miércoles, 31 de mayo de 2006

Mary Shelley en La Vanguardia Cultura/s

(Y Mary Shelley creó a Frankenstein)
Mary Shelley y el mito de Frankenstein ISABEL NÚÑEZ Muriel Spark (Edimburgo, 1918), poeta y novelista, trabajó para los servicios secretos británicos durante la II Guerra Mundial, y es Dama del Imperio Británico desde 1993. Algunas de sus novelas se han publicado en España (El banquete).
Mary Shelley fue una escritora sorprendente y su vida fue muy literaria. Hija de la pionera del feminismo Mary Wollstonecraft y el pensador socialista William Godwin, creció en una casa frecuentada por poetas y filósofos, de niña escuchó a Coleridge recitar su Ancient Mariner, y a William Blake. Su madre murió en el parto (víctima de la desatención sanitaria a las mujeres), Godwin se casó con una mujer convencional y traicionó sus ideales, impidiendo que Mary y sus hermanas estudiaran (Mary se consoló en la amplia biblioteca de su casa). El poeta Percy Shelley (admirador y benefactor de Godwin) se enamoró de ella y abandonó a su esposa Harriet para huir juntos. Godwin desaprobó la unión y adoptó el papel de un padre tradicional, pero siguió aceptando dinero de Shelley de por vida.
Mary y Percy Shelley emprendieron una vida bohemia, rodeados de escritores, siempre sin dinero. En Suiza, alquilaron una casa en el lago Leman, con Claire (hermanastra de Mary), lord Byron y su médico Polidori. Allí, Byron propuso que cada uno escribiera un cuento fantástico; sólo cumplieron Polidori y Mary Shelley. A sus 18 años, Mary Shelley creó un mito de la nada, sin ningún antecedente popular. Un mito tan poderoso y atractivo que sería constantemente revisitado en la historia de la literatura y el cine.
Según los análisis contemporáneos, el mito de Frankenstein enraizaría en la experiencia vital de su autora. Si bien la atmósfera es romántica, su postura es científica –la posibilidad de crear vida a partir de materia orgánica mediante electricidad (una idea entonces en boga, que Polidori debió de explicar al grupo)— y darwiniana, y no contra la ciencia, como creen algunos. Ese monstruo, rechazado por su propio creador –que abjura de sus teorías, como el padre de Mary—, ese monstruo culto y sensible, con un discurso racional más brillante que el de su hacedor, marginado por los hombres, aludiría al conflicto de la identidad femenina libre (temida y sojuzgada por el mundo masculino), o de cualquier identidad otra (racismo), y también a la identidad obrera en la revolución industrial (legado paterno socialista).
Mary Shelley perdió a su madre, fue traicionada por su padre y sufrió la decepción de Shelley, que compartió con ella una intensa pasión literaria y amorosa, pero fue egocéntrico y desconsiderado (e íntimo del feroz misógino lord Byron). Los caprichos de Percy con los viajes constantes y su necesidad de huir de los acreedores acabaron con la vida de tres de sus hijos. Su ex esposa Harriet se suicidó arrojándose a un río, y la hermana de Mary, Fanny, también se suicidó. Pero según Muriel Spark, Mary Shelley fue “muy afortunada” en su vida. La única fortuna de Mary Shelley fue probablemente su talento creador. Percy Shelley y ella se apoyaron en sus obras respectivas y vivieron su efervescencia literaria, huyendo de las deudas, que en la época significaban prisión. Shelley murió de forma dramática y Mary tuvo que luchar sola contra la penuria y mantener a su hijo escribiendo, hasta que su suegro le legó la herencia que le correspondía.
La biografía de Muriel Spark sigue al detalle movimientos, viajes y relaciones de Mary, y dedica tres apartados a su obra. Se echa de menos una interpretación más analítica, más insight en esa crónica cansina de su vida, aunque resulte amena y accesible. Sus comentarios frívolos y poco rigurosos, a veces contradictorios, añaden cierta gracia al estilo —de salón decimonónico—, pero no ayudan a desentrañar a tan fascinante personaje, ni arrojan luz sobre el modo en que creó su obra. Creo que la brillante introducción de Isabel Burdiel a otra edición de Frankenstein (Cátedra, 2002) aporta claves más esclarecedoras para comprender a Mary Shelley que la biografía de Spark.
Esta cuidada edición de Lumen –en un momento brillante de la editorial— acompaña a otra de Frankenstein en Mondadori, con un sugerente prólogo de Alberto Manguel, dedicado a la presencia del mito en el cine. Es un placer volver a esa novela maravillosa, animada por la intensa verdad de su joven autora (y por la voz de un monstruo que nos habita), llena de claves simbólicas y poéticas y precoz antecesora del cyberpunk.
Además de su riqueza simbólica, esta novela “epistolar” tiene virtudes estructurales: mezcla hábilmente los géneros, para subvertirlos, y sus voces múltiples refuerzan su contemporaneidad, con una perplejidad final muy chejoviana. Se ha dicho que Percy Shelley ayudó a Mary a pulir los monólogos del monstruo y tal vez fuera así. También le prestó su firma para publicarla en una época desfavorable para las mujeres. Nada de eso desmerece la inaudita creación de Mary Shelley, salvo su autocensura en la versión de 1831.
Cuando Frankenstein se niega a crear una compañera para el monstruo, su temor de que ella no acepte su destino y se convierta en una amenaza evoca el temor histórico del hombre ante la libertad de las mujeres. Y en un mundo marcado por la exclusión y la persecución de los distintos, la vigencia de Frankenstein es indiscutible.
Muriel Spark
Mary Shelley
Lumen
Traducción de Aurora Fernández de Villavicencio
345 PÁGINAS
17,50 EUROS
Mary Shelley
Frankenstein o el moderno Prometeo
Traducción de Silvia Alemany
323 PÁGINAS
18 EUROS

jueves, 2 de marzo de 2006

La Vanguardia, en 2002

Ilustración: Arthur Rackham, Barba Azul
LA VANGUARDIA Cultura/s, 13/11/2002
Expiación, de Ian McEwan
Novela excelente, visión misógina ISABEL NÚÑEZ
No se trata simplemente de que la trama de la novela se base en la traición de una niña que, por celos, por despecho y por confusión, es capaz de arruinar la vida de un hombre, dejar que sufra una injusta condena y que se interrumpa su prometedora carrera. Al fin y al cabo, la niña es la protagonista de la novela, que narra la expiación de su culpa, un proceso que la consolidará como escritora. En ese sentido, Ian McEwan simpatiza con ella e indaga sobre sus errores y sentimientos a lo largo de estas brillantes páginas. Ahora bien, la protagonista sólo confirma una mentira ajena, la de un misterioso personaje adolescente, una chica violada que no sólo no denuncia a su violador, sino que se casa con él y opta por acusar a un inocente para explicar las huellas físicas evidentes de violencia sobre ella. En vano buscaremos en la novela una indagación de las motivaciones de ese personaje. No la hay. Y ese silencio parece más grave en la medida en que podría dar la razón a la vieja teoría misógina de que a las mujeres les gusta ser violadas y maltratadas, de que la violencia contra ellas sólo es una manera de realizar su deseo masoquista. Una idea que, por lo visto, sigue vigente en la mente de tantos hombres culpables de violencia doméstica en este país, y entre los jueces que les dejan tantas veces en libertad, permitiendo que las amenazas y los golpes culminen con la muerte de la perseguida. No se trata, pues, de simple corrección política sino de una cuestión que sigue siendo peligrosa en muchos lugares del mundo. Hace poco, el ex director del “Times Literary Supplement” decía en Cultura/s” que, a su juicio, muchos escritores hombres se dirigen al perfeccionismo en sus novelas a costa de desapegarse de la realidad, de lo humano. La excelente novela de McEwan tiene ese curioso defecto humano.

lunes, 30 de enero de 2006

David Leavitt

Foto: I.N., Antes las cajas de cerillas no eran feas como ahora, 2007
Escribí esta reseña por encargo de La Vanguardia Cultura/s, pero tampoco llegó a publicarse.
Narrativa El manuscrito robado ISABEL NÚÑEZ David Leavitt El cuerpo de Jonah Boyd ANAGRAMA Traducción de Javier Lacruz 223 PÁGINAS 14,50 EUROS David Leavitt (Pittsburgh, 1961), graduado en Yale, da clases de literatura creativa en la Universidad de Florida, y ha pasado largas temporadas en el sur de Italia y en Barcelona. A los 23 años irrumpió en el panorama literario anglosajón con el brillante Baile en familia y tras el memorable El lenguaje perdido de las grúas, fue etiquetado como escritor gay en el contexto del realismo sucio. Un escándalo por supuesto plagio (el uso de un episodio de la vida del escritor Stephen Spender como material literario) y otro escándalo moral en Estados Unidos por un cuento de Arkansas marcan una trayectoria iconoclasta y una escritura que alguien ha calificado de “elegantemente subversiva”. En España, Anagrama ha publicado todos sus libros. En El cuerpo de Jonah Boyd, Leavitt aborda precisamente el tema del plagio, la intertextualización, la reescritura o la participación de distintas manos en un libro, con una brillante e irónica vuelta de tuerca a su pasado escándalo con Stephen Spender. La narradora de la historia es, aparentemente, Denny Denham, una inteligente secretaria que, como el personaje (¿robado?) de Allison Lurie, siempre ha tenido éxito con los hombres a pesar de su aspecto o tal vez precisamente por su aspecto sin atractivos convencionales. Secretaria de Ernest Wright, psicoanalista reconocido, es también su amante, amiga de su esposa, Nancy Wright (y sexualmente atraída por ella), confidente y rival de los hijos y de la amiga histórica de Nancy, Anne, e interpreta con soltura todos esos papeles. La visita de Anne a la casa de los Wright, junto con su marido, Jonah Boyd, un escritor de éxito, transformará la vida de todos. Jonah les lee parte de su novela, manuscrita en cuadernos italianos, los cuadernos desaparecen misteriosamente y la trayectoria de Jonah Boyd se descarría para siempre.
La trama, que utiliza ciertas claves de thriller en su indagación personal y literaria, está llena de matices y sorpresas hasta el mismísimo desenlace, donde no sólo se revela el misterio del manuscrito robado, sino también la identidad sesgada del auténtico narrador de la historia.
La escritura elegante y precisa de Leavitt gana fuerza y brío a medida que avanza, tras un principio engañosamente clásico y descriptivo que dibuja la casa de los Wright, escenario de la burguesía ilustrada norteamericana, con muebles de los Eames, piscina y barbacoa (guiño del apellido Wright), y alcanza un interesante clímax poco antes del final, en una confesión simbólicamente detectivesca, pero que gira en torno a la escritura, la influencia de la confianza y la autoestima para desarrollar un talento, y que integra el plagio en la visión posmoderna de la intertextualización, sin dejar nunca de considerarlo un delito dramático, exculpado tan sólo por la muerte y el olvido del legítimo autor. La figura de la secretaria eficaz, su asociación con los secretos que conoce, su papel como reescritora de la producción de su jefe, su simpatía solidaria por una hermandad universal e invisible de secretarias, su crítica burlona de los roles y la misoginia en los años sesenta, su amoralidad moral y su observación fascinada pero tranquila de la belleza es tal vez uno de los mayores logros.
La escritura grácil y fluida, de una naturalidad asombrosa, que crece con la pasión y la convicción de quien cuenta una historia de verdad encaja perfectamente con esa búsqueda de la propia identidad del escritor, llevada a cabo como una investigación analítica, pero sin apenas teorizar, desde los gestos externos de la acción, con observaciones de humor inteligente que puntúan la historia como el juego del título (El cuerpo –body— de Jonás –el profeta— Boyd).
Algún despiste de trascripción (la “librería del Congreso” en vez de la Biblioteca del Congreso) no desmerece la traducción eficaz. En conjunto, una excelente novela, que se lee con auténtico placer.

domingo, 4 de septiembre de 2005

Soma Morgerstern

Foto: Canal de l'Ourcq, encontrada en Internet
Otra reseña que hice para La Vanguardia Cultura/s y que nunca salió
Soma Morgenstern En otro tiempo. Años de juventud en la Galitzia oriental Minúscula Traducción de Teresa Ruiz Rosas. Edición, notas y postfacio de Ingolf Schulte 590 PÁGINAS 30 EUROS En otro tiempo puede considerarse una primera parte de las memorias de Soma Morgenstern (Budzanów, Galitzia oriental, 1890 – Nueva York, 1976), dedicada a la infancia como paraíso perdido. El dolor que bloqueó a Morgenstern durante años, por el horror de lo vivido y la pérdida (“Cartas perdidas, amigos perdidos, mundo perdido. Hermanos perdidos en Dachau, hermana perdida en Birkenau, madre perdida en Theresienstadt...”), le impidió escribir lo que se echa de menos en estas memorias: su vida de escritor, su relación con figuras como Musil, Benjamin, Alma Mahler, Roth o Canetti, el peso sangrante de la Historia que los separó, los años de Nueva York, etc. Esos recuerdos hay que buscarlos en sus apasionantes memorias “indirectas”, sesgadas: Alban Berg y sus ídolos y Huida y fin de Joseph Roth, publicados en España por Pre-Textos. Además, están sus novelas: El hijo del hijo pródigo y la trilogía Destellos en el abismo. Pero este libro tiene un encanto especial. Con una estructura inspirada en los Cuadros de una exposición de Mussorgski, son “Paseos”, escenas o retablos que sintetizan momentos de su infancia y juventud en la Galitzia oriental. Dibujan, con un estilo desnudo y ligero y una sensación mágica de tiempo detenido, el vínculo emotivo de Morgenstern con el paisaje rural de su niñez (el bosquecillo de alisos y el pozo donde se reflejaban las estrellas que le enseñó su amigo perdido, o la escena de él mayor en Canadá, disimulando las lágrimas ante su amiga al ver los campos de heno), establecen la condición urbana de los judíos frente a los campesinos, trazan ya su relación intensa y difícil con la fe –de joven se hace ateo, pero vuelve a la religión por una vía puramente estética, tal vez para acercarse a la memoria de su padre, y al final de su vida será la novela la que llene el vacío espiritual—, fotografían la amistad, y el amor, incluso excesivo, que unía a su familia. En cierto momento, un joven mayor que él le advierte contra ese cerrado amor familiar. Tanta religiosidad y apego familiar pueden ser asfixiantes. Pero a Morgenstern le salva su vitalismo sensual y la identificación de la cultura judía con las distintas formas de conocimiento. Su pasión por la música, las lenguas, la ciencia, el teatro, la literatura, su base clásica humanística –pese a la decepción ante los griegos, que aceptan la esclavitud sin rebelarse, y de ahí la cita aristotélica que cierra el libro calificando a los esclavos de “instrumentos animados”—, brillan en estos cuadros pictóricos luminosos, junto con su cultivo de la amistad y el intercambio intelectual. Hay retratos de maestros, campesinos, compañeros de escuela, con una ironía no exenta de ternura, también una feroz desmitificación ética de personajes (como la escena en Nueva York, en que tuerce el gesto cuando unos chicos americanos arrojan bolas de nieve a Beethoven y les sugiere que las dirijan contra la estatua de Morse) que incurrieron en antisemitismo o desigualdad, y por encima de todo, la mirada humana de un escritor que Adorno juzgó con dureza, mientras que Musil le consideró un autor decisivo y Berg le admiró siempre. Con las mujeres, su mirada es contradictoria. Si bien el apego a su madre y el reconocimiento de su papel como “espíritu movens” de la familia son obvios, y si bien aparecen mujeres a las que admira, también hay momentos de extrema misoginia, en particular uno terrible: de niño, sorprendió la violación invisible, muda y en grupo de una muchacha, pero el escritor no la distingue del sexo libremente consentido. Hay escenas de una poesía callada y de un humor maravillosos y respiran como los cuadros vivientes de un artista contemporáneo. Se trata, en efecto, del mundo que destruiría el nazismo y que no volvería a ser. La traducción y la edición impecables, con las notas investigativas del editor alemán, intensifican el placer de su lectura.

miércoles, 17 de agosto de 2005

Luis Magrinyà en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Madrid, 2010
Narrativa Un experimento inteligente ISABEL NÚÑEZ Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ya se había revelado como un narrador interesante antes de ganar el premio Herralde de novela con Los dos Luises en el 2000, sobre todo por sus relatos Los aéreos (1993) y Belinda y el monstruo (1995). Intrusos y huéspedes es la crónica, en forma de diario, de un proceso de depresión larvada, en la primera parte, y de la reconstrucción e integración del mismo personaje, en la segunda. Un hombre separado, ex actor de teatro dedicado a la enseñanza, se ve desbordado por la intrusión de un hijo adolescente al que apenas conoce, que se instala a vivir con él y le obliga a sustituir sus rutinas y a soportar su confusión con la ayuda de fármacos. Sin embargo, el proceso dista mucho de parecerse a lo previsible.
La pesadilla y el agobio se reflejan en el primer diario entre consideraciones sobre el mundo del teatro, que sirven al protagonista como materia para su reflexión, en un curioso ejercicio de autoanálisis compuesto de matizaciones y contradicciones constantes.
No se trata sólo del desfile de jóvenes que aterriza bruscamente en la casa y que acaba sustituyendo al hijo viajero, sino sobre todo, del territorio común de su conexión y entendimiento, el instrumento que servirá al protagonista para reintegrarse a través de un proyecto inusual, una investigación sobre las drogas, con la misma fruición feliz de la que hablaban Himanen y Torvald en La ética del hacker; un experimento que nada tiene de casual, ya que todos los personajes, incluido el protagonista, han buscado en la farmacología legal o ilegal vías para encajar en el mundo.
La precisión del lenguaje, el estilo riguroso de Magrinyà, su ética y su amoralidad, su humor y su extrema seriedad, su capacidad de sorprender con noticias ocultas convertidas en nuevos requiebros de la trama ayudan a construir este curioso experimento, que sumirá en la perplejidad a más de un lector.
La cuestión de las drogas se plantea efectivamente como materia de investigación y tiene el peso ético y la naturalidad necesaria para convertirse en objeción legítima a la hipocresía con que se abordan políticamente estas cuestiones, prohibiéndonos cada vez más sustancias –la siguiente es el tabaco, pero no los productos MacDonald’s—, y a la vez permitiendo y fomentando incontables materiales tóxicos, contaminantes, cancerígenos y peligrosos en la industria, en la construcción, en los productos de limpieza o en la atmósfera.
Por otra parte, está la paternidad, aquí vista casi de soslayo, el retrato de ese padre desconcertado, con la angustia asaltándole en el supermercado, la luz de la calle, la soledad repentina de su espacio, precipitándole hacia los lexatines o llevándole a seguir por la casa a la mujer que limpia, o proyectándole a ese diario concebido como muro para no tener que hablar con su hijo de las cosas, como herramienta de impostura y justificación, o como simple espacio de pensamiento.
Es cierto que los jóvenes que aparecen son personajes secundarios en un escenario auténticamente teatral –incluyendo al hijo que huye, en una de las discutibles elipses de la trama—, y se proyectan casi como sombras, hermosas y melancólicas imágenes de intoxicación, descripciones físicas de sus estados, algunas frases certeras. Como si tan sólo existieran en la cabeza del protagonista. Estructuralmente, los contrapesos son discutibles y la densidad también. Muchas veces he tenido la impresión de que la historia resultaba demasiado ajena, demasiado particular y elíptica para atrapar a un lector o para dejar huella. Y sin embargo, de un modo extraño, irregular y sorpresivo, hay algo aquí que funciona, que despierta el interés dentro de la atmósfera melancólicamente fría, del olor químico de laboratorio casero y los mensajes de Internet, hay una trasposición vital verdadera, en el acto de exponerse, que sí deja huella y que a veces llega a brillar con un extraño fulgor.
Luis Magrinyà
Intrusos y huéspedes
ANAGRAMA
232 PÁGINAS
15 EUROS

miércoles, 8 de junio de 2005

Reseña de Eduardo Berti en La Vanguardia




Foto: I.N., Londres, 2012
Novela
A vueltas con un personaje de Borges
Un hombre y su esposa conciben el proyecto de un libro donde se unirían todos los Funes existentes

ISABEL NÚÑEZ - 08/06/2005

Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) ha colaborado como periodista y crítico literario en los principales periódicos argentinos. Ha publicado dos libros de relatos, Los pájaros y La vida imposible, y dos novelas, Agua y La mujer de Wakefield, galardonados con diversos premios literarios y con gran éxito de crítica, además de los elogios de Alberto Manguel y Rodrigo Fresán. Todos los Funes fue finalista del premio Herralde de Novela 2004. 
Hijo de una mujer francesa y un misterioso tanguero rioplatense, Jean-Yves Funès es especialista en literaturas latinoamericanas y toda su vida ha estado marcada por la circunstancia de su apellido borgiano (Funes el memorioso), acentuado a la francesa por el gesto fortuito de su abuela gala. Su mujer ha sido una alumna atraída a su curso por el mismo nombre literario y ambos han concebido el proyecto de un libro donde se unirían todos los personajes llamados Funes, partiendo del insomne memorioso de Borges, para pasar por otros tantos de Bioy Casares, Cortázar, Roa Bastos, Horacio Quiroga o Umberto Constantini, y sin negar siquiera la referencia al grotesco Louis de Funès. Ya viejo, viudo y enfermo, Funès viaja de París a Lyon para asistir a un congreso y allí sigue tropezándose con otros tantos Funes vivos e insólitos, en un itinerario casi onírico, con ciego homérico incluido, entre su debilidad física, la memoria obsesiva que motiva su renuncia a la escritura, los sueños borgianos del libro no escrito o que no hará falta escribir, los fantasmas y el pesado secreto, nunca revelado, de su simulación. Acechándole también, como un espectro (borgiano) más junto a la muerte, la paranoia de múltiples e insólitos plagiarios que amenazan con escribir y publicar el libro que él nunca llegó a terminar.
Todos los Funes está narrado con una fluidez sorprendente, ágil, ligera y brillante, que arrastra al lector imperceptiblemente hasta el final, sin perder nunca el pulso, la gracia o la firmeza. Berti utiliza con humor la estrategia borgiana de la metaliteratura, aprovechando para sembrar por todas partes sus guiños cómplices a los distintos narradores argentinos en un relato eficaz y placentero. |

miércoles, 13 de abril de 2005

Mi reseña de Maeve Brennan en La Vanguardia Cultura/s

Foto: Maeve Brennan retratada por George Bissinger, c.1949
Narrativa
Retorno a Dublín
ISABEL NÚÑEZ
Maeve Brennan
De visita
Traducción y prólogo de Ana Nuño
LUMEN
120 PÁGINAS
13,50 EUROS
Maeve Brennan (Dublín, 1917 – Nueva York, 1993) trabajó como comentarista de moda en Harper’s Bazaar, y como crítica literaria y redactora en los brillantes años cuarenta y cincuenta de The New Yorker (con el seudónimo The Longwinded Lady escribió aceradas crónicas urbanas en la célebre sección “The Talk of the Town”, centrándose en La Otra Mitad, el lado pobre, sórdido y solitario de Nueva York, ciudad que definió como “la más temeraria, ambiciosa, confusa, cómica, triste, fría y humana de todas las ciudades”), fue asidua de las tertulias del Algonquin –sucesora de Dorothy Parker— y publicó relatos magistrales de infancia, exilio y relaciones, al parecer autobiográficos. Elegante y excéntrica, recogió el legado de mordacidad e ingenio de Dorothy Parker, pero sin su resistencia para sobreponerse al dolor interno. Tras su fracaso matrimonial con un escritor de la revista, sufrió depresiones y accesos psicóticos y se dedicó a la vida vagabunda. The New Yorker le ofreció un alojamiento, pero ella sólo aceptaba refugiarse en el lavabo de señoras de la revista. Cuando murió en 1993, en un oscuro asilo, llevaba casi treinta años sin publicar y se había convertido en homeless.
El interesante prólogo de Ana Nuño cuenta mucho más de esta escritora genial, olvidada durante décadas, cuya obra empieza a ser recuperada también entre nosotros gracias a Lumen. En este caso, se trata de una novela breve, De visita, que constituye un botón de muestra suficientemente persuasivo para leer el resto de sus relatos. La joven Anastasia King vuelve a Dublín, ciudad de su infancia, que abandonó con su madre para vivir en París. Muerta su madre y desaparecido también el padre, Anastasia se dirige a la casa familiar con la idea de echar raíces allí. Pero no cuenta con la dureza y el resentimiento de la abuela paterna, que no está dispuesta a permitir su presencia y le reprocha la huida de su madre, identificándola con ella.
Su soledad respira en el paisaje de Dublín, en las “inexpresivas fachadas” o en los “rostros sombríos”. Como dice Clare Boylan en el prólogo de la edición americana, “Brennan no se limita a escribir sobre la soledad. La habita. La exhibe. La eleva a forma artística.” Pero en su paisaje, la belleza y el dolor están siempre entrelazados y en esa asociación radica parte del hechizo.
En las habitaciones de la casa, con un jardín “cercado por un silencio impenetrable”, se dibuja la imposibilidad de entendimiento entre estas mujeres, que parecen observarse acechantes, incapaces de transmitirse calor o complicidad. La implacable, fría y sectaria moral católica que lo ensombrece todo impide a Anastasia refugiarse en la iglesia, de donde es prácticamente expulsada, aunque la hilera de mendigos sí recibe ayuda.
Un legado familiar destructivo personificado por la abuela terrible (y por otro algún personaje secundario, como la madre dominante y posesiva de la pobre señora Kilbride) y la resistencia de la protagonista a aceptar la ausencia de amor y de esperanza, en una obstinación ciega, inocente o vengativa –aunque sea a costa de su propio sufrimiento— componen el fondo de la historia. Cada línea y cada imagen dublinesa distorsionada por la lluvia palpitan con la duda de uno de tantos seres machacados por esa institución maléfica que puede ser la familia, donde las mujeres han sido muchas veces también, mal que me pese reconocerlo y utilizando las palabras de Ana Nuño, “vectores de culpa y de crueldad”.
Elogiada por Alice Munro, Brennan es una escritora deslumbrante, con una precisión minuciosa y exquisita, y el elegante castellano de la traducción vehicula perfectamente su economía luminosa. El distanciamiento sesgado le permite a la autora construir su relato con pinceladas maestras y una delicadeza ligera, que equilibra el peso emocional, posándose de pronto en pensamientos que iluminan la ágil narrativa, como la frase citada al dorso del libro: “El hogar es un lugar de la mente. Cuando está vacío, vibra. Vibra con los recuerdos, rostros, lugares y épocas pasadas. Imágenes queridas se alzan indóciles y componen un espejo para la vacuidad.”
He leído De visita de una sola vez, y sólo puedo felicitarme por esta cuidada edición y desear que se publiquen también sus cuentos.

miércoles, 4 de diciembre de 2002

Mi entrevista y reseña a Paul Theroux en LA VANGUARDIA

Foto: I.N., Ibiza, 2008

LA VANGUARDIA CULTURAS 04/12/2002

ESCRITURAS

Entrevista a Paul Theroux “Houellebecq es un escritorzuelo”

Isabel Núñez

Paul Theroux: “Me fascinan las personas ambiciosas y egocéntricas que llevan dentro de sí las semillas de la destrucción, sobre todo porque dan pie a la comedia y la farsa”

ESCRITURAS

Paul Theroux en Hawai LA VANGUARDIA

Paul Theroux utiliza hábilmente la voz de su protagonista, un escritor bloqueado que asume con alivio su trabajo de director de hotel, como nexo de unión: él escucha y articula las múltiples historias de los clientes, transformándolas en una sugerente novela.

Entre el tiránico y excéntrico Allie Fox de “La costa de los mosquitos” y este tolerante narrador de “Hotel Honolulu”, ¿dónde radica la diferencia? ¿Tiempo, edad, madurez del escritor?

La diferencia principal son dos personajes de ficción que no tienen nada en común. Un escritor imaginativo debería ser capaz de crear personajes complejos, incluso en el mismo libro. El narrador de “La costa de los mosquitos” es Charlie Fox, que observa a su padre con simpatía. Los escenarios de los libros, el tono, mis intenciones son también distintos. Pero mi propia experiencia, envejecer, también ayuda. Esto puede aplicarse a todos los escritores. Al principio, Melville escribió sobre un marinero en “Taipi” y “Omo”, pero en “Moby Dick” creó un personaje diabólico (Acab) y un observador comprensivo (Ismael).

¿Cuál sería la razón de esa fascinación por la excentricidad y los excesos de los más memorables personajes de sus libros, Allie Fox, Naipaul o Buddy Samstra?

Me fascinan las personas ambiciosas, extravertidas y egocéntricas, que llevan las semillas de la destrucción en su interior, precisamente en esas cualidades. Pero, sobre todo, veo oportunidades para la comedia en personas así, o para la farsa; y la farsa está muy cerca de la tragedia.

El narrador de “Hotel Honolulu” tiene algo que ver con los de Somerset Maugham, pero no es sólo observador, sino que sus vidas se mezclan. ¿Qué puede decirnos sobre esto?

Escuchar a escondidas es el “modus operandi” de la mayoría de escritores, porque la implicación real exige tiempo. Maugham era un buen oyente a escondidas, pero creo que muchos otros novelistas, dramaturgos y poetas comparten esa cualidad. También diría que la mayor parte de escritores son excéntricos, desequilibrados, disfuncionales

http://www.lavanguardia.es/web/20021204/108086893.html (1 of 4) [12/12/2002 15:13:53]

LA VANGUARDIA DIGITAL

y neuróticos, cualidades que yo no asociaría con personas gregarias y felices (aunque no creativas).

En sus libros, muchos hombres occidentales se emparejan con mujeres asiáticas o africanas. ¿Cree usted como Michel Houellebecq que hay una dificultad de relación entre hombres y mujeres en Occidente? Ese Houellebecq es el tipo de escritorzuelo desagradable, abusivo, intolerante y sin talento. Podría encontrarlo despotricando en cualquier pocilga francesa, así que no creo que le necesitemos para que nos ayude a definir las relaciones entre mujeres y hombres. El turismo sexual sobre el que él escribe es sólo explotación y una forma moderna de esclavitud. Yo me he pasado la mayor parte de mi vida viajando por el mundo ecuatoriano y he podido observar los rituales de cortejo entre nativos y extranjeros. Creo que la mayoría de hombres se hacen eco de la eterna pregunta de Freud, “¿Qué quieren las mujeres?”, y que las mujeres deben de preguntarse lo mismo de los hombres.

Javier Marías (“Negra espalda del tiempo”) y Woody Allen (“Deconstruyendo a Harry”) han hablado de las reacciones de individuos reales que son (o creen ser) retratados en sus obras. ¿Ha tenido experiencias en ese sentido? ¿Tal vez con “La sombra de Naipaul”?

Cuando mi mujer y yo vimos “Deconstruyendo a Harry”, ella me dijo: “¡Esta película trata de ti!”. Pero también, como la ficción nos da las segundas oportunidades que la vida nos niega, nuestros libros tienden a mostrar versiones mejoradas de nuestras torturadas vidas. Le agradezco que haya mencionado “La sombra de Naipaul”, que es uno de mis libros favoritos. Tuvo unas críticas terribles en Estados Unidos y lo calificaron de “Memorias de un Judas”, pero cuando se lo comenté a mi amigo, el prolífico y distinguido autor J. J. Armas Marcelo, él me dijo: “Es un buen título para un libro”. La gente que sale en mis libros nunca se reconoce. Sin embargo, mi retrato de Naipaul es el espejo de un hombre que ha sido un escritor maravilloso, pero humanamente un monstruo.

Uno de mis libros favoritos suyos aún está inédito en España, “My other life”. Esa “fantasía autobiográfica” le permite explicar cosas reales con distancia literaria. ¿Se siente más cómodo en esos libros inclasificables, entre realidad y ficción, como “La sombra de Naipaul” o “My other life”, que en las novelas tradicionales? ¿O sólo son las formas de la novela contemporánea?

Difuminar la línea entre realidad y ficción es un pasatiempo gratificante, pero yo debo insistir en que cada libro de viajes que he escrito es escrupulosa y verificablemente factual. Dicho esto, debería añadir que casi siempre creo que todo es ficción; todo, absolutamente todo: la historia, la geografía, los libros de viajes, la autobiografía y las entrevistas de los periódicos.

Usted ha escrito unos treinta libros, múltiples novelas y sus libros de viajes (no para turistas); es usted un escritor prolífico y tiene facilidad para contar historias. Sorprende que hable del bloqueo del escritor... Nadie dice nunca: “¡Goya pintó tantos cuadros! ¡Tantos temas! ¡Trabajaba todos los días!”. Todo el mundo da por sentado que los pintores pintan y no tienen el bloqueo del pintor. En realidad, yo me identifico con los artistas. Por cierto, ¿no es “El perro semihundido” la mejor pintura de Goya?

¿Cree que “Hotel Honolulu” trata de un escritor que encuentra su propia voz contando historias de otros o sobre la sociedad occidental contemporánea que finalmente destruye los viejos paraísos? No. Creo que es un intento de dar expresión a través de la ficción a un bonito lugar que están deteriorando poco a poco. Siempre que un lugar adquiere la fama de ser un paraíso, se va al infierno.

Un hotel en Hawai

Isabel Núñez

Paul Theroux, “Honolulu Hotel”

Seix Barral, 544 págs., 22 €

Paul Theroux (Massachussets, 1941) es un escritor prolífico, extraordinario pero tan inclasificable y diverso que resulta difícil seguirle. Tal vez por eso tiene muchos tipos de lectores. Los fans de “La costa de los mosquitos” son legión: aquel soñador loco y tiránico y su selva dejaron huella en la memoria literaria de muchos. Otros le siguen por sus apasionantes crónicas de viajes y otros, como quien firma estas líneas, por libros tan especiales como “La sombra de Naipaul”, o “My Other Life”, una excelente falsa biografía donde Theroux cuenta cómo podría haber sido su vida si...

“Hotel Honolulu” es una extraña novela, también difícil de clasificar, pero sus ideas y la fluidez desnuda de su escritura deslumbran desde el principio y se lee con auténtica fruición. Una novela que es casi una colección de relatos.

Un escritor bloqueado acepta el puesto de director de un hotel bastante desastroso en Honolulu (un hotel “multistory”, dice su dueño, en pisos y en historias). A partir de ahí y mientras su vida se desarrolla suavemente, buscando la sombra y atendiendo a su variopinta clientela multicultural, el protagonista –que comparte con Theroux una larga carrera literaria, películas sobre sus novelas, viajes, varias mujeres e hijos dejados atrás, etc.—, sólo tiene que escuchar y observar porque “el mundo le visita”.

Theroux muestra a esos personajes en movimiento, planteándose conflictos de convivencia, enamorándose, separándose, matándose incluso, o revelando terribles secretos, y los dibuja con tal precisión y sutileza que los recordamos en color, como si realmente los hubiéramos visto, a través de la voz de un narrador tolerante y experto en observar vidas ajenas.

La siniestra Madame Ma, cronista social de la prensa local, su hijo Chip con su amante Amo; el propietario del hotel, el caótico alcoholizado, mentiroso y sentimental Buddy, que contrata al protagonista porque es escritor y pondrá nombre a las cosas; la dulce Sweetie, supuesta hija espuria de J.F. Kennedy con la que el protagonista se casa enseguida, y la niña, inolvidable Rose, que distribuye sus curiosas e inteligentes preguntas entre los clientes del hotel o recita al pie de la letra las respuestas científicas aprendidas de su padre; o Neverman, investigador de destinos otros.

Y un día, en medio de ese torrente de vidas contadas como relatos breves, el narrador, siempre fascinado por las palabras, comprende que necesita escribir para entender Hawai y no sentirse perdido porque, aun camuflado de director de hotel, sigue siendo escritor.

Leer “Honolulu Hotel” implica el placer de recuperar al narrador inteligente y familiar que es Paul Theroux, tal vez humanizado por la experiencia o dulcificado por la caótica vitalidad hawaiana. Casi como disfrutar de unas merecidas vacaciones.