miércoles, 19 de octubre de 2011

Mi reseña de Clemens Meyer en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N. Río Spree, Bauhaus, Berlín, 2011

Algo salvaje

Isabel Núñez

Clemens Meyer, La noche, las luces. Menoscuarto. Traducción de Ernesto Calabuig. 277 págs. 18 €

Clemens Meyer (Halle, Saale, 1977) está considerado el cronista oscuro de la Alemania del Este. En 2006 publicó su premiada primera novela, Als wir träumten (Cuando soñábamos), un duro retrato generacional, de jóvenes que se mueven en los márgenes sociales en los años de la caída del Muro. Su colección de relatos La noche, las luces obtuvo el premio de ficción de la feria de Leipzig.

Antes de estudiar literatura, Meyer trabajó en la construcción, como mozo de carga y vigilante en almacenes y fábricas. Mientras estudiaba, fue detenido por un delito menor y cumplió condena. Esa dureza le sirvió para construir su voz literaria.

Estos cuentos son poderosos y discurren en el lado salvaje o más sombrío de la vida urbana.

Un parado bebe y evita acudir a la oficina de empleo, a su madre le cortan la luz; un joven sueña otra vida con las postales latinoamericanas de un antiguo colega del bar; un narrador psicótico se acuesta con su escopeta y dispara por la ventana a una farola irritante mientras su amante, parecida a la Monroe, llora desnuda en la cama; el profesor obeso enamorado de una niña; el narrador que apuesta a los caballos para salvar a su perro enfermo; los viajes de una extraña pareja de dos ex colegas de la cárcel: uno seduce a otros hombres y el segundo irrumpe para robarles con violencia; un antiguo frutero adinerado que vive su soledad entre drogas y sexo de pago se arrastra en una suite de hotel recordando su vida; un ex convicto sale de la cárcel y las cosas se le tuercen; la pesadilla del viajante de vinos que se despierta en un tren sin saber por qué; un hombre casado sigue peligrosamente a una puta rusa; y sobre todo, el que para mí es su mejor cuento, magistral, “En los pasillos”: en una atmósfera industrial, en los turnos de la jornada nocturna de un economato y sus resquicios, surge el extraño fulgor de una atracción amorosa, sin que ocurra apenas nada, y una amistad que se estrellará con el gesto irreversible de uno de los dos hombres. En ese cuento, la economía y la contención de Meyer le permiten mostrar toda esa luz negra, la vida que late aún en la desesperanza y la muerte.

Sigamos la pista de Clemens Meyer y felicitémonos de su escritura potente, impecablemente traducida por Ernesto Calabuig, llena de humor negro y melancolía, con un insólito humanismo bajo la forma desnuda y despiadada.

sábado, 8 de octubre de 2011

Mi intervención en la mesa redonda Literatura en redes

Foto: I.N., Rufus espiándome, 2011
Mesa redonda organizada por J.L. Espina y ACEC en la Casa del Llibre (antigua Bertrand) el 7 de octubre de 2011, con Agustín Calvo Galán y Ramon Dachs, y el título
Literatura en redes, literatura enredada
Quiero dedicarle este fragmento al escritor Félix Romeo, que ha muerto bruscamente y que también estaba en las redes. Él me presentó mi libro balcánico en la librería Antígona, de Zaragoza, y dijo tantas veces la palabra “estremecedor” que pocos se atrevieron a comprar el libro. Tal vez no sabían que, para Félix, la palabra estremecedor era un gran elogio. No me he olvidado de aquella noche tomando copas en un bar cercano con un puñado de gente hospitalaria y empática de Saragosse. Me regaló su libro Amarillo, que acertó en alguna de mis dianas. De vez en cuando aparecía por el chat de Facebook y quedábamos en tomar un metafórico café, que ya no podremos tomar.
Empecé a escribir mi blog para apoyar mi libro de relatos CRUCIGRAMA, que se había publicado de forma alternativa y casi clandestina. Pronto el blog se convirtió en un espacio natural de mi escritura.
Alguna vez he comparado la escritura rápida del blog con los jugadores de ajedrez callejeros de la India: juegan partidas de diez o quince minutos, se vuelven expertos en ese juego rápido, vertiginoso, algunos se hacen campeones, pero luego tienen problemas a la hora de soportar las largas partidas de 4 y 5 horas de los campeonatos internacionales. Aquí ocurre algo similar. La escritura del blog es un entrenamiento eficaz e incuestionable, aunque no tiene que ver con la escritura lenta, obsesiva, corregida y podada de la ficción.
El blog se ha convertido en un vicio, integrado en esa enfermedad de la literatura o literatosis que señalaba Vila-Matas citando a Lobo Antunes, en la que la vida se convierte en un pretexto para escribir o importa sobre todo para escribirla. Como dice Lobo Antunes: “En cuanto empiezo a sufrir, me pregunto: ¿y esto, podré utilizarlo en una novela o un cuento?”. Casi todo puede abordarse en mi blog, excepto quizá aquello que no puede decirse y que hay que transformar en ficción, en otro lugar más enmascarado.
El vicio del blog consiste en esa sensación intoxicante de estar en el ruedo, como en la radio, escuchada o leída de forma instantánea e invisible. A veces incluso comentada en el momento. Sobre todo al colgar mis posts en Facebook. Hay lectores ya adictos, que reclaman su dosis cuando me retraso o preguntan por algún personaje. ¿Qué ha sido del hombre que llamaba demasiado? ¿Cuándo sale el gato Rufus? ¿Qué hay del librero de la calle Berlinès? Algunos clientes de esa librería la descubrieron por mi blog, como al azufaifo, otros han venido a alguna firma de libros y se han presentado así: “soy un lector o una lectora silenciosa”. Una vez conté en el blog que, en el avión de vuelta de Pristina, Kosovo, se me había roto un diente. Unos días después de escribirlo me presentaron a la poeta Esther Zarraluki y ella enseguida me preguntó por mi diente y por Kosovo.
En 2007 hice una campaña para defender un árbol, un azufaifo que había en mi calle, el ejemplar más grande documentado en Europa de esa especie, un árbol que tenía más de 200 años, tal vez 500 y que las nomas europeas protegerían, pero en este país arboricida, nada detiene a los políticos, que han entregado la ciudad a la mafia del cemento y los parkings. Hice una campaña en mi blog y empezó a aparecer gente asombrosa, técnicos, biólogos, ingenieros agrónomos que conocían o venían a ver el árbol, un luthier que sólo fabricaba instrumentos con madera de azufaifo, escritores y poetas que vinieron a un recital, periodistas de radios, periódicos y televisiones… Yo escribí a todo el mundo y el primero en hacerme caso fue Enrique Vila-Matas, que escribió un artículo sobre “El fin de Barcelona en El País, le siguió Oriol Bohigas en El Periódico, Francesc Arroyo que hizo todas las crónicas, Oriol Pi de Cabanyes que me nombró dríade, Antoni Puigverd, que cambió de opinión por mí, Agustí Fanzelli, que habló del festival callejero de poetas y tantos otros. Venían televisiones a filmar al pie del azufaifo… Y un día me encontré a Vila-Matas y me dijo: “Ya tienes la novela del azufaifo” y me aconsejó que lo publicara tal cual. Así que recorté los posts que me parecía que tenían una relación directa o poética con mi árbol, el azufaifo, que estaba conectado con mi infancia en Roses. Mandé el manuscrito al editor posible, Melusina, y al cabo de tres días me mandaba un contrato. Habíamos conseguido que catalogaran y protegieran al árbol, aunque al final, el espíritu arboricida o la mafia del cemento han ganado y se lo están cargando igualmente. Pero todo eso había ocurrido en el blog y tuvo repercusiones en campañas municipales posteriores, como la consulta de la reforma de la Diagonal, que no contaré aquí. Y el libro salió y Joan de Sagarra, escribió una de sus páginas en La Vanguardia y J. A. Millán escribió en El País y mucha gente de Galicia, de Andalucía y de Madrid me escribió para decirme que con mi batalla les había inspirado a las suyas. Y me llamaban para salvar árboles por todas partes, a unos pude ayudarles, a otros no. “¿Usted es la presidenta de la plataforma?”, me preguntaban algunos periodistas, y otros me calificaban de “líder vecinal”, cuando yo no tenía ninguna plataforma ni conocía apenas a mis vecinos, sino que era una escritora bloguera reconvertida en activista verde casi a la fuerza. La literatura se mezclaba a los temas de la Polis. Vila-Matas, en el prólogo de La plaza del azufaifo, dijo que en ese libro yo cambiaba de género como quien cambia de estado de ánimo. Esa definición vale podría aplicarse siempre a mi blog.
Es otra de las consecuencias de la escritura del blog, o de ese aprendizaje que me permite, al menos en ese formato, ir ligando misteriosamente cosas completamente independientes y dispersas.

La presencia en las redes resulta más importante en un país con muy poco espacio para lo literario, con suplementos y revistas reducidos al mínimo, pero sobre todo sin espíritu crítico, donde a los famosos y reconocidos se les adora sin exigirles nada, arbitrariamente, y a los no-reconocidos se les ningunea o masacra. Donde nadie tiene valor para señalar algo bueno si antes no ha sido reconocido y reafirmado por todos, o en el extranjero. El contrario de la escena francesa, donde los críticos afilan sus espadas y dentaduras cuando llega el último libro de los escritores célebres y donde muchos se atreven a defender lo desconocido.

Las redes están sin embargo dominadas por el mismo seguidismo y la misma cobardía. Eso por no hablar de la tremenda misoginia de la crítica literaria en este país, donde a las escritoras mujeres se les dan lecciones de moral o se las entierra, o bien se las compadece por su supuesta infelicidad en el espacio de una reseña. “Recluida en su soledad”, decía el otro día un muy buen crítico de una escritora inglesa que se separó de sus dos maridos. Como si el matrimonio garantizase la felicidad y la separación fuese síntoma de fracaso y desdicha… sólo para las mujeres, naturalmente.

Ahora bien, si los periódicos corren el peligro de desaparecer, como ellos mismos amenazan, tal vez los blogs de crítica literaria y de literatura puedan sustituir por completo ese espacio. En Francia, los blogs de crítica literaria son ya una plataforma importantísima; algunos de ellos tienen anunciantes o son financiados por publicaciones y editores y por supuesto, no sólo cuentan con miles de lectores, sino que algunos autores prefieren concederles a ellos sus entrevistas y los blogueros en cuestión publican sus libros de crítica a partir del éxito de dichos blogs.

Yo tengo teóricamente tres blogs, uno me sirve para despotricar políticamente y recoger artículos o vídeos (Polis); otro recoge mis artículos y reseñas publicados en La Vanguardia Cultura/s u otras revistas; y el otro es Crucigrama, donde escribo autoficción (y a la vez hablo de libros, películas, etc), es decir, una construcción literaria de lo biográfico, enmarcada en las llamadas escrituras del yo.

Algunos lectores no comprenden esa clase de escritura. Una vez hablé de mis manías del desayuno y vinieron decenas de comentaristas a contarme lo que les gustaba desayunar. El intercambio interesante no tiene que ver con un contenido vital literal, sino con algunas ideas que van más allá. Hace poco, como yo hablo de mis momentos de encalle en mi novela y también de cuando vuelvo felizmente a ella, un comentarista que a veces me comprende instantáneamente pero otras me confunde vino a aconsejarme que la abandonara. Cuando le dije que yo vivo en esa novela, que estoy imbricada con ella y no es un proyecto que pueda ni quiera abandonar, se quedó extrañado. Al principio también vinieron algunos a decirme que se trataba de una escritura narcisista. Pero yo no escribo de mí sino “desde mí”, me interesa el mundo desde la perplejidad que me produce y me convierto en personaje para contarlo. Por suerte, hay otros que me leen y lo toman como simple escritura, sin creer literalmente nada…

Muchas veces he sentido la tentación de convertir el blog en un libro y desaparecer. No sé si lo haré alguna vez. Si podré resistir la tentación de no estar ahí, enredada en ese bullicio de las redes…

Tal vez escribir en el blog sea un acto generoso o algo naïf, autodestructivo, de regalar la escritura a la gente. Y sin embargo, para los que vivimos en el único país de Europa donde no existe ningún control sobre las ventas de libros y sabemos que publicando estamos regalando el producto de nuestras ventas al editor, que nos dará sólo la limosna que quiera darnos, regalar directamente al público tampoco cambia las cosas. Cada país tiene un sistema distinto de control de ventas, y todos funcionan. Yo intenté animar a las asociaciones de escritores, a la de agentes literarios, a que intentáramos implantar el sistema francés, pero parece que a nadie le interese cambiar las cosas. La que ha sido ministra de Cultura me escuchó con interés y me dijo que recibiría a quiénes quisieran ir a verla con ese tema y apoyaría la iniciativa. El sistema francés de control de ventas se efectúa mediante una cooperativa que depende del gremio de libreros, que facilita los datos de paso por caja de los libros, de modo que ningún autor puede tener dudas: cada tres o seis meses recibe sus ventas, mediante una suscripción o una aportación mínima a esa cooperativa. Para mí, mientras todos discuten de los peligros del libro digital, es un escándalo y me produce perplejidad que nadie se interese en resolver esta cuestión. Sólo el abogado de ACEC me pareció que se hacía cargo…

Y luego está Facebook, que era un espacio pensado para encuentros adolescentes y se convirtió en un terreno de agitación política y cultural. Curiosamente, hay todavía ahí gente que lee, muchos que leen la prensa a través de nuestros links, que se enteran de lo literario a través de los que aún podemos elegir o señalar lo que nos gusta, que leen orientados por nuestras reseñas… A veces la atención es tan grande que produce asombro. Hace unos días puse un comentario diciendo: “Uno de mis editores me ha comunicado que quiere publicar mi libro sobre la ciudad en este trimestre. Sé que es muy difícil porque están desbordados, pero la noticia me ha dado una alegría.” ¡Vinieron unas ciento cincuenta personas a decir que les gustaba! Entre ellos directores de suplementos literarios, gente con cargos en instituciones culturales, etc. Yo no había dicho ni quién era mi editor ni qué clase de libro es ese que yo he escrito sobre la ciudad, pero hubo unos ochenta comentarios y todos esos “likes”. Es bien extraño…

Este verano la gente me pedía que pusiera más fotos y siguiera contando mi estancia en la Serbia profunda. Yo hablaba de un bosque completamente salvaje, un bosque que sólo yo parecía atravesar con los animales ocultos, todos los días… Pero justo al lado de donde se cometieron mayores atrocidades en los noventa. Algunos me decían que esas crónicas serbias les restituían. Y a mí esa conexión del blog y de facebook también me salvaba en cierta manera de la extrañeza del entorno… En invierno, en San Francisco, cuando no podía dormir por el jet lag, me consolaba conectar con el hervidero hormigueante de Facebook y me preguntaba si mi insomnio no sería un deseo de estar en los dos lugares al mismo tiempo…

Hay ahí una borrachera, una efervescencia, una intoxicación de las redes… Por un lado las redes dan larga vida a algunos artículos de la prensa escrita, a nuestras reseñas, como el blog, por otro dan acceso a unos encuentros útiles, de pronto uno acaba escribiendo a su director de cine favorito o surge un proyecto de edición… Y por otra parte llegan todos los días locos a paladas y gente pesadísima que sin mirar lo que haces intentan plantarte links con sus libros y blogs, en una burda autorpomoción contraproducente… Y sin embargo, ahí estamos… trabajando sin dinero, sin ingresos, “perdiendo tiempo” entre comillas, siempre sembrando por si acaso, tal vez vendiendo libros aunque nunca los cobremos, porque se los quedan los editores…

Aunque nos seguimos preguntando ¿vale la pena mantener nuestra presencia ahí? ¿qué haría falta para rentabilizarla? En esta época tremenda cuesta pensar en editores y libreros que pusieran publicidad en los blogs, y sin embargo, por ahí debería ir tal vez la cosa… Mientras tanto, seguimos enredados en los blogs y en Facebook y en esa escritura inmediata, de jugadores de ajedrez hindúes, que nos entrena para quién sabe qué rapeo, qué rapsodia o qué reto de palabras…

martes, 4 de octubre de 2011

Mi texto de presentación de "No se lo cuentes a nadie"

En primer lugar, dar las gracias a Esmeralda Berbel, por su iniciativa al invitarnos a este reto literario, y al editor de Demipage, David Villanueva, por acogernos hospitalariamente en su fondo editorial en un momento en que tantos editores se acobardarían doblemente ante el género epistolar y el género femenino.

Diría que la correspondencia es una conversación con menos interrupciones, que monologa para dialogar y se toma forzosamente su tiempo para reflexionar; algo que ha cambiado con el correo electrónico, y sin embargo es obvio que el correo electrónico ha resucitado y promovido la correspondencia, aunque readaptándola al ritmo precipitado de esta época.

Pero con más o menos tiempo de reflexión, con más o menos inmediatez, la correspondencia es pura conversación reflexiva, ¿y qué es la amistad en definitiva sino una larga conversación a través del tiempo, a veces a lo largo de la vida? Aunque también podría definirse como un baile, sin duda hay una coreografía de lo amistoso, aunque no haya sido tan abordada como la coreografía de lo amoroso (yo titulé así una conferencia que hice en un ámbito psicoanalítico: Coreografías del deseo).

Pero lo que sentí yo cuando al fin me tiré al sofá junto a mi gato Rufus a leer este libro de una forma sistemática, y acabé de leer estas cartas, fue que el conjunto era rico y generoso: por la cantidad de reflexiones que había sobre la amistad y el deseo, la escritura, lo amoroso, lo físico, el mundo en el sentido político y la posición ética, la correspondencia y los diarios, la cocina, la vida de mujeres y hombres, los hijos, las pérdidas, las familias, la música y el cine, los terremotos y los abuelos pioneros, España y Latinoamérica, la soledad y el bullicio de las grandes ciudades, el paisaje, la nieve que lo engulle todo… y es que este libro reúne, para mí, dos condiciones felices:

1) Es un libro de escritoras (o traductoras y cineastas)

Eso significa que la reflexión no está llena de lugares comunes, sino que hay forzosamente una elaboración, que se trata de personas que han accedido en cierta manera a la zona de sombra de la vida, no sólo a vivir, sino a intentar entender lo que se vive, y también lo invisible, lo que está detrás de lo aparente, para escribirlo, además de esa felicidad de recurrir siempre a las citas de otros escritores, lo cual es una mina de diamantes. Y nos ofrecen una mirada especial, una voz propia sobre el mundo: eso siempre es una suerte para el lector. Y lo digo porque yo he entrevistado siempre a escritores y soy consciente de ese privilegio. Incluso al hablar de la guerra (como los escritores que entrevisté en los Balcanes), quien escribe (o hace cine) tiene una mirada particular, una reflexión sobre el mundo.

2) Es un libro de mujeres

Y aunque generalizar siempre es arriesgado, suele ocurrir que las mujeres, por la vida que han hecho, no tengan tanto miedo de abordar ningún tema, que mezclen lo íntimo y vital con lo teórico, que se atrevan a filosofar libremente –como sólo Montaigne- en un contexto personal, abordando temas como los celos, la pérdida, el deseo, la maternidad, el conflicto entre amigas, los propios miedos, en una escritura del yo, incluso con nombres y apellidos.

Y además, Esmeralda ha tenido esa idea genial de asociar escritoras españolas (catalanas) con escritoras latinoamericanas, algunas ya casi reconvertidas por su vida aquí, otras completamente desde allí. Y ese diálogo enriquece y ayuda al libro, lo hace mucho más vivo, y llena la lengua de todas las matizaciones y diferencias. Al fin y al cabo, este pobre país nuestro, que no fue capaz de conservar como otros la riqueza y el poder de su viejo imperio, sí retuvo algo fuerte y poderoso, que a veces olvidamos, y es esta lengua, que hablan millones de personas y sigue creciendo en el mundo con su empuje, a pesar de los políticos y su torpe codicia y a pesar de la penuria de la educación a la que nos han empujado, al menos en este lado del charco.

A mí, que me he situado casi siempre en la escritura del yo, y que vivo entre libros, la correspondencia entre escritores siempre me ha fascinado. Hay un libro maravilloso, que se tradujo en España y pasó desapercibido. Yo lo reseñé. Se trata de la Correspondencia entre Flaubert y Georges Sand. Es asombroso, entre dos escritores tan desiguales, puesto que Flaubert, que tiene una pensión y no necesita sufrir para ganarse la vida, es un escritor gigantesco, perfeccionista, absolutamente enfermo de literatura según la definición vilamatiana (citando a Lobo Antunes) de la literatosis (cuando la vida ya casi sólo interesa para escribirla, aquello de “Cuando empiezo a sufrir enseguida me pregunto: ¿y esto, podré utilizarlo en una novela, un cuento?”), mientras que Georges Sand, que es brillante pero escribe para ganarse la vida, está mucho más interesada en la vida per se, goza del mundo y su sensualidad, y ambos se admiran por eso, él reconoce fascinado y reclama la sagèsse de ella, mientras que ella descubre que ese aislamiento aparentemente triste de la vida de él es en realidad puro goce para él y admira su vocación absoluta de escritor, su entrega al arte.

Sólo citaré algunos libros epistolares que para mí han sido referencias casi míticas. La correspondencia entre Walter Benjamin y Theodor W. Adorno, que es magnífica, porque muestra una amistad llena de pasión intelectual, de admiración y respeto mutuos, el tiempo que Adorno se tomaba en leer todos los trabajos de Benjamin y criticarlos con un esfuerzo diplomático para comunicarle sus objeciones y disensiones y a la vez su apoyo y sus elogios, por ejemplo, o cómo intentó salvarle de sí mismo y de la Historia, y a la vez con qué lucidez y conocimiento habla Benjamin de la obra de Adorno.

La tercera es la de Mary McCarthy y Hannah Arendt, que también es una correspondencia llena de mutua admiración y pasión intelectual, y en la que ambas abordan la obra de la otra con un conocimiento especial y privilegiado, y aunque es desigual el nivel personal o de vida íntima que se revela en esas cartas, el resultado es interesantísimo, con esas dos miradas de ensayista y narradora, consciente e inconsciente y su diálogo sobre el mundo.

De la correspondencia entre Rodoreda y Salas me interesó la manera en que Rodoreda habla de su escritura, cómo diferencia entre sus libros más innovadores, los que más le interesan, donde va mucho más allá, como son Quanta,. Quanta guerra y La mort i la primavera, respecto a los más comerciales y conocidos como La plaça del Diamant.

O bien ese libro maravilloso de Sigfried Unseld, El autor y su editor en el que incluye las cartas al editor de Kafka, Walser, Hölderlin. Es difícil imaginar un editor así en nuestra época.

La lista sería inacabable, sólo aludiré a uno que acaba de salir y es la Correspondencia entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet, magnífica, de dos escritores muy distintos pero que analizan la obra del otro y se critican y valoran sin darse nunca al elogio fácil ni caer en ningún sentimentalismo, en una amistad que es una conversación vehemente, una manera de pensar pasando lo propio por el otro, con una gran añoranza de ese encuentro siempre postergado. Como aquellas cartas de Marina Tsvietáieva, Rainer Maria Rilke y Boris Pasternak que nos leyó Selma Ancira en una conferencia de Caixafòrum.

La reflexión sobre la propia escritura o la propia obra hecha en voz alta, a través del diálogo con otro resulta muy interesante no sólo para otros escritores, sino también para cualquier lector amante de los libros.

En España hay poca tradición de publicar libros de cartas y en general los editores huyen de este género, y yo creo que se equivocan. Hay un público apasionado y potencialmente creciente, que busca esa escritura en la que el escritor reflexiona sobre su trabajo y muestra su vida. Son lectores de diarios, de cartas y también de biografías, aunque las biografías varían muchísimo en calidad e interés puesto que no es nuestro autor favorito quien escribe, sino muchas veces un desconocido, a veces demasiado cientifista o informativo, o bien demasiado dado al gossip, demasiado voyeurista, demasiado sórdido, que de tanto buscar los trapos sucios de la vida del escritor o el artista, acaba olvidando contarnos la relación entre su vida y su obra, que es lo que buscamos los lectores de ese género.

En París hay un museo de la correspondencia (antes estaba en la rue Nesle, ahora en el blvd Saint Germain) con una sección maravillosa donde están expuestas en vitrinas cartas de escritores, artistas, actores famosos del XIX y el XX, cartas con dibujos, bromas, códigos internos, cartas que hablan del hambre que están pasando o de las miserias de la relación con el editor o de la guerra o de las batallas personales o de sus relaciones y sobre todo, también de sus obras. Se lo recomiendo.

Y es que la cultura francesa ha privilegiado lo epistolar (desde antes de Madame de Sevigné). Como la anglosajona, donde se publican tomos de miles de páginas con las cartas de los escritores. Cristina Peri Rossi me decía el otro día que un libro de correspondencia entre mujeres difícilmente encuentra eco en los medios, revistas y suplementos literarios. Y esto lo añado yo, son medios ya de por sí reducidos y generalmente misóginos, donde algunos críticos se atreven no sólo a ningunear sino también a dar lecciones (incluso de moral) a las escritoras mujeres. Y sin embargo, siempre hay un momento en que las cosas cambian y por ese momento hay que resistir e insistir; quién sabe si esta vez vamos a conseguir un eco más largo.

Volviendo a No se lo cuentes a nadie, este libro empieza muy poderoso con la correspondencia de Cristina Peri Rossi y Diana Decker, donde se aborda con osadía y sin máscaras la ruptura de la pareja, el duelo, la pérdida, el deseo y la posesión, citando muy hábilmente a Freud y a Stefan Zweig. En esas cartas hay una escena realista del desentendimiento y la neurosis cotidiana contada con una ironía afectuosa y despiadada, absolutamente genial, pero a la vez se habla de la ficción, las cartas, la novela y la impostura o la verdad en los diarios, la sempiterna relación entre la realidad y la ficción.

Luego siguen Liliana y Elena Bossi, que hablan de la escritura no planificada, lo que yo llamo la escritura a ciegas, se remontan al peso en la memoria de las primeras cartas y al significado asociativo y simbólico o fantasmático que tiene para ellas el género epistolar; Elena Bossi cita un caso de relatos interruptos en forma de cartas y su deseo de saber (la amiga que contaba sus affairs sentimentales pero nunca los acababa, empezaba con otro), se habla de la falta de tiempo de las mujeres, y de una larga estancia en un aeropuerto como algo envidiable y soñado, al fin tiempo solitario para escribir, leer, contestar mensajes, hablar por teléfono sin interrupciones, y también de la adaptación dramatúrgica de lo escrito, la puesta en escena, y de otra teatralidad más bélica situada en el Estado de Israel. O de la memoria sensual del placer y los caquis y la sensualidad de la cocina.

En nuestras cartas, Elena Vilallonga y yo hemos hablado del bloqueo, de la escritura que da sentido y la inquietud de la no-escritura, de la degradación de la ciudad, de la naturaleza, la maternidad, el duelo y las pérdidas, de la infancia, de sueños y suicidios, de los toros, de los asuntos de la Polis. Antes de leerlo yo pensaba: casualmente en ese año de nuestras cartas, no me ocurrió apenas nada, salvo la escritura y algunos viajes. Y es verdad que nada más cerrar las cartas, se murió mi madre, empecé una relación amorosa, me operaron, se terminó la relación amorosa y empezó otra, y una de mis hermanas enfermó gravemente. Todo mi mundo se vio revolucionado y nada de eso había asomado siquiera a nuestras cartas. Para mí, acostumbrada a llevar un blog y a convertir lo que me ocurre en una construcción literaria libremente recombinada, supuso una extraña perplejidad no estar arriesgándome tanto como otras veces en ese decir sin decir que se ha convertido en mi especialidad y enfrentándome a la contención de Elena. En cierto momento estuve a punto de abandonar el libro y lo habría hecho de no haberme dado cuenta de que había pasado algo muy importante en mi vida en esa época y era la novela. La novela de mi infancia que siempre había querido escribir, la batalla por abordar todo eso y el cambio radical del principio al final de esas cartas. Sólo que entonces no me daba cuenta.

En la correspondencia de Lydia y Esmeralda, en cambio, se abordan sin miedo cuestiones personales, la relación y los conflictos con padres y hermanos, una vieja cuestión pendiente y sangrante que había congelado la amistad de las dos corresponsales en el momento de la separación de una de ellas, la enfermedad del padre, la lejanía y la posible sustitución de una hermana, y luego también los sueños, la escritura, los hijos, las lecturas, la memoria…

Y de las cartas de Alejandra Costamagna y Andrea Palet me gustaría destacar ese abuelo pionero con su carga histórica del país y su retrato novelesco de un personaje y su entorno, los terremotos con su carga metafórica y vital, la posición de las dos corresponsales en el mundo contemporáneo, en las redes, los twiteos, el sentirse espiadas, la mirada de los otros…

En conjunto, creo que nos ha quedado un libro rico y energético, con múltiples voces, con esas parejas de baile que danzan su propia coreografía sobre el paso del tiempo con ritmos distintos y con esa alegría de las citas, que nos iluminan y puntúan la lectura como instrumentos musicales. Esperemos que la fuerza de estas voces logre romper esa barrera invisible. Yo, a pesar de mi objeción con el título, me alegro de haber participado. Gracias a todas por su escritura generosa y vital, por la energía epistolar que nos hemos dedicado a los dos lados del charco.

Y gracias a todos vosotros por venir

Isabel Núñez, martes 4 de octubre, La Central del Raval

lunes, 29 de agosto de 2011

Jin Ping Mei en la revista TURIA (junio 2011)

La danza del deseo y la corrupción en la China del XVII

En su interesante introducción a la edición de Jin Ping Mei de Atalanta, la sinóloga, profesora y traductora del chino Alicia Relinque arranca con la leyenda de un lector precoz de la novela, que ante la caja de brocado del manuscrito, acaricia la seda del papel y empieza a leer. A medida que avanza, el intenso erotismo y la belleza despiertan su deseo y sigue leyendo poseído por la fiebre hasta caer fulminado por las páginas envenenadas. Es un motivo que al parecer inspiró a Umberto Eco para su novela El nombre de la rosa, que también se encuentra en un cuento de Las Mil y Una Noches, “Historia del visir del rey Yunan y del médico Ruyan” y probablemente se trató de una leyenda propagada por un editor en esa China del siglo XVII, entre la última época de la dinastía Ming (1368-1644) y la instauración de la dinastía Qing (1644-1911).

Nada se sabe a ciencia cierta del autor del libro, camuflado tras el seudónimo: El erudito de las carcajadas. Relinque y otros dos estudiosos sinólogos, Anne-Hélène Suárez y Manel Ollé, nos recuerdan cómo en la antigua China el conocimiento de la literatura, la tradición clásica y la poesía eran requisitos indispensables para participar en la vida política, y cómo poco a poco, el gran número de letrados y la pasión genuina por lo literario permitieron el desarrollo independiente de la literatura.

Aunque no hay acuerdo en las especulaciones de la autoría, la convicción general señala a una sola pluma y se han definido ciertos trazos de la personalidad del hipotético autor, probablemente alto funcionario, culto, respetuoso del canon, pero interesado por las nuevas formas literarias, que en la obra recogerá elementos –canciones, poemas, diálogos— de la tradición dramatúrgica y literaria y sabrá articularlos en la narrativa de una novela moderna, orientada a su época –un tiempo inmediatamente anterior, el fin de la dinastía Ming, le sirve como metáfora para denunciar la corrupción de su entorno— y que se publica casi coetánea a nuestro Quijote.

Si el autor fuese Wang Shizhen, que reúne estas características, tendría además una motivación personal lo bastante poderosa para escribir un libro tan insólito, tan osado en lo erótico y tan despiadado como retrato social. El padre de Wang Shizhen fue condenado a muerte por razones arbitrarias y la conciencia de la injusticia unida al apego filial podría haber sido el motor de arranque de la novela.

Jin Ping Mei parte de la tradición (la historia inicial deriva de la novela A la orilla del agua), pero es al mismo tiempo innovadora y resulta sorprendente aún para el lector de hoy. Se trata de una parodia implacable de la vida cotidiana en la era Ming, una sociedad donde todo parece tener un precio y el protagonista, Ximen Qing, es un funcionario corrupto y voluptuoso, que se abre camino hacia sus objetos sexuales y el poder, sobornando y repartiendo táleros de plata, vasijas maravillosas, kimonos y joyas aquí y allá. La belleza, la poesía y el refinamiento que iluminan el libro y construyen su atmósfera sutil contrastan con la osadía y la literalidad erótica y escatológica –a veces en la fragmentación más pornográfica— y con la dureza y la aridez de los personajes. Sin duda es una novela realista, sin héroes ni figuras idealizadas, donde todos son corruptibles y los pocos que objetan y muestran algún escrúpulo son rápidamente derrotados.

El título se compone de los nombres de las tres amantes principales de Ximen Qing: Pan Jilian, Li Ping’er y Pang Chunmei, que juntos significarían: “Flor del ciruelo (mei) en el jarrón (ping) de oro (jin)”.

Tras un poema y sus consideraciones históricas y de pensamiento, la trama empieza con Pan Jilian, una mujer hermosísima, hábil y delicada, hastiada de su marido, al que considera demasiado humilde y que a sus ojos no tiene energía ni sex appeal. Pan Jilian intenta seducir a su cuñado Wu Song, guerrero fuerte y atractivo, célebre por haber matado a un tigre con sus manos. Wu Song se escandaliza de los avances de su cuñada y decide alejarse. Mientras, Pan Jilian conoce y seduce a Ximen Qing con la ayuda de una ávida alcahueta, y estimulando su deseo logra que su nuevo amante acabe con la vida del molesto marido. Al volver, Wu Song intenta vengar el honor de su hermano, pero no cuenta con el infinito poder del dinero en un sistema de justicia ya debilitado y corrupto. Acelerando el ritual del duelo, la viuda Pan Jilian es desposada por Ximen Qing, que la hospeda con el resto de sus mujeres. A partir de ahí, siguen las aventuras de Ximen Qing, sus hábiles sobornos y sobre todo, sus encuentros eróticos con todas esas mujeres, con sus tés, sus vinos de arroz, sus manjares y sus exóticos trucos afrodisíacos, como la diminuta pieza de bronce llena del semen de un pájaro lascivo de Myanmar.

No falta la crueldad, con sus refinamientos, ni la descripción de la condición de las mujeres en esa sociedad. La ironía y el humor negro parecen dominarlo todo y refrescan la dureza de la crítica social, intercalando poemas al modo de un coro griego, que ofrecen un contexto universal a las situaciones, distancian de la acción o la distorsionan con su burla perspicaz, sin mitigar la carga de profundidad de esa crítica corrosiva, ni ocultar el móvil de amargura o de decepción humana que pudo inspirar esta escritura.

Naturalmente, la historia está hecha de pasiones, pero se trata sobre todo del deseo en sus más ardientes formas, opuesto a cualquier escrúpulo o cualquier fidelidad, desprovisto de toda compasión, y en todo caso, del orgullo herido, la violencia y la humillación, sin más ética que la satisfacción del deseo y la complacencia de quienes pueden contribuir a realizarlo.

La cuidada edición de Atalanta, traducida y sabiamente anotada por Alicia Relinque, reúne además los grabados en blanco y negro de la época, así como las ilustraciones a color de una edición posterior, mucho más osadas y que translucen perfectamente ese espíritu erótico de la novela, donde la belleza, la sensibilidad y el refinamiento se unen de modo insólito a la procacidad y una descarada escatología, siempre con el humor de la picaresca oriental. Se trata de la edición más completa que ha aparecido en Occidente, sin censuras ni recortes, y cuenta con la orientación clara, culta y amena de las notas y la introducción de una traductora de lujo. Esperemos que Alicia Relinque y Atalanta nos obsequien pronto con el segundo volumen, para seguir las vicisitudes de sus personajes hasta el fin y especular aún más sobre su misterioso autor.—ISABEL NÚÑEZ

El erudito de las carcajadas, Jin Ping Mei; traducción, introducción y notas de Alicia Relinque Eleta. Vilaür, Girona, Atalanta, 2010.

miércoles, 20 de julio de 2011

Jean Giono en la revista TURIA

Foto: I.N., 2011

En el número 97 de la revista TURIA apareció una pequeña introducción mía sobre Un rey sin diversión de Jean Giono junto con una selección de fragmentos traducidos por mí, del libro que se publicará este otoño en IMPEDIMENTA, con su título pascaliano y su extraño aire de falso thriller poético-metafísico y popular. Un must.

Reproduzco aquí mi introducción y los fragmentos que traduje y elegí para TURIA (por cierto, suscríbanse):

Jean Giono, humor, poesía y nieve

La descripción que Jean Giono (Manosque 1895-1970) hace de un árbol, el haya, en la primera página de Un rey sin diversión me maravilló; traduje el fragmento en mi blog y contagié a la editorial Impedimenta. Entonces no sabía dónde me estaba metiendo. Había leído, como todo el mundo, El hombre que plantaba árboles y ese librito magnífico titulado J’ai ce que j’ai donné, entre otras de sus joyas provenzales.

Un rey sin diversión es una novela asombrosa, especie de thriller que parodia el género (la intriga se resuelve a mitad del libro, se transforma en otra), un thriller poético donde la naturaleza provenzal late como siempre en la escritura de Giono, en ese pueblo que desaparece en invierno, enterrado en un manto de nieve, con los asesinatos que el narrador examina un siglo después. El capitán Langlois, con su pipa y sus pantuflas, vigilante, con la coscolina de Grenoble apodada la Salchicha, que regenta el Café de la Travesía, el soltero y salvaje Bergues, el guapo cura de espalda ancha como el portón de la iglesia, todos esos excéntricos habitantes del pueblo son personajes que se quedan con nosotros para siempre.

Es un libro maravilloso, pero ¡ay!, un desafío para el traductor, lleno de modismos provenzales, de palabras inventadas o forzadas para decir lo que Giono necesite decir, en su hábil mezcla de exigente lenguaje poético y lengua popular y agreste. A veces, una página exige más de un día de búsqueda, pues los jeroglíficos se acumulan y su ingenio requiere soluciones a la altura en castellano.

La I Guerra Mundial sacudió con fuerza a Jean Giono, le hizo pacifista y causó su encierro en prisión por ese pacifismo durante la II Guerra, cambió su forma de ver el mundo. Él lo explica así:

“Nadie podrá consolarnos de esta guerra. Por eso yo me tiré salvajemente del lado del árbol, de la nieve y de la bestia”.

Esa búsqueda suya de la belleza y su apego a la vida transforman la naturaleza y el paisaje en intensos personajes literarios y proyecta en sus habitantes su humor y su irónica poesía, su filosofía, su mirada humanista y vitalista. “Soy un pesimista feliz”, dijo, y su escritura está llena de esa felicidad burlona, malgré tout.

Un rey sin diversión fue llevada al cine, como otras obras de Jean Giono (él mismo dirigió películas con personajes que recuerdan al Buñuel de Viridiana).

He recogido aquí algunos fragmentos de la primera parte. Espero contagiar con ellos mi pasión por Giono a los lectores de este país.

Isabel Núñez

Un rey sin diversión

Jean Giono

Traducción: Isabel Núñez

La serrería está justo en la curva, en la horquilla, al borde de la carretera. Allí se yergue un haya; estoy convencido de que no existe ninguna tan bonita: es el Apolo citaredo de las hayas. No es posible encontrar en un haya ni en ningún otro árbol una corteza tan lisa ni de color más bonito, una envergadura más exacta, proporciones más justas, más nobleza, gracia y eterna juventud. Es Apolo, precisamente, piensa uno nada más verlo y sigue pensándolo incansable al mirarlo. Lo más extraordinario es que pueda ser tan hermoso y al mismo tiempo tan sencillo. Está fuera de duda que ese árbol se conoce y se juzga. ¿Cómo podría tanta justicia ser inconsciente? Cuando bastaría un escalofrío de cierzo, un mal uso de la luz del atardecer, un exceso en la inclinación de las hojas para que la belleza, desmoronada, dejara de ser sorprendente...

El puerto de Menet se atraviesa por un túnel tan practicable para el tráfico rodado como una vieja mina abandonada, y la vertiente de Diois en la que desemboca es un caos de olas monstruosas de un tono azul ballena, con salpicaduras negras que propulsan a los pinos hacia no sabría decir dónde, allá arriba, a suaves pendientes rocosas de un rosa sucio o de ese gris solapado de los grandes moluscos, y hacia tierra, el choque de esas inmensas trampas de agua sombría que se abren sobre ocho mil metros de fondo en el batir de los ciclones...

*

El invierno había empezado pronto y desde entonces deprisa, sin despegar. Todos los días el cierzo; las nubes se agolpaban en la herradura entre el Archat, el Jocond, la Plainie, el monte de Pâtres y el Avers. A las nubes de octubre ya ennegrecidas se añadieron las de noviembre aún más negras, y luego las de diciembre por encima, muy negras y cargadas. Todo se condensaba sobre nosotros, sin moverse. La luz era verde, luego color tripa de liebre, luego negra con la particularidad de que, a pesar del negro, tenía sombras de un púrpura profundo. Ocho días atrás aún se divisaba el Habert du Jocond, el lindero del bosque de abetos, el claro de las gencianas, un pedacito de los prados que penden allá arriba. Después, las nubes ocultaron todo eso. Entonces aún se veía Préfleuri y los troncos de árboles arrojados de la tala, y más tarde las nubes descendieron aún más y ocultaron Préfleuri y los troncos de árboles. Las nubes se detuvieron a lo largo de la carretera que sube al puerto. Se veían los arces y la diligencia de las doce y cuarto hacia Saint-Maurice. Aún no había nieve, había que apresurarse a pasar el puerto en ambos sentidos. Aún se veía muy bien el albergue (esa construcción que hoy llaman Texaco porque tiene anuncios de aceite para coches en sus paredes), se veía el albergue y todo un tráfico de caballos de encuarte para los carros de carga que se apresuraban aprovechando el paso libre. Se vio el cabriolet del viajero de la casa Colomb et Bernard, comerciantes de pernos en Grenoble, bajando el puerto. Cuando él volvía, el puerto no tardaría en atascarse. Luego las nubes cubrieron la carretera, Texaco y todo; chorrearon más abajo, en los prados de Bernard, los setos vivos; y esa mañana aún se veían las veinte o veinticinco casas del pueblo con su densa capa de sombra púrpura bajo el toldo, pero ya no se veía la aguja del campanario, cortada al raso por la nube, justo por encima de los Sur, Norte, Este, Oeste.

Después se puso a nevar. A mediodía todo estaba cubierto, todo se había borrado, ya no había mundo, ni ruidos, ni nada. Densos vapores se deslizaban de los tejados y envolvían las casas como un manto; el mariposeo de la nieve que caía aclaraba la sombra de las ventanas y la volvía de un tono rosa sangre fresca, y se veía batir el metrónomo de una mano secando la escarcha del cristal, luego aparecía un rostro demacrado y cruel, mirando.

Marie Chazottes había desaparecido sin dejar rastro. Había salido de su casa hacia las tres de la tarde con un simple chal. Su madre había tenido que llamarla para que se pusiera los zuecos. Salía en zapatillas porque sólo iba, dijo, hasta el cobertizo del otro lado de la granja. Había vuelto la esquina y desde entonces, nada.

Unos decían... cincuenta historias, naturalmente, mientras la nieve seguía cayendo, durante todo diciembre.

Aquella Marie Chazottes tenía veinte años, veintidós años.

Todos esos de los que hemos hablado son honrados e incluso tienden un poco a la austeridad. Por eso, en 1843, a nadie se le ocurrió que Marie Chazottes hubiera podido escapar. Un policía pronunció la palabra, pero era originario del valle del Graisivaudan. Además, ¿escapar con quién? Todos los chicos del pueblo estaban allí. Y todo el mundo sabía que ella no frecuentaba a ninguno. Y cuando su madre la llamó y la hizo ponerse unos zuecos, iba en zapatillas de casa. ¡Si acaso hubiera escapado, sería con un ángel...!

Nadie habló de un ángel, pero casi. Cuando Bergues y los otros dos cazadores furtivos y que conocían perfectamente el terreno volvieron con las manos vacías, si acaso se habló del diablo. Tanto se habló que el domingo siguiente el cura hizo un sermón especial sobre la cuestión. Había muy pocos para escucharle, sólo algunas viejas curiosas, pues se salía lo menos posible. El cura dijo que el diablo era un ángel, un ángel negro, pero un ángel al fin y al cabo. Es decir que, si hubiera tratado con Marie Chazottes, lo habría hecho de otra manera. No le faltan las mujeres entre su clientela, pero no desaparecen, todo lo contrario. Si el diablo hubiera querido ocuparse de Marie Chazottes, no se la habría llevado. La habría...

En aquel mismo momento se oyó un disparo de fusil allí fuera, y dos gritos. La nieve no había cesado de caer porque fuese domingo, sino todo lo contrario, y el día era tan oscuro que aquella misa de las diez de la mañana tenía una luz de final de vísperas.

- No se muevan –dijo el cura a las diez o doce viejas estupefactas.

Descendió del púlpito, hizo esconderse a su curita en un confesionario y fue a abrir la puerta. Era un hombre bien plantado. Su anchura de hombros interceptaba la puerta abierta de par en par. La plaza de la iglesia estaba desierta.

El señor cura tenía razón. No se trataba del diablo. Era mucho más inquietante...

*

En el momento de la historia, como era invierno, y uno de los más crudos que se recuerdan, la nieve que caía sin cesar desde hacía más de un mes había cubierto naturalmente los jardines; y las casas parecían plantadas a veinte metros una de otra en una estepa blanca y unificada.

Fue allí, ante su propio garaje, donde Ravanel, atontado pero temblando de cólera, se encaró con dos de sus vecinos... Y he aquí lo que dijo, después de que Bergues le quitó de las manos el fusil en el que le quedaba una bala.

- Le he dicho al pequeño (el pequeño era Georges Ravanel, que entonces tenía veinte... y debía de ser un pequeño bastante grande): “Ve a ver qué hacen los gorrinos”. Había unos ruidos poco católicos (ahora comprenderán por qué). Él salió. Volvió la esquina, allí, a tres metros. Por suerte, yo me quedé delante del cristal de la puerta. Nada más volver la esquina, le oí gritar. Salí. Volví la esquina. Lo encontré en el suelo... Y allí arriba, entre la casa de Richard y la de los Pelous, vi pasar a un hombre que corría hacia la granja de Gari. El tiempo de coger el fusil y le disparé mientras subía hacia la capillita. Y entonces bajó hacia aquel camino tan hundido.

Habían hecho entrar al tal Georges. Estaba de pie y bebía un poco de licor de hisopo para recobrarse. Y esto fue lo que dijo:

- Volví la esquina. No vi nada. Nada de nada. Alguien me tapó la cabeza con un pañuelo y me cargó como un saco a la espalda y se me llevaba, dio unos pasos, ¡se me llevaba! Pero cuando me puso el pañuelo en la cara, bajé la cabeza y eso hizo que, cuando me acarreó, en vez de estrangularme al mismo tiempo, el pañuelo no me ahogó y pude gritar. Entonces quien fuera me soltó y oí a mi padre decir: “¡Maldito golfo!” y después disparó el fusil.

No había podido llegar al establo, donde continuaba el tumulto. Fue para allá y vio algo bastante indecente. Uno de los cerdos estaba cubierto de sangre. No habían intentado degollarlo, lo cual habría tenido más sentido. Lo habían acuchillado por todas partes, más de cien cortes que debían haberse hecho con un cuchillo tan afilado como una navaja de afeitar... Los cortes no eran rectos, sino en zigzag, serpentinas, curvas, círculos, por toda la piel y muy profundos. Se veía que lo habían hecho con placer.

¡Pero aquello era incomprensible! Tan incomprensible, tan repugnante (Ravanel frotaba la bestia con nieve y sobre la piel momentáneamente limpia, volvía a rezumar la sangre, dibujando las letras de una desconocida lengua bárbara), tan amenazador y de forma tan directa que Bergues, normalmente calmo y filosófico, dijo: “Maldito cabrón, tengo que atraparte”, y fue a por sus raquetas y el fusil.

¡Pero entre el dicho y el hecho...! Bergues volvió con las manos vacías al caer la noche. Había seguido las huellas y también el rastro de sangre. El hombre estaba herido. Eran gotas de sangre fresca y pura sobre la nieve. Herido sin duda en un brazo porque los pasos eran normales, muy rápidos, ligeros. Además, Bergues no había perdido el tiempo; había salido en su busca con apenas media hora de retraso; era un especialista de los paseos invernales; tenía el paso más ágil del pueblo, tenía raquetas, tenía su cólera, lo tenía todo, pero no pudo percibir nada más que aquella pista bien marcada, las bonitas manchas de sangre fresca sobre la nieve virgen. La pista se adentraba en el Bosque Negro y allí donde abordaba el flanco del Jocond, casi a pico, se perdía en las nubes. Sí, en las nubes. No es un misterio ni un truco para hacerles entender subrepticiamente que se trataba de un dios, un semidiós o un cuarto de dios. Bergues no era uno que buscara tres pies al gato. Si él dijo que las huellas se perdían en las nubes es que literalmente se perdían en las nubes, es decir, en las nubes que cubrían la montaña. No olviden que el tiempo no se había despejado y que mientras les cuento la historia, la nube está a punto de cortar en seco la flecha del campanario a la altura de las letras de la veleta.

Pero entonces, bruscamente..., ya no era sólo Marie Chazottes, sino también Ravanel Georges (que había escapado por un pelo), era también usted o yo, cualquiera, ¡todo el mundo estaba amenazado! Todo el pueblo; sobre el cual empezó a caer un domingo espantosamente sombrío. Los que no tenían fusil pasaron una noche del demonio. Además, las familias en las que no quedaban hombres y los niños eran pequeños, fueron a pasar la noche a las casas donde había hombres fuertes y armas...

Bergues montó guardia y pasó la noche yendo de una casa a otra. Le habían calentado tanto a base de vino caliente y copichuelas, al volver de su persecución, que había pillado una buena tajada. Cumplió su misión sin desmayo, iba a llamar a todas las puertas, sembrando el pánico en los dormitorios de mujeres y niños e incluso a hombres que, desde la caída de la noche, no habían recobrado el aliento y aguzaban tanto el oído como para oírse crecer el pelo. Veinte veces se libró apenas de recibir una carga de perdigones en las narices. Al fin, borracho como una cuba, fue a acabar la noche a casa de Ravanel, que había rematado al cerdo y pasaba las horas convirtiéndolo en salchichas y morcillas, un poco para distraerse y sobre todo, para no desperdiciarlo.

Hay que disculpar a Bergues, que era soltero y un tanto salvaje y no sabía contenerse bebiendo ni en ninguna otra cosa; pero en casa de Ravanel, un tanto excitado, cansado o bien beodo, se puso a decir cosas extrañas, por ejemplo, que “la sangre, la sangre sobre la nieve, tan pura, rojo sobre blanco, era hermosa”...

Este leve desvarío de Bergues, que inmediatamente volvió a su natural plácido, filósofo fumador de pipa e incluso un tanto holgazán de costumbre, pasó casi desapercibido en su momento. Sólo lo registraron instintivamente los presentes y, al final, lo recordaron. En todo caso, había algo que el pueblo no podía ignorar y que adquirió toda su importancia al día siguiente; mientras la nieve seguía cayendo (era un invierno terrible), la amenaza afectaba a todos por igual.

¡Pues ya nadie lo dudaba! A Marie Chazottes la habían ahogado con un pañuelo. Estrangular a Georges podía presentar ciertas dificultades, como ya se ha visto (y más a cinco bajo cero), pero la Marie: dos pizcas de pimienta, tan ligera que un vals la haría bailar en el aro de un plato, ¡puro polvo! Debía de haber sido pan comido.

De vez en cuando, la nieve deja de caer. La nube se levanta. En lugar de cortar la flecha del campanario a ras de la veleta, sólo corta la punta, o la descubre, rasgándose en pequeños copos sobre su cenit. Es suficiente. Se ve el desierto extraordinariamente blanco hasta las orillas extremadamente negras del bosque, bajo las cuales puede haber cualquier cosa, que puede hacer cualquier cosa. Cae la tarde. Se levanta un vientecillo que apenas se oye. Lo que se oye es como una mano que roza el postigo, la puerta o el muro; un gemido o un silbido que se queja, o al contrario. Un golpe en el granero.

Se escucha. El padre no aspira su pipa. La madre deja suspendido el pellizco de sal sobre la sopa. Se miran. Nos miran. El padre suspira y su suspiro arrastra un fino hilo de humo. Lo que haría falta es que volviera el ruido. Se aguzan los oídos, precisamente para sopesarlo enseguida, si es o no peligroso. Pero sólo se oye el silencio. No se sabe. Indecisión. Todo es posible. No se puede juzgar. El hilo de humo que el padre suspira se alarga, se alarga indefinidamente. La madre deja caer grano a grano su sal gorda en la sopa con unos floc, floc, floc...

El fusil sobre la mesa. La madre acerca su mano a la marmita y deja caer el puñado de sal en la sopa. Son las cinco de la tarde. Aún habrá que esperar diecisiete horas antes de que resurja el grisáceo amanecer. Fuera, un gesto sutil... Normalmente se sabe que son las largas ramas del sauce que se liberan de su peso de nieve. ¿Será...? ¿Acaso es...? ¿Sí? ¿No? No. Leve revoloteo de la nieve que vuelve a caer, temblores en el heno, crujidos como de pasos ahogados en la paja...

*

Durante el verano, hubo múltiples tormentas, y en concreto una tan brusca y violenta que un flujo extraordinario de agua, al invadir el canal tan limpio, estuvo a punto de llevarse la rueda de álabes de la serrería. Y un día que había empezado a tronar en seco, en cuanto las gotas empezaron a claquetear aquí y allá como moneditas, Frédéric II corrió río arriba hacia la compuerta de rosca para desviar el agua al canal de derivación. El tiempo de hacer lo que debía y ya volvía corriendo bajo rachas ya muy densas, con claros de relámpagos y sombras que podían cortarse con cuchillo, cuando vio un hombre que se refugiaba bajo el haya. Le gritó que se viniera, pero el hombre no pareció entenderlo. Es infantil, nadie se refugia bajo un árbol en las tormentas, y aún menos bajo un árbol de la envergadura y la grandeza de aquella haya divina, y menos aún en las tempestades de estos parajes, que son de una violencia aterradora. Pero desde debajo de su cobertizo, Frédéric II veía a aquel hombre desnaturalizado adosado contra el tronco del haya en una actitud bastante apacible, incluso de abandono; en una especie de contento manifiesto: como si estuviera calentando sus polainas en la chimenea de una cocina. Se dijo: “Es un pobre capullo de quién sabe dónde”. Pensaba en esos viajantes que vienen en verano para reponer a la gente sus herramientas agrarias y hacer propaganda de las máquinas. Al final, como la tormenta no cesaba de empeorar e intensificarse, y el agua se desplomaba en densas cortinas y habían estallado unos cuantos truenos no muy lejos, se dijo: “Es una tontería dejar a ese tipo allí abajo, ¿es que no ve que aquí puede refugiarse?” Se metió un saco en la cabeza como un capuchón, corrió al árbol, cogió al hombre del brazo y le dijo: “Venga, hombre, vaya cenutrio está usted hecho”. Lo sacó de allí justo a tiempo. Las orejas les tronaron. Tanto que no se quedaron bajo el cobertizo, sino que entraron en la cabaña de los engranajes...

-¿De dónde es usted? –preguntó Frédéric II.

- De Chichiliane –contestó el hombre.

En un momento así, como comprenderán, Chichiliane, Marsella o el Papa daban lo mismo. Y al fin y al cabo, ¡Chichiliane no era nada del otro jueves! Quizás en Chichiliane la gente sea más estúpida que aquí, como suele ocurrir. Frédéric II se contentó con esto para explicarse por qué aquel hombre se quedaba bajo el haya voluntariamente. Porque el hombre había oído bien la primera llamada; lo dijo con toda franqueza. Además, había visto que el cobertizo de la serrería a diez metros tras él: no estaba ciego. Pero ya se sabe, hay gente tímida, o mejor, gente estúpida. Frédéric II pensaba que aquel hombre era estúpido...

No interrogó al hombre de Chichiliane; se preguntaba si su compuerta aguantaría el embate. Ni siquiera lo miró. Se quedaron más de una hora en cuclillas uno junto al otro en la cabaña de los engranajes, tan cerca que se rozaban con el hombro y el brazo...

*

Supongo que saben dónde empieza el otoño. Exactamente a 235 pasos contados del árbol marcado M 312.

¿Han ido alguna vez al puerto de La Croix? ¿Ven el sendero que va al lago de Lauzon? En el lugar donde atraviesa los prados color gamuza en pendiente muy pronunciada; hay que pasar dos grietas de desprendimientos bastante feas, se llega justo bajo el acantilado de la cara oeste del Ferrand. Paisaje mineral, perfectamente telúrico: gneis, pórfido, gres, serpentina, esquistos pútridos. Horizontes enteramente cerrados de rocas aceradas, las cimas de Lus, caninos, molares, incisivos, dientes de perro, de león, de tigre y de peces carnívoros. De allí, a vuestra izquierda, sendero por los pasos estrechos entre peñascos que acceden al Ferrand: alpinismo, panorama. A la derecha, trazos imperceptibles de las pulverizaciones rocosas cubiertas de diatomeas. Hay que seguir esos trazos que rodean un rellano y, en una hondonada como un cuenco de cerámica, hallar la más alta cuadrícula boscosa; tal vez doscientos árboles, y en la linde norte, un fresno marcado con minio: M 312. Allí delante, y a doscientos treinta y cinco pasos, plantado directamente en la pendiente de cerámica, otro fresno. Allí es donde empieza el otoño.

Es instantáneo. ¿Acaso hay una especie de contraseña dada ayer por la noche, mientras ustedes daban la espalda al cielo para hacerse la sopa? Esta mañana, en cuanto abran los ojos verán que mi fresno se ha plantado en el cráneo un penacho de plumas de loro amarillo oro. El tiempo de poner el café, de recoger todo lo que queda por el suelo cuando se duerme fuera y ya no es un penacho, sino todo un casco confeccionado con las plumas más raras: rosas, grises, óxido. Luego son marroquinerías, forraje, charreteras, delantales, corazas que se cuelga y se aplica por todas partes, y todo hecho con la materia más rutilante y más bermeja. En fin, helo ahí en sus armaduras y perifollos de sacerdote-guerrero que entrechoca pequeñas matracas de madera seca.

M 312 no se queda atrás. Se pone almuzas, sotanas de miel, faldones de obispo, estolas cubiertas de blasones y de reyes de cartas de juego. Los alerces se cubren de caperuzas y togas de piel de marmota, los arces se calzan polainas de espinilleras rojas, enfilan pantalones de zuavos, se envuelven en capotes de verdugos, se coronan con el birrete de los Borgia. Mientras ellos trajinan, los prados ocres azulean de azafrán silvestre. Al volver, cuando uno llega al pie del puerto de La Croix, se encuentra frente al primer ocaso de la temporada: el abigarramiento bárbaro de las murallas... Más abajo se ve esa cuenca de hierba que sólo era heno cuando pasó hace sólo dos o tres días, ahora convertida en cráter de bronce alrededor del cual montan guardia... los caballeros del bosque; y se entremezclan las tiaras, los bonetes, los cascos, las faldas, la carne pintada, las enaguas bordadas, el follaje de otoño, los fresnos, las hayas, los alerces, los zurillos, los olmos, robles albares, abedules, álamos temblones y sicomoros, arces y pinos con un verde negruzco que exalta todos los demás colores.

A partir de ese momento, cada atardecer, las murallas del cielo se pintarán con aquellos esmaltes que facilitan la aceptación de la crueldad y liberan a los sacrificadores de todo remordimiento. El occidente, revestido de púrpura, sangra por las rocas, que son indiscutiblemente más hermosas así ensangrentadas que con el rosa satinado de siempre, o el bello azur común de las noches de verano, en la hora en que Venus era dulce como un grano de cebada. Un verde pálido, un violeta, manchas de azufre y a veces un puñado de escayola allí donde la luz es más intensa, mientras que sobre las otras tres murallas se apiñan los bloques compactos de una noche, no más lisa y reluciente, sino turbia y aglomerada de inquietantes construcciones: tales son los temas de meditación propuestos por los frescos del monasterio de las montañas. Los árboles hacen crujir incansablemente en la sombra pequeñas matracas de madera seca...

*

El haya de la serrería no tenía aún, ciertamente, la amplitud que ahora contemplamos. Pero su juventud (en relación con la edad de ahora) o más exactamente su adolescencia era de una envergadura y un tejido que la situaban cien codos por encima de todos los árboles unidos. Su follaje era de una abundancia y espesura, de una densidad pétrea, y su osamenta... debía de poseer una fuerza y una belleza muy raras para llevar con tanta elegancia tamaño peso acumulado. En esa época estaba sobre todo plagado de pájaros y de moscas; contenía tantos pájaros y moscas como hojas. Se veía constantemente arado y estremecido por cornejas, cuervos y enjambres. Salpicaba a cada instante vuelos de ruiseñores y alionines; humeaba aguzanieves y abejas; soplaba falcones y tábanos; hacía malabarismos con bolas multicolores de pinzones, reyezuelos y petirrojos, de chorlitos reales y avispas. A su alrededor había una ronda sin fin de pájaros, mariposas y moscas en las que el sol parecía descomponerse en arco iris como si atravesara un manantial de salpicaduras. Y en otoño, con su larga cabellera carmesí, sus mil brazos entrelazados de serpientes verdes, sus cien mil manos de follajes de oro jugando con pompones de plumas, correajes de pájaros, polvo de cristal, no parecía realmente un árbol. Los bosques, sentados sobre las gradas de las montañas, lo contemplaban en silencio. El haya crepitaba como un brasero; danzaba como sólo saben danzar los seres sobrenaturales, multiplicando su cuerpo alrededor de su inmovilidad; ondulaba en torno a sí en un enredo de echarpes, tan estremecido, tan dorado, tan incansablemente lleno de la embriaguez de su cuerpo que ya no se sabía si estaba arraigado por la presa de prodigiosas raíces o por la velocidad milagrosa de la punta de la peonza sobre la que reposan los dioses. Los bosques, sentados sobre las gradas del anfiteatro de las montañas, en su gran ablución sacerdotal, no osaban moverse. Ese virtuosismo de belleza hipnotizaba como el ojo de las serpientes o la sangre de las ocas salvajes en la nieve. Y a lo largo de los caminos que ascendían o descendían hacia el haya, se alineaba la procesión de los arces ensangrentados como carniceros.

Pero todo eso no impidió que llegara el invierno de 1844; al contrario. Y Bergues desapareció. Nadie se dio cuenta enseguida. Era soltero y nadie pudo precisar en qué momento exacto había faltado del mundo. Era un furtivo, cazaba las criaturas más inverosímiles. Amaba la naturaleza y a veces se ausentaba toda una semana. Pero en el invierno del 44, se inquietaron al cabo de cuatro o cinco días.

En su casa, todo estaba dispuesto de forma que podía temerse lo peor. Para empezar, la puerta no estaba cerrada; sus raquetas y el fusil estaban allí; su chaqueta, forrada de piel de cordero, colgaba de su clavo. Más triste aún: su plato, con los restos disecados de un conejo encebollado (con las huellas de un pedazo de pan bañado en la salsa), yacía en la mesa. Debía de haberle pescado comiendo; algo o alguien debía de haberlo llamado fuera; había salido enseguida, tal vez sin poderse tragar el bocado. Su sombrero estaba sobre la cama.

Esta vez fue un terror de rebaño de ovejas. En pleno día (bajo, sombrío, azul, con nieve y una nube cotando la flecha del campanario) se oyó llorar a las mujeres, gritar a los niños, batir las puertas, y fueron menester la cruz y los ciriales para tomar una decisión... Todo el mundo hablaba de la policía pero nadie quería ir a buscarla. Había que recorrer tres leguas en soledad, bajo el cielo negro, y al ser Bergues un hombre hecho y derecho, forzudo, valiente, más listo que el hambre, ya nadie se sentía lo bastante forzudo, valiente ni listo. Al fin decidieron ir cuatro, todos juntos.

Se alejaban de la casa de Bergues como si hubiera albergado a un apestado. La casa bostezaba directamente a la nieve de la calle, con su portón abierto que nadie tuvo el valor de ir a cerrar, y el cielo, por encima de todas las cabezas, parecía más negro que en el interior de la casa.

En el momento de la marcha de los cuatro emisarios hacia la comisaría real de Clelles, todo el pueblo se concentró silenciosamente en torno a ellos, que, graves y pálidos bajo las barbas, se colgaban el arma del tirante y cerraban sus chaquetas forradas con cinturones de cartuchos para jabalíes, un arsenal de cuchillos afilados, de lamas desnudas, e incluso un hacha pequeña. Por fin se calzaron las raquetas; se les vio ascender despacio el cerro tras el cual pasa la gran carretera y luego desaparecieron. Sólo quedaba atrincherarse.

Es fácil imaginar los relatos que aquellos cuatro hombres hicieron en la comisaría de Clelles tras varias leguas de marcha solitaria, al caer el día. A pesar del tiempo encapotado y del estado de las carreteras..., a las once de la noche llegó al pueblo una pequeña compañía de seis guardias a caballo, con armas y equipaje y un capitán llamado Langlois.