viernes 27 de enero de 2012

Dos reseñas contrapuestas


El escritor y crítico francés Eric Bonnargent escribió en su blog L'Anagnoste una amplia pieza crítica de un libro que yo había reseñado y publicó mi breve reseña junto con la suya, mi texto traducido al francés por Mélanie Gros-Balthazar. Ahora yo traduzco la suya al castellano y las publicamos juntas en este blog mío de artículos. El invitado es, pues, Eric Bonnargent. Se trata, también, de llamar la atención, con nuestra discusión, sobre un libro que en nuestro país no recibió tal vez la atención que merecía.


Las reconstrucciones imposibles
Éric Bonnargent

El 9 de septiembre de 2001, cuando Jorge Barón Biza, a los 59 años, se arroja del duodécimo piso de un inmueble de Córdoba (Argentina), sólo había publicado una novela, El desierto y su semilla (1998). Ese salto en el vacío completa el ciclo de suicidios que empezó llevándose a su padre, luego a su madre y finalmente a su hermana. Escribiendo El desierto y su semilla, una novela autobiográfica, Jorge Barón Biza pensaba ciertamente que había ajustado las cuentas con su familia. Su padre, Raúl Barón Biza, escritor pornográfico y millonario, era un anarquista que había financiado a distintos partidos a lo largo de su historia y eso le valió una condena de cárcel, además del exilio. Su segunda mujer, Rosa Clotilde Sabattini, veinte años más joven que él, era también una intelectual comprometida y perseguida, que se opuso notablemente a Eva Perón. La pareja no se entendía y los hijos vivieron la mayor parte del tiempo con uno u otro de los padres, en Argentina o en Uruguay. El desierto y su semilla arranca con el relato del episodio más trágico de la historia de esa extraña familia: en el transcurso de la última reunión antes de sellar el divorcio, Raúl Barón Biza lanza al rostro de su mujer el contenido de una botella de vitriolo. Unas horas después, se pega un tiro en la cabeza…

Este libro no es sin embargo una autobiografía, se trata más bien de una novela, una reconstrucción por medio de la ficción de un pasado del que Jorge Barón Biza no logró jamás liberarse. El desierto y su semilla no es tampoco una novela impregnada de pathos, ¡lejos de ello! Según Enrique Vila-Matas, Samuel Beckett decía de James Joyce que era un maestro consumado en el arte de la distanciación. Sin duda Jorge Barón Biza podría haber rivalizado con él. Ese arte se manifiesta de distintos modos. Lo permite la metamorfosis de Raúl, de Rosa Clotilde y de Jorge en personajes: Arón, Eligia y Mario. La distanciación es en primer lugar sentimental: cuando Jorge Barón Biza evoca el suicidio de sus padres, no dice nada de su sentimiento, sino que describe fríamente la trayectoria de la bala que atraviesa la cabeza de Arón y de aquella, «este-oeste», que horada el cuerpo de Eligia hacia el vacío. Pero es sobre todo gracias al tono desplazado y trágicamente gracioso utilizado por el autor como se opera esta distanciación. La primera página que describe los efectos del ácido en el rostro d’Eligia así lo atestigua:

«En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de su cara, bastante suaves hasta ese día, a pesar de sus cuarenta y siete años y de una respingada cirugía estética juvenil que le había acortado la nariz. […] Los labios, las arrugas de sus ojos y el perfil de las mejillas iban transformándose en una cadencia antifuncional: una curva aparecía en un lugar que nunca había tenido curvas, y se correspondía con la desaparición de una línea que hasta entonces había existido como trazo inconfundible de su identidad.
La cara ingenuamente sensual de Eligia empezó a despedirse de sus formas y colores. Por debajo de los rasgos originarios se generaba una nueva sustancia: no una cara sin sexo, como hubiera querido Arón, sino una nueva realidad, apartada del mandato de parecerse a una cara.
[…] Quienes la vieron todos los días de agosto, septiembre, octubre y noviembre de 1964, se llevaron la impresión de que la materia de esa cara había quedado liberada por completo de la voluntad de su dueña y podía transmutarse en cualquier nueva forma, teñirse de los matices reservados a los crepúsculos más intensos y danzar en todas las direcciones, mientras, en el centro, todavía la coqueta nariz resistía por ser el único elemento artificial de la cara anterior.»

La desestructuración del rostro de Eligia es objeto del primer capítulo. Del incidente a la llegada al hospital, Jorge Barón Biza describe con una gracia sorprendente el trabajo de superficie del vitriolo sobre la piel de su madre, así como las contorsiones dolorosas que agitan su cuerpo. Pintor y botánico de lo horrible, se interesa a continuación por los efectos secundarios del ácido que, tras haber quemado la piel, continúa actuando desde el interior durante semanas, deformando los contornos y los colores del rostro de su madre, que parece haberse convertido en un ser vivo autónomo, palimpsesto grotesco de un cuadro de Arcimboldo:

«Durante las primeras semanas, nada fue estable en su carne. Mientras algunos sectores de su cara se vaciaban, otros se hinchaban como frutos inciertos que parecían nacer maduros, prometiendo algún jugo succionado de los vacíos cavernosos que se empezaban a abrir cerca de esos extraños florecimientos.»

El trabajo quirúrgico de reconstrucción se hará en Italia, en Milán, adonde Eligia y Mario llegan tras un viaje hilarante en 1965. La madre y el hijo sólo volverán a Argentina en 1967. Con un cándido cinismo, Jorge Barón Biza describe la vida del hospital caracterizada por el «formalismo disfrazado de humanitario buen humor» de las enfermeras que es, en definitiva, preferible al entusiasmo delirante de los cirujanos ante ese nuevo terreno de juego que es el rostro de Eligia. Uno de ellos, apasionado de la alquimia (sic), le declarará despreocupadamente que ya que «vitriolo» es el equivalente alquímico de «cupido», debería considerar la reconstrucción de son rostro como una suerte. El desierto y su semilla es además una meditación sobre el rostro y algunas de sus páginas no pueden dejar de evocar otras de las más bellas reflexiones de Emmanuel Levinas sobre este propósito. Como el rostro es constitutivo de nuestra identidad, exceptuando la muerte, no podría haber otra agresión más negadora del otro que la que perpetra Arón, quien se suicidó porque, aunque sólo fuese simbólicamente, había matado a Eligia.
El rostro de Eligia simboliza todo lo que, en esta novela, ha sido destruido y debe ser reconstruido. El desierto y su semilla es la novela del caos generalizado. Antes que nada está la Argentina, cuyo rostro, desfigurado por fuerzas insidiosas, es tan grotesco como el de Eligia:

«Por aquellos tiempos, la historia nos convertía sistemáticamente en payasos. Vivíamos épocas de inestabilidad política y las noticias consistían en un desfile de civiles y militares, todos recargados de símbolos du poder y prometiendo escarmientos o paraísos. Los veíamos desaparecer al cabo de pocos años o aun meses, sin cumplir nada. […] Así me hice desde muy joven una idea burlable del mal.»

En Milán, madre e hijo se sumergen en otro caos, todavía más polimorfo. Contrariamente a las grandes ciudades modernas latinoamericanas, «racionales, uniformes y cuadriculadas», como exigía el urbanismo español colonial, Milán tiene calles «caprichosas» cuyo trazado sigue los azares de la historia, bordeando aquí murallas desaparecidas, contorneando allí antiguos almacene: «ninguna dirección era constante; ninguna referencia, estable; no había damero que enmarcase el conjunto.» Como el rostro d’Eligia, el caos milanés no es sólo aparente: las sombras del fascismo y de la estupidez lo agitan, como muestran los discursos de ese padre y su hija en cuya casa cena Mario una noche, el primero nostálgico de Benito Mussolini y la segunda elogiando las virtudes combinadas del psicoanálisis y la astrología. Milán muestra los fracasos de todas las reconstrucciones posibles.
Eligia volverá con un rostro ciertamente reparado, pero desfigurado para siempre. La peor paradoja es que, aunque ella no lo sabrá hasta  1971, en una capilla situada a pocos metros de su clínica reposaba secretamente el cuerpo momificado y por tanto fijado en su extraordinaria belleza de Eva Perón, su antigua adversaria. Tras haber sufrido sin quejarse nunca múltiples intervenciones quirúrgicas practicadas durante dos años en su rostro, Eligia continuará sufriendo y se lanzará al vacío en 1978, como para rematar la desintegración de su cuerpo.
En cuanto a Mario, había decidido defenderse de la violencia, la cólera y las ambiciones familiares haciéndose paladín de la apatía. Milán habría podido hacerlo renacer, pero una vez más, será un fracaso. Mientras pasa sus días cerca de una madre a la que nunca llama  «mamá» y que no le muestra ningún afecto, Mario se deja arrastrar por el caos de las noches milanesas. El alcohol y las peores perversidades sexuales son sus únicos refugios y cuando una mujer se  le ofrece al fin sinceramente, el atavismo familiar resurgirá bajo la forma de un cuchillo… Contrariamente a su madre o a otras entidades de la novela, Mario se niega a reconstruirse y por esa razón rechaza la oferta de una vieja pareja de empresarios australianos de pompas fúnebres de convertirle en su heredero en las antípodas de Milán.

En los países hispanos, se ha escrito a menudo que El desierto y su semilla  es una novela edípica. Esa afirmación olvida los sarcasmos de Jorge Barón Biza contra el psicoanálisis. Además, por el hecho de hallarnos en presencia de un padre, una madre y un hijo, no hay por qué recurrir al engranaje hermenéutico freudiano. Por otra parte, el Edipo se manifiesta por el amor y el odio, mientras que aquí, no hay más que indiferencia entre los protagonistas. No es, por ejemplo, ni por amor ni por deber si Mario cuida de su madre, sino simplemente «porque sí», sin pensar. La ausencia de amor es una de las características de este libro y por eso tampoco creo que se trate, como se ha escrito, de una novela misógina. Las mujeres son aquí maltratadas y mal amadas, pero eso muestra sobre todo que ninguna redención es posible, ni siquiera por el amor, que finalmente no es más que una fuerza destructiva como otra. No hay nada que salvar, excepto mediante la escritura:

«Tarde o temprano yo también seré solo un texto; no me queda mucho más por hacer. Escribo estas líneas, y ese frágil impulso de hacerlo es todo lo que todavía puede llamarse, para mí, ‘vida’, o ‘acción’ o ‘posibilidades’.»

Se concede aquí una gran importancia a la lengua, que el lector advertirá gracias al trabajo que Jorge Barón Biza realiza sobre la oralidad. En este sentido, también habría que subrayar el trabajo de los traductores franceses para hacer legible en francés el cocoliche o el fraseado de los paisanos argentinos analfabetos.
El desierto y su semilla es una gran novela y si, según la frase de Boris Vian, «el humor es la cortesía de la desesperanza», puede decirse que es un libro tan divertido como desesperado.






Jorge Baron Biza, Le désert et sa sémence. Traducido por Robert y Denis Amutio. Éditions Attila. 19 €



Mi reseña en La Vanguardia Cultura/s

Isabel Núñez
(Caravaggio, David y Goliat)

Un dolor cerrado
ISABEL NÚÑEZ

Jorge Baron Biza
El desierto y su semilla
451 Editores


El narrador, Mario, acompaña a su madre, Eligia, a la que llama siempre por su nombre, a reconstruirse la cara, quemada por el ácido que el padre del narrador, Arón, le ha lanzado en un acuerdo de divorcio, antes de suicidarse. Madre e hijo viajan a Italia, donde un cirujano célebre le reconstruirá las facciones. Mario pasea por Roma, conoce a una prostituta de la que se hace amante, bebe y bebe, y con un distanciamiento que no puede ocultar el hastío y la violencia interna, narra la evolución de la madre y va hilando escenas del convulso siglo XX argentino, ironizando sobre la desdichada suerte y la estrechez del pensamiento de unos y otros, y acercándose cada vez más al padre escritor, como si una suerte de fatalidad le arrastrara a ello.
Tras publicar su novela de autoficción, en pleno éxito de crítica y público, el periodista y escritor Jorge Baron Biza (Buenos Aires, 1942 – Córdoba, 2001) se arrojó por la ventana de un duodécimo piso, siguiendo la misma pauta repetitiva familiar que recoge la novela, ya que su padre escritor, su madre y su hermana se suicidaron antes que él.
Un crítico ha asociado El desierto y su semilla al género del mal, ha comparado su protagonista a los de Roberto Arlt y sus personajes femeninos a los de Cortázar. Pero el joven narrador de El juguete rabioso arltiano está lleno de sensibilidad, de vitalismo melancólico y de sueños locos, aunque no encaje en el mundo. Y las heroínas de Cortázar muestran el extrañamiento o la interrogación desconcertada de un narrador masculino, pero esa mirada deja lugar a la empatía y el deseo.
Aquí, pese a la belleza de la destrucción y a la feliz idea de asociar simbólicamente las ruinas del rostro materno a las de su país, domina el resentimiento sordo y cansino contra las mujeres, que sólo a veces cede para dejar brillar su humor inteligente (su experiencia transcribiendo recetas de cocina y olvidando ingredientes, o el engaño a los enterradores australianos reinterpretando la cultura clásica) o los experimentos (el cocoliche) en los diálogos, traduciendo literalmente las lenguas cuando hablan extranjeros.
En la literatura, el ángulo suele ser la clave, y situarse en el del perpetrador del mal resulta interesante, precisamente porque las flaquezas humanas, la irracionalidad y la locura son las minas del escritor: pienso en Crimen y Castigo de Dostoievski, el violador de The Little Girl de Grace Paley o Santuario de Faulkner, Flannery O’Connor, Jonathan Littel…
Ciertamente hay aquí un dolor cerrado que no puede dejar indiferente y su expresión es pura literatura. Pero el escritor, incluso enfermo, tiene que controlar su materia, aunque sea eso lo único que controle. Aquí, la falta de salida asfixia al propio escritor, pesa demasiado la obsesiva y sádica descripción del rostro desfigurado de la madre y los –peligrosos— cuidados de su hijo, y ese alcohol compulsivo y desesperado que anuncia ya lo que vendrá.
Si la literatura implica una interrogación, aquí, la respuesta es obvia y el escritor es el único que parece ignorarla, señalando a la genética, silenciando la relación con la madre y camuflando la identificación paterna, las razones de su rabia contra las mujeres, como si sólo el fatuum o el apellido explicaran su necesidad de destruirlas físicamente a cuchilladas. Lo cual no impide relumbrar la chispa de escritor de Baron Biza, ni desmerece la cuidada edición.

viernes 23 de diciembre de 2011

Text de presentació dels Poemes cínics de Santiago Subirats


Foto: I.N. Estambul, 2003

Vaig llegir els poemes cínics, gairebé aforístics, aquesta minima moralia de Santi Subirats amb fruïció i divertiment, però primer vaig tenir un moment de dissensió
Jo sé que quan diu
Jo, que només busco formes de dir-me en vers,
i que no estic a favor ni en contra de res.
No és exactament veritat i que la posició del cínic és també aquí una màscara, una paròdia, o més aviat un angle, un biaix per fer literatura. Però primer, em va fer pensar en una actitud vital molt del país, que a mi em produeix una certa al·lèrgia. Aquest és un país submís, on molts han heretat sense saber-ho la passivitat de la vella por dels anys de la dictadura passada pel sedàs de la indiferència: la major part de gent, quan veuen que protestes o que reclames els teus drets davant dels abusos, et diuen: “No ho facis, no et servirà de res”.  Sovint he pensat en la meva ciutat com una ciutat amb la panxa grossa, on la gent només vol menjar i anar al futbol, i ni pensa ni camina, arriben a casa amb el cotxe al pàrking o amb la moto fins a la mateixa porta, en aquesta ciutat completament foradada d’aparcaments. No és solament Barcelona ni Catalunya: ja deia Maria Zambrano que la identitat mateixa d’Espanya es va basar en l’expulsió i el genocidi, i per això els espanyols havien renunciat al pensament i la memòria, a escriure història i a fer filosofia. I Zambrano, per construir el seu pensament va haver de recórrer a la literatura, al Quixot i als poetes místics, darrere els quals hi havia totes les capes anteriors de la càbala, el sufisme i allò que havia enterrat la Inquisició. La qüestió és que, de cop, la idea del Santiago Subirats del gos que s’escalfa al sol i que, simplement, no vol que el molestin, em va fer recordar la passivitat que ara, amb la ferocitat dels retalls de la crisi, ha començat a esquerdar-se una mica.
Per això li vaig trucar un dia de festa al matí per dir-li que no podia. Però poc després, mentre em dutxava, que és un moment bo perquè et ploguin les idees, se’m va acudir una:
Com fem per suportar el món. Els recursos i les actituds que trobem per suportar-ho i fins i tot per ser, secretament, momentàniament, subversivament, feliços. Com ens defensem del món, i també, com ens protegim. Alguns necessitem actuar i resistir (no per bondat sinó per necessitat vital, perquè no ens faci mal el cos, perquè les queixes no ens facin bilis al fetge), però també ens refugiem en els plaers senzills: llegim, escrivim, ens envoltem amb música com si fos una manta contra el soroll, anem al cine per oblidar-nos unes hores i traslladar-nos a la vida o el somni d’algú altre, encara que sigui el malson o la malenconia d’algú altre, o busquem els amics, o ens refugiem a la vida purament física.
Com fem per viure en una ciutat de formigó, plena de soroll, on ens han anat robant cada racó de quietud i d’ombra, sense arbres que ens ajudin a respirar! Busquem l’ombra dels pocs arbres que ens queden: l’altre dia jo també vaig recórrer aquest escenari de ciència-ficció que és el traçat d’autopistes supèrflues que han destruït l’Empordà, per trobar aquesta ombra i quan vam arribar, feia pudor de purines i enmig d’un paisatge elegant i encara bonic, vaig veure, com el malson concentrat, una granja industrial amb alumini i llum elèctrica on els pobres porcs cridaven comprensiblement.
Alguns sentim inevitablement les dues atraccions: relacionar-nos amb la Polis i abstreure’ns. Precisament ja fa uns mesos en què, per primera vegada a la vida, em vaig començar a saltar alguns dies la lectura dels diaris... com podria criticar jo aquestes gossades i aquests lladrucs de Santiago Subirats.
Tothom sap que la paraula cínic ve del grec kyon, gos, i sobretot de la forma adjectiva, kynikos, que significa caní, i que a Diògenes i els seus seguidors els anomenaven així per la seva idea radical de llibertat, el seu desvergonyiment i els seus atacs a les tradicions, a les convencions i a les maneres de viure establertes. També sabem que una part del cinisme modern (no el dels polítics, és clar, sinó el de la literatura, per exemple) hereta la ironia dels grecs i el qüestionament dels llocs comuns i dels valors com ara el bé i el mal, la pàtria, els nacionalismes, les religions, etc. Aquesta actitud i sobretot l’ús de la ironia, que s’ha fet gairebé imprescindible en literatura, precisament per suportar el món, no ha impedit el compromís (i ara penso en escriptors com ara Dorothy Parker).
També, llegint aquests poemes, vaig pensar en la joie paradoxale, la joia paradoxal de la qual parla la filòsofa francesa Marion Richez, la joie malgré le monde, la joia a pesar del món, una felicitat que ve del cos o no se sap d’on, tot i que sabem que el món és injust i terrible. És una felicitat momentània, fugaç, i tan misteriosa que alguna gent l’ha experimentat fins i tot als camps de concentració i que també hem vist en escenaris terribles, com demostren alguns dels inoblidables Relats de Kolyma de Varlam Shalàmov perquè, encara que alguns no ho vulguin saber o s’espantin, la melangia i la tristesa, la ràbia, l’esperança i aquesta joia paradoxal viuen barrejades i són inherents a l’ésser humà. Qui digui que no coneix aquestes passions s’enganya o ens enganya o potser està mort sense saber-ho.
D’altra banda, i això ho vaig pensar després quan ja havia acceptat, el Santi m’havia convocat, per mitjà d’aquestes citacions del meu llibre balcànic, jo no podia no acudir. El llibre, a més, està ple d’aquells versos que ens tornen, obsessivament, com deia Jaime Gil de Biedma que li passava amb alguns poemes d’altres poetes. No només per la rima... O les imatges... Per afinitat vital i ideològica o per estètica, m’he sentit acollida a molts d’aquests poemes i no en volia rebutjar l’hospitalitat.
Parlo per exemple del poema on retrata algú que va vestit impecablement amb corbata de seda però Subirats imagina que dins les sabates duu els mitjons foradats de pena... M’ha fet pensar en aquell director del Banc Mundial, molt conservador i sionista bel·ligerant, Paul Wolfowitz, que, en treure’s les sabates no sé si per entrar a una mesquita, va ensenyar els mitjons “foradats de pena” o potser de vergonya, perquè, com fem per suportar-nos nosaltres mateixos? Com fan aquells que s’han passat a la força obscura, per dir-ho amb llenguatge d’Star Wars, per conciliar-se, perquè també se n’han d’anar al llit amb ells mateixos, és el How do you sleep at night de John Lennon… I els que no ens passem a la força obscura, necessitem tenir el valor de dir
Diu Subirats
Sí, em sap greu de dir les coses clares, / però no puc deixar-les, dins meu, callades. (15)
Deia la filòsofa francesa Cynthia Fleury que el valor no és el contrari de la por, sinó la capacitat de superar-la. I, o com a proposta vital, Cynthia Fleury suggeria cada di afer un gest, ni que fos petit, que ens fes renunciar una mica menys al nostre desig profund. I no parla, naturalment, del desig de tenir un cotxe més gros, sinó potser del desig de dir-li a algú el que pensem, de dir en veu alta quan una situació ens fa fàstic o terror...
Subirats diu:
He somiat que sortia al balcó de casa i tot era fosc.
Enmig de la polseguera, veia caure façanes noves
Deixant lliures la infelicitat i la misèria interiors.
Qui no s’ha aturat un moment davant d’una casa enderrocada on les parets dibuixen encara l’estructura i els costums i una certa intimitat d’una manera gairebé pornogràfica, les escales, però també la conducció del vàter i la banyera d’una casa ja destruïda...? Qui no ha imaginat alguna vegada, mirant un pati d’illa amb totes les llums petites que il·luminen les finestres o escoltant veus que criden un moment, o el mateix silenci o les televisions, els drames interiors de les ciutats modernes? Un dia, jo anava presonera dins d’un cotxe per la Rambla Catalunya, i amb el semàfor vermell d’una cantonada, la gent mirava cap amunt i hi vaig mirar jo també: vaig veure una senyora, vella, enfilada a la barana, la vaig veure tirar-se pel balcó, amb  els cabells grisos i la faldilla de franel·la grisa i vaig sentir el soroll estrany del cos en caure a terra. I el semàfor va canviar i el cotxe on jo anava va seguir. L’endemà vaig saber que algú havia comprat l’edifici per fer-hi un restaurant i aquella senyora l’havien de desnonar. Vaig escriure una carta al diari i anys després, ho vaig posar en un conte. Aquests tres versos expliquen també això, amb la síntesi de la poesia.
També diu Subirats:
Veig Barcelona...
Amb les papereres plenes de poesies abandonades.
Una ciutat d’homes tristos...
Hi ha poemes on he trobat altres afinitats. En algun dels seus consells cínics suggereix que, quan arribeu a casa, no mireu la televisió, diu:
Demaneu, millor, per què cap arbre no plora al matí,
Per què hi ha joves que se suïciden quan baixa la nit
O com és possible d’oblidar les guerres civils.
També hi ha una reivindicació del paisatge i del silenci:
Com quan parla d’aquests conferenciants mediocres i els creadors sense gaire esperit, que li provoquen el desig de portar-los a casa, que vegin el sol que cau, l’ombra i les fulles dels arbres, el moscatell...
I, quan es pregunta:
Per què vàreu tallar tots els arbres / que mantenien a lloc els temors...
De vegades recupera l’esperit furiós d’aquell Salvat Papasseït que escrivia: “Escopiu a la closca pelada dels cretins!” I sembla que comparteixi el desig de fugir de Baudelaire: N’importe où, n’importe où, pourvu que ce soit en dehors de ce monde! No importa on, no importa on, mentre sigui fora d’aquest món!
Vitalista, parla poc de la mort, i potser quan ho fa, tracta més de la mort en vida, potser de les renúncies:
Més d’una part de mi agonitza:
O parla del pes dels morts de la història...
I altres vegades arriba a ser inesperadament dickinsonià
Diu:
Jo només escric
Per a mi, cobert per milers d’estrelles.
Em fa pensar en aquell poema de la Dickinson que diu (i faig una traducció improvisada i temerària):
Les millors coneixences que tinc són aquelles / amb qui no he parlat mai/ Les estrelles que arriben a la ciutat / Mai no m’han considerat descortès / Quan no he respost res / a la seva crida celestial / La meva mirada reverent / ha estat cortesia suficient
O tots els jocs que li permet a Santiago Subirats el recurs d’adoptar metafòricament el punt de vista del gos
(com quan diu amb ironia)
Com a gos, sempre seré fidel a Homer...
De vegades l’humor d’aquests poemes podria entrar en allò que Carles Hac Mor reivindica com un pensament “poca-solta”:
Diu Subirats:
Homes i dones de ment precisa!, / permeteu-me de bordar aquests sonets / de versos i lletres engossides, / com si fossin els més profunds gemecs / d’una fera amb pell insubmisa...
O quan es revolta davant la docilitat que li exigeixen i contradiu la passivitat aquella de què parlàvem i anuncia que robarà quan tingui gana, perquè els banquers roben més, o diu que ha escollit ser salvatge i que la religió hauria de cridar a la desobediència civil i no tenir secrets i torna a contradir aquell vers on deia que no era a favor ni en contra de res:
És bonica la idea d’aquest poema final en què parla directament com un gos que ja no creu en l’home, que ha perdut l’esperança de jeure amb ell, de ser el seu millor amic, i ja no li pot mirar els ulls sense recança, i és que, finalment, el gos de Santi Subirats es revolta fins i tot també com a gos i abandona l’home, diu que ja és hora que segueixi el seu camí tot sol...
Les citacions són també agosarades i serveixen per entrar una mica a l’univers heteròclit i hospitalari de Santi Subirats: Sloterdijk, Gottfried Benn, Plath, Baudelaire, Hawking, Menandre, Antístenes, Diògenes, Franco Volpi, Pius Alibek, el meu llibre balcànic... I el fet subversiu de posar-hi bibliografia.
Després d’aquest recorregut dels Poemes cínics de Subirats, poemes morals, vitals, pessimistes i irònics, per celebrar aquesta conciliació meva amb el seu esperit, volia dir aquí una altra traducció meva improvisada i una mica poca-solta d’un poema d’Emily Dickinson que parla d’un encontre després de la mort. No sabria dir per què, però crec que en certa manera amagada, hi ha una relació, potser la idea antiga que el poeta havia de buscar la veritat i la bellesa. Diu així
Vaig morir per la Bellesa, però tot just
M’havien encaixat al taüt
Quan algú que havia mort per la Veritat va jeure
A l’habitació del costat...
Ell va preguntar, baixet: jo per què havia caigut?
Per la Bellesa, vaig dir...
I jo per la Veritat. Són la mateixa cosa
Som Germans, va dir...
I així, com parents, retrobats una nit...
Vam parlar entre les habitacions...
Fins que la molsa ens va arribar als llavis...
I va cobrir... els nostres noms.

Moltes gràcies
Isabel Núñez

miércoles 9 de noviembre de 2011

Mi reseña del Socotra de Jordi Esteva en el Cultura/s


Foto: Jordi Esteva, Caminante en los altos

Viajes

Un mundo perdido

ISABEL NÚÑEZ

Jordi Esteva
Socotra, la isla de los genios
ATALANTA
368 PÁGINAS
23 EUROS
           
            Una imagen de la infancia sirve de arranque a Jordi Esteva (Barcelona, 1951) en Socotra, la isla de los genios. De niño, cuando no podía dormir, hacía girar la bola del mundo deteniéndola con un dedo. Una noche cayó en una isla del Índico, entre África y Arabia, con una lengua heredera de la de Saba y una flora casi única, los árboles del incienso y la mirra, el áloe, el extraño draco y mitos de animales fabulosos, como el ave Roc. Esteva pospuso ese sueño y realizó todos los demás; Socotra era su último deseo pendiente.
         En esa escena de la infancia estaban ya las contradicciones que enriquecerían su sensibilidad: la cabeza del “desdichado jabalí” en la pared, los pies de foto racistas de Las razas humanas del Instituto Gallach, el país reprimido y franquista en que vivía. Jordi Esteva buscaría la belleza y la libertad en Oriente y en África, pero también buscaría la verdad, por compleja y ambivalente que fuese, y aunque comprenderla exigiera también comprenderse.
         Fotógrafo y escritor, Esteva vivió cinco años en El Cairo, recorrió el mundo árabe y africano, asumiendo sus riesgos, y plasmó su mirada en la fotografía y la escritura, en libros como Los oasis de Egipto, Mil y una Voces y Los árabes del mar, y un documental sobre el animismo akán, Retorno al país de las almas.
         En una tradición viajera más anglosajona que hispana, Esteva ha tenido sin embargo el acierto, señalaba Sami Naïr, de mostrar sus viajes como una experiencia personal y subjetiva. Viaja en busca de mundos que se precipitan hacia la desaparición y el olvido, y en el trayecto reencuentra su propio pasado y descubre que ya le interesa más comprender lo vivido que la pura exploración.
         Los rastros de las leyendas, del mundo salvaje y libre que recorriera Isabelle Eberhardt vestida de hombre a principios del siglo XX, de la espiritualidad preislamista, la medicina natural y las formas de vida proto-hippies, no impiden al autor detectar su reverso: la destrucción especulativa, la violencia islamista, la exclusión de las mujeres, convertidas en fantasmas cubiertos de negro, el olvido cultural. A la luz de los textos clásicos y de su conocimiento de la lengua árabe, Esteva cavila mientras se adentra con una pequeña caravana de camellos en el territorio áspero y escarpado de la mítica Socotra, al encuentro de su anfitrión, nieto del último sultán socotrí.
         Cuando su amigo Abdelwahad le pregunta si le decepciona no escuchar historias de seres legendarios, Esteva le responde que para él, cada día es un descubrimiento. Esa sensación late en estas páginas, donde la atmósfera –la costa desolada y onírica, montañas volcánicas que se desploman en un mar lechoso, cielos estrellados, zarzas y cabras, playas de arena blanquísima y mar cobalto, la piel de cebolla del árbol del incienso, los dracos, el paisaje casi prehistórico, el fulgor de una pareja perdida en un lugar salvaje, los fuegos en torno a los cuales se cuentan las historias, los ojos negros y los dientes blanquísimos en la noche, las exclamaciones rituales en árabe, los tés y cafés perfumados al cardamomo, las plantas que curan, pero también el bullicio de Adén, los aviones repletos, la locura del tráfico— se une al retrato preciso de personajes rescatados de otro mundo o parte de la paranoia occidental, el callo en la frente del falso ferviente o la asfixia de esas mujeres prisioneras, y también los mitos y la historia, desde Simbad y Las Mil y Una Noches a las colonizaciones, los portugueses, los vestigios cristianos de Socotra, el pozo de Rimbaud y su enigma, el comunismo y la borradura de la identidad.
Esteva sigue las huellas de quienes le precedieron y nos transporta sin dejar de interrogarse e interrogarnos sobre el mundo.
         La cuidada edición, con esas imágenes maravillosas aún en su discreción impresa –pictóricas, evocan cuadros como El sueño de Jacob, o el Oriente de Lehnert y Landrock–, donde incluso el papel, las guardas y la tipografía realzan el relato, sugiere que el libro ha encontrado su editor ideal.

miércoles 19 de octubre de 2011

Mi reseña de Clemens Meyer en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N. Río Spree, Bauhaus, Berlín, 2011

Algo salvaje

Isabel Núñez

Clemens Meyer, La noche, las luces. Menoscuarto. Traducción de Ernesto Calabuig. 277 págs. 18 €

Clemens Meyer (Halle, Saale, 1977) está considerado el cronista oscuro de la Alemania del Este. En 2006 publicó su premiada primera novela, Als wir träumten (Cuando soñábamos), un duro retrato generacional, de jóvenes que se mueven en los márgenes sociales en los años de la caída del Muro. Su colección de relatos La noche, las luces obtuvo el premio de ficción de la feria de Leipzig.

Antes de estudiar literatura, Meyer trabajó en la construcción, como mozo de carga y vigilante en almacenes y fábricas. Mientras estudiaba, fue detenido por un delito menor y cumplió condena. Esa dureza le sirvió para construir su voz literaria.

Estos cuentos son poderosos y discurren en el lado salvaje o más sombrío de la vida urbana.

Un parado bebe y evita acudir a la oficina de empleo, a su madre le cortan la luz; un joven sueña otra vida con las postales latinoamericanas de un antiguo colega del bar; un narrador psicótico se acuesta con su escopeta y dispara por la ventana a una farola irritante mientras su amante, parecida a la Monroe, llora desnuda en la cama; el profesor obeso enamorado de una niña; el narrador que apuesta a los caballos para salvar a su perro enfermo; los viajes de una extraña pareja de dos ex colegas de la cárcel: uno seduce a otros hombres y el segundo irrumpe para robarles con violencia; un antiguo frutero adinerado que vive su soledad entre drogas y sexo de pago se arrastra en una suite de hotel recordando su vida; un ex convicto sale de la cárcel y las cosas se le tuercen; la pesadilla del viajante de vinos que se despierta en un tren sin saber por qué; un hombre casado sigue peligrosamente a una puta rusa; y sobre todo, el que para mí es su mejor cuento, magistral, “En los pasillos”: en una atmósfera industrial, en los turnos de la jornada nocturna de un economato y sus resquicios, surge el extraño fulgor de una atracción amorosa, sin que ocurra apenas nada, y una amistad que se estrellará con el gesto irreversible de uno de los dos hombres. En ese cuento, la economía y la contención de Meyer le permiten mostrar toda esa luz negra, la vida que late aún en la desesperanza y la muerte.

Sigamos la pista de Clemens Meyer y felicitémonos de su escritura potente, impecablemente traducida por Ernesto Calabuig, llena de humor negro y melancolía, con un insólito humanismo bajo la forma desnuda y despiadada.