comunidad judía repartía comida entre los bosnios, y sobre todo, cómo huir no parecía una solución para todos los que decidieron quedarse. Otra, serbia en Zagreb, tuvo que volver a Belgrado, casada con un croata, aprendió a no tener miedo, a aceptar las humillaciones, pasar fronteras, proteger a su hijo. Otra cambió su discurso y se hizo nacionalista croata. Y así sucesivamente, se construyen todos los matices con retratos personales, nunca estereotipados porque si algo tiene claro esta escritora y ensayista, es la lucha contra los estereotipos (Véase sino su colección de ensayos titulada en inglés Culture of Lies) y contra las mentiras oficiales que devoran a la gente.
Y en esa sucesión de fragmentos y fotografías de un álbum multicultural, rico y lleno de matices, de países distintos, de personajes con peso retratados con una agilidad sintética asombrosa –que la versión castellana, eficaz y elegante, transmite con fluidez—, la sabiduría histórica y literaria y el conocimiento del arte contemporáneo se unen a la capacidad poética y la fuerza de las imágenes y todo se estructura mágicamente entorno a esa idea del mundo y la ciudad como museo viviente y de la memoria como identidad y la escritura como lucha contra el olvido, con una coherencia que parece extrañamente espontánea, como si una mano invisible ordenara el caos y encontrara felizmente el lugar idóneo de cada cosa. Porque, como dice Dubravka Ugrešić, crecerá la hierba sobre las casas destruidas y a los testigos también acabará cubriéndoles la hierba.
En conjunto, un libro distinto, ambicioso y brillante, donde el diario, la narrativa, el pensamiento y la poesía se articulan en ese museo del nombre más largo del mundo, ese museo de la historia por donde desfila el dolor de todas las guerras y los éxodos y la vida, la comida, el sexo, la amistad y la conversación, en el baile de fotografías de una autora inteligente y llena de humor, que piensa por su cuenta.

El Museo de la Rendición Incondicional

Traducción de Mª Ángeles Alonso y Dragana Bajić. Alfaguara, 2003, 352 págs.

Argentina: Di Benedetto

La Vanguardia Culturas (2/2/2005) Narrativa Cuentos desde la cárcel ISABEL NÚÑEZ
Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922-Buenos Aires, 1986) escribió estos cuentos en la cárcel, durante la dictadura argentina. En ese año de cautiverio, fue sometido a dos simulacros de fusilamiento. Como le rompían los papeles, envió sus relatos en forma de cartas a su amiga, la escultora Adelma Petroni, como si fueran sueños. La editorial Adriana Hidalgo presenta además la trilogía de novelas Zama, El silenciero y Los suicidas de este escritor reconocido por Borges, Roa Bastos (integrantes del jurado que premió uno de estos cuentos, Los reyunos) y Cortázar. Todos estos relatos describen situaciones que respiran el absurdo de la condición humana, las relaciones y la incertidumbre del destino. Sus personajes expresan un sentimiento opresivo o un encierro interior, del que intentan en vano huir. No se trata de cuentos urbanos, sino que la mayoría transcurren en una geografía semidesértica, tal vez la pampa, llena de animales merodeadores, de caza, violencia y hambre o sed. En El juicio de Dios, un capataz de obra acude a una casa a pedir agua para sus hombres, es confundido con unseductor por la pura palabra de una niña pequeña y se ve amenazado y violentado hasta que la conclusión llega,como una burla reveladora. En Aballay, el culpable de un asesinato huye desposeído de todo, como un anacoreta, decidido a pagar su culpa comiendo sólo lo que le sea dado. En Obstinado visor, un personaje visionario en tres momentos de su vida es objeto de burla de su propio poder y sólo lo comprende demasiado tarde.
En Los reyunos, la encarnación de un antiguo rey marca a sus seres próximos cortándoles una oreja. También los animales se infiltran en las escenas paródicas de estos Absurdos. Una realidad tragicómica He leído este volumen tras el espléndido Relatos de Kolyma, en que el ruso Chalamov describió el infierno siberiano. Me preguntaba por la influencia de las situaciones de encierro y penalidades sobre la sensibilidad y el talento de un escritor. En ambos casos (y hay infinidad de ellos), el talento aprovechó el sufrimiento para brillar más aún, aunque Chalamov ingresó en un manicomio tras su liberación, y Di Benedetto se exilió y casi desapareció en España antes de volver a la Argentina democrática. Hay una angustia melancólica y un humor absurdo comunes a estos escritos de cautiverio.
Aunque estos relatos de Di Benedetto carecen de la perfección de Chalamov, o del cariz cotidiano de la muerte en Kolyma, tienen momentos fulgurantes, escenas de una rara poesía, sobre un fondo en que la soledad y el tiempo parecen los únicos protagonistas capaces de mover las riendas de la narrativa, con personajes atrapados en una tragicomedia contemporánea.
Antonio Di Benedetto- Absurdos - Adriana Hidalgo Editora (287 págs. 9€)

Sudáfrica: Coetzee, Kentridge y Goldblatt

Foto David Goldblatt
Lateral (septiembre de 2002)
Coetzee, Kentridge, Goldblatt: Paisajes de la memoria
Isabel Núñez En la obra de Coetzee, Sudáfrica es un paisaje de fondo, inescapable. El peso doloroso de la vergüenza y el odio de la vieja segregación y el expolio, y al mismo tiempo la proximidad, las relaciones ambivalentes entre el mundo negro y el blanco. Incluso en la huida representada por el protagonista de Juventud, que se marcha a Londres empeñado en olvidar su pasado sudafricano y cortar todos los lazos, el país, con su luz especial, su extraña escenografía y su sangrante historia cobra aún más fuerza como identidad, como telón de fondo. Ciertamente es difícil sustraerse a una realidad histórica como el apartheid, con su larga estela de consecuencias. Pero tampoco es tan fácil ni tan habitual el dominio de Coetzee a la hora de convertirlo en materia literaria o en una mirada personal especial, poética, distante y a la vez conmovedora. Para mí, el descubrimiento de ese paisaje, de la memoria obsesiva de color terroso, de las inmensas extensiones de tierra donde las excavaciones mineras abandonadas han asolado todo, convirtiendo los alrededores de Johanesburgo en una especie de desierto lunar, o de la extravagante arquitectura de los templos ubicuos con que los blancos intentaban legitimar lo ilegitimable, tuvo un origen literario. Todo empezó con la traducción del catálogo de William Kentridge (Johanesburgo, 1955) para el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Kentridge es un artista de origen judío con una obra muy especial, insólita. Hace unos dibujos animados construidos con un método rudimentario y tal vez anacrónico, pero muy simbólico. Va dibujando, borrando, redibujando y alejándose para filmar con la cámara cada nuevo gesto. Sus dibujos, animados o sobre soporte fijo, reviven la fuerza de los grabados críticos de Hogarth o del propio Goya. Una obra suya de teatro, Woyceck on the Highveld, realizada conjuntamente con The Handspring Puppet Company, me impresionó vivamente. Kentridge escenifica el material real de los testimonios de los Juicios para la Verdad y la Reconciliación, en que los testigos –familiares y víctimas de persecuciones, vejaciones y torturas, o bien perseguidores implicados en tales actos— declaraban públicamente para aclarar y reconocer las fechorías perpetradas por el régimen racista. En la obra, las víctimas son marionetas, pero también hablan los actores que las mueven, y además están los dibujos animados que obligan a diversificar la mirada. El distanciamiento del humor y la poesía logran la catarsis con un efecto sorprendente, que recuerda a lo que el artista Art Spiegelman hizo al abordar el sufrimiento de su padre en los campos de exterminio de Hitler en su magnífico Maus. Cuando le dije a Kentridge que me había hecho pensar en Art Spiegelman, se alegró porque conocía y apreciaba su trabajo. Mi siguiente contacto con Sudáfrica estuvo también asociado a la traducción y al MACBA. Traduje el catálogo de David Goldblatt (Randfontein, 1930), cuya exposición retrospectiva se celebró en dicho museo y puede verse mientras escribo estas líneas en la Documenta de Kassel, comisariada por el también sudafricano Okwui Enwezor. Goldblatt, también de origen judío, y de ahí la cultura de la memoria y el análisis, compone un retrato individualizado, un relato propio del escenario sudafricano. Viaja en un autobús de madrugada para mostrar el largo viaje que los mineros sudafricanos deben hacer a diario: expulsados de sus tierras, expropiados y despojados de todo, desterrados a kilómetros de distancia de su trabajo, en las áridas tierras sobrantes que ningún granjero blanco podía aprovechar. Goldblatt se sumerge en las profundas minas y retrata a los mineros y el peligroso proceso de extracción de una riqueza que les es sustraída. O retrata sencillamente a la gente, de todos los grupos: los boers, los ultraderechistas, los patronos, los religiosos, la población negra o hindú, los propietarios de pequeños negocios expropiados y trasladados, los barrenderos, los trabajadores de la limpieza, las imponentes iglesias de la minoría blanca, los niños. Su mirada es abierta, sin juicios, un acercamiento que respeta y confía en el espectador, nos presenta a sus personajes, nos los muestra, y al mismo tiempo no es una mirada fría ni indiferente, sino completamente humana y empática, de alguien que se interroga e intenta comprender la violencia del mundo, el peso de la historia, a través de las pequeñas historias de la gente. El catálogo de Goldblatt incluía un texto de Coetzee sobre el paisaje y la luz africanos y su difícil relación con el concepto paisajístico europeo y decimonónico, reflejado en la pintura y la poesía romántica inglesa. Una nueva revelación. Cuando acabé con los textos de Goldblatt empecé a buscar libros de Coetzee: Infancia, Desgracia, Juventud, Vida de los animales, y no he parado hasta ahora. Así compuse mentalmente ese paisaje analítico, dolorosa y felizmente transformado en obra, ese background histórico del que ninguna sensibilidad puede escapar. La sensibilidad inteligente de Coetzee nos devuelve las impresiones y pensamientos de una conciencia precoz, para percibir el odio y todas las desigualdades en una red compleja. Y lo hace en su tono sobrio, de una fluidez sencilla y perfecta. El deseo, la melancólica desesperanza frente al conflicto de Desgracia, las distintas formas del amor o la complicidad (Edad de hierro) o la tristeza adolescente de Juventud (la diferencia entre los sueños y la realidad o la dificultad de escapar a sus raíces), todo está descrito con la misma fina precisión, el tono rítmico y elegante. Una escena de Infancia. En su cumpleaños, invita a sus tres mejores amigos a tomar helados en el Globe Café. Él se siente “principesco”. “La ocasión sería memorable, si no la estropearan los andrajosos niños de color que se pegan a la ventana para observarlos”... En las caras de estos niños no percibe el odio que, lo admite, él y sus amigos merecen por tener tanto dinero mientras que ellos no tienen ni un penique. Por el contrario, son como los niños que van al circo y se tragan el espectáculo completamente absortos, sin perderse nada.” Todo el mundo puede sentirse segregado, marginado en una sociedad tan estratificada y racista. Cuando, en el colegio, le preguntan “¿qué eres?”, a qué religión perteneces, el corazón le martillea mientras duda qué contestar. No es judío, no es católico, no es cristiano, su familia “no es nada”. Pensando ingenuamente en Cicerón y la cultura clásica, contesta "Roman Catholic": eso le vale sufrir otra segregación, pero es tarde para negarlo y declararse “cristiano”, como la mayoría protestante. Aterrado y silencioso, ha conseguido esquivar los azotes que sufren sus compañeros de colegio, manteniéndose en segundo plano. Pero también tiene que disimularlo para no suscitar la agresividad de los otros. No cuenta en su casa nada de lo que ocurre en la escuela. Se siente lejos de la masculinidad bruta de su padre y demasiado cerca de su contradictoria madre: asfixiado y dependiente, siente el peso del sacrificio que ella hace por sus hijos y le reprocha que le haya protegido tanto, que no le haya dejado curtirse con los castigos paternos, que ahora sea tan vulnerable. “La infancia, dice la Enciclopedia Infantil, es una época de alegría inocente... Nada de lo que él experimenta en Worcester, en casa o en el colegio, le lleva a pensar que la infancia sea nada más que una época de apretar los dientes y resistir.” He dicho que Coetzee capta todas las desigualdades en la sociedad terriblemente racista de Sudáfrica. Esto incluye la desigualdad femenina. Pocos escritores hombres han explicado tan bien sus sentimientos ambivalentes al respecto. Si la raíz de la misoginia está, como tan bien explica Christianne Olivier en Les enfants de Jocaste, en la dependencia excesiva (exclusiva, pero traicionada) de la madre en la primera infancia, bastaría con leer a Coetzee para comprender la teoría. Trasladados de Ciudad del Cabo a Worcester (un lugar parecido al infierno para el protagonista de Infancia), su madre no sabe conducir y decide aprender a ir en bicicleta. El marido se ríe de ella (sus amigos hombres le secundan), la censura, se burla ante la obstinación que la lleva a aprender sola. Su hijo simpatiza con ella, pero un día la ve un instante, pedaleando por una avenida de álamos con su blusa blanca. “Su pelo revolotea al viento. Parece joven, casi una muchacha, joven, fresca y misteriosa... escapando de él, escapando hacia su propio deseo. Él no quiere que se vaya. No quiere que ella tenga deseos. Quiere que se quede siempre en la casa, esperándolo. No suele aliarse con su padre contra ella: su única inclinación es aliarse con ella contra el padre. Pero en este caso, él está con los hombres.” Al final, ella acaba abandonando la bicicleta. Él sabe que la han derrotado. “...Y sabe que él tiene parte de la culpa. La compensaré algún día, se promete.” J. M. Coetzee. Desgracia (Barcelona: Mondadori, 2000) Infancia (Barcelona: Mondadori, 2001) Las vidas de los animales (2001) Juventud (Barcelona: Mondadori, 2002) Edad de hierro (Barcelona: Mondadori, 2002)

domingo, 11 de marzo de 2007

Corea y Japón: Chang-rae Lee

Culturas (Martes 13 de abril 2004) Detrás de la verdad ISABEL NÚÑEZ
Chang-rae Lee - "Una vida de gestos" - Traducción de Jesús Zulaika- ANAGRAMA (360 págs.17 €) ISABEL NÚÑEZ - 07/04/2004 En una pequeña ciudad de provincias del Estado de Nueva York, con su honrado establecimiento de material médico y ortopédico, Franklin Hata se ha esforzado por ser un ciudadano modélico, mediante sus gestos de extrema discreción y afabilidad, como un peaje en su intento de ser aceptado en una cultura extraña. Su actitud suave y perseverante le ha granjeado un respeto especial y la gente acude a él consultándole como si fuera un auténtico médico, con cierta veneración oriental. Originario de la marginada minoría coreana de Japón, el señor Hata tiene un oscuro pasado cuyo melancólico peso se expresa en los silencios y la actitud del personaje y que predomina asombrosamente en estas páginas, escritas con una economía elegante y una engañosa quietud. A medida que su hija adoptiva crece y la dificultad de relación con ella se hace más evidente, el tranquilo Hata va reconectando con los demonios de su pasado, que se nos revela casi en la tercera parte del libro. La experiencia que el protagonista habría preferido olvidar ha condicionado su presente y le ha llevado en cierto modo a fracasar (o a renunciar) en todas sus relaciones afectivas. Tal vez precisamente por el silencio que se ha impuesto sobre sus emociones, por la separación entre su auténtica manera de sentir y la necesidad de contentar a otros. Pero también por las dramáticas condiciones de la relación amorosa y pasional que tuvo en un contexto mucho más turbulento. En realidad, la historia de las jóvenes coreanas convertidas en esclavas sexuales para el placer de los soldados del ejército imperial japonés en la Segunda Guerra Mundial, donde Hata era oficial médico, es el núcleo que afecta y da sentido a toda la narración. Este acontecimiento histórico tiene hoy una triste vigencia, tan vergonzante y difícil de asumir como entonces, no sólo porque hace relativamente poco que el Estado japonés reconoció y pidió perdón por esos crímenes de las "casas de consuelo" y porque aún no se ha logrado la compensación de las víctimas –aproximadamente 200.000–, algunas de las cuales murieron y otras sobrevivieron con graves secuelas fisiológicas y psíquicas, sino porque el abuso y la violación sistemática de las mujeres sigue siendo una característica generalizada en las guerras actuales. Chang-rae Lee entrevistó a algunas supervivientes coreanas de aquella sclavitud, pero tuvo que buscar un ángulo distinto. En su primera versión, ua de esas mujeres contaba la historia en primera persona. La difícil decisión de cambiar dio estructura literaria y sentido a la historia. Fue el descubrimiento de un personaje sesgado lo que inspiró al autor: la idea de cómo viviría uno de aquellos hombres ocultando su pasado y digiriendo su culpa. Pero sobre todo, y esta es seguramente la clave de su acierto, en "Una vida de gestos", es más importante lo invisible que lo visible, es decir, todo lo que Hata ha silenciado con su meticulosa estrategia gestual y aparente, y que se rebela irónica e insidiosamente contra él.
Del mismo modo que su condición secreta, de espía, traicionaba al protagonista de "Lengua materna" –y la estructura de thriller era casi su coartada estructural–, aquí, lo silenciado, aunque su desvelamiento se produzca en pocas páginas, es lo que da vida a todo lo demás. El ángulo sesgado, delicado y púdico con que aborda ese tema sangrante, evitando hábilmente sentimentalismos mediante su táctica de distancia, a través de la melancolía suburbana y el camuflaje de su americanizado protagonista, la historia de amor y empatía que vivió en ese pasado y su fracaso para purgar su culpa y darle salida simbólica a través de la adopción, y el contraste de su carácter en el presente son los elementos que construyen una trama eficaz. Es el punto de vista de un hombre implicado en el bando perverso, que observa a esas mujeres, pero la sobriedad, al rescatarlas sin vehemencia ni falsa inocencia, ayuda a consolidar el núcleo ético de verdad literaria de esta sorprendente novela. Por su actitud, los dos protagonistas de las novelas de Chang-rae Lee comparten el silencio, la disciplina del secreto. Podríamos identificar cierto rasgo oriental (¿o tal vez británico?) en esa cortesía de la ocultación y el distanciamiento emocional; una idiosincrasia que contrasta con la ruidosa exhibición del yo americana y occidental. Chang-rae Lee explota con brillantez su legado oriental y su extraordinaria capacidad de observación, que convierte a sus personajes en espectadores privilegiados de sus propias vidas. Aunque el autor alude al "Dublineses" de Joyce como influencia principal, muchos críticos le han comparado a Ishiguro, probablemente por la capacidad de despojamiento y la extraña calma con que puede explorar las emociones. En definitiva, un nuevo valor seguro en la literatura contemporánea. Detrás de la verdad LA VANGUARDIA - 07/04/2004
Chang-rae Lee (Corea del Sur, 1965) nació en Seúl, pero a los dos años se trasladó a EE.UU. con sus padres. Estudió en Yale y en la Universidad de Oregon. Su primera novela, "En lengua materna" (Anagrama, 2003), recibió el PEN Hemingway Book Award y el American Book Award. A través de la crisis de una relación, el autor exploraba con humor y melancolía temas de identidad, o cómo la pérdida de un hijo, unida al carácter y la condición de espía del protagonista –lleno de secretos y de silencio–, podían minar la historia de una pareja. La sobria economía y el distanciamiento (¿oriental?) ya hicieron brillar entonces el talento literario de Changrae Lee. "Una vida de gestos" es su segunda novela.
Por el juego con los géneros, su obra puede considerarse posmoderna: "No soy un escritor experimental, pero siempre me ha gustado mezclar distintas convenciones. Las historias son convencionales en cierto nivel, pero los personajes no participan tanto de esos códigos. En 'Lengua materna', yo jugaba claramente con la convención de un thriller o una novela de espías, pero sin involucrarme tanto en ese género; me interesaba en un nivel mecánico, para luego intentar ir más allá", ha declarado. Ciertamente, sus dos novelas plantean, entre otros temas más personales como la soledad o las dificultades de relación, cuestiones que pueden considerarse políticas: la identidad, la inmigración, la violencia contra las mujeres, la injusticia silenciada... Pero cuando le preguntan si se considera un escritor político, Changrae Lee responde: "Creo que si eres un artista, acabas siendo político... Ser artista significa contar una verdad, con todas las implicaciones que tiene". Su interés por las mujeres esclavizadas en las "casas de consuelo" del ejército japonés fue esencialmente humano. "Yo observo momentos humanos", ha dicho. Tras leer sobre los hechos, decidió viajar a Corea para entrevistar a varias de estas mujeres, que vivían en la casa cedida por unos monjes budistas. Para él, lo más revelador no fue descubrir ningún dato nuevo, sino escuchar sus voces, ser testigo de sus relatos y su verdad: "Nada puede compararse a eso". Pero era un material "terrible, paradójicamente demasiado directo como para encontrar un núcleo dramático en él. Y entonces surgió un nuevo personaje lateral". "Mi mente lo siguió fuera de aquella escena... Lo imaginaba como un hombre próspero en otro país, con una familia, aunque atípica..." "Para mí, eso es lo que debería hacer la ficción: centrarse en las consecuencias de un hecho, histórico o no, y mostrar qué pasa, cómo vive la gente en la estela de ese hecho. Porque muchos sobreviven y a veces muy bien. Es lo escalofriante de la naturaleza humana...". Bien acogido por el público y la crítica, elegido por "The New Yorker" como uno de los veinte escritores del siglo XXI y finalista de la lista de "Granta", Chang-rae Lee es obviamente un autor a seguir.

BALCANES: Marianne Costa

Foto: Estación de Vukovar
Culturas (25 de mayo 2005) Novela
Terapia bosnia ISABEL NÚÑEZ - 25/05/2005
Marianne Costa nació en Francia a finales de los años sesenta. Su trayectoria es ecléctica: licenciada en Literatura Comparada, fue cantante de rock, trabaja como actriz y traductora, aprendió serbocroata, se fue a Sarajevo en la posguerra balcánica, donde dirigió talleres de escritura y colaboró con el activo Centre André Malraux. Ha publicado dos libros de poemas, Angels & after (2001) y Pin-up chrysalide (2004), es tarotóloga y forma equipo con Alejandro Jodorowsky, con quien firmó La vía del tarot (2004). Su primera novela, El infierno prometido, respira esa multiplicidad de intereses. Cuenta la historia de Alicia quien, tras superar una depresión, se enamora de un barman, un hosco (balcánico) obsesionado con la guerra, que fuma sin parar, repite estereotipos sobre la heroica lucha de sus hermanos abandonados y posee a Alicia sin apenas mirarla. El día en que él la abandona, ella pierde el olfato. Tras varias visitas a un terapeuta semigurú y unos rituales de psicomagia, Alicia se marcha allá, al país de la guerra, donde trabajará como traductora, terapeuta, periodista oficiosa, testigo de crímenes de guerra. Para quien haya visitado ese país es fácil reconocer el paisaje rural de Bosnia y la ciudad de las colinas, tan vulnerable a los francotiradores durante el asedio, agujereada por los impactos, o la efervescencia vital y la hospitalidad asombrosa de sus habitantes. Además de los pastelillos de amapola, el físico de la gente o la compulsión de fumar, la Biblioteca Nacional incendiada, la arquitectura austrohúngara-soviética-otomana, he reconocido algún personaje real de Sarajevo en estas páginas.
La trama acumula sorpresas y la novela está escrita con una fluidez que facilita la lectura de corrido. La voz de la autora es inteligente y su aire etéreo no le impide profundizar en el análisis del personaje y sus relaciones. En el proceso, la anticarrolliana Alicia pasará al otro lado del espejo, se curará de su relación desequilibrada y hallará otras formas de encuentro. El humor irónico, la fuerza poética del lenguaje esotérico-analítico, junto con la frescura y el ritmo, son las herramientas que utiliza Marianne Costa para construir su historia.
Hay un núcleo de sinceridad en la novela y momentos capaces de perdurar. También está la crítica a la no-reacción europea durante el conflicto, la sumisión de la prensa a los estereotipos y sus escandalosos silencios, el engaño de los acuerdos de Dayton (siempre sin nombres, como la escena que parodia la visita del intelectual mediático al territorio en guerra, obviamente el charmant BHL luciéndose en Sarajevo con su vistosa partner) y la perplejidad ante la violencia sádica que caracterizó el conflicto. La traducción apoya el texto con eficacia. Marianne Costa El infierno prometido - Traducción de María Teresa Gallego Urrutia - SIRUELA (373 págs. 22,50 €)

BALCANES: Judi Zeh

Foto: El viejo puente de Mostar
La Vanguardia Cultura/s (15/01/2003)
Secuelas de una guerra Tarantino en los Balcanes ISABEL NÚÑEZ
Juli Zeh (Bonn, 1974) es una de las nuevas revelaciones que nos llegan de Alemania en avalancha, pero su trayectoria particular, su actitud y su forma de escribir la convierten en un caso atípico. Zeh estudió Derecho en Leipzig, con máster en Derecho Internacional y diploma en Literatura. Trabajó para la ONU en Nueva York y Cracovia. Ha publicado un libro de viajes por Bosnia y dos ensayos, con numerosos premios. Los derechos de su novela Águilas y ángeles se han vendido a quince países y la crítica alemana la ha acogido con entusiasmo. El narrador de la novela, Max, es un joven y brillante jurista que, tras un pasado de drogas y excesos, logra el éxito en un gran bufete especializado en derecho internacional. El repentino suicidio de su novia, la frágil y no tan inocente Jessie, reaparecida como un fantasma del pasado, pidiéndole protección, trastorna su vida y su carrera. Max confía su historia a Clara, una periodista radiofónica que le utiliza como material de investigación para su tesina, y juntos emprenden un viaje a Viena.
La narración retrospectiva y los hechos del presente revelarán, tras la sombra de Jessie, una oscura trama de tráfico de drogas en pleno conflicto de los Balcanes, como fuente de financiación serbia e implicando a los propios genocidas perseguidos internacionalmente. El primer rasgo que sorprende en este insólito thriller es la extrema dureza de la narración, sobre todo en la primera mitad del libro, donde una violencia gestual, casi simbólica, se une a la árida y escatológica descripción de la vida cotidiana de Max, marcada por la desesperación y la soledad ensimismada, el abandono vital y la ausencia de ideales. Sólo el humor inteligente y la sutileza de las imágenes ayudan a atravesar esas páginas, donde los personajes no se permiten ni un ápice de afecto, ni siquiera de respeto. Después, el acercamiento físico y cierta ternura entre Max y Clara, unidos por intereses coyunturales, o el amor adivinado en la crónica que hace Max sobre la enigmática Jessie permiten continuar la lectura y ofrecen el contrapeso a los signos de la trama oculta.
La crítica feroz a la sociedad contemporánea y la forma desvergonzada y amoral con que la expone le han valido a Zeh la comparación con Houellebecq, pese a la diferencia temática que los separa. En este caso, se trata de la hipocresía y la implicación de la sociedad internacional en el conflicto balcánico, con la sanguinaria crueldad de la guerra. También se trata del siempre polémico discurso de la introyección de la violencia social –con su vertiente autodestructiva de drogadicción o su ciego individualismo sin escrúpulos– en la actitud personal de los protagonistas: de ahí la asociación con Tarantino. La dureza de los hechos asociados al conflicto de los Balcanes o el amargo cinismo con que los acepta el protagonista implican una reflexión sobre la amoralidad del sistema, el auténtico significado de las guerras y los intereses ocultos que las mueven, las limitaciones de los tribunales internacionales y la violencia arbitraria de la guerra. El expediente del sádico criminal de guerra serbio exculpado gracias al bufete de abogados de Max, o una escena de horror sádico en Bosnia, narrada por Jessie, mensajera de la red de traficantes de cocaína,son algunos ejemplos. La idea de que las guerras contemporáneas sirven para hacer negocios, conseguir petróleo o garantizar el expolio y los beneficios de las grandes corporaciones late en estas páginas.
Águilas y ángeles no es una novela amable, ni dulce, sino triste y desazonada, pero ofrece claves para repensar nuestro mundo contemporáneo, imágenes poéticas de un universo personal, personajes intensos capaces de conmover, momentos de humor y fina ironía y, sobre todo, el dominio literario de una autora sorprendentemente joven, con todos los recursos para desarrollar una brillante carrera literaria. Entrevista a Juli Zeh "Echo de menos la moralidad" LA VANGUARDIA - 15/01/2003 I. N. La escritora alemana Julie Zeh refleja en "Águilas y ángeles" una visión despiadada de la corrupción y la hipocresía internacional en el conflicto de los Balcanes, a través de una historia de amor y de pérdida marcada por el pesimismo. En la primera parte de su novela, sorprende la dureza, la crueldad gestual entre los protagonistas. Yo intentaba mostrar un estado mental y emocional, un estado en el que alguien ya no es capaz de compartir ni comunicar con los demás seres humanos. Max se perdió al perder a su adorada Jessie y al dejar su trabajo, en el que creía de una forma casi religiosa. El principio de la novela marca el punto más bajo posible del estado de la mente, el corazón y el alma de Max. A partir de ese grado cero emocional, se inicia un proceso de reconstrucción de su personalidad, que él logra contando su historia e intentando comprender qué hechos han determinado su destino. Max afirma que, como jurista, es amoral. ¿Se identifica con esa actitud?
No. Yo me considero una persona moral, con una ética. Toda mi vida he buscado un orden ético capaz de redefinir los términos de bien y mal (ya que nunca he logrado confiar en una religión). Soy una persona que echa de menos la moralidad; y probablemente ése sea ya el estándar más elevado de moralidad posible en nuestra presente situación cultural y filosófica. Lo que dice Max en el libro se deriva de una actitud que yo he descubierto a menudo escuchando a colegas del ámbito legal. Usted es alemana, pero vive en Zagreb. Hábleme de su trabajo y de la vida en los Balcanes. En realidad vivo en Leipzig, me gusta esa ciudad... También me gusta Zagreb y tengo que volver. Ahora trabajo durante dos meses para la embajada alemana. Son prácticas de dos años con abogados alemanes antes del último examen de estado. En cuanto a Zagreb, no es una ciudad representativa. La actual situación de los Balcanes apenas se percibe desde aquí. La ciudad tiene un aspecto muy similar al de Viena y se hace todo lo posible para que parezca incluso más "occidental" que París. La guerra queda en segundo plano, la gente no habla de ello aquí (en Bosnia, la gente es mucho más abierta en ese aspecto); intentan concentrarse al máximo en el futuro. Hábleme de su libro "Die Stille ist ein Geräusch" y de sus ensayos y artículos. "Die Stille ist ein Geräusch" es un libro sobre Bosnia y Herzegovina en el que cuento mis experiencias allí y los sentimientos y pensamientos que surgieron a raíz de un viaje por Bosnia en el verano del 2001. En mis ensayos y artículos he abordado muy distintos temas: la situación de la joven literatura alemana en la actualidad, mi generación y su relación con el dinero y la profesión, la ampliación de la Unión Europea, los Balcanes... Escribo en "Die Zeit" y "Der Spiegel", ocasionalmente en "Die Welt". ¿Qué escritores le interesan más? Balzac, Dostoievski y Thomas Mann son mis maestros. Arno Schmidt es mi favorito en el sentido de cómo abordar el lenguaje. Y mi autor contemporáneo preferido es Olga Tokarczuk. ¿Qué es lo que le interesaba más al escribir "Águilas y ángeles"? Lo que más me interesaba era expresar ideas y sentimientos que me inquietaron durante un largo periodo de mi vida. La mayor parte de ellos surgían o estaban asociados a las relaciones personales. La trama de la novela –política, tráfico de drogas, conflicto bélico, etcétera– es más bien un telón de fondo para mí. Lo más importante son las relaciones entre Max y Jessie, y Max y Clara. En cuanto a la guerra en Bosnia, lo que más me sorprendió es que, visto desde allí, no parecía que el conflicto fuera la consecuencia del odio entre los tres grupos étnicos que viven en ese país, según nos contaban los medios en Occidente. ¿Cree que en su generación no existe el consuelo de la amistad o quizás de la propia literatura? ¿O ese nihilismo es sólo una exigencia narrativa de su novela? Yo creo que mi generación es incluso muy optimista (comparada a la de los ochenta, en que todo el mundo estaba esperando la guerra nuclear). El nihilismo de la novela es un nihilismo "personal" de Max (y en parte, también mío), que surge de una actitud psicológica frente a ciertas experiencias de fondo. Toda esta configuración juega un rol crucial, pues demuestra que nada de lo que existe en un contexto hiperindividualista sirve para apoyar a alguien cuando cae de verdad. Mi generación es optimista mientras todo vaya bien y nadie intente descubrir la verdad subyacente. Pero una mala experiencia fuerza a pensar las cosas con mayor profundidad, y entonces no sirven de apoyo las ideas con las que vivimos.

BALCANES: Mathias Enard



Foto: I.N., Gato de Sarajevo, 2003




Soliloquio del francotirador
Novela



ISABEL NÚÑEZ



Culturas, 01/12/2004




Un francotirador, apostado en los tejados de una ciudad no identificada, cualquier Beirut de nuestra época (o Sarajevo o Vukovar, aunque los nombres arabizantes evocan Oriente Medio), se concentra en la perfección del tiro como lo haría un samurai o un artista clásico. Perdida ya no sólo toda moralidad, sino cualquier sentido de la realidad más allá de los límites de su propia supervivencia, el narrador contempla a los demás habitantes del mundo como hipotéticos blancos y se relaciona con ellos casi exclusivamente como tirador. La guerra ha invadido la ciudad, ha engullido y transformado la cotidianeidad y la depreciación de la vida humana es tan completa que su horror sólo aparece aquí como el paisaje que atraviesa el orgulloso y solitario protagonista, prestigioso héroe que apenas concibe ya una realidad sin guerra, un trabajo que no consista en matar. La presencia de una adolescente a la que contrata para que cuide de su enloquecida madre –se trata, sobre todo, de acallar las protestas de los vecinos por los gritos de la mujer alucinada– es el único elemento capaz de alterar ese paisaje. El deseo parece, por un momento, despertar ternura, contención y cierta alegría en el narrador. Pero es un momento fugaz, ilusorio, un pequeño paréntesis en su mente de psicópata.

Narrada con un dominio y una economía de lenguaje que deslumbran, esta novela breve, que le valió a su autor el premio Emée de La Rochefoucauld y el Prix des Cinq Continents de la Francophonie 2004, restituye con precisión la realidad de la guerra como orgía, según la definición de Durkheim. Más allá de la falacia de atribuir la fiesta de la sangre y la embriaguez de la violencia a unos cuantos locos primitivos, el autor la devuelve a su lugar, inherente a la condición humana y la civilización, reverso de nuestra sociedad, por el simple procedimiento de convertir al francotirador en narrador. Mediante sus gestos, sus pensamientos y su poética del horror, recordamos que la guerra no es una excepción, sino una condición crónica, que estalla una y otra vez tras los intervalos de una paz ficticia, una paz que camufla otras guerras soterradas de poder económico y social y dominación
La perfección del tiro es la sorprendente primera novela de Mathias Enard (1972), traductor y profesor de lenguas orientales, que ha vivido en Oriente Medio durante años y en la actualidad reside en Barcelona. Espléndidamente traducido por Manuel Serrat Crespo, este libro de tan cuidada edición es uno de los primeros frutos de Reverso Ediciones, la nueva editorial impulsada por Ana Nuño y apoyada en su presentación por Juan Goytisolo, como iniciativa contracorriente ante las estrechas limitaciones mercantiles del mundo editorial. Uno de los rasgos que muestran su excepcionalidad es el lugar que se concede a la traducción, reflejado en la presentación del traductor que se hace en la pestaña del libro. Sin duda el nacimiento de esta editorial es una buena noticia para los lectores, pero también para críticos y traductores.

BALCANES Igor Marojević

Foto: I. N, Igor Marojević en Port Bou, 2005

NARRATIVA
Igor Marojević, El engaño de Dios, Barcelona, 2006, 77 pp.
(escrito para Letras Libres, no llegó a publicarse)

En general, las novelas de las épocas que preceden a los momentos históricos de locura generalizada suelen ser especialmente interesantes, como ocurría respecto al nazismo, en el Adiós a Berlín de Isherwood o sobre todo, en La nave de los locos de Katherine Anne Porter. Captar la atmósfera de esos momentos ayuda a imaginar cómo empiezan a extenderse los prejuicios, el miedo, el extrañamiento que acaba empujando a la gente a adherirse a un discurso desenfrenado e irracional. El engaño de Dios, la novela de Igor Marojević (Vrbas, 1968) no se sitúa precisamente antes, sino en plena guerra de la ex Yugoslavia, en plena era Milošević, y sin embargo comparte con esas novelas la perspectiva que permite captar lo ocurrido de otra manera. ¿Cómo lo hace?
Creo que la literatura es también una cuestión de ángulo. Un ángulo distinto desde el que contemplar las cosas. En este caso, se trata de un ángulo oblicuo, sesgado. Estos personajes, que giran de forma hiperbólica en torno a la idea del suicidio, sirven, si la literatura es también fuente de conocimiento, para dibujar el amargo panorama de la ex Yugoslavia, y de una ciudad, Belgrado, justo antes de ser bombardeada por la OTAN. La sensación de vivir en un lugar donde todo el mundo parece haberse vuelto loco.
El protagonista, Oliver Jablan, mientras recopila bibliografía y reflexiones sobre la renuncia a la vida, decide, en un interesante (e irónico) requiebro típico de su autor, renunciar a la renuncia, buscando una forma alternativa de morir sin tener que actuar. Empieza su periplo huyendo de ese pueblo de Perast que ya había inspirado a Marojevic un cuento con ese título, publicado en castellano por la revista Lateral, en la pura tradición bernhardiana del anti-heimat, el odio y la crítica al propio país, que para un escritor es amor-odio, siempre ambivalente, puesto que esa tierra que detesta también es su obsesión, la fuente de su prosa. Perast es, para Marojevic, un lugar que mata, un bonito pueblo marítimo cuya atmósfera –tal vez las aguas subterráneas que circulan bajo sus calles, especula el narrador—, produce un extraño ánimo lúgubre en sus habitantes, incluso en los visitantes ocasionales, que acaba conduciendo inevitablemente al suicidio. En ese itinerario entre Perast y la ciudad de Belgrado, Oliver va descubriendo a una serie de personajes tan obsesionados como él, que buscan la muerte de distintas maneras o se dejan morir, en un curioso intento de sustraerse a la ira de Dios, engañándole en su pecaminosa búsqueda de la muerte con su dejación aparentemente involuntaria, a ese mismo Dios que quizás, como sugiere el título o como escribió Gonzalo Pontón en el excelente texto de la contraportada, tal vez les haya engañado a todos.
Así, a excepción de la voluble y excéntrica bibliotecaria Vanda, que resulta la más valerosa, los demás buscan otras vías, otras formas de matarse: la literatura suicida, la música que mata, el bronceado en las cabinas de sol artificial, el riesgo físico en el trabajo, el sexo llevado al extremo o incluso la propia negación de la cuestión, con una delirante asociación anti-suicidio llamada Ptolomeo I, o bien –un detalle real que demostraba la locura del momento— los carteles de TARGET colocados en la frente de los belgradenses que esperan ser alcanzados por el fuego de la OTAN. La danza de todos ellos se va desplegando alocadamente hasta el desenlace final, en una extraña fiesta, una mascarada que coincide con el bombardeo de 1999.
Ese ángulo sesgado o esa alegoría le permite al autor contar todo esto, sin tener que hablar nunca strictu senso del nacionalismo extremo, ni del discurso desaforado que llevó a la guerra, ni de los crímenes que se cometieron, transmitiendo de un modo más delicado la sombría locura que cimentó la destrucción de un país. Y da unas claves para comprender la experiencia de otros serbios que sólo podían sufrir las consecuencias de la locura dominante, lo que significa para alguien con sensibilidad o espíritu crítico vivir en la ex Yugoslavia, no sólo entonces sino quizás también ahora, que apenas sale en nuestros medios (excepto en el reciente entierro de Milošević, en torno al cual, los miembros de un grupo anarquista celebraron una performance clavándole una estaca como si fuera un vampiro, un signo de que su espíritu no ha muerto ni su guerra ha terminado). Un país donde el libro de un criminal de guerra o del asesino del primer presidente demócrata siguen siendo best-séllers y donde otros criminales fugados siguen escondidos y apoyados por las mafias locales y una parte de la población, para no entregarlos al Tribunal Penal Internacional de La Haya. De todo esto se habla de alguna manera en El engaño de Dios, sin necesidad de nombrarlo.
Lo particular permite acceder a lo universal a través de las microrrealidades de estos personajes, con la elegancia de evitarnos lo obvio y de transmitir el dolor con una distancia irónica, a través de una parodia general. La economía, incluso el formato de nouvelle, que ahora suelen rechazar los editores más mercantiles, convierte esta historia en una lectura fluida y placentera.
Sin abandonar la contención emocional ni un humor negro a veces disparatado, el narrador muestra también lo que le une, pese a todo, a la vida, aunque sea como pura supervivencia melancólica: por un lado la sensualidad, los olores de las cosas, la contemplación fascinada, burlona, y diría que también misógina de las mujeres que le rodean, pero sobre todo, su capacidad de percibir la ironía que rige las cosas, la tragicomedia que convierte en patético e hilarante el destino del mundo. Como en la frase de Truman Capote de que “el mundo está loco y lo único cuerdo está en el arte”, todos estos vínculos con la vida, con la posibilidad de contarla, transmiten su pasión por la literatura, que sería el terreno seguro, la salvación que redime casi todo lo demás, la literatura como un lugar mejor en el que vivir.

Barcelona y Argentina: Jordi Bonells

Foto: Barcelona, 1936 Culturas La Vanguardia (6 diciembre 2006)
ESCRITURAS Narrativa
Quien se aleja de su casa ya ha vuelto
ISABEL NÚÑEZ
Jordi Bonells - Dios no sale en la foto / Déu no surt a la foto. Traducción al castellano de Isabel Lacruz Bassols
y al catalán de Pau Joan Hernàndez. FUNAMBULISTA / EDICIONS 62 - 206 / 144 págs. - 15,95 / 16 €
ISABEL NÚÑEZ En Esperando a Beckett, Jordi Bonells (Barcelona, 1951), presentado en el posfacio como "un desaparecido de nuestra literatura", escribió algo que fascinó a Enrique Vila-Matas: "Nací en Barcelona, y toda mi vida me la he pasado y me la pasaré yéndome de ella. No hay nada que hacer. Es la razón por la que intento ir lo menos posible a mi ciudad natal: cuando estoy en ella sólo tengo ganas de abandonarla. Vivo en una permanente desaparición... Por el contrario, he vivido en Buenos Aires durante algunos años y sólo tengo una idea en mente: volver allí cuando me jubile, o antes si puedo. Lo trágico es que quizá no vuelva nunca y mi temor, por uno de esos extraños tumbos de la vida, es acabar viviendo en Bélgica y que me entierren en Bruselas". Es la esencia del personaje del propio Bonells, narrador de los tres libros que ha publicado en España, un catalán convertido en escritor de culto francés, que sólo ha vuelto a escribir en castellano "porque un editor madrileño quiso publicarme". Profesor de literatura hispánica en Toulon, finalista del premio Herralde en 1988 y del Planeta en el 2000, Bonells vive en Marsella, con su mujer argentina y su hijo y, según declara, no tiene amigos franceses, sino argentinos, y no usa el catalán porque "ya no me quedan amigos con quienes hablarlo". Desdeña géneros y clasificaciones con cierta irritación y se sitúa en un terreno bartlebiano. Dice que no le interesa hablar de libros (ya lo hace en sus clases), que sólo escribe cuando le sobra tiempo, que sus gustos literarios son antiguos, y reivindica a Papini y a Zweig, pero es borgiano confeso, beckettiano por inspiración, y la asociación con Bolaño y Vila-Matas es inevitable desde su deslumbrante La segunda desaparición de Majorana (donde el narrador viaja a Buenos Aires en busca de un físico italiano desaparecido) y su escritura, no sólo por la distorsión de los géneros y la metaliteratura, sino también por la ironía y el tono, es claramente contemporánea. Dios no sale en la foto es la evocación del padre muerto, la revisitación de una ciudad que desaparece bajo las excavadoras (la fiebre inmobiliaria que ha devorado los jardines, pero también la Barcelona anarquista y revolucionaria, hoy enterrada y convertida en inmenso centro comercial), la reconstrucción de lo que no sale en la foto –con ese personaje de Dios irónico, un dios que duda e improvisa sobre la marcha, desbordado por un mundo complejo y por la estupidez y la perversión de los hombres–, como reverso de lo que se cuenta, los amigos anarquistas en las calles rodoredianas, la familia, la tensión erótica encarnada en la tía monja, frustrada hasta una poética locura, y cierta inocencia en la resolución narrativa de esos personajes que contrasta con un agudo registro de la pérdida, de ese padre del que la hermana y el narrador ya no hablan, pero que "no ha salido de nuestras vidas. Al contrario, ha entrado en lo más hondo de ellas".
Si bien la ficción autobiográfica permite a Bonells construir un hilo reiterativo que salta de uno a otro de sus libros, ciñéndose a ese material personal, también muestra quiebros poéticos fabuladores que recuerdan a Isak Dinesen, Carson McCullers o al Günter Grass de El tambor de hojalata. Así, ese padre que de pequeño estudia piano con una profesora vieja y fumadora, y las volutas de humo que le obligan a tocar lagrimeando los valses de Chopin, le harán odiar el instrumento y le convertirán irónicamente en adicto al tabaco. Un padre anarquista que acabará como chófer de un alemán en una mansión de Sant Gervasi, siempre con un humor negro que no excluye cierta nostalgia estética: "Creo que la guerra española consagró el triunfo del fracaso... la victoria no vale lo que la renuncia".
En Esperando a Beckett, Bonells traza su pasado en una ciudad de la que decidió huir "para no desaparecer", adentrándose en un ingenioso juego de letras B que explicaría sus fobias y filias y su obsesión por Beckett, al que lee "como quien mira un cuadro", sin entender el francés, entre la biblioteca del señor alemán y la librería Letteradura. Las mismas referencias familiares, filosóficas (Spinoza, Schopenhauer) y literarias se ordenan de distinta forma, idénticas piezas de un puzzle distinto, en un remix de escenas como aquella en la que el narrador lleva a su hijo a ver la casa donde vivió, que las excavadoras están destruyendo. Sin perder el equilibrio entre la ligereza de su juego y su pesimismo bernhardiano, obsesionado por la pérdida y la fatalidad. Era difícil superar La segunda desaparición de Majorana, donde el pulso narrativo de Bonells es firme y no sufre irregularidad ni descalabro alguno. Apoyado en la historia de Argentina, en la banalidad del mal arendtiana (el nazi oculto con una vida pequeña y afable, a la espera del momento en que será al fin descubierto y su destino cambiará conla frase: "Un momentito, señor"), pero también en la celebración de la ciudad de Buenos Aires, con sus atractivos y horrores, el psicoanálisis, el boxeo, los escritores (Gombrowicz, Puig, Chatwin, Arlt...), los amigos, los desaparecidos de la dictadura, la corrupción de Menem, la exuberancia libre y expresiva de la lengua porteña y, al final, la ficción devora la realidad como la selva recubre una antigua civilización: Majorana logra su autonomía, sumiendo al narrador en una nueva perplejidad.

Madrid: Jesús Ferrero

La Vanguardia Cultura/s
Escrituras - Novela - Un símbolo del 39
ISABEL NÚÑEZ
Jesús Ferrero, Las trece rosas. SIRUELA (233 págs.17,50 €)
ISABEL NÚÑEZ - 07/05/2003 En el contexto de recuperación de la memoria histórica de este país, que parece despertar por fin de su amnesia, coincidiendo con la emergencia de la conciencia crítica en la calle, aparecen también felizmente resonancias de esa misma sensibilidad en la literatura. En este caso, Jesús Ferrero (Zamora, 1952) se aleja del género documental o de la novela histórica y simplemente toma un hecho dramático, la ejecución de trece mujeres, menores de edad, por pura ideología o afinidades con el bando republicano. El hecho, que generó cierta leyenda pese a ser silenciado, fue uno de tantos gestos simbólicos de brutalidad ejemplarizante y vindicativa del victorioso frente nacional.
El silencio despiadado que cayó sobre estas víctimas inocentes, como sobre tantos otros desaparecidos hasta hoy (el Gobierno actual aún se niega a sufragar las excavaciones para encontrar sus tumbas, aunque sí financia las búsquedas de muertos del bando nacional en Alemania), sólo añade un componente dramático más sobre su destino. Se trata de una novela poética, a veces casi épica, donde el autor muestra su maduración mediante un despojamiento y una contención que no tenían sus anteriores novelas. Tal vez su mayor acierto (literario) sería contar estas escenas como parte de un delirio, una locura, una percepción distorsionada que afecta a todos, verdugos y víctimas. Las presas no ven o se les difuminan los contornos de la realidad, o acaso sea la proximidad del manicomio, donde un muchacho cree que lo que ve forma parte de un rodaje, pero también uno de los policías torturadores confunde a su víctima con la novia inaccesible que aún le rechaza. La sensación de asfixia que transmiten esas distorsiones de la percepción, pero también los sueños como vía de escape, los movimientos de esas mujeres, casi describiendo una coreografía (de ahí el acierto de la foto de Pina Bausch en la cubierta), todos esos elementos forman un engranaje poético que funciona, mientras que la narración va más allá y adquiere una verdad profunda, una verdad poética que no pretende simplemente contar la historia de este país, sino que viaja al meollo, a su base simbólica, para decir algo más, decir algo literariamente. Esta profundidad nueva sitúa a Ferrero lejos de "Belver Yin". Por otra parte, diría que su mirada sobre estas mujeres, el acercamiento y penetración más sutil en el universo de sus personajes femeninos, tiene algo de reconciliación con el género femenino, o en todo caso parece distanciarle del autor que afirmó una vez en la televisión que no existían mujeres escritoras, que Jane Austen o Virginia Woolf eran sólo un fraude. Si los años, su sensibilidad literaria o la conciencia de vivir en un país tan profundamente misógino le han curado de esa enfermedad, parece un motivo para felicitarnos. En conjunto, Jesús Ferrero ha logrado componer un cuadro poético original, con su mirada sobre uno solo de los gestos trágicos de la España terrible de 1939.

BALCANES Aleksandar Hemon

Narrativa Sarajevo desde América ISABEL NÚÑEZ Aleksandar Hemon - “El hombre de ninguna parte” - ANAGRAMA - Traducción de Damián Alou (255 págs. 14,50€)

Un escritor serbio decía hace poco que Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) ha logrado escapar de la influencia decisiva de Danilo Kis sobre todos los escritores de la antigua Yugoslavia adoptando el inglés y convirtiéndose en escritor norteamericano. Pero sin duda, una de las cosas que más fascinan a la crítica anglosajona es la renovación del idioma, de la cultura narrativa y de la forma que Hemon aporta con su legado kisiano contemporaneizado y filtrado por su particular uso del inglés. Otro de los logros de Hemon que producen el encantamiento desde las primeras páginas son esas imágenes cuya potencia no es sólo visual, sino emocional: contienen la esencia de su humor melancólico, de su tristeza irónica, tan eslava, tan balcánica, de su poética sarajeviana, de su fascinación mitteleuropea por el peso de la historia visto como narrativa, no como épica, sino con la lente microscópica de un personaje. Todo esto, que ya aparecía en la magnífica serie de relatos “La cuestión de Bruno” (Anagrama, 2001), se reafirma en esta insólita novela, “El hombre de ninguna parte”, el “Nowhere Man” de la canción de los Beatles, el mismo Jozef Pronek del relato “La cuestión de Bruno”, que intenta sobrevivir en Chicago mediante una serie de trabajos miserables, luchando por escapar a su extranjeridad maldita, con su inglés defectuoso de balcánico (la cómica dificultad de poner artículos para los hablantes de una lengua que no los tiene), que le sirve al autor para reforzar su autoironía característica, mientras, lejos del personaje, su país se fragmenta y destruye en la guerra salvaje de los años noventa, que parece no haber tenido nunca fin. También hay un retorno al pasado, en un largo capítulo que cuenta la juventud de Jozef, su banda de música filobeatle, sus torpes iniciaciones amorosas, su incursión a Kiev, la amistad y la destrucción juvenil, el pasado comunista, la infiltración de la política y la administración en la vida cotidiana. Y después, de nuevo en Chicago, su acercamiento al amor, intentando sustituir el dolor y el pesar que le oprimen, mientras las cartas de los amigos le envían noticias de guerra –cómo la metralla se lleva las piernas de su ex novia en un mercado, cómo se suicida un caballo hambriento, cómo el rencor y la conciencia de ser destruidos vuelve locamente agresivos a algunos sarajevianos—, y Jozef contempla su propia pulsión destructiva en una escena doméstica con un ratón. No falta un enigmático final histórico que resitúa al “hombre de ninguna parte”. Pero antes, Hemon nos ha desconcertado con sus juegos de personalidad, con ese Jozef siempre desdoblado, que se presenta a sus interlocutores con identidades y nacionalidades distintas (en una ocasión, simplemente como “otra persona”), o que conserva un yo quieto y espectador mientras su cuerpo destroza los muebles que le rodean en su desesperado arrebato de tristeza infantil... Y sobre todo, con esos narradores fantasmas, que intervienen en la historia a traición, abriendo misterios de fantasía e interrogantes sobre su sospechosa omnisciencia, como la mano que calma a Jozef en su ataque post-ratón, murmurándole unas palabras en serbocroata. Pero incluso esa fantasía liga bien con la fantasía ambiental, donde todo, las persianas que farfullan, los colgadores de toallas que tiemblan, la butaca que abraza al que se sienta, las mariposas que se arrancan las alas una a otra en el estómago de Jozef, reinterpretando la típica expresión inglesa de las náuseas, el papel higiénico que palpita como una medusa en el váter, las gotas tercas del grifo, el conductor que le apunta y dispara con el dedo al pasar, los huevos hirviendo como ojos sin iris, todo participa de esa melancolía literaria y autoirónica de un Hemon que se libera de su historia contándonosla y convirtiéndola en pura literatura. Y la versión castellana de Damián Alou, pese a los que escollos a los que se enfrenta, transluce la estructura inteligentemente sencilla del inglés de Hemon y el placer casi sensual que el autor parece hallar en la escritura.