sábado, 24 de julio de 2010

Mi reseña de Bernard Quiriny en La Vanguardia

Foto: I.N., Un gato provenzal, cerca de la haute église, 2010
La Vanguardia Cultura/s del 21 de julio de 2010
Cuentos borgianos ISABEL NÚÑEZ Cuentos Carnívoros Bernard Quiriny Prólogo de Enrique Vila-Matas Traducción de Marcelo Cohen 224 Páginas 18 EUROS Bernard Quiriny (Bélgica, 1978), joven y brillante autor belga, profesor de derecho y filosofía en la Universidad de Bourgogne, es autor de otro libro de relatos, L’Angoisse de la première phrase (2005, premio Vocation), y de una tesis sobre Castoriadis. Cuentos carnívoros, su primer libro publicado en castellano, es sorprendente.
Si en su exuberante relato Sanguina, pese a la introducción de lo fantástico, la atmósfera parece digna de Zweig, encontramos aquí elementos cortazarianos –ese amable obispo argentino confuso ante dos cuerpos que amenazan con multiplicarse recuerda la Carta a una señorita en París—, bolañianos –el recuento de escritores muertos de Gould tiene algo de La literatura nazi en América—, pero también vila-matianos –aparte del asombroso prólogo-relato en el que Enrique Vila-Matas reclama la autoría de sus cuentos— cuando retoma la literatura de otros para darle la vuelta, siempre con ironía cervantina, pero pasada por escritores latinoamericanos (como Berti), y con ese efecto de imaginación infinita que inauguró Borges, y son borgianos muchos de sus personajes, como esos yapus y sus frases de sinsentidos, o esos fanáticos de las mareas negras que se reúnen secretamente como los caníbales de Ishiguro, o sus músicos con nombres de arquitectos o escritores, o el petrolero llamado Pedro Páramo o el melancólico pianista de jazz que al caer olvida la música y se hace kantiano, o los casos inquietantes a los que se enfrenta ese dequinceyano asesino a sueldo, siempre orientado a la belleza aunque sea amoral, como metáfora faulkneriana de la literatura.
Sus lecturas son hábiles, su poética lograda, no hay nada banal en sus fantasmas, ni en su loco humor pingetiano-beckettiano, hay sí, un subrelato ásperamente misógino dentro del “Extraordinario Pierre Gould”, pero vence su buena escritura, sus metáforas de escritores sin ideas y escritores impostores, o ese botánico enamorado de la peligrosa planta carnívora o la bebida östeuropea que provoca la borrachera eterna y hace caer “del otro lado”, o la mítica desaparición del padre, y ese Pierre Gould que cruza los cuentos desde su primer libro introduciendo lo fantástico en la trama. El tono ligero y musical sólo acrecienta el atractivo de su escritura, en cuidada traducción de Marcelo Cohen. Un must.

jueves, 20 de mayo de 2010

Mi reseña de Elizabeth Strout en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Soho, Nueva York, 2010
Narrativa Una novela de cuentos ISABEL NÚÑEZ La Vanguardia Cultura/s, 12 mayo 2010
Elizabeth Strout Olive Kitteridge El Aleph Editores / Edicions 1984
328 /378 PÁGINAS 20 EUROS Traducción Rosa Pérez/Esther Tallada
Elizabeth Strout (Portland, Maine, 1956), a la que ya conocíamos aquí por sus relatos Amy e Isabelle, obtuvo el Pulitzer por esta “novela de cuentos”, Olive Kitteridge, trece historias situadas en el pueblo de Crosby, Maine, que giran más o menos en torno a un personaje. La estructura le permite a Strout alcanzar la densidad investigativa de la novela (algo que sólo grandes escritores como Alice Munro, o el Salinger de Para Esmee..., logran en cuentos), sin perder el brillo de revelación instantánea que da la vuelta a todo lo narrado en los cuentos. Aunque hay relatos mejores que otros, personajes abandonados que querríamos volver a ver. Vemos la atmósfera del lugar, los cielos inmensos, los atardeceres, la subida de las mareas, el bar-restaurante, la ferretería y la farmacia, la escuela. A veces parece que nada hubiera cambiado y que el mundo fuera el de antes, a pesar de toda la disfuncionalidad y el malestar contemporáneos que arrastran los personajes, la depresión, la anorexia, el suicidio, la violencia desesperada, siempre vista desde los dos lados, la necesidad de robar, el alcohol y la vejez, que deforma e hincha los cuerpos. Y de forma natural en la trama, surge Bush, los excesos del control de los aeropuertos, el fanatismo, la guerra de Irak. Lo más poderoso es el personaje de Olive y su verdad, esa maestra jubilada, corpulenta y obesa por la menopausia, con un carácter duro y obstinado, capaz de una extraña empatía con los desconocidos, sin duda por su insight psicológico, pero incapaz como madre y como pareja, incapaz de disculparse. La complejidad psicológica es la herramienta básica de Strout, que no nos ahorra ninguno de los gestos contradictorios y arbitrarios, o patológicos de estas mujeres difíciles que recorren el libro y con las que sin embargo acabamos simpatizando. Irradia “la necesidad de entender incluso a los que aborrecemos”. Y en ese realismo despiadado, surgen momentos de esperanza y de fulgor vital, que crece incluso en la vejez o sobre todo en la vejez. Hay algo muy clásico popular americano aquí, sin referencias a lo literario, sin sofisticaciones o innovación formal, pero la carga humana ambivalente, la pura vida con toda su fealdad escatológica, su oscuridad y su fulgor son innegables y dejan un poso importante en cualquier lector.

miércoles, 28 de abril de 2010

Mi reseña de Las teorías salvajes de P. Oloixarac

Foto: I.N., Sant Salvador, 2010
La Vanguardia Cultura/s
No es literatura para viejos
ISABEL NÚÑEZ
Las teorías salvajes
Pola Oloixarac Alpha Decay 280 Páginas 19 EUROS La escritora Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) ha llegado a este país envuelta en seductora provocación, arropada por el entusiasmo de la generación nocilla y por autores del prestigio de Ricardo Piglia. En sus declaraciones, la autora modelo y bloguera argentina desdeña la crítica: “uno de esos oficios indecentes de los que prefiero mantenerme alejada”, cuenta que escribió la novela para soportar el horrible ambiente de la Universidad de Buenos Aires, donde estudió filosofía, y que quería repensar la literatura como forma de conocimiento. La narradora de Las teorías salvajes es una estudiante que intenta seducir a un oscuro profesor de antropología en Buenos Aires, para desmontarle ideológicamente. La Universidad, como en la magnífica Sanshiro de Soseki o en tantas novelas anglosajonas, es el centro-espejo donde todo confluye, el pasado (una tía de la narradora, izquierdista militante en los años setenta y desaparecida, dejó insólitas cartas a Mao) y lo actual (dos jóvenes nerds unidos desesperadamente por su deformidad, que inventan videojuegos de guerra y montan encuentros sexuales con descapacitados). Todo trabado en una maraña donde las teorías antropológicas, el saber filosófico, la ciencia y las nuevas redes sirven, con la música popular y otros discursos cruzados, para explicar el sexo o las relaciones de poder y parodiar el mundo cultural argentino y sus legados, la jerga psicoanalítica o el izquierdismo. Más que una novela, Las teorías salvajes parece un curioso artefacto destinado a seducir al mundo editorial. La autora es inteligente, organiza bien sus apoyaturas culturales, sus citas, la escenografía intelectual construida con deliberada ligereza: la narradora llama a su gata Montaigne, y ahuyenta a su pez Yorick con el Walden de Skinner. Oloixarac aprovecha sus lecturas: de Pynchon toma su capacidad de conectarlo todo, sólo que en Pynchon hay una verdad amarga tras la descripción de la paranoia, que se anticipó a lo que venía, y el escritor empatiza con sus personajes, por locos que sean. En cambio Oloixarac sólo parece amar a su narradora alter ego y muestra tan frío desdén por los demás personajes que resulta tedioso seguirles. De Houellebecq toma los individuos solitarios, obsesionados por el sexo y sin habilidad social. Pero Houellebecq, al menos en sus primeras novelas, mostraba su verdad dolorida de hijo de sesentayochistas, permitía compartir su humor autoirónico, su rabia misántropa. Oloixarac ha escrito una novela cruel, y eso tampoco es nuevo –antes fue Sade, o Marcel Schwob—, pero atraerá a muchos. Lo nuevo es su transposición a la escena bonaerense y al vacío infinito de la red. Su parodia apunta la necesaria revisión crítica del discurso de la izquierda, de la propaganda y la demagogia que dominaron los setenta. Y la urgencia de esa desmitificación, unida a su vigorosa ferocidad adolescente (pura fe en la propia inmortalidad), explican su éxito allí. La supuesta crítica al psicoanálisis se queda en la superficie, sólo hay burla de la jerga, una queja light contra el arraigo de ese saber en Argentina, que en España nunca ha existido: aquí sigue siendo una minoría bajo sospecha y eso evita en parte la rigidez. Tal vez el arranque de la novela o su fluidez formal sean sus mejores signos de futuro. En conjunto, se diría que a Oloixarac aún no le ha ocurrido nada, nada le ha dolido, nada la ha sacudido, salvo la ambición de un brillo provocador. Hay ideas brillantes y referencias culturales decorativas: las alusiones a Shakespeare y a Montaigne al nombrar sus mascotas ¿quieren compensar el vacío, la pose que sustituye al poso, la condición inhumana de su novela, opuesta a los dos humanistas, sondeadores de profundidad? Habilidad falta de chicha. Cuestión de prioridades o tal vez de edad: los que esperamos otra cosa de la literatura no podemos gozar con ella, aún reconociendo su ingenio y sus dotes de seducción.

miércoles, 14 de abril de 2010

Mi reseña sobre Alexandre Diego Gary en La Vanguardia

Foto: I.N., Vía Augusta, 2010 La Vanguardia Cultura/s Sobrevivir a dos mitos ISABEL NÚÑEZ Alexandre Diego Gary S. o la esperanza de vida Galaxia Gutenberg Traducción de Ignacio Vidal-Folch 160 PÁGINAS 17,50 EUROS Alexandre Diego Gary (1962) es hijo del prolífico novelista francés de origen lituano Romain Gary, dos veces premio Goncourt, y de la fulgurante estrella cinematográfica Jean Seberg, la Juana de Arco de Preminger (que sólo defendió el entonces crítico de la nouvelle vague, François Truffaut), protagonista de la godardiana À bout de souffle, cuyas imágenes de la pareja Seberg-Belmondo por París serían un icono de los sesenta. Seberg y Gary se suicidaron, uno tras otro. A. D. Gary, que estudió literatura en la Sorbona y que regenta un café-librería en el Raval barcelonés, llamado significativamente Lletraferit, emprende, treinta años después del suicidio paterno, la batalla eliotiana con las palabras para contar su vida sin contarla. Con un deliberado juego de máscaras y nombres –él es Sébastien Heayes, es “el hombre de San Sebastián”, es David Alejandro...—, expresa esa doble sombra, dos suicidios míticos sobre su vida. Su talento de escritor, las referencias cultas –a Leiris, a Baudelaire, Mandiargues, Soutine, Welles...—, la ironía y sus juegos de metáforas le sirven en ese forcejeo entre la necesidad de contar y la voluntad de proteger una imagen materna –y paterna— ya quebrada por los paparazzi, por el acoso del FBI, por todos los que, como su último partner, miembro de los Panteras Negras que acabó desvalijándola, contribuyeron al suicidio de la actriz. Gary dibuja al padre ausente, absorto en su obra, en ese piso lleno de objetos de arte, pintura y libros que él hará desaparecer, para sobrevivir. Traza un perfil discontinuo de la confusión vulnerable de su madre. Habla de “su madre española”, Eugenia, que le enseñó castellano y le ligó a este país. Cuenta su urgencia, durante años, de correr de una amante a otra, como su madre, de refugiarse en ellas, sumergido en alcohol y tranquilizantes, en hoteles y pensiones de Barcelona y París. O la desintoxicación en la clínica de pago, con la ironía analítica que le salva: “mi vida entera era una historia de inseguridad social”. Una historia fragmentada, con la feliz fotografía inicial, con enigmas e interrogantes, mausoleo imaginario de suicidas, erotismo, arrancamiento y escenas dolorosas de su madre. Y traductor de lujo, Ignacio Vidal-Folch, como en las dos novelas de Romain Gary recuperadas por Galaxia Gutenberg.

miércoles, 7 de abril de 2010

Mi reseña de Cynthia Ozick en La Vanguardia

Foto: I.N. Un jardín en la ciudad, 2010
Narrativa La maestría literaria ISABEL NÚÑEZ
Cynthia Ozick “El xal” El cercle de Viena Traducción de Dolors Udina 96 PÁGINAS 14,70 EUROS Este libro magnífico, auténtica joya que yo quise traducir, se compone de dos relatos, “El xal” y “Rosa”. El primero, breve, arranca con la frase “Stella frío, frío, el frío del infierno” y muestra a Rosa, joven polaca esquelética en un campo de concentración, con una criatura hambrienta buscando sus pechos secos, oculta bajo un chal protector, y una niña, su sobrina Stella, celosa de la pequeña y que en la fantasía de Rosa se convierte en caníbal y la devora. Y las voces fantasmas junto a las rejas electrificadas. Cuando Stella le quita el chal a la pequeña, ésta escapa del barracón y llora perdida, y un soldado llega antes que su aterrada madre. El tono de esta escritura ardiente y despiadada, con un ritmo musical y onírico, tiene resonancias del Quanta, quanta guerra, no sólo por la traducción, excelente, de Dolors Udina, sino porque compone un paisaje delirante del horror con los ojos de la adolescencia, en una poética llena de gracia y una feroz sensualidad que no se olvida. El segundo cuento, con distinta fiereza y humor negro enterrado, muestra a Rosa en Florida, treinta años después, con su loca lucidez, la mirada acusadora contra el mundo de alguien sin vida, que sólo quiere soñar sola: maldice la helada desmemoria de su sobrina Stella y recupera el chal que le permite, por transposición traumática, resucitar a su hija perdida, hacerla volar y brillar con sus vestidos y escribirle cartas en polaco, restituir ante ella la magnífica Varsovia, el padre que se sabía la Eneida de memoria, la madre delicada ante la que todos se inclinaban, la vida de antes. Dice Rosa que ellos tienen tres vidas, la de antes era su vida de verdad, allí donde nacieron, la de después es ahora, en un país que no recuerda ni comprende, donde no tienen identidad y el acento polaco surge como humo cuando hablan, la de durante es Hitler. “Antes es un sueño. Después es una broma. Sólo queda el durante. Y decir vida es mentir.” Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), autora prolífica y sólida, en la tradición literaria judío-americana, con novelas como Los últimos testigos, y cuentos como los de Levitación, superó a Carver, Updike y Cheever ganando tres veces el O’Henry. Es una suerte que se haya publicado y que Viena haya elegido a una traductora experta y sensible para la versión catalana.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Robert Pinget, mi reseña del Cultura/s


Foto: Eugène Atget, Pont Neuf, París, 1925
Obsesivo y onírico Pinget
Narrativa
Una verdad elusiva
ISABEL NÚÑEZ 


Robert Pinget El inquisitorio
Marbot Ediciones
Traducción de Elisenda Julibert 
431 PÁGINAS
27 EUROS

Robert Pinget (Ginebra, 1919 – Tours, 1997) estudió Derecho en Suiza, pero se aburrió de la abogacía y en 1946 se trasladó a París para dedicarse a la pintura y luego a la escritura. Publicó el libro de relatos Fantoine et Agapa en 1951 y fue asociado al Nouveau Roman. Su estilo anticonvencional producía recelo en los editores, pero gracias al apoyo de Robbe-Grillet y Albert Camus, entre otros, logró publicar en Éditions de Minuit, editor al que se mantuvo fiel. Amigo de Samuel Beckett, éste tradujo La Manivelle de Pinget al inglés y Pinget, a su vez, tradujo All That Fall de Beckett al francés.
Autor prolífico –catorce novelas y diez piezas teatrales—, su talento para el diálogo brilla en esta obsesiva y onírica El inquisitorio (1962), su novela más ambiciosa y conocida. En una entrevista, Pinget decía que empezó El inquisitorio sabiendo sólo la frase “Responda sí o no”. Siempre escribía a ciegas, de oído, puesto que la musicalidad de una frase le arrastraba.
En esta extraña novela, el criado de un castillo es interrogado por un misterioso personaje, seguramente policial, con motivo de la desaparición de un secretario, y sin embargo, como en las historias de Kafka, la sed de saber de quien interroga va mucho más allá de establecer esa verdad o de encontrar al personaje; quiere saberlo todo. Así, la historia se ramifica en una descripción rica y minuciosa de secretos, cuadros, habitaciones, relaciones y excentricidades, y la búsqueda se convierte en un tapiz narrativo, una interrogación sobre el propio lenguaje, sobre la vida, sobre el reflejo de ese universo del que “sus habitantes sólo percibimos fragmentos opacos”. Y el personaje, que declara en un lenguaje agramatical, empieza a contradecirse y buscarse él también en la curiosidad del otro y su lógica oculta, con un sentido que siempre se nos escapa.
Hay que felicitarse de la traducción y la audacia de Marbot por El inquisitorio (Premio de la crítica francesa en 1961), en estos tiempos de aburrida banalidad comercial, un libro del que Beckett, conmovido e impresionado, destacó “la escritura inaudita de sutileza y transparencia” y “la especie de iluminación de Poema que lo aureola todo”. Y es cierto. Hay algo hondo y maravilloso en la teatralidad de Pinget, homenajeado en París mientras escribo estas líneas.

lunes, 15 de marzo de 2010

Una vieja reseña mía sobre Clarice Lispector

Foto: I.N. Hospital de Sant Pau, 2010
En La Vanguardia Cultura/s , publicada en agosto de 2004, de un libro maravilloso, que recomiendo con entusiasmo y que siempre me vuelve. La mía es una humilde reseña sin espacio suficiente y escrita en mis tiempos preblog y pre Crucigrama , pero se la dedico a Bel M., que ha leído de verdad a CL...
Una columnista excepcional
ISABEL NÚÑEZ
Clarice Lispector
Revelación de un mundo
AH, Adriana Hidalgo Editora (Buenos Aires)
Selección, traducción y notas de Amalia Sato
330 PÁGINAS
9 EUROS
Clarice Lispector (Ucrania, 1925 – Río de Janeiro, 1977) se trasladó con sus padres a Brasil a los pocos meses de edad, donde vivió y murió, pese a su condición viajera. A los 19 años publicó una novela, Cerca del corazón salvaje (1944), que revolucionaría la literatura brasileña. Después, en su vida de diplomática, periodista y columnista, continuó su prolífica y magnética obra con múltiples novelas y cuentos, que en España han publicado (aunque no en su totalidad) Siruela, Alfaguara y El Aleph. Este libro maravilloso, publicado en Buenos Aires por Adriana Hidalgo, reúne las crónicas que Clarice Lispector escribió para el Journal do Brasil, seleccionadas y traducidas por Amalia Sato. En esas crónicas insólitas, que por desgracia no podríamos ni imaginar en ningún periódico español de estos tiempos, Clarice Lispector habla de lo que quiere, cuenta historias, anécdotas, pensamientos, sensaciones. El espléndido retrato de la cocinera-vidente y su relación con esa chica extraña y silenciosa que limpia la casa, que quiere leer un libro de Lispector porque le gustan las cosas complicadas, y que un día acaba por enloquecer temporalmente, o la ira de la escritora por los horrores de la miseria y la desigualdad, o sus dudas al contar su vida en un periódico, o sus comentarios sobre la urgencia, el miedo, la compulsión y el hastío de escribir, cualquiera de esas piezas exhala la misma capacidad hipnótica que está en su ficción, aunque desde un ángulo estructural distinto, aparentemente muy sencillo y espontáneo, pero que transporta inesperadamente a su núcleo vital descarnado y palpitante, de una rara sensibilidad. Aquí también está, por tanto, otro de los encantos de la obra de Clarice Lispector y es la potencia de su feminidad, su capacidad de expresar sutilmente, sin tener que explicarlo, lo que significa ser mujer en un mundo organizado por los hombres, como descubrió Hélène Cixous en su ensayo sobre esta autora. Y es que estos fragmentos componen subrepticiamente la personalidad mítica de la escritora judía que hablaba con las erres guturales, con una belleza tan distinta como la que respiran sus historias, retratada por De Chirico, que se durmió fumando y que, cuando intentaba apagar el incendio, se quemó gravemente la mano derecha. Encabezó la famosa Passeata Dos Cem Mil contra la dictadura militar en 1968, separada y con dos hijos, apasionada, melancólica y transgresora, y su primera novela apareció en Francia con portada de Henri Matisse. Dice Clarice Lispector que no le interesan los géneros, sólo el misterio. Que se siente muerta cuando no escribe, pero también, en alguna parte, explica su terror ante ese mismo misterio que exhalan sus epifanías más otras: “Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto (...) Para escribir tengo que instalarme en el vacío. En este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: de él saco sangre.” Efectivamente, el mundo de Clarice Lispector se revela aquí, como sugiere el título, y estas crónicas se convierten en otra entrada posible a su literatura, porque sería difícil leerlas sin sentir curiosidad por su ficción. Y en cuanto a los lectores ya contagiados del influjo de su obra narrativa, esta recopilación les sorprenderá, pese a las apariencias, con el placer de una prolongación inesperada de su voz.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Mi artículo en la vanguardia Cultura/s: Zadie Smith, editora

Foto: I.N. L'Alliance française de Sabadell, 2010
Malestar y escritura ISABEL NÚÑEZ
Zadie Smith, editora El libro de los otros Salamandra Traducción de Eduardo Iriarte 254 Páginas 16 EUROS Hay varias maneras de construir una antología y una de ellas es seleccionar relatos ya existentes con una tesis que entreteja como un nervio las fibras de las distintas piezas y les dé otro sentido. Otra opción es encargar a los autores que escriban de un tema, y éste es el caso de El libro de los otros, en que Zadie Smith, célebre por su ópera prima Dientes blancos (2000), pidió a veintiún escritores en lengua inglesa que inventaran un personaje y titularan el cuento con su nombre. Se trata de un libro benéfico, en pro de una organización dedicada a la enseñanza de la escritura creativa. El encargo es suficientemente vago y universal para reunir piezas muy distintas, aunque muchas de ellas hablen del malestar en la familia o se acerquen a la depresión y la locura. Yo diría que el libro mejora a medida que avanza –tal vez la versión castellana influya, tal vez los primeros cuentos se le atravesaron también al traductor—, empieza a subir de nivel con la cruel y algo tosca parodia evangélica de Aleksandar Hemon –no está a la altura de La cuestión de Bruno—, progresa claramente con el negro delirio psicótico de A.L. Kennedy, se supera con el padre religioso, sombrío y mascullante que dibuja Andrew O’Hagan con irónica y sutil melancolía, seguido de otro padre esquivo, inmaduro y desagradable que recrea Zadie Smith, en tono más abrupto y espinoso. A su lado, la de Hornby es una parodia light del currículum reciclado de un autor. Sigue el retrato brutal y desasosegante de la madre jueza de Heidi Julavits, y el aire tristemente enfermo y lleno de la nostalgia de las posibilidades de Edwige Danticat. Despiadado y memorable Hari Kunzru con su callejera delirante e histriónica Magda Mandela, decepcionante Safran Foer, regular Toby Litt, incómodo y cruel el retrato femenino de Vendela Vita, lleno de gracia el de Miranda July, maligna y eficaz la pieza de A. M. Homes sobre una millonaria hiperesnob, fantasía poética de Dave Eggers, y retrato oscuro, hondo y energético el de ese loco sufriente con migraña que firma el gran Jonathan Lethem. No hay espacio aquí para comentarlos todos. El conjunto retrata sin duda nuestra sociedad enferma, con más o menos humor, gracia y melancolía. Y vale la pena leerlo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi artículo de Henry James en La Vanguardia

Foto: I.N., Plátanos en Perpinyà, 2009
Narrativa
Lecciones del maestro ISABEL NÚÑEZ
Henry James
Cuadernos de notas (1878-1911) Edición de F.O. Matthiessen y Kenneth B. Murdock DESTINO
469 PÁGINAS 21 EUROS
Al parecer, este libro maravilloso fue publicado por Península en 1989, con la misma elegante y cuidada traducción de Marcelo Cohen, pero pasó desapercibido en una colección de historia y ciencia. Escritos tal vez en el periodo más importante de la obra de James, vemos aquí el germen de sus mejores cuentos y novelas, desde Lo que Maisy sabía a Las alas de la paloma, pasando por La copa dorada o Alas rotas. Cualquier frase, anécdota, desdicha, conflicto que escucha James se convierte en materia para una historia, discute consigo mismo las opciones, y lo mejor es que la edición de F.O. Matthiessen y Kenneth B. Murdock comenta a pie de página cómo se transformó luego el cuento, casi siempre para mejorar con vueltas de tuerca imprevisibles que convierten lo más convencional en sutil e irónico. Podría pensarse que se trata de un libro para escritores y tal vez los máximos placeres sean para los lectores que escriben, puesto que aquí está reflejado todo el proceso de creación de James, con una exuberancia magnífica, y sus invocaciones a los maestros “¡Oh espíritu de Maupassant, ven en mi ayuda!”, las alusiones al paraíso del arte y a sus frutos que le consuelan de todo desaliento alternan con autocríticas injustísimas despotricando de su ociosidad y falta de rigor mientras nos muestra todo lo contrario. Pero cualquier lector gozará aquí: esos personajes que se dibujan y animan con la profunda sensibilidad y el humor inteligente de James revelan las paradojas vitales en conflictos de relaciones, convenciones, dinero, y su mirada es tan penetrante que parecen casos de psicoanálisis, pero transportados a la mejor literatura. En medio de los cuadernos hay pasajes autobiográficos intensos, como la muerte de su madre o esos paseos walserianos por Inglaterra y sus viejas casas, con hondas reflexiones sobre la memoria o los desencadenantes de nuestros actos, o la misteriosa influencia de una palabra ajena que nos mueve al fin a hacer lo que una voz interna nos sugería en vano.
Es maravilloso poder ver cómo concibió Las bostonianas o Maysie o cualquier otra pieza favorita, pero no hace falta haber leído a Henry James para disfrutar de estas páginas, pues apuntan tantas historias tan bien armadas que mientras gozamos y sonreímos, sólo deseamos seguir leyéndole. No se lo pierdan.

miércoles, 13 de enero de 2010

Oliveira y Vaso Roto en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Un ciprés en Mandri, ¿superviviente a las talas arboricidas?, 2009 Biografía Amores sáficos en Brasil ISABEL NÚÑEZ
Carmen L. Oliveira Flores raras y banalísimas. La historia de Elizabeth Bishop y Lota de Macedo Soares Vaso Roto Traducción de Ángel Alonso 285 PÁGINAS 14 EUROS Huérfana, de infancia solitaria y salud frágil, la brillante poeta norteamericana Elizabeth Bishop (Massachusetts, 1911 - Boston, 1979) había estudiado en Vassar, era discípula de Marianne Moore y amiga de Robert Lowell, y había fundado junto con Mary McCarthy la revista literaria Con Spirito. Tras la publicación con éxito de su libro de poemas Norte y Sur, viajó en barco a Brasil, en un impulso. Allí conoció a Lota de Macedo Soares, aristócrata, arquitecta autodidacta y vanguardista, mujer arrogante y fogosa, el extremo opuesto de la callada y discreta Bishop. Las dos mujeres se enamoraron y vivieron juntas doce años, en la innovadora y hermosa casa que Lota construía en Samambaia y el apartamento en Río de Janeiro, donde Lota recibe el encargo de diseñar un gran parque, el Flamengo. Carmen L. de Oliveira novela con acierto la vida de ambas mujeres, y gracias a su afinado retrato, esos dos interesantes personajes vibran intensamente y atraen a la lectura. Basándose en cartas y testimonios de amigos y personal de servicio, Oliveira logra una aproximación apasionante al frágil paraíso de estas mujeres: la capacidad de arrastre laboral, social y afectivo de Lota, la actitud abiertamente celosa de los amigos de Lota hacia Bishop, el forcejeo de Lota contra los procesos depresivos y alcohólicos de la poeta, la asfixia alérgica de Bishop, sus bloqueos, sus poemas felices, el premio Pulitzer, la complicidad, los viajes de Elizabeth con amigos y la dureza de las batallas políticas de Lota, que las acaban separando irremisiblemente. Bishop acepta un puesto en una universidad americana y allí conoce a otra mujer, y cuando al fin se reúnen de nuevo, es demasiado tarde para Lota, que tendrá un trágico final.
Es un libro irregular, con momentos deliciosos, y si hacia el final esquematiza perezosamente la narración o se hace prolijo en las barreras burocráticas y políticas del parque de Lota, en ese proyecto brillan las ideas sobre una ciudad pensada para sus habitantes, una ciudad moderna, exuberante y humana, en el espíritu de Sert y Mumford. Y los retratos de esas dos mujeres creadoras, su entorno, su amistad y su pasión sáfica merecen la lectura. Ilustrado con fotografías muy vivas, el libro ha sido publicado con osado esmero gráfico por una nueva editorial, Vaso Roto.

sábado, 2 de enero de 2010

Perfil de un rescate vano, en La Vanguardia

Foto: I.N, Desde mi terraza, 2009


(La Vanguardia, 15/06/2005)


Perfil:  Tristan Egolf, el imposible rescate

Quizá el éxito precoz y la presión mediática acentuaron la depresión que le ha llevado, a los 33 años, al suicidio. 

Según la leyenda creada en torno a él, la hija de Patrick Modiano le encontró errante en París. Se hicieron amigos, y Tristan le enseñó su novela


ISABEL NÚÑEZ - 00:00 horas - 15/06/2005 
Tristan Egolf nació en 1971, casualmente en El Escorial, donde su padre trabajaba como corresponsal del National Review. Sus progenitores se divorciaron cuando él tenía 12 años y se trasladó a vivir con su madre pintora y su nuevo partner ciclista a Washington y más tarde a Kentucky. Las temporadas en el campo, con su padre real, en un pueblo del sur de Indiana fronterizo con Kentucky, le servirían más adelante como escenario de su primera novela. Egolf abandonó la universidad antes de tiempo para montar una banda punk y luego se marchó a Europa a escribir. En París, según cuenta la leyenda mediática que se creó en torno a él, la hija de Patrick Modiano le encontró tocando la guitarra en el Pont des Arts y, al ver sus pies descalzos y ateridos de frío, le invitó a tomar un café. Se hicieron amigos y él le enseñó su novela, que habían rechazado más de setenta editores americanos (lo cual, según algún crítico, demuestra por su parte el mismo empecinamiento calvinista que Egolf prestaba a su personaje en la novela), y la chica Modiano le mostró el manuscrito a su padre. Modiano se entusiasmó y se la llevó a Gallimard, donde la publicaron traducida al francés, como Le seigneur des porcheries. Tristan Egolf tenía 27 años. Poco después la contrataba Picador en Inglaterra y Grove en Estados Unidos. Fue un éxito inmediato. La crítica le comparó a Steinbeck y Faulkner -tal vez porque hablaba del fuerte conservadurismo de la América rural, de la violencia y el puritanismo del sur-, a John Kennedy Toole -a quien Egolf admiraba, quizá por identificación con su fracaso vital-, incluso a Pynchon, por su imaginativa locura, con la diferencia de que Pynchon siempre ha mostrado un dominio férreo de la estructura de sus narraciones, que le permite organizar su caos con una fuerza paródica demoledora. En Francia, alguien se atrevió incluso a evocar a Céline. Obviamente, Tristan Egolf no era Faulkner, ni Kennedy Toole ni Pynchon, aunque como autor americano pudiera haber aprendido algo de todos ellos. La historia de John Kaltenbrunner, un chico huérfano capaz de llevar solo una granja a los nueve o diez años, que intenta sobrevivir en el ambiente ultraconservador y violento de un pueblo minero americano y que acaba promoviendo una gran huelga de basureros con unos colegas marginales, enfrentándose al mundo y a la fatalidad en la tradición de los héroes de Melville y Hawthorne, irradia imaginación, y su prosa tiene momentos de una asombrosa e instintiva fuerza. La novela necesitaba una mayor elaboración o tal vez un buen trabajo de edición, pero desbordaba un talento capaz de superar irregularidades y fallos estructurales, y la carga crítica y la marginalidad de su protagonista llenaban de vida esas páginas. Laura Miller escribió en The New York Times Review of Books: "Aunque resulta refrescante leer a un nuevo novelista cuya prosa no ha muerto de perfección exánime por exceso de talleres literarios, alguien debería decirle a Egolf que no puede lograr una buena novela con 410 páginas y sin una sola línea de diálogo". En el TLS de Londres la elogiaron como "una obra llena de sustancia, significado y originalidad". 
Su segunda novela no respondió a las expectativas. La chica y el violín volvía a mostrar su brillo irregular, sus ideas, su fogosa y decidida marginalidad, con un violinista harto de la dureza y las humillaciones de la vida del músico, que tira el violín y se gana la vida cazando ratas en las alcantarillas y vive entre locos. Pero también mostraba unos estereotipos imperdonables sobre la salvación -la sofisticada chica rica, en hipotético homenaje a la hija de Modiano, que rescata al protagonista de su oscuro sino de desratizador y le devuelve a la música- y detalles poco creíbles o mal resueltos que lastraban la historia. Si en la primera novela no había diálogo, aquí los diálogos pesaban demasiado. Y sin embargo, había en ella personajes e imágenes potentes, un humor que se disparaba en múltiples referencias (y ahí reaparecía el espectro de Pynchon), y seguía generando expectativas. Algunos han especulado si la presión mediática -situándole primero entre los más grandes para luego casi sepultarle en el barro- habrá sido decisiva en su depresión. En cualquier caso, Egolf no se bloqueó ni dejó de escribir, sino que multiplicó sus actividades. Volvió a Estados Unidos, donde se dedicó a liderar un grupo de agitación política antiguerra -eso incluyó quemar una efigie de Bush y posar semidesnudos en una pirámide similar a la de los presos iraquíes de Abu Ghraib, lo que significó su detención y un proceso pendiente de resolución- y a múltiples proyectos, como el guión cinematográfico de El amo del corral, otra novela, Kornwolf, que se publicará el próximo año y de la que ya se pueden adquirir capítulos en su página web (www.windmillsonline.us), un disco con su banda Doomed to Obscurity, una ópera rock con Iggy Pop como futuro protagonista, etcétera. Además, compartía con su novia el cuidado de su hija. Sus amigos han dicho que llevaba un año deprimido. Pero la noticia de que se ha quitado la vida pegándose un tiro (muy a la americana), a los 33 años, en su apartamento de Lancaster, Pennsylvania, ha sorprendido a casi todos. La comparación con su admirado Kennedy Toole, que se suicidó con gas antes de la publicación y el éxito de su novela, era inevitable. En este punto cabe preguntarse si realmente se puede salvar a alguien de sí mismo, o de sus propios demonios internos, como los Modiano intentaron con Egolf. Si hay individuos demasiado heridos para ser rescatados. Como la brillante escritora Maeve Brennan, a quien la revista The New Yorker ofreció ayuda, sin poder evitar que abandonara la escritura y muriera en un refugio para indigentes. O como Marc Frechette, el guapo activista que protagonizó Zabriskie Point de Antonioni, que donó el dinero de la película a una comuna, volvió a la marginalidad y fue detenido en un atraco, para acabar muriendo asfixiado en una institución penitenciaria. Y tantos otros.
No sé cuál será la vida literaria de la obra de Egolf en su país. En Barcelona, yo he buscado inútilmente su primera novela por las librerías. Algún librero llegó a decirme que el libro estaba agotado, lo cual no es rigurosamente cierto. Tampoco aparecía en la red de bibliotecas, exceptuando un único ejemplar en la Universidad Pompeu Fabra, que estaba en préstamo: esperanzadoramente para Egolf, un estudiante lo está leyendo. Ha habido autores a quienes el suicidio o la muerte prematura ha convertido en un mito, pero no siempre ocurre así. Tal vez su tercera novela, sobre un hombre lobo en tierra de los amish, vuelva a cambiar las cosas y resitúe el insólito legado literario de Tristan Egolf en el lugar que sin duda merece.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Columna en FACTUAL

Foto: I.N., Balcón de París, 2008
Una instantánea de Alfonso Vilallonga, Isabel Núñez Pianista, acordeonista, cantante y compositor, en la tradición del café teatro alemán y la chanson française, salpicada del jazz y el blues que tal vez conoció en su época bostoniana, Alfonso Vilallonga parece asumir la música como algo natural, heredado: célà allait de soi. La música era la pasión paterna (su padre cantaba canción hispana con una banda de amigos) que unió a tres de los hermanos. En esa casa todos tocaban y cantaban y dos de ellos se acabaron dedicando profesionalmente –la compositora Cristina, tanguera piazzolista y versátil cantante de Gotan Project, y Alfonso—, mientras que la traductora y cineasta Elena canta y graba de vez en cuando, en intervalos de sus otros dos oficios. Del casi clasicismo de su música, esos cuartetos de cuerda o tríos donde él toca el piano y canta, de su afición y osadía al versionar, del carácter alegremente decadente que podría tener este cantante dandy, ligero y elegante, le rescata y le da envolée no sólo su talento natural, sus maneras de seductor courtois, sino sobre todo, tal vez, la ironía, ese humor sutil –que alguna vez ha llevado al terreno del más delirante absurdo surreal— y que le permite parodiar suavemente a la vez que reinterpreta y compone. Alfonso ha puesto música a varias películas de Isabel Coixet, y lo ha hecho con ese brillo poético ligero, ese esprit que le caracteriza.
Como sus hermanas, Alfonso lleva su encanto aristocrático con la humildad gauchiste de quien quizás adivina oscuramente que, como muestra el Quijote, en Cataluña, los nobles eran históricamente también bandoleros, que se protegían políticamente en los círculos del poder. Lo que queda, aparte de la reivindicación del antepasado rebelde que fue Cabeza de Vaca, que se unió a los indios y desarrolló poderes esotéricos alejándose de los sanguinarios conquistadores, lo que queda en Alfonso es más cultural que genético, una vieja estética, los fragmentos de palacio divididos entre galerías y apartamentos, el aire de café teatro berlinés del Círculo Maldà y el dandismo del personaje, que de pequeño quiso ser actor y sabe llenar de teatralidad y de gracia gestual el espacio de sus actuaciones.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Natsume Soseki en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Parc del laberint d'Horta, 2009
Narrativa Novela haiku ISABEL NÚÑEZ
Natsume Soseki Kusamakura (Almohada de hierba) Ediciones Sígueme Traducción de Emilio Masiá y Moe Kuwano 205 PÁGINAS 18 EUROS Natsume Soseki (Tokio, 1867–1916) está considerado uno de los autores más destacados de la era Meiji, cuando Japón se abría a Occidente. Profesor de literatura inglesa en la Universidad de Tokio, buen conocedor de la literatura china, pasó dos años en Inglaterra que recordaría como los peores de su vida, pues se sintió “como un pobre perro perdido entre una manada de lobos”. De vuelta a Japón, publicó haikus y novelas, como la costumbrista e irónica Wagahai wa neko de aru (Soy un gato), la hilarante y tragicómica Botchan (publicada en España por Impedimenta) y otras tantas, hasta que una úlcera de estómago le llevó a la muerte a los 49 años.
Kusamakura es una novela-haiku, así la definió su autor. Un pintor viaja al balneario de Nakoi huyendo del bullicio y la efervescencia de las emociones, intentando contemplar la naturaleza y a los hombres como si fuesen un cuadro y buscando así el ánimo perfecto para pintar.
En el balneario, las apariciones de Nami, una hermosa mujer divorciada y considerada extravagante, le interrogan con su teatralidad misteriosa. Todo, cualquier elemento del paisaje, como la gestualidad y las palabras de los seres solitarios con quienes se cruza –el maestro budista, la vieja campesina, el barbero tosco, el hombre que acarrea leña, el joven soldado—, suscitan su contemplación reflexiva. El pintor no pinta, pero escribe breves haikus, a los que Nami responde con otros.
Sus reflexiones sobre la poesía china o anglosajona, sobre la posición del artista en el mundo o la pura belleza –de unas algas inmóviles al fondo del lago, de la comida japonesa, el obi rojo de un kimono, los árboles y el viento, las flores que caen, la luminosidad del aire o los colores y sus significados— componen una mirada sugerente y sutil, a la vez tradicional y experimental. La traducción castellana es elegante, aunque al principio desconcierta la alternancia de tiempos verbales.
Kusamakura es una novela insólita, entre el ensayo filosófico y una poética oriental que entronca con Wordsworth o Wilde. Atrapa y hechiza al lector con su sencillez, en la telaraña de su lentitud luminosa, no exenta de ironía ni de sorpresas. Los pensamientos vuelan en estas páginas como mariposas y un misterioso dinamismo nos lleva hasta el final, con sus pinceladas de belleza japonesa.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Reseña de Ismaíl Kadaré en el Cultura/s

Narrativa Deseo y ensoñación con fondo balcánico ISABEL NÚÑEZ
Ismaíl Kadaré El accidente Alianza Literaria Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde
320 PÁGINAS 18 EUROS Ismaíl Kadaré, premiado con el Príncipe de Asturias de las Letras, el Man Broker Internacional Prize 2005 y otros galardones, es autor de novela, poesía y ensayo, y su poética particular refleja el peso y el pesar del legado histórico balcánico, sin renunciar a la tradición helénica ni a su cultura francesa. En Tres cantos fúnebres por Kosovo dibujaba con lirismo fulgurante la épica bélica que tan arteramente se utilizó en los Balcanes, como esa peonía roja de Kosovo, regada según el mito con la sangre de los soldados serbios vencidos por los otomanos. Alianza editorial está publicando toda su obra, y Mario Muchnik, su primer editor en este país, fue quien elogió a su traductor, Ramón Sánchez Lizarralde, y su larga colaboración y amistad con Kadaré. El accidente es una novela sorprendente. Camino del aeropuerto de Viena, un taxi sale bruscamente de la carretera, y los dos pasajeros, Besford y Rovena, albaneses y al parecer amantes, resultan muertos. Un investigador intenta dilucidar lo ocurrido: ¿qué vio el taxista en el retrovisor? ¿Fue un accidente o un oscuro asesinato, como pretende Liza Blumberg, amante sáfica de Rovena? ¿Se trataba de un asunto amoroso o había motivaciones políticas? Si bien la trama pasional –el affair entre un experto en asuntos balcánicos y una joven becaria que no entiende de política y sólo vive para él— parece convencional o misógina, la salva no sólo la ligereza poética de la escritura de Kadaré, sino sobre todo, la calidad onírica y psicoanalítica de ese relato, donde nada es lo que parece y la confusión entre lo real –el accidente y la tragedia griega balcánica— y lo subjetivo es tan constante como en las películas de David Lynch. Tiene sentido que los protagonistas (en su juego de espejos) lean juntos ese pasaje del Quijote cervantino del curioso impertinente, ese confuso trío de pasión, burla, deseo y traiciones que interesó a Freud. Los sueños de los protagonistas, que el investigador analiza con los hechos, contribuyen a esa sugestiva ambigüedad entre el inconsciente, la fantasía, las proyecciones del taxista y el investigador, e intensifican la atmósfera fuertemente onírica de la novela, donde los crímenes y atrocidades de la guerra de los Balcanes y su juicio en La Haya forman un melancólico y comprometido telón de fondo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Kadaré en La Vanguardia Culturas

Foto: I.N., Calle de Pristina, Kosovo, 2008
Ensoñación balcánica ISABEL NÚÑEZ Ismaíl Kadaré El accidente Alianza Literaria Traducción de Ramón Sánchez Lizarralde 320 PÁGINAS 18 EUROS Ismaíl Kadaré, premiado con el Príncipe de Asturias de las Letras, el Man Broker Internacional Prize 2005 y otros galardones, es autor de novela, poesía y ensayo, y su poética particular refleja el peso y el pesar del legado histórico balcánico, sin renunciar a la tradición helénica ni a su cultura francesa. En Tres cantos fúnebres por Kosovo dibujaba con lirismo fulgurante la épica bélica que tan arteramente se utilizó en los Balcanes, como esa peonía roja de Kosovo, regada según el mito con la sangre de los soldados serbios vencidos por los otomanos. Alianza editorial está publicando toda su obra, y Mario Muchnik, su primer editor en este país, fue quien elogió a su traductor, Ramón Sánchez Lizarralde, y su larga colaboración y amistad con Kadaré. El accidente es una novela sorprendente. Camino del aeropuerto de Viena, un taxi sale bruscamente de la carretera, y los dos pasajeros, Besford y Rovena, albaneses y al parecer amantes, resultan muertos. Un investigador intenta dilucidar lo ocurrido: ¿qué vio el taxista en el retrovisor? ¿Fue un accidente o un oscuro asesinato, como pretende Liza Blumberg, amante sáfica de Rovena? ¿Se trataba de un asunto amoroso o había motivaciones políticas? Si bien la trama pasional –el affair entre un experto en asuntos balcánicos y una joven becaria que no entiende de política y sólo vive para él— parece convencional o misógina, la salva no sólo la ligereza poética de la escritura de Kadaré, sino sobre todo, la calidad onírica y psicoanalítica de ese relato, donde nada es lo que parece y la confusión entre lo real –el accidente y la tragedia griega balcánica— y lo subjetivo es tan constante como en las películas de David Lynch. Tiene sentido que los protagonistas (en su juego de espejos) lean juntos ese pasaje del Quijote cervantino del curioso impertinente, ese confuso trío de pasión, burla, deseo y traiciones que interesó a Freud. Los sueños de los protagonistas, que el investigador analiza con los hechos, contribuyen a esa sugestiva ambigüedad entre el inconsciente, la fantasía, las proyecciones del taxista y el investigador, e intensifican la atmósfera fuertemente onírica de la novela, donde los crímenes y atrocidades de la guerra de los Balcanes y su juicio en La Haya forman un melancólico y comprometido telón de fondo.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Charlotte Roche en La Vanguardia Cultura/s de hoy

Foto: I.N. Balcones en Madrid, 2009
Narrativa La otra cara del sexo ISABEL NÚÑEZ
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Charlotte Roche Zonas húmedas / Zones humides Anagrama / Proa Traducción de Richard Gross / Jordi Jané-Lligé 208 /216 PÁGINAS 16 / 16,95 EUROS Sin duda Charlotte Roche (Wycombe, 1978), británica educada en Alemania, tiene una compulsión expresiva. Montó una banda de garage rock, se autolesionó y pintó con sangre, experimentó con drogas, se afeitó la cabeza y triunfó como presentadora de Viva (especie de MTV).
Zonas húmedas nos llega con un millón y medio de ejemplares vendidos en Alemania, primer best-séller germano de Amazon.
Roche quería mostrar que las mujeres no son sólo un objeto erótico, también enferman, van al váter, sangran. “Si uno quiere acostarse con ellas, tiene que encarar también esa parte”. Ella siempre sintió atracción morbosa hacia las intervenciones traumáticas del cuerpo –cirugía, sangre, instrumental, suturas—, que asocia al sexo y la masturbación (tal vez la muerte de sus tres hermanos en un accidente, cuando iban a la boda de Charlotte, y su madre herida, guarden relación), y quería romper los tabúes del sexo femenino. Una adolescente, Helen, con una curiosidad exploratoria a veces agresiva hacia su cuerpo, aquejada de hemorroides que metaforiza como “una coliflor en el culo”, se produce, al afeitarse esa zona para verla mejor y disfrutar más, una fisura que la lleva al hospital, donde permanece toda la novela. Allí, con la complicidad de un enfermero seducido, continúa su exploración y prolonga su estancia como sea, fantaseando con reunir a sus padres divorciados. Ciertamente hay tabúes que romper en la corporalidad femenina y sería injusto no reconocerle a Roche talento expresivo, ritmo y eficacia con su lenguaje libre (las traducciones lo translucen). Temáticamente hay algo del Crash de Ballard, y quizás ideas de Germaine Greer, pero la asociación con Holden Caulfield parece desatinada. Se trata del fenómeno contemporáneo de los escritores que no leen y escriben como si con ellos empezara la cultura (acaban leyendo, por saturación de su propio discurso). Roche es personaje mediático en Alemania y eso también la ayuda a vender. Pero el lector que no comparta su afición escatológica no superará las páginas dedicadas a la coliflor y sus repliegues, incisiones, gasas, o su afán de ensuciar el hospital por pura excitación. Humor, porno –con su tradicional fragmentación y desindividuación—, adolescencia prolongada y fluidos corporales, en un tono directo que recuerda a Bridget Jones.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Mi reseña sobre Lionel Shriver en La Vanguardia Culturas

Foto: I.N., Rincón de un pequeño parque en Bruselas, 2008
Narrativa ¿Qué pasaría si le besara? ISABEL NÚÑEZ Lionel Shriver El mundo después del cumpleaños Anagrama Traducción de Daniel Najmías 704 PÁGINAS 27 EUROS El azar y la pregunta ¿qué habría ocurrido si…? han generado mucha literatura. Para todo escritor, la interrogación ante cada opción vital y la renuncia que implica son materia de ficción. Dejando aparte la poética de lo fortuito austeriana y vilamatiana, Henry James utilizó ese condicional en La esquina alegre, Paul Theroux en My Other Life, y lo manejan la autoficción y el cine con resultados diversos. Lionel Shriver, que causó un impacto más sociológico que literario con su Tenemos que hablar de Kevin (buceando en la violencia adolescente con un legítimo cuestionamiento del rol materno, pero sin una indagación personal más valerosa), somete la trama de El mundo después del cumpleaños a una estructura rígida, casi asfixiante: en el primer capítulo, Irina, ilustradora infantil rusoamericana, felizmente instalada en su rutina de pareja con el racional y estable Lawrence, asesor de política internacional, se ve asaltada por el deseo de besar a un amigo de Lawrence que parece su opuesto, un jugador de snooker británico, inculto, encantador y dado al exceso. De ahí surgen dos novelas de capítulos alternos; en un capítulo, Irina y Ramsey se besan, en el otro no. Y con paciencia minuciosa, Shriver describe en un paralelismo más divertido que irritante las dos posibles vías, con las variaciones de cada opción. ¿Qué pasaría si le besara? ¿Y si no le besara? En ese trayecto, tal vez demasiado largo (aunque dicen que lo largo vende), Shriver se burla de los ingleses (con afecto), de los norteamericanos expatriados (sin renunciar a serlo), de los escritores (“un escritor frustrado, si es que hay alguno que no lo sea”), de hombres y mujeres, raíces, estereotipos y la conciencia moral de lo político. Usa su visión microscópica, algo misógina, desmitifica el sexo y retrata el matrimonio evocando al Hornby de Cómo ser buenos, siempre desde su posición ligera (Shriver prefiere un capítulo de la serie The Wire con palomitas a un cuento de Henry James), para defender la feliz rutina, con un interrogante abierto. Y sale más que airosa de su empeño. En el retrato de esas dos trayectorias posibles, los hechos políticos del cambio de milenio aparecen como mero telón de fondo –guerra de los Balcanes, muerte de Diana, atentado de las Torres Gemelas— que no afecta a la acción principal, y esa reducción es en sí misma una declaración. Domina su feroz ironía, con momentos geniales y otros previsibles, y su mirada inquieta, capaz de mostrar la multiplicidad de yos que coexisten en cada uno y cómo cada relación puede reflejar uno de esos yos y desconcertar. Analiza la extraña dualidad de la pareja, hecha de espacios secretos y canales de diálogo, con sus frágiles equilibrios. Y la necesidad de probar otra vía que puede asaltar a cualquiera. Y en esa reflexión sobre las relaciones, aunque no se dirija tanto a los intelectuales como al público de las palomitas, hay también una interrogación sobre nosotros y cómo nos definimos en el otro, llena de contradicciones y matices. La escritura es pragmática (la traducción eficaz), no busca grandes hallazgos formales. Se trata de entretenimiento inteligente, falsamente ligero, muy contemporáneo y apto para casi todos los públicos.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Von Doderer en La Vanguardia Culturas

Foto: I.N. Jardín en San Petersburgo, 2004
Narrativa Retratos de café vienés y silencio de preguerra
ISABEL NÚÑEZ Heimito von Doderer Los demonios El Acantilado Traducción de Roberto Bravo de la Varga 1664 PÁGINAS 48 EUROS Heimito (adaptación del diminutivo español Jaimito) von Doderer nació en 1896 cerca de Viena, y vivió siempre en esa ciudad, excepto por su cautiverio en Siberia, en la I Guerra Mundial, durante el cual decidió convertirse en escritor. Sus estudios de psicología e historia le servirían en esa búsqueda literaria. Los demonios fue su gran novela (Premio Nacional de las Artes), su escritura le llevó veinticinco años e impregnó sus demás libros (se ha dicho que su novela La escalera de Strudelhof “nació de una costilla” de ésta), incluyendo poemas y artículos periodísticos. Con su biografía, Von Doderer podría corroborar la evolución que denuncia Bernhard, de una Austria que sustituye el nacionalsocialismo por el catolicismo, sin transición, enterrando el pasado: Von Doderer militó brevemente en el partido nazi, no se sabe si por nietszcheanismo o por un error de cálculo, y lo abandonó desengañado y horrorizado, pero su conversión intentaba “devenir un ser humano”, una idea que inspiraría su obra.
Los demonios es una novela sólida e inteligente, dibuja la Viena de entreguerras minuciosamente, con la complejidad narrativa de un inmenso fresco de personajes que bullen como “bajo una gran piedra levantada en el jardín” y recogen un amplio espectro social, desde el legado fastuoso y palaciego de la capital imperial a la pequeñez de esa ciudad reducida y provinciana que se mira el ombligo, en la década de los veinte, los años en que se fragua todo el horror y la violencia del siglo XX.
Al parecer, el autor mezcló osadamente el alemán coloquial con la lengua de la burocracia imperial, la erudición desenfrenada y una jerga inventada para lo erótico en una sorprendente polifonía, superando las barreras que separaban rígidamente el alemán culto del oral, aunque esto no pueda transmitirse en una traducción.
Se ha comparado a Von Doderer con Proust y Musil, y aunque pueda comprenderse, la asociación no le favorece. Von Doderer no tiene la densidad filosófica, ni el brillo subjetivo e íntimo, la nervadura que anima la obra de Proust, ni tampoco –aunque se hable de la misma sociedad y aunque ambos autores intenten comprender la Historia a partir de la ficción literaria y utilicen un ritmo lento—, comparte el peso alegórico y simbólico de El hombre sin atributos, cuyos personajes también se desgajaban como el tejido social del imperio perdido.
Se trata aquí de un gigantesco friso barroco de esa sociedad vienesa que precede a la violencia nazi, dibujado mediante el retrato de sus múltiples personajes, con un puntillismo y una aguda finura en el trazo, y ese ritmo lento, sin economía, que nos abre las puertas de los salones y nos permite asistir a los paseos por los bosques circundantes, escuchando de cerca sus voces, observando los mínimos cambios de expresión, sintiéndolos respirar, sonreír, desperezarse, produce la sensación de recorrer la pintura francesa del Louvre y observar con lupa cuadros de bailes, cafés y encuentros sociales… antes de que la Historia los precipite al infierno. Más aún: el yo narrador de Von Doderer, semielíptico y omnisciente gracias a las supuestas crónicas de otros amigos, es un maestro en diseccionar las relaciones, los juegos de poder, la pérdida de control y la sumisión, el temor o la arrogancia en los gestos más sutiles, y el retrato adquiere gran riqueza de matices psicológicos.
Y cuando nos preguntamos por qué la paródica escenificación de un grupo de damas obesas que toman el té con sus pensamientos banales, sus rivalidades y su batalla fallida contra el peso se alarga tanto en el tiempo, o esas reuniones donde apenas ocurre nada pero todo parece formar parte de un thriller sin médula, vemos los forcejeos de la joven Renacuajo intentando entender y entenderse y adoptar una posición, no sólo del arco de su violín sino también en el mundo, y decididamente nos cautiva, o bien contemplamos agitarse esos otros personajes, como Kajetan, Grete, Frau Mary, René o el maestre de caballería, y la sutileza clarividente con que el autor los examina entretiene y suscita admiración. O el modo maravilloso en que la compleja realidad interna de esos personajes se refleja en el paisaje, como apuntaba Martin Mosebach en su prólogo (impregnado del mismo élan vital que la novela), de modo que incluso el mobiliario o los objetos son capaces de proyectar de vuelta esa realidad y de permitir que los personajes la comprendan, dando lugar a momentos epifánicos. Son instantes en los que a partir de un gesto –como esa mirada materna de Grete en la calle, al arbusto que se ha llenado de brotes verdes como pequeñas esmeraldas antes de que acabe el helado invierno, que conmociona a Schlaggenberg y le hace cambiar de dirección—, todo se reordena y adquiere un sentido humano, aunque sea irónico. Hay una pasión, una intensidad de espíritu o una religiosidad vital extraordinaria en Von Doderer, en su capacidad humanista de observar la vida múltiple de su inmenso microcosmos, en su mirada llena de ironía y humor, en su habilidad al recrear atmósferas e instantes de descubrimiento y comprensión. Y el incendio del Palacio de Justicia de Viena en 1927, en su trágica escenificación simbólica, acaba por precipitar también los hechos personales y sus prioridades afectivas, como ese timbre que parece rasgar el cuerpo de Mary justo antes del gesto absoluto de Leonhard, y la radiante eclosión de Renacuajo y el giro en la vida del narrador, y es como si el autor rematara sus distintos hilos con una fluidez delicada e imprevisible y como si el horror llevara sólo a refugiarse calladamente en el amor.
La versión castellana y la cuidada edición también brillan. Pero, si al fin resulta que precisamente esa lentitud, tan ajena a nuestro mundo interrumpido –donde la falta de tiempo es perenne y casi dolorosa—, se convierte en otro de los hechizos de la novela, sigue habiendo aquí una elipsis de esos demonios, algo imperdonablemente liviano, cierta huida, un silencio, y ésa es ciertamente la razón exasperada de Bernhard.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Cafè Central

Foto: I.N., Pavimento de las calles de Bruselas, invierno de 2008
Éste es el texto que he escrito (en catalán) para conmemorar el aniversario de Cafè Central, la editorial alternativa de Antoni Clapès y Victor Sunyol que publicó mis plaquettes (El cec de l'Odissea, el bloqueig i un somni d'editors; Els meandres de la traducció) incluyéndolas en un fondo de libros maravillosos. Y ahora, para celebrar ese aniversario, se publicará un libro con textos de Carles Hac Mor, Esther Zarraluki y muchos otros, y entre ellos esta humilde pieza mía, que traduzco aquí, para esos lectores silenciosos que me honran con su visita:
El Café Central es un café imaginario. Tiene mesas de mármol, suelo de madera y zócalos de mosaico, y a alguna hora se juegan partidas de dominó, cartas o billares, y por los ventanales se ve una plaza con plátanos y palmeras. No es un cibercafé, ni un café virtual como los de las universidades a distancia. Es un café de toda la vida, como los que antes había en Barcelona, donde ibas a leer una mañana si te saltabas una clase o no venía el profesor, o si buscabas piso, trabajo o película, y tenías que marcar las opciones posibles en los periódicos. Y siempre, lo sabías, podía aparecer un amigo, un interlocutor para una conversación de emergencia o un conocido para una conversación inspirada y fortuita. Y también veías desconocidos interesantes, que ayudaban a restaurar el paisaje humano feo y hostil de la calle. Y a veces, alguien te preguntaba algo del libro que estabas leyendo. Aquellos cafés eran escenarios de múltiples representaciones vitales individuales, con una teatralidad excéntrica y siempre cambiante, como cuando levantas un pedrusco en un bosque y ves una multitud de bichos diminutos que se agitan caprichosamente. Es imaginario porque en Barcelona no han dejado ni uno de esos cafés, se los han cargado uno a uno, y ahora sólo hay cafés feos y ruidosos o esos que imitan un modelo inexistente, con olor a café sintético, y que son franquicias. Y si queda alguno de los de verdad, debe estar a punto de cerrar. Y el público tampoco es lo que era, todo son desconocidos con un aire tristemente convencional y quizá también imiten un modelo inexistente. Hay quien dice que ahora las guerras también se hacen para destruir las ciudades y reconstruirlas con el negocio y la idea de imitar modelos inexistentes y venderlas más caras. Y los desastres meteorológicos también sirven para reconstruir esas ciudades de mentira, con memoria de replicantes y grandes centros comerciales. Y ahora que los cafés de toda la vida han desaparecido, sólo nos queda la idea de Café Central, que ya sólo existe en los libros, y por eso, cuando se creó una editorial con ese nombre, todos los que aún estaban vivos y recordaban cómo era la vida antes del dominio de los grandes centros comerciales, la reconocieron automáticamente, porque este café central, con mesas de mármol, libros y una plaza con plátanos y palmeras, vive en lo que llaman el imaginario colectivo de los desdichados habitantes de Barcelona, una ciudad que les arrancan un poco más cada día que pasa, cuando talan los árboles, entierran las marcas de la historia, derruyen los edificios antiguos, eliminan los rincones de sombra y desaparecen las calles donde antes era agradable pasear. Algunos barceloneses viven adormecidos y sueñan que aún están en la ciudad de siempre, sueñan que Hereuville es Barcelona, y alimentan una especie de felicidad amodorrada que les hace crecer mucho la barriga, una barriga metafórica. Tal vez sean consumidores de soma, pero se enfadan muchísimo cuando alguien critica o se queja y corre el riesgo de despertarlos de su sueño. Cuando viajan no se dan cuenta de que en las ciudades extranjeras no hay tanto ruido, ni de que allí los árboles crecen inmensos y dan sombra y las carreteras pequeñas tienen cúpulas verdes hacia el cielo y los alcorques son tres veces mayores para que los troncos puedan ensanchar libremente. No ven que en esas ciudades hay marcas de la historia al descubierto, marcas que recuerdan a los muertos y los conflictos, y que conservan algunos cafés de toda la vida. Sólo ven los platos del restaurante, porque ya sólo piensan en comida. Otros sí se dan cuenta y son los que reconocen inmediatamente el olor auténtico de café resistente de los libros de Cafè Central, o sea, la idea de tertulia imprevisible, de juego libremente improvisado, de conversación de emergencia, la idea de los mares de dudas y las dudas de los mares y las discusiones y las afinidades completamente electivas. Y esos barceloneses despiertos y doloridos por el arrancamiento, que querían la ciudad tal como era en los años ochenta y que no son seguidores del Gran Centro Comercial, son los mismos que, ahora, celebran el aniversario del Cafè Central, que es una especie de resistencia subversiva contra el cemento, la especulación y el soma de Hereuville. Isabel Núñez

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Álvaro de la Rica y su Kafka en La Vanguardia Cultura/s

Ensayo Buscar la verdad y la belleza ISABEL NÚÑEZ Álvaro de la Rica Kafka y el Holocausto Editorial Trotta 144 PÁGINAS 13 EUROS La dureza del texto de Kafka con el que arranca este ensayo, el terrible y casi marcelschwobiano En la colonia penitenciaria, no debería arredrar a ningún lector para seguir el recorrido al que nos invita Kafka y el Holocausto, muy bien editado por Trotta y prologado lujosamente por Claudio Magris. En efecto, su lectura no sólo de lo visionario histórico y filosófico en Kafka sino de su proximidad con lo sagrado es un frondoso paseo, con ventanas al universo hondamente melancólico y poético de Kafka, rodeándolo sin ensordecerlo del conocimiento iconográfico y antropológico de las religiones, significaciones semíticas, interpretaciones bíblicas del autor, que halla pistas y coincidencias asombrosas con los místicos españoles o con Mercè Rodoreda. Lector y pensador libre, De la Rica objeta sin temor a los estudiosos kafkianos y las teorías canónicas para apoyar una tesis de Nora Catelli, busca la falta en la interpretación arendtiana (y roza la matización psicoanalítica a la banalidad del mal), escucha a Derrida y avanza en su propia visión –literaria y religiosa— de las cosas, sin olvidar que Kafka nunca se interesó por ser comprendido ni interpretado, sino por ahondar en su camino literario. Parece claro que Kafka vio y dibujó alegóricamente lo que vendría tras su muerte, el horror que iba a cernirse sobre los judíos (sus tres hermanas, muertas en Auschwitz) y sobre el mundo, pero hay mucho más, en primer lugar el viejo dilema kafkiano entre escritura y vida, ese “situarse lejos del amor para poder decir qué es”, y el doble movimiento buscando la amistad y el fulgor, casi la protección de las mujeres, pero retrayéndose ante la realización amorosa, como parte de su ascesis de la escritura, de ese sótano oscuro donde refugiarse a escribir. Y entre toda la riqueza significante metafórica y efervescente de espiritualidad que es el libro, tal vez la intuición “más fulminante” sea, como señala Magris, su acercamiento al texto brutal, poético, triste y simbólico que es Ante la ley, que siempre es una suerte revisitar pese a su densa tristeza. De la Rica despierta el deseo de volver a Kafka, pero también de seguir la pista de su propio trabajo ensayístico iluminador, con esa posición que considera sus riesgos y la posibilidad de equivocarse casi como un don de Fortuna.