miércoles 4 de noviembre de 2009

Charlotte Roche en La Vanguardia Cultura/s de hoy


Foto: I.N. Balcones en Madrid, 2009

Narrativa
La otra cara del sexo
ISABEL NÚÑEZ
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Charlotte Roche
Zonas húmedas / Zones humides
Anagrama / Proa
Traducción de Richard Gross / Jordi Jané-Lligé
208 /216 PÁGINAS
16 / 16,95 EUROS

Sin duda Charlotte Roche (Wycombe, 1978), británica educada en Alemania, tiene una compulsión expresiva. Montó una banda de garage rock, se autolesionó y pintó con sangre, experimentó con drogas, se afeitó la cabeza y triunfó como presentadora de Viva (especie de MTV).
Zonas húmedas nos llega con un millón y medio de ejemplares vendidos en Alemania, primer best-séller germano de Amazon.
Roche quería mostrar que las mujeres no son sólo un objeto erótico, también enferman, van al váter, sangran. “Si uno quiere acostarse con ellas, tiene que encarar también esa parte”. Ella siempre sintió atracción morbosa hacia las intervenciones traumáticas del cuerpo –cirugía, sangre, instrumental, suturas—, que asocia al sexo y la masturbación (tal vez la muerte de sus tres hermanos en un accidente, cuando iban a la boda de Charlotte, y su madre herida, guarden relación), y quería romper los tabúes del sexo femenino.
Una adolescente, Helen, con una curiosidad exploratoria a veces agresiva hacia su cuerpo, aquejada de hemorroides que metaforiza como “una coliflor en el culo”, se produce, al afeitarse esa zona para verla mejor y disfrutar más, una fisura que la lleva al hospital, donde permanece toda la novela. Allí, con la complicidad de un enfermero seducido, continúa su exploración y prolonga su estancia como sea, fantaseando con reunir a sus padres divorciados.
Ciertamente hay tabúes que romper en la corporalidad femenina y sería injusto no reconocerle a Roche talento expresivo, ritmo y eficacia con su lenguaje libre (las traducciones lo translucen). Temáticamente hay algo del Crash de Ballard, y quizás ideas de Germaine Greer, pero la asociación con Holden Caulfield parece desatinada.
Se trata del fenómeno contemporáneo de los escritores que no leen y escriben como si con ellos empezara la cultura (acaban leyendo, por saturación de su propio discurso). Roche es personaje mediático en Alemania y eso también la ayuda a vender. Pero el lector que no comparta su afición escatológica no superará las páginas dedicadas a la coliflor y sus repliegues, incisiones, gasas, o su afán de ensuciar el hospital por pura excitación.
Humor, porno –con su tradicional fragmentación y desindividuación—, adolescencia prolongada y fluidos corporales, en un tono directo que recuerda a Bridget Jones.

miércoles 28 de octubre de 2009

Mi reseña sobre Lionel Shriver en La Vanguardia Culturas


Foto: I.N., Rincón de un pequeño parque en Bruselas, 2008

Narrativa
¿Qué pasaría si le besara?
ISABEL NÚÑEZ

Lionel Shriver
El mundo después del cumpleaños
Anagrama
Traducción de Daniel Najmías
704 PÁGINAS
27 EUROS

El azar y la pregunta ¿qué habría ocurrido si…? han generado mucha literatura. Para todo escritor, la interrogación ante cada opción vital y la renuncia que implica son materia de ficción. Dejando aparte la poética de lo fortuito austeriana y vilamatiana, Henry James utilizó ese condicional en La esquina alegre, Paul Theroux en My Other Life, y lo manejan la autoficción y el cine con resultados diversos.
Lionel Shriver, que causó un impacto más sociológico que literario con su Tenemos que hablar de Kevin (buceando en la violencia adolescente con un legítimo cuestionamiento del rol materno, pero sin una indagación personal más valerosa), somete la trama de El mundo después del cumpleaños a una estructura rígida, casi asfixiante: en el primer capítulo, Irina, ilustradora infantil rusoamericana, felizmente instalada en su rutina de pareja con el racional y estable Lawrence, asesor de política internacional, se ve asaltada por el deseo de besar a un amigo de Lawrence que parece su opuesto, un jugador de snooker británico, inculto, encantador y dado al exceso. De ahí surgen dos novelas de capítulos alternos; en un capítulo, Irina y Ramsey se besan, en el otro no. Y con paciencia minuciosa, Shriver describe en un paralelismo más divertido que irritante las dos posibles vías, con las variaciones de cada opción. ¿Qué pasaría si le besara? ¿Y si no le besara?
En ese trayecto, tal vez demasiado largo (aunque dicen que lo largo vende), Shriver se burla de los ingleses (con afecto), de los norteamericanos expatriados (sin renunciar a serlo), de los escritores (“un escritor frustrado, si es que hay alguno que no lo sea”), de hombres y mujeres, raíces, estereotipos y la conciencia moral de lo político. Usa su visión microscópica, algo misógina, desmitifica el sexo y retrata el matrimonio evocando al Hornby de Cómo ser buenos, siempre desde su posición ligera (Shriver prefiere un capítulo de la serie The Wire con palomitas a un cuento de Henry James), para defender la feliz rutina, con un interrogante abierto. Y sale más que airosa de su empeño.
En el retrato de esas dos trayectorias posibles, los hechos políticos del cambio de milenio aparecen como mero telón de fondo –guerra de los Balcanes, muerte de Diana, atentado de las Torres Gemelas— que no afecta a la acción principal, y esa reducción es en sí misma una declaración.
Domina su feroz ironía, con momentos geniales y otros previsibles, y su mirada inquieta, capaz de mostrar la multiplicidad de yos que coexisten en cada uno y cómo cada relación puede reflejar uno de esos yos y desconcertar. Analiza la extraña dualidad de la pareja, hecha de espacios secretos y canales de diálogo, con sus frágiles equilibrios. Y la necesidad de probar otra vía que puede asaltar a cualquiera. Y en esa reflexión sobre las relaciones, aunque no se dirija tanto a los intelectuales como al público de las palomitas, hay también una interrogación sobre nosotros y cómo nos definimos en el otro, llena de contradicciones y matices.
La escritura es pragmática (la traducción eficaz), no busca grandes hallazgos formales. Se trata de entretenimiento inteligente, falsamente ligero, muy contemporáneo y apto para casi todos los públicos.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Von Doderer en La Vanguardia Culturas


Foto: I.N. Jardín en San Petersburgo, 2004

Narrativa
Retratos de café vienés y silencio de preguerra
ISABEL NÚÑEZ

Heimito von Doderer

Los demonios
El Acantilado
Traducción de Roberto Bravo de la Varga
1664 PÁGINAS
48 EUROS

Heimito (adaptación del diminutivo español Jaimito) von Doderer nació en 1896 cerca de Viena, y vivió siempre en esa ciudad, excepto por su cautiverio en Siberia, en la I Guerra Mundial, durante el cual decidió convertirse en escritor. Sus estudios de psicología e historia le servirían en esa búsqueda literaria. Los demonios fue su gran novela (Premio Nacional de las Artes), su escritura le llevó veinticinco años e impregnó sus demás libros (se ha dicho que su novela La escalera de Strudelhof “nació de una costilla” de ésta), incluyendo poemas y artículos periodísticos.
Con su biografía, Von Doderer podría corroborar la evolución que denuncia Bernhard, de una Austria que sustituye el nacionalsocialismo por el catolicismo, sin transición, enterrando el pasado: Von Doderer militó brevemente en el partido nazi, no se sabe si por nietszcheanismo o por un error de cálculo, y lo abandonó desengañado y horrorizado, pero su conversión intentaba “devenir un ser humano”, una idea que inspiraría su obra.

Los demonios es una novela sólida e inteligente, dibuja la Viena de entreguerras minuciosamente, con la complejidad narrativa de un inmenso fresco de personajes que bullen como “bajo una gran piedra levantada en el jardín” y recogen un amplio espectro social, desde el legado fastuoso y palaciego de la capital imperial a la pequeñez de esa ciudad reducida y provinciana que se mira el ombligo, en la década de los veinte, los años en que se fragua todo el horror y la violencia del siglo XX.
Al parecer, el autor mezcló osadamente el alemán coloquial con la lengua de la burocracia imperial, la erudición desenfrenada y una jerga inventada para lo erótico en una sorprendente polifonía, superando las barreras que separaban rígidamente el alemán culto del oral, aunque esto no pueda transmitirse en una traducción.
Se ha comparado a Von Doderer con Proust y Musil, y aunque pueda comprenderse, la asociación no le favorece. Von Doderer no tiene la densidad filosófica, ni el brillo subjetivo e íntimo, la nervadura que anima la obra de Proust, ni tampoco –aunque se hable de la misma sociedad y aunque ambos autores intenten comprender la Historia a partir de la ficción literaria y utilicen un ritmo lento—, comparte el peso alegórico y simbólico de El hombre sin atributos, cuyos personajes también se desgajaban como el tejido social del imperio perdido.
Se trata aquí de un gigantesco friso barroco de esa sociedad vienesa que precede a la violencia nazi, dibujado mediante el retrato de sus múltiples personajes, con un puntillismo y una aguda finura en el trazo, y ese ritmo lento, sin economía, que nos abre las puertas de los salones y nos permite asistir a los paseos por los bosques circundantes, escuchando de cerca sus voces, observando los mínimos cambios de expresión, sintiéndolos respirar, sonreír, desperezarse, produce la sensación de recorrer la pintura francesa del Louvre y observar con lupa cuadros de bailes, cafés y encuentros sociales… antes de que la Historia los precipite al infierno.
Más aún: el yo narrador de Von Doderer, semielíptico y omnisciente gracias a las supuestas crónicas de otros amigos, es un maestro en diseccionar las relaciones, los juegos de poder, la pérdida de control y la sumisión, el temor o la arrogancia en los gestos más sutiles, y el retrato adquiere gran riqueza de matices psicológicos.

Y cuando nos preguntamos por qué la paródica escenificación de un grupo de damas obesas que toman el té con sus pensamientos banales, sus rivalidades y su batalla fallida contra el peso se alarga tanto en el tiempo, o esas reuniones donde apenas ocurre nada pero todo parece formar parte de un thriller sin médula, vemos los forcejeos de la joven Renacuajo intentando entender y entenderse y adoptar una posición, no sólo del arco de su violín sino también en el mundo, y decididamente nos cautiva, o bien contemplamos agitarse esos otros personajes, como Kajetan, Grete, Frau Mary, René o el maestre de caballería, y la sutileza clarividente con que el autor los examina entretiene y suscita admiración.
O el modo maravilloso en que la compleja realidad interna de esos personajes se refleja en el paisaje, como apuntaba Martin Mosebach en su prólogo (impregnado del mismo élan vital que la novela), de modo que incluso el mobiliario o los objetos son capaces de proyectar de vuelta esa realidad y de permitir que los personajes la comprendan, dando lugar a momentos epifánicos.
Son instantes en los que a partir de un gesto –como esa mirada materna de Grete en la calle, al arbusto que se ha llenado de brotes verdes como pequeñas esmeraldas antes de que acabe el helado invierno, que conmociona a Schlaggenberg y le hace cambiar de dirección—, todo se reordena y adquiere un sentido humano, aunque sea irónico.
Hay una pasión, una intensidad de espíritu o una religiosidad vital extraordinaria en Von Doderer, en su capacidad humanista de observar la vida múltiple de su inmenso microcosmos, en su mirada llena de ironía y humor, en su habilidad al recrear atmósferas e instantes de descubrimiento y comprensión.
Y el incendio del Palacio de Justicia de Viena en 1927, en su trágica escenificación simbólica, acaba por precipitar también los hechos personales y sus prioridades afectivas, como ese timbre que parece rasgar el cuerpo de Mary justo antes del gesto absoluto de Leonhard, y la radiante eclosión de Renacuajo y el giro en la vida del narrador, y es como si el autor rematara sus distintos hilos con una fluidez delicada e imprevisible y como si el horror llevara sólo a refugiarse calladamente en el amor.

La versión castellana y la cuidada edición también brillan. Pero, si al fin resulta que precisamente esa lentitud, tan ajena a nuestro mundo interrumpido –donde la falta de tiempo es perenne y casi dolorosa—, se convierte en otro de los hechizos de la novela, sigue habiendo aquí una elipsis de esos demonios, algo imperdonablemente liviano, cierta huida, un silencio, y ésa es ciertamente la razón exasperada de Bernhard.

domingo 20 de septiembre de 2009

Cafè Central

Foto: I.N., Pavimento de las calles de Bruselas, invierno de 2008
Éste es el texto que he escrito (en catalán) para conmemorar el aniversario de Cafè Central, la editorial alternativa de Antoni Clapès y Victor Sunyol que publicó mis plaquettes (El cec de l'Odissea, el bloqueig i un somni d'editors; Els meandres de la traducció) incluyéndolas en un fondo de libros maravillosos. Y ahora, para celebrar ese aniversario, se publicará un libro con textos de Carles Hac Mor, Esther Zarraluki y muchos otros, y entre ellos esta humilde pieza mía, que traduzco aquí, para esos lectores silenciosos que me honran con su visita:

El Café Central es un café imaginario. Tiene mesas de mármol, suelo de madera y zócalos de mosaico, y a alguna hora se juegan partidas de dominó, cartas o billares, y por los ventanales se ve una plaza con plátanos y palmeras. No es un cibercafé, ni un café virtual como los de las universidades a distancia. Es un café de toda la vida, como los que antes había en Barcelona, donde ibas a leer una mañana si te saltabas una clase o no venía el profesor, o si buscabas piso, trabajo o película, y tenías que marcar las opciones posibles en los periódicos. Y siempre, lo sabías, podía aparecer un amigo, un interlocutor para una conversación de emergencia o un conocido para una conversación inspirada y fortuita. Y también veías desconocidos interesantes, que ayudaban a restaurar el paisaje humano feo y hostil de la calle. Y a veces, alguien te preguntaba algo del libro que estabas leyendo. Aquellos cafés eran escenarios de múltiples representaciones vitales individuales, con una teatralidad excéntrica y siempre cambiante, como cuando levantas un pedrusco en un bosque y ves una multitud de bichos diminutos que se agitan caprichosamente.
Es imaginario porque en Barcelona no han dejado ni uno de esos cafés, se los han cargado uno a uno, y ahora sólo hay cafés feos y ruidosos o esos que imitan un modelo inexistente, con olor a café sintético, y que son franquicias. Y si queda alguno de los de verdad, debe estar a punto de cerrar. Y el público tampoco es lo que era, todo son desconocidos con un aire tristemente convencional y quizá también imiten un modelo inexistente. Hay quien dice que ahora las guerras también se hacen para destruir las ciudades y reconstruirlas con el negocio y la idea de imitar modelos inexistentes y venderlas más caras. Y los desastres meteorológicos también sirven para reconstruir esas ciudades de mentira, con memoria de replicantes y grandes centros comerciales.
Y ahora que los cafés de toda la vida han desaparecido, sólo nos queda la idea de Café Central, que ya sólo existe en los libros, y por eso, cuando se creó una editorial con ese nombre, todos los que aún estaban vivos y recordaban cómo era la vida antes del dominio de los grandes centros comerciales, la reconocieron automáticamente, porque este café central, con mesas de mármol, libros y una plaza con plátanos y palmeras, vive en lo que llaman el imaginario colectivo de los desdichados habitantes de Barcelona, una ciudad que les arrancan un poco más cada día que pasa, cuando talan los árboles, entierran las marcas de la historia, derruyen los edificios antiguos, eliminan los rincones de sombra y desaparecen las calles donde antes era agradable pasear.
Algunos barceloneses viven adormecidos y sueñan que aún están en la ciudad de siempre, sueñan que Hereuville es Barcelona, y alimentan una especie de felicidad amodorrada que les hace crecer mucho la barriga, una barriga metafórica. Tal vez sean consumidores de soma, pero se enfadan muchísimo cuando alguien critica o se queja y corre el riesgo de despertarlos de su sueño. Cuando viajan no se dan cuenta de que en las ciudades extranjeras no hay tanto ruido, ni de que allí los árboles crecen inmensos y dan sombra y las carreteras pequeñas tienen cúpulas verdes hacia el cielo y los alcorques son tres veces mayores para que los troncos puedan ensanchar libremente. No ven que en esas ciudades hay marcas de la historia al descubierto, marcas que recuerdan a los muertos y los conflictos, y que conservan algunos cafés de toda la vida. Sólo ven los platos del restaurante, porque ya sólo piensan en comida.
Otros sí se dan cuenta y son los que reconocen inmediatamente el olor auténtico de café resistente de los libros de Cafè Central, o sea, la idea de tertulia imprevisible, de juego libremente improvisado, de conversación de emergencia, la idea de los mares de dudas y las dudas de los mares y las discusiones y las afinidades completamente electivas. Y esos barceloneses despiertos y doloridos por el arrancamiento, que querían la ciudad tal como era en los años ochenta y que no son seguidores del Gran Centro Comercial, son los mismos que, ahora, celebran el aniversario del Cafè Central, que es una especie de resistencia subversiva contra el cemento, la especulación y el soma de Hereuville. Isabel Núñez

miércoles 16 de septiembre de 2009

Álvaro de la Rica y su Kafka en La Vanguardia Cultura/s


Ensayo
Buscar la verdad y la belleza
ISABEL NÚÑEZ

Álvaro de la Rica
Kafka y el Holocausto
Editorial Trotta
144 PÁGINAS
13 EUROS

La dureza del texto de Kafka con el que arranca este ensayo, el terrible y casi marcelschwobiano En la colonia penitenciaria, no debería arredrar a ningún lector para seguir el recorrido al que nos invita Kafka y el Holocausto, muy bien editado por Trotta y prologado lujosamente por Claudio Magris.
En efecto, su lectura no sólo de lo visionario histórico y filosófico en Kafka sino de su proximidad con lo sagrado es un frondoso paseo, con ventanas al universo hondamente melancólico y poético de Kafka, rodeándolo sin ensordecerlo del conocimiento iconográfico y antropológico de las religiones, significaciones semíticas, interpretaciones bíblicas del autor, que halla pistas y coincidencias asombrosas con los místicos españoles o con Mercè Rodoreda.
Lector y pensador libre, De la Rica objeta sin temor a los estudiosos kafkianos y las teorías canónicas para apoyar una tesis de Nora Catelli, busca la falta en la interpretación arendtiana (y roza la matización psicoanalítica a la banalidad del mal), escucha a Derrida y avanza en su propia visión –literaria y religiosa— de las cosas, sin olvidar que Kafka nunca se interesó por ser comprendido ni interpretado, sino por ahondar en su camino literario.
Parece claro que Kafka vio y dibujó alegóricamente lo que vendría tras su muerte, el horror que iba a cernirse sobre los judíos (sus tres hermanas, muertas en Auschwitz) y sobre el mundo, pero hay mucho más, en primer lugar el viejo dilema kafkiano entre escritura y vida, ese “situarse lejos del amor para poder decir qué es”, y el doble movimiento buscando la amistad y el fulgor, casi la protección de las mujeres, pero retrayéndose ante la realización amorosa, como parte de su ascesis de la escritura, de ese sótano oscuro donde refugiarse a escribir.
Y entre toda la riqueza significante metafórica y efervescente de espiritualidad que es el libro, tal vez la intuición “más fulminante” sea, como señala Magris, su acercamiento al texto brutal, poético, triste y simbólico que es Ante la ley, que siempre es una suerte revisitar pese a su densa tristeza.
De la Rica despierta el deseo de volver a Kafka, pero también de seguir la pista de su propio trabajo ensayístico iluminador, con esa posición que considera sus riesgos y la posibilidad de equivocarse casi como un don de Fortuna.

domingo 13 de septiembre de 2009

Barcelona Metrópolis


Foto: I.N., Parc del Laberint d'Horta, 2009
La ciudad perdida
Isabel Núñez - Escritora

Además de las grandes mansiones, en Sant Gervasi se han destruido casitas con jardines escondidos. Del distrito han desaparecido los pájaros, la frescura y el silencio. Existe la impresión generalizada de un resentimiento histórico de la administración municipal contra Sant Gervasi.

Durante los últimos años he visto cómo se degradaba el paisaje de Sant Gervasi. La lista de patrimonio a proteger era muy reducida en el barrio, como si los responsables municipales ya hubieran previsto no poner límites al gran negocio que implicaría la libre destrucción de esta parte de la ciudad. ¿Cómo entender, si no, que tantas mansiones modernistas y novecentistas hayan caído bajo la piqueta?
Además de las mansiones derruidas, han destruido muchas casitas, con jardines invisibles ocultos detrás. Eran jardines rodoredianos, con árboles históricos y hospitalarios en los que se posaban los pájaros. Esos jardines no han desaparecido sólo por la codicia de los propietarios y constructores, sino sobre todo por la normativa que obliga a construir aparcamientos bajo las casas. El patio de manzana donde vivo tenía el encanto caótico de este barrio: ahora está lleno de edificios mediocres, con cemento y sin verde. Desde un balcón de la calle Sant Màrius, una vecina regaba un jardín abandonado, con palmeras y espinos como los de La bella durmiente; recuerdo su desolación el día que entraron los bulldozers.
Con los jardines, han desaparecido los pájaros y la frescura -antes, al salir de los ferrocarriles, la temperatura bajaba dos o tres grados con respecto al centro, y el silencio reinaba. Ahora, Sant Gervasi es el distrito más ruidoso de la ciudad1, pero no hay conciencia del derecho al silencio diurno. Sólo se habla del ruido nocturno, como si la gente, alienada, sintiera aversión contra aquellos que se divierten, pero aprobase el ruido "justificado" de las obras y el tráfico. La Guardia Urbana me confirmó que Barcelona, a diferencia de otras ciudades de Europa, no tiene limitación de decibelios para las obras: pueden hacer un ruido infinito, siempre y cuando se ajusten a los horarios diurnos.
Cunde la impresión de un resentimiento histórico de la administración socialista contra Sant Gervasi, tal vez por el voto tradicional a CiU, o por una apreciación inexacta de la composición social de sus habitantes, que incluye sectores acomodados (Mandri, Ganduxer, Tres Torres), pero también una densa población de artesanos, profesionales, tenderos, jóvenes e inmigrantes que comparten pisos y muchos ancianos empobrecidos que no llegan a final de mes, según la asociación de vecinos. Las autoridades municipales son unánimes: los vecinos de Sant Gervasi no nos podemos quejar. Más grave que los déficits de bibliotecas y recursos municipales es que el Ayuntamiento no sólo no ponga límite a la destrucción del paisaje y la calidad de vida, sino que contribuya a ello (por ejemplo, con la tala de encinas centenarias en Collserola para instalar una montaña rusa; la tala inminente de los almeces de la plaza Joaquim Folguera por la construcción de la línea 9; la tala de palmeras, plátanos y acacias en la avenida Diagonal, para que pase un tranvía; tala del setenta por ciento de los árboles de los Jardins de Vil·la Florida para construir un parking). En otras ciudades de Europa los trazados de los transportes y las obras respetan los árboles.
El paisaje de un barrio de la ciudad pertenece a todos y no sólo a los que lo habitan. Todos podemos pasear por el Turó Parc o por la Diagonal, aunque no tengamos una casa allí. En el Turó Parc las obras han compactado la tierra, sin pasajes internos para airear las raíces, y mueren magníficos árboles históricos, porque la administración municipal no consultó a ningún experto. Parques y Jardines ha dejado de ser una institución protectora de lo verde para convertirse en taladores de árboles y perpetradores de unas podas que los expertos califican de escabechinas: favorecen infecciones, malformaciones, invasiones de parásitos y a menudo provocan la muerte de los árboles.
En ese contexto de frustración por la pérdida de la belleza histórica y la degradación del entorno, surgió la historia del azufaifo. Era el árbol de la calle, sobresalía del jardín de una casa bonita, daba sombra y llenaba la acera de unas flores pegajosas y unos frutos que yo no había identificado. Un día, mi prima V., que había vivido en China, me dijo: "Tu calle me recuerda a Beijing, por el azufaifo." Esta revelación fue el detonante. El azufaifo era protagonista de una de aquellas escenas simbólicas de la infancia que configuran mi autoficción, el esqueleto de mi psicoanálisis y la ética que me construí. De pequeña, en el colegio, saltábamos el muro encalado de un huerto en el que había un azufaifo, y un día los frutos rojos se me indigestaron. Al llegar a casa, mí tía Rottenmeyer me pegó y antes de encerrarme, como siempre, en el cuarto de las calderas, me gritó: "¡Esto te pasa por comer azufaifas!". Y esa palabra exótica, que confería al sabor rojo y dulce un aire misteriosamente árabe, se asoció en mi mente a un espacio de rebelión sensual, con la luz del sol de septiembre en aquel patio prohibido.
Cuando V. y yo visitamos al azufaifo, ya tenía un cartel de derribos. Escribí en mi blog la rabia que sentía por el futuro del azufaifo y por la ciudad perdida. La traductora Isabel Lacruz me ofreció la experiencia jurídica de traductora europea. Revisamos el expediente en el distrito y descubrimos que, para conceder la licencia, un responsable de Parques y Jardines había firmado que había un serbal en lugar de un azufaifo. Un azufaifo y un serbal no se parecen en nada, pero así el dueño podía construir tranquilo.
La gerente del distrito nos dijo, condescendiente, que la Constitución protege la propiedad privada. Yo objeté que la Constitución también protege el patrimonio verde. "¿Y para qué querría el Ayuntamiento más zonas verdes?", preguntó ella, "¿Para que aparquen las motos y caguen los perros?". Era "demasiado tarde" para salvar Sant Gervasi, dijo; "no ganaréis".
Los expertos fueron apareciendo. Supimos que nuestro azufaifo era el mayor ejemplar documentado en Europa, bicentenario y valioso. Enrique Vila-Matas nos hizo un artículo titulado "El fin de Barcelona" en El País. Oriol Bohigas escribió otro2 pidiendo la placita para nuestro árbol. Imma Mayol me respondió que lo trasplantarían. Presentamos tres informes de ingenieros técnicos y de botánicos para demostrar que el árbol no resistiría un trasplante y que, si sobrevivía, la poda radical para sacarlo de la calle lo convertiría para siempre en bonsái. Vinieron de TV3, del programa de Josep Cuní. Después, las radios. Por fin, el árbol se declaró de interés local, aunque el Ayuntamiento amenaza con construir en la parte baja del terreno y, según el experto Joan Bordas, eso matará al azufaifo.
Habíamos tocado un punto sensible. Y de nuevo lo he visto con el manifiesto para salvar los plátanos, las palmeras y las acacias de la Diagonal, o los almeces de Joaquim Folguera (la plaza será pronto una pequeña Lesseps, destripada, sin frondosidad, otro desierto de hormigón y ruido): lo han firmado personalidades significativas de la ciudad y la cultura.
¿Tal vez los políticos, alejados de la sensibilidad de las ciudades, inmersos en la cultura del cemento, han perdido la confianza de sus interlocutores? ¿Tal vez esa actitud arboricida, insensible a la sequía, al cambio climático y la sostenibilidad, es dolorosamente contraria a las promesas de la izquierda?

Notas

1 El País, 30/11/2008, y La Vanguardia, 15/09/2008.

2 "El ejemplo del azufaifo", El Periódico de Catalunya, 11/07/2007.
Verano (julio - septiembre) 2009

miércoles 3 de junio de 2009

En La Vanguardia, Rimbaud


Foto: I.N., Parque del Retiro, Madrid, mayo 2009

Correspondencia
El enigma de Rimbaud
ISABEL NÚÑEZ

Arthur Rimbaud
Prometo ser bueno: cartas completas
Barril & Barral
Traducción de Paula Cifuentes

El género epistolar es infrecuente en nuestro mundo editorial, sin embargo, cualquier nota de Kafka irradia su universo literario, Juan Ramón Jiménez brilla aun quejándose por la pianola de un vecino, aunque las cartas de Nabokov sean insípidas.
La contraportada de Prometo ser bueno: cartas completas dice que estas cartas iluminan “las partes oscuras de una vida pública”, que forman su biografía. Pero lo que late dramáticamente en ellas es el enigma de un poeta vidente que sólo escribió de los 15 a los 20 años, y que, como dice Pere Gimferrer, “ha encontrado un lenguaje que nadie a su alrededor posee y con el que puede decir cosas que nadie dice”, con una fuerza poética jamás superada.
Sólo en las primeras cartas –a su profesor Izambard, a Delahaye, a Verlaine— el joven Rimbaud es aún el poeta ardiente que lee, inventa palabras, muestra su genio intraducible o su escritura nocturna (Un soir j´ai assis la Beauté sur mes genoux), revela que el poeta se hace vidente por un “desarreglo de los sentidos”, formula su “yo es otro” y flota “la verdadera vida está ausente”. Después, sólo vemos la ruptura total con su yo poético, y esos viajes donde lucha arduamente por ganarse la vida, en Alejandría, Chipre, Abisinia, como vigilante de una cantera, comerciante o minero, para morir de un cáncer fulminante, con sufrimiento atroz (un apéndice incluye las cartas de su hermana Isabelle a la madre, y los testimonios del proceso de Bruselas contra Verlaine, por disparar a Rimbaud).
Leyendo esas cartas nos preguntamos dónde está el Rimbaud del Bateau îvre, con los áridos manuales técnicos –carpintería, vidriería, armería…– que pide incansable a su familia. El psicoanalista B. Bremond habla de una búsqueda del padre, tras su fracaso por un exceso de fe en las palabras, porque su poesía no se convierte en oro, porque, dice Gimferrer, se ha adelantado un siglo a la comprensión de su obra y ha descrito un círculo completo; más allá no hay nada. Busca en el mundo mercantil un modo de cambiar la vida, lo que no logró su poesía, o a ese padre que al abandonarles le arrebató también a su madre.
La edición es visualmente impecable; hay que felicitarse de que Rimbaud nos revisite (para releer Iluminaciones) y del nacimiento de esta editorial, y esperar que una reedición corrija las erratas.