lunes, 28 de marzo de 2011

Mi artículo de Natsume Soseki en TURIA

Foto: I.N., Golden Gate Garden, SF, 2011
Turia, Revista cultural, nº 96
Natsume Soseki, escuchar el rumor del mundo
Isabel Núñez
Natsume Soseki, seudónimo de Natsume Kinnosuke (Tokio, 1867–1916), está considerado por todos los expertos uno de los autores más notables de la era Meiji, la época en que, con un esfuerzo transformador impresionante, Japón se abrió a Occidente, tras dos siglos y medio de aislamiento. De 1867 a 1912, el impulso del emperador Meiji convirtió un régimen feudal en un país moderno, futura potencia mundial, líder en tecnología. Intentaban “aprender de Occidente para alcanzar a Occidente”, pero combinando “ética oriental con técnica occidental”.
Se revolucionó la cultura: se promovió la educación, se elevaron los índices de alfabetización, circularon periódicos con tiradas espectaculares y el aprendizaje de las lenguas extranjeras y las primeras traducciones permitieron el acceso a la literatura occidental. La idea era preservar la identidad y la tradición japonesas, imbricándolas en la gigantesca ola del conocimiento del mundo occidental. Al fin, la literatura japonesa reflejaba conflictos vitales y sociales, pero desde su tradición. Esa dialéctica y ese forcejeo entre la tradición y la apertura al universo occidental aparece en los libros de Soseki, sobre todo en Sanshiro y de forma más integrada y sintética en Kusamakura o ya más sutilmente en Kokoro y Kojin, como veremos. Soseki renovó el lenguaje, cambió de estilo en cada libro, y los grandes escritores japoneses le han considerado con gratitud padre de la literatura moderna.
Profesor de literatura inglesa en la Universidad de Tokio, Natsume Soseki era un estudioso de la cultura y la poesía chinas, fruto de la otra gran transformación cultural japonesa (siglos VI y VII), cuando se adoptó la religión y la escritura chinas. Ya casado, Soseki recibió una beca estatal para pasar dos años en Inglaterra, pero el dinero no le llegaba para pagar la formación a la que aspiraba y, a pesar de las amistades que hizo, el escritor recordaría aquellos años como los peores de su vida, pues se sintió desdeñado e incomprendido, “como un pobre perro perdido entre una manada de lobos”. De vuelta a Japón, publicó poemas (dicen que era mejor poeta en chino que en japonés) y novelas, como la costumbrista, desestructurada e irónica Wagahai wa neko de aru (Soy un gato), la tragicómica Botchan, la poética Kusamakura, y las demás novelas, abandonó su puesto en la Universidad para colaborar en un periódico y dedicarse a la escritura, hasta que una úlcera de estómago le llevó a la muerte a los 49 años.
Si en sus primeras obras (Soy un gato y Botchan) Soseki es claramente paródico y burlesco y cultiva la autoironía, poco a poco, el humor se hará más sutil en su escritura, la preocupación por la hondura psicológica ganará terreno y al final, incluso la vaguedad estructural –donde la poesía acude constantemente en medio de la prosa y la filosofía se enraíza en la trama, como ocurre en Kusamakura (Almohada de hierbas)—, va desapareciendo para mostrar mayor intensidad psicológica (Kojin, El viajero) y mayor importancia de la estructura (Meian, Claroscuro).
En Botchan, Soseki ficcionaliza su amarga experiencia como maestro rural. La novela empieza con elementos autobiográficos de su infancia: los sufrimientos de un niño solitario, huérfano de madre en la adolescencia, confiado a otra familia, y al volver, despreciado por su padre; así como la relación con una niñera que le adora e intenta protegerlo, pero a la que el narrador desdeña. El protagonista acepta el puesto de maestro en un pueblo y al llegar topa con la hostilidad de los alumnos, que le someten a bromas despiadadas, se ve enfrentado a un extraño y absurdo sistema en el que incluso los dos placeres que le sirven de consolación –ir a comer sus platillos preferidos o ir a los baños— le están extrañamente vedados porque “la reputación de un maestro no lo permite”. En ese centro, además de la brutalidad salvaje de los estudiantes, todo es injusto y arbitrario y los únicos profesores dignos son represaliados o resultan dudosamente cuerdos. En ese contexto, el protagonista, taciturno y solitario entre la hipocresía agresiva de sus colegas, comprende por fin el valor del afecto de su vieja niñera. Al final renuncia al puesto y vuelve a la atmósfera urbana de Tokio, donde se siente más protegido del hocicamiento primitivo. Botchan tiene un tono autoburlón y está llena de sarcasmo, pero no oculta su melancolía, y retrata bien la diferencia entre la modernidad urbana y anónima de Tokio y el primitivo mundo rural.
Soseki definió Kusamakura (Almohada de hierbas), como novela-haiku. Un pintor viaja al balneario de Nakoi huyendo del bullicio de las emociones, e intenta contemplar la naturaleza y a los hombres como a un cuadro, en pos del ánimo perfecto para pintar. En el balneario, las apariciones de Nami, una hermosa mujer divorciada y considerada excéntrica, le interpelan con su teatralidad misteriosa. Cualquier elemento del paisaje, como los gestos y palabras de los seres solitarios con quienes se cruza –el maestro budista, la vieja campesina, el barbero tosco, el leñador, el joven soldado—, suscita su contemplación reflexiva. El pintor no pinta, pero escribe haikus, a los que Nami responde con otros.
Sus reflexiones sobre la poesía china o anglosajona, sobre la posición del artista en el mundo o la pura belleza –de unas algas inmóviles al fondo del lago, de la comida japonesa, el obi rojo de un kimono, los árboles y el viento, las flores que caen, la luminosidad del aire o los colores y sus significados— componen una mirada sugerente y sutil, a la vez tradicional y experimental, y resulta un retablo delicioso de la atmósfera japonesa. Kusamakura es una novela insólita, entre el ensayo filosófico y una poética oriental que entronca con los poetas ingleses. Hechiza al lector con su sencillez, lo atrapa en la telaraña de su lentitud luminosa, no exenta de ironía ni de sorpresas que recuerdan la teatralidad de los marionetistas chinos. Un misterioso dinamismo lleva al final, con sus pinceladas de belleza japonesa.
Sanshiro es tal vez la menos redonda, pero al mismo tiempo es enormemente interesante en su ritmo más cotidiano, llena de esos momentos poéticos que caracterizan la mirada de Soseki. Recoge la perplejidad del chico de campo –Fukuoka- que descubre la vida urbana, Tokio, la Universidad, el conocimiento y el amor, todo al mismo tiempo y sin atreverse a dar un paso adelante, en una actitud expectante y soñadora, generoso pero capaz de darse cuenta de la incapacidad de reciprocidad de su amigo, el impulsivo y loco Yohiro, enzarzados en la batalla ideológica de la modernización, con el nervio identitario que revisita la tradición japonesa (y el legado de la cultura china, de sus poetas, de su escritura) y la asombrosa belleza de sus ritos, el atuendo tradicional, los placeres hedonistas de los baños, el té, la contemplación del arte y de las nubes, la belleza del mundo, la belleza misteriosa de esas mujeres inteligentes e inasibles que superan a los hombres y que empiezan a negarse a las bodas prefijadas para elegir sus parejas. Esa batalla ideológica por una apertura a Occidente crítica y casi deconstructiva, derridiana, separando lo útil de lo rechazable, se produce en la Universidad. Y en medio de esos jóvenes entusiastas y de sus errores, flota el reconocimiento por sus maestros, y ahí está de nuevo Soseki, admirando la sabiduría humilde del profesor Hirota, quien no se agita ya ante acusaciones injustas ni reveses de fortuna, sino que contempla con lúcida benevolencia los errores del bienintencionado y errático Yohiro. Hirota invita a Sanshiro a a los baños y éste le escucha hablar entre las nubecillas de vapor, que se convierten en signos traducibles, en puntuaciones de sus frases. O el investigador y estudioso Nonomiya, abstraído en su mundo de libros indescifrables y arbitrario en la conducta familiar. Y Mineko, sobre todo Mineko, esa joven que juega con Sanshiro y se acerca a él, burlándose afectuosa de su pasividad y propiciando sus encuentros, agradecida a su mirada, aunque acabe alejándose definitivamente porque, como dice Yohiro en un momento lúcido, ella va por delante.
Hay algo profundamente sincero en Sanshiro que hace relumbrar la novela, nunca impostada y con la carga de fuerza de su verdad literaria, y el humanismo generoso con el que Soseki contempla a sus maestros, o su mirada fascinada no sólo ante la belleza sino también ante las contradicciones y dificultades de los humanos. Tal vez Sanshiro sea la más alegre de sus novelas, donde la muerte tiene menos peso y donde la melancolía es más ligera. La mirada de Sashiro lo abarca todo, es la mirada del escritor, cuando piensa que el retrato de Mineko debería titularse de otro modo, cristalizando el momento en que contemplaron juntos las nubes y ella le definió como “stray sheep”, oveja descarriada.
Se ha dicho de Soseki que es el más clásico de los autores modernos japoneses y tal vez sea cierto. Nunca reniega de la tradición, pero en él todo está entrelazado con las iluminaciones de los poetas anglosajones o con las formas de la narrativa occidental. Y esa combinación fluye en él con toda naturalidad, tal vez por primera vez en la literatura oriental. En estas novelas, lo no-dicho, la plenitud del vacío del Tao tiene tanta fuerza como lo que sí se dice y hace. Y al mismo tiempo, la muerte está siempre presente en el forcejeo vital.
Kojin (El viajero), forma parte de la misma trilogía de madurez que Kokoro, en la que todo se centra en sus personajes de un modo cada vez más individual y menos social, si bien la cuestión del dinero está siempre presente. Aquí se cumpliría esa exigencia de Belén Gopegui de que siempre sepamos con qué se pagan las cosas, de qué viven los personajes y lo que les cuesta. En Kojin, Jiro, el narrador se verá atrapado cada vez más y a pesar de sus esfuerzos por la figura conflictiva de su hermano mayor, Ichiro, al que describe así: “Mi hermano era un sabio y por tanto, un hombre de ideas. Poseía además una sensibilidad pura de poeta”. Ese personaje nervioso y solitario, a quien el intelecto no parece servir sino para acrecentar su infortunio, va creciendo en oscuridad y se va adueñando poco a poco de la atmósfera de la novela. Incapaz de comunicarse con su mujer, la bella y discreta Nao, a quien la madre y la hermana achacan la culpa, o con su hija pequeña, que no se acerca a su padre porque le tiene miedo, Ichiro se va encerrando cada vez más en su mundo y sus estudios, hasta empezar a perder la razón. Jiro se ve obligado a marcharse de la casa familiar, ya que las sospechas del hermano sobre la fidelidad de su mujer parecen apuntar hacia él, que sin duda es sensible al sufrimiento estoico y silencioso de su cuñada; pero eso no arreglará las cosas. En esas páginas se escenifica la dificultad de decir y ese peso creciente de los silencios característico de las novelas de Soseki, que acaba corroyéndolo todo. Es inevitable recordar los silencios de las películas de Yasujiro Ozu, donde la distancia impuesta por la disciplinada cortesía japonesa impide a los personajes preguntarse directamente (excepto por cuestiones prácticas como el matrimonio; parece que cualquiera pregunta a otro por qué no se casa y sin embargo, nadie le pregunta cómo se siente o qué desearía) y eso les obliga a esperar el momento en que el otro se pronuncie, lo que encalla toda acción, a veces hasta el dramatismo, porque las palabras llegan tarde o no llegan.
El viajero es una novela maravillosa, de una sutileza extraordinaria. La presencia de la naturaleza sigue siendo una constante (“me mandó una postal en plena estación de las flores”), y el paisaje siempre asoma ofreciendo su belleza como consolación y distracción, si bien de un modo más medido y justificado por la acción que en Kusamakura, por ejemplo.
Entre tanto, el verano había llegado a su fin. La luz de las estrellas se volvía intensa al caer la tarde. Las hojas de aogiri se balanceaban al viento mañana y noche y producían un estremecimiento sólo con verlas. Cuando llega el otoño, yo tengo a veces la sensación de renacer.”
Las columnas de humo de los cigarrillos puntúan las palabras y sentimientos de quienes hablan o llenan poéticamente esos silencios: “... como siempre, yo encendía un cigarrillo y exhalaba un humo soñador”, o bien “Al decir esto contemplaba apaciblemente las volutas de humo saliendo de mi boca”. Como los rituales de los baños y el té.
Lo mismo ocurre con la poesía. En el atormentado diálogo de Ichiro con su amigo H., Ichiro supone que H. no sufre nunca de insomnio. Él le responde que no duerme, pero cuando Ichiro le pregunta si eso no le angustia, H. cita un verso de Du Fu: “El halo de una lámpara ilumina el insomnio”. O bien, en el bosque, al hablar de la soledad terrible que sobrecoge a Ichiro, cita el proverbio alemán “No hay puente que lleve de un hombre a otro”. El propio Soseki parece explicarnos cómo la poesía se imbrica en la vida y ayuda a redibujarla: “Parecía alegre. Proyectaba la poesía de su pasado sobre su vida futura.”
Cuando la situación de Ichiro parece extrema, la familia, angustiada por su estado mental, propone a su amigo H. que le acompañe a un viaje. Éste acepta y envía una carta donde explica el viaje y las conversaciones. En cierto momento, Ichiro declara: “Morir, volverme loco, entrar en religión son las tres vías posibles que me ofrece el futuro”, y acto seguido descarta la vía religiosa –pues no cree—, y la muerte –su sentido de la culpa no se lo permite— y añade que en realidad ya ha perdido la razón. Esa carta de H., magnífica, tiene un tono apremiante que nos urge a continuar y despierta el deseo de saber y llegar al final como en las mejores novelas clásicas, retratando el encuentro de esos dos amigos tan distintos, el plácido y pragmático H. y el atormentado y metafísico Ichiro. Vemos el alivio de Ichiro al poder confiar en él –ahora que ya no confía en nadie— y cómo H. intenta con todas sus fuerzas arrancarle de su dolor. Y no hay más, el final es otra de las interrogaciones de Soseki.
En cuanto a Kokoro (El corazón de las cosas), trata de la maduración emocional, y del joven protagonista que intenta aprender de la sabiduría de un hombre solitario y sabio a quien llama Sensei (maestro), en una novela donde ningún personaje tiene nombre. De nuevo la dificultad de comunicar, los silencios de las relaciones, por esa lentitud pasiva de las cosas que impide intervenir a tiempo y evitar lo peor, la traición familiar (como en la biografía de Soseki) son temas clave. Un estudiante llega huyendo del medio rural familiar a Tokio y busca orientación vital en un hombre mayor. Mientras sufre la traición de su tío, la muerte del padre, el enamoramiento y la rivalidad nunca explicada con su amigo K. –al que intenta ayudar sin prever que K. se enamorará de la misma joven que él, y acabará precipitándole a su fin—, el narrador no sabe el secreto de Sensei, que sólo conocerá a través de una larga carta de éste, con la que concluye la historia, dejándonos de nuevo interrogarnos sobre el posible final.
Es otra magnífica novela, delicada y llena de luces y sombras, donde sus personajes parecen demasiado jóvenes para comprender el mundo o son presas de pasiones que ni siquiera pueden revelar a los otros, y ni siquiera la amistad y el afecto o la luz que irradia el amor recién descubierto permiten tender esos puentes y quebrar la tremenda soledad. La mujer de Sensei, por ejemplo, sólo sospecha e intenta aliviar el tormento interno de su pareja, pero nunca llega a escucharlo de él y por tanto sólo puede elucubrar. Y hacia el final de su carta, Sensei le pide al protagonista que nunca revele su secreto culpable a la que ha sido su mujer, para preservarla de su oscuridad. Se trata de la culpa, una culpa infinita no sólo por no haber podido evitar el suicidio de un amigo, sino por haberlo propiciado. Una culpa que ha desmoronado la vida de ese hombre para siempre, sin que nunca haya conocido el alivio de la palabra, salvo en esa carta, que el protagonista lee cuando Sensei está ya muerto. No hay esperanza y la culpa pesa tanto como en su admirado Dostoievski, pero los motivos son mucho más sutiles.
Soseki escribió dos libros de memorias, uno de los cuales, inédito en castellano, se titula Omoidasu koto nado, Choses dont je me souviens, en la versión francesa de Elisabeth Suetsugu que yo he leído. En 1910, el autor había sido hospitalizado por una grave enfermedad con peligro de muerte. Cuando empieza a recobrarse, aunque sumido en la debilidad de esa convalecencia, contemplando la naturaleza desde la ventana del hospital, Soseki se entera de que su amable médico acaba de morir: “Mientras se preocupaba por mis tratamientos, él mismo se encaminaba hacia la muerte.” Y al abrir el periódico, le asalta la noticia de la muerte de James, el filósofo norteamericano (hermano de Henry James) cuyo libro bergsoniano “había proyectado durante mi enfermedad un rayo de luz deslumbrante sobre mi espíritu aún difuso”. Y compone un kanshi (un poema en chino clásico) que dice:
Los hombres mueren,
Los hombres viven,
Pasan las ocas salvajes.
El libro surge de la ambivalencia entre la alegría de haber sobrevivido y la sombra de la muerte de otros, y está impregnado del ideal furyu, el mismo que le inspirara diez años atrás la novela Kusamakura; el furyu es un ideal de armonía con la naturaleza, deseo de evasión, aspiración a superar lo real y cotidiano, desapego. Pero furyu es también gusto por la poesía, la pintura, el té y todo lo que no sea prosaico. Para Soseki, esos poemas, haikus o kanshis, parecen ofrecer el contrapeso espiritual a la naturaleza atormentada de sus novelas. Es el alivio de la contemplación de la naturaleza o los templos zen de algunos personajes de sus novelas. Este libro delicioso nos recuerda al espíritu de On Being Ill (Estar enfermo) de Virginia Wolf (donde ella explica que la naturaleza proyectaría todos los días su espectáculo aunque le diéramos la espalda y observa la enfermedad como una ocasión de contemplar ese espectáculo) o aquel poema de Salvat Papasseit titulado “Tot l’enyor de demà” (Toda la añoranza de mañana) porque los tres contemplan el mundo como si se despidieran, prometiéndose volver, y todo parece iluminado por esa mirada añorante del escritor enfermo.
Pese a su impaciencia por volver a casa, cuando al fin autorizan su regreso en dos semanas, Soseki desea que esas dos semanas se prolonguen en el tiempo, y recuerda lo que le ocurrió de joven, en Londres, en “los peores años de su vida” y en el país que había aborrecido (como Heine, dice él). Cuando se acerca el momento de partir, “como paseaba la mirada sobre ese mar inmenso que es la ciudad de Londres, que fluye con todos los movimientos de seres desconocidos, al fondo del aire grisáceo que los envuelve, tuve la sensación de que había allí una especie de gas que se ajustaba a mi propia respiración. Con los ojos levantados hacia el cielo, me quedé un largo momento inmóvil en medio de la calle…” Y describe la espera de esas dos semanas de hospital: “inmóvil, alargando mi cuerpo enfermo, solo en mi lecho. Me quedaba sin hacer un gesto, tumbado sobre un colchón de paja..., y esperaba. Esperaba el ruido que haría en el silencio del jardín una carpa al quebrar el agua. Acechaba los aguzanieves que brincaban moviendo la cola sobre las tejas mojadas por el rocío de la mañana. Esperaba las flores que ponían a mi cabecera. Preveía el rumor del agua que caía justo bajo la marquesina. Sentía deseos de demorarme entre todas aquellas cosas que me rodeaban y me concernían, y esperé a que se acabaran las dos semanas anunciadas.” Surge esa inmovilidad absoluta del enfermo en la que se despiertan y aguzan los sentidos, y cuando al fin le transportan en una camilla que encajan en el coche de caballos, bajo la lluvia, el escritor enfermo redescubre el mundo físico: “Tumbado, escuchaba el ruido que hacían las gotas de lluvia al rebotar sobre la capota, con una mirada emocionada y agradecida a las inmensas rocas, los pinos, los charcos de agua. El color de los bosquecillos de bambúes, los caquis, los arces, las hojas de batatas, los setos de hibiscus, el olor de las espigas maduras, cada visión me hacía feliz, pues recordaba, como si hubiera resucitado, que era lo normal en aquella estación ver todas aquellas cosas.”
Todo el diario está sembrado de sus poemas –haikus y kanshis— que según él no tienen un valor poético, salvo lo que significan para él, pero es inevitable maravillarse ante su sencilla y despojada belleza, puntuación poética de sus pensamientos diarios, una imagen que concentra, como una gota de agua antes de caer de una rama en la que vemos reflejado todo el paisaje, el estado de ánimo de retorno a la vida que dio origen al libro.
En cuanto a la melancólica e inacabada Meian, Claroscuro, Soseki murió tras escribir en una hoja las cifras 189, el capítulo que seguía. Se trata de su libro más largo y muchos lo consideran su obra maestra. Es una novela que desafía las reglas, con una trama escasa, desproporcionadamente breve para la longitud de sus páginas, algo que contrasta con la tradición novelística japonesa, que valoraba una supuesta naturalidad y prefería una estructura vaga e irregular. La palabra Meian se compone de dos caracteres chinos que significan claridad y oscuridad, como oposición y en lo que cada uno participa del otro. Decía el protagonista de Kusamakura: “A los 25 años tuve la revelación de que la luz y las tinieblas (mei an) eran dos caras de una misma realidad y de que allí donde nace la luz, las sombras caen para nosotros.”
Claroscuro habla de la dificultad de comunicación en la pareja de protagonistas, Tsuda y Nobuko, una desconfianza que los separa cuando están juntos y una rotura interna que se hace trágicamente evidente cuando Tsuda ingresa en el hospital, y esa herida o fístula que no se cierra metaforiza el dolor del desencuentro amoroso. De nuevo lo no dicho supera a lo que sí se dice, en lenguajes distintos y mutuamente ininteligibles o demasiado beligerantes para propiciar la comprensión. Tardamos en descubrir que Tsuda amaba a otra mujer y sólo entonces comprendemos que la indiferencia de Nobuko se debe en realidad a la “infidelidad interior” de Tsuda. El escritor Kojin Karatani señalaba la importancia de los diálogos de Claroscuro, no sólo porque expresen los caracteres y pensamientos de los personajes, sino porque al entrecruzarse, revelan una naturaleza inesperada de cada personaje. Célebres escritores japoneses, como Kenzaburo Oé, han especulado y compuesto distintos finales para Claroscuro, que según los indicios, podría suponer un suicidio en la cascada, un golpe de efecto teatral o simulación de una caída (como en una escena de Kusamakura), o una simple visión maupassantiana de esa cascada luminosa que precedería el retorno de Tsuda a la oscuridad grisácea de su vida conyugal.
Soseki tuvo una infancia muy dura, y en su vida, demasiado breve, sufrió dificultades materiales, de salud y de relación, además de la pérdida de su hija, como cuenta Philip Forest en su magnífico Sarinagara. Sin embargo, la obra de Soseki no es deprimente: su oscuridad resulta luminosa, pues como la de Thomas Bernhard, irradia el triunfo de la escritura. Aguzar sentidos y antenas para escuchar el rumor del mundo, mirar la naturaleza y observar a los humanos, aún en sus silencios más atormentados, abrir los ojos a la belleza y a las alegrías de la amistad y la conversación y ser capaz de narrarlo.
Hay que felicitarse de que los editores españoles rescaten al tenaz Soseki (Soseki significa terco en chino.), pues frente a la banalidad estereotipada de esos “best-séllers de calidad” que ahora llenan las grandes librerías, en la obra de Soseki late la verdadera vida, la hondura filosófica, poética y humana que cualquier lector sensible busca en la literatura, la que nos permite refugiarnos hospitalariamente de la zafiedad y la precariedad del mundo, y recobrar no sólo la perdida naturaleza, sino también el hálito del humanismo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Mi reseña de Julien Gracq en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Japanese Tea Garden, 2011
Narrativa
La perfección
ISABEL NÚÑEZ
Julien Gracq
El rey Cophetua
Traducción de Julià de Jòdar
Prólogo de Jesús Ferrero
Nocturna Ediciones
112 PÁGINAS
13,95 EUROS
Éste es un libro perfecto. Cuidadosamente editado por Nocturna Ediciones, con la pintura de Burne-Jones El rey Cophetua y la mendiga en la portada, el grabado de Leighton del mismo motivo y la Mala noche de los Caprichos de Goya, el poema de Tennyson, The Beggar Maid, en original y bien traducido por Maria Eugenia Frutos, el delicioso prólogo de Jesús Ferrero y la magnífica traducción que Julià de Jòdar ha hecho de este texto poético y enigmático de Julien Gracq. Ferrero recuerda en el prólogo que el mito sajón del rey Cophetua, ese rey literalmente foudroyé por la belleza de una mendiga, dejó huella en Shakespeare, Hugo Von Hoffmanstal, Tennyson, Burne-Jones, Julien Gracq e indirectamente tal vez en Baudelaire. Julien Gracq lo retoma para contar la historia de un soldado de la I Guerra Mundial que acude a un lugar boscoso y apartado de París, a ver a un amigo al que conoció en la guerra y que lo ha llamado, pero el amigo no llega y en su lugar, además del rumor de los cañonazos, su dolorida memoria y el duelo de la juventud que deja atrás, encuentra “una mujer, es decir, un interrogante, un enigma”, que le envuelve en su silencio y sus extrañas maneras –a la vez sirviente y majestuosa con su “docilidad altiva”—, y en la pared ve el cuadro del rey Cophetua. Será el Rendez-vous à Bray de Delvaux. Ella seguirá lejana y remota, en una “habitación sin hospitalidad”, que recuerda “a la vieja España”, él se siente “como quien entra en un cuadro, prisionero de la imagen” y la historia será una verdadera narración, según Ferrero: “más que un conjunto de respuestas amañadas y trucadas, un laberinto de preguntas que se bifurcan hasta atravesar de parte a parte las dimensiones más íntimas y conflictivas de la existencia”. Julien Gracq, seudónimo de Louis Poirier (Saint-Florent-le-Vieil, 1910 – Angers, 2007) sólo quiso ser “un escritor francés”, rechazó el Goncourt por su novela El mar de las Sirtes (1951), había estudiado Ciencias Políticas y se había afiliado al Partido Comunista en 1937, aunque rompió cuando el pacto germano-soviético, se acercó a los surrealistas y escribió un ensayo sobre André Breton. Aquí, la delicadeza de su escritura musical, su paisajismo metafórico y deslumbrante no ocultan el dolor de la guerra y una densidad filosófica que anida en el lector.

sábado, 12 de febrero de 2011

Mi reseña de Mirko Lauer en el Cultura/s

Foto: IN. Rose Tea Garden, 2011
Narrativa Las mentiras y la historia ISABEL NÚÑEZ Mirko Lauer Secretos inútiles Periférica 140 PÁGINAS 16,50 EUROS
Mirko Lauer (Žatec, Checoslovaquia, 1947) es escritor peruano, ensayista, director de la revista Hueso húmero, profesor en varias universidades, editor de Tusquets en los años setenta, ha publicado poesía y novela. Órbitas. Tertulias (premio Juan Rulfo 2006), Tapen la tumba (2009) y la novela que nos ocupa forman parte de su ciclo de Cerro Azul, que Periférica se propone publicar en su totalidad. En Secretos inútiles, la acción transcurre en una sola noche; la noche en que el periodista Mirko Lauer, biógrafo de la escritora Miranda Archimbaud (Rendie), entrevista a su primo y tal vez antiguo amante, Clayton Archimbaud, viejo magnate angloperuano, hijo de los que fueron terratenientes agrícolas de las primeras décadas del siglo XX, en el balneario Cerro Azul. En esa conversación, profusamente bañada en bourbon, que el periodista bebe con repugnancia, sometido, el viejo Archimbaud traza un enigmático mapa donde la historia y la leyenda se mezclan a lo personal y donde la ficción encubre misteriosamente las posibles verdades, en una red de mentiras y un relato que acaba volviéndose grotesco y teatral. El viejo magnate muestra enseguida que, pese a sus palabras, se siente turbulentamente unido a su experiencia peruana y le obsesiona Cerro Azul. Empieza hablando de un pirata y de la historia para, siempre con exhibicionismo tramposo, sorprender confesándose autor de una muerte y ofrecer varias versiones de su relación con su prima escritora, amante o rival, y con el mayordomo chino que cambiaría sus vidas. Todo sucede en una larga y alcohólica noche. Con un golpe teatral algo sórdido de travestismo oriental, el gringo borracho muestra con dolorido sarcasmo cómo encuentra placer en su castigo y desvela su propio secreto vital, aun rodeado de mentiras, en una metáfora cruel que refleja a la sociedad peruana, y al final, el álter-ego de Mirko Lauer se encuentra solo entre fotografías e interrogación. La novela fluye poderosamente y arrastra al lector. La atmósfera es de serie negra chandleriana, sin el poso irónico-melancólico y humanista de Chandler y con una nota más amargamente contemporánea. Algunos críticos han comparado a Lauer con Bolaño y ciertamente hay algunas coincidencias, pero no sé si a Lauer le beneficia esa asociación, y seguramente tampoco la necesita.

martes, 8 de febrero de 2011

Una reseña de 2004: Soma Morgenstern

Foto: I.N. Siracusa, 2009

Soma Morgenstern y las convulsiones del siglo XX europeo

Soma Morgenstern. En otro tiempo. Años de juventud en la Galitzia oriental. Minúscula. Traducción de Teresa Ruiz Rosas. Edición, notas y postfacio de Ingolf Schulte. 590 PÁGINAS. 30 EUROS

En otro tiempo puede considerarse una primera parte de las memorias de Soma Morgenstern (Budzanów, Galitzia oriental, 1890 – Nueva York, 1976), dedicada a la infancia como paraíso perdido.

El dolor que bloqueó a Morgenstern durante años, por el horror de lo vivido y la pérdida (“Cartas perdidas, amigos perdidos, mundo perdido. Hermanos perdidos en Dachau, hermana perdida en Birkenau, madre perdida en Theresienstadt...”), le impidió escribir lo que se echa de menos en estas memorias: su vida de escritor, su relación con figuras como Musil, Benjamin, Alma Mahler, Roth o Canetti, el peso sangrante de la Historia que los separó, los años de Nueva York, etc. Esos recuerdos hay que buscarlos en sus apasionantes memorias “indirectas”, sesgadas: Alban Berg y sus ídolos y Huida y fin de Joseph Roth, publicados en España por Pre-Textos. Además, están sus novelas: El hijo del hijo pródigo y la trilogía Destellos en el abismo.

Pero este libro tiene un encanto especial. Con una estructura inspirada en los Cuadros de una exposición de Mussorgski, son “Paseos”, escenas o retablos que sintetizan momentos de su infancia y juventud en la Galitzia oriental. Dibujan, con un estilo desnudo y ligero y una sensación mágica de tiempo detenido, el vínculo emotivo de Morgenstern con el paisaje rural de su niñez (el bosquecillo de alisos y el pozo donde se reflejaban las estrellas que le enseñó su amigo perdido, o la escena de él mayor en Canadá, disimulando las lágrimas ante su amiga al ver los campos de heno), establecen la condición urbana de los judíos frente a los campesinos, trazan ya su relación intensa y difícil con la fe –de joven se hace ateo, pero vuelve a la religión por una vía puramente estética, tal vez para acercarse a la memoria de su padre, y al final de su vida será la novela la que llene el vacío espiritual—, fotografían la amistad, y el amor, incluso excesivo, que unía a su familia.

En cierto momento, un joven mayor que él le advierte contra ese cerrado amor familiar. Tanta religiosidad y apego familiar pueden ser asfixiantes. Pero a Morgenstern le salva su vitalismo sensual y la identificación de la cultura judía con las distintas formas de conocimiento. Su pasión por la música, las lenguas, la ciencia, el teatro, la literatura, su base clásica humanística –pese a la decepción ante los griegos, que aceptan la esclavitud sin rebelarse, y de ahí la cita aristotélica que cierra el libro calificando a los esclavos de “instrumentos animados”—, brillan en estos cuadros pictóricos luminosos, junto con su cultivo de la amistad y el intercambio intelectual.

Hay retratos de maestros, campesinos, compañeros de escuela, con una ironía no exenta de ternura, también una feroz desmitificación ética de personajes (como la escena en Nueva York, en que tuerce el gesto cuando unos chicos americanos arrojan bolas de nieve a Beethoven y les sugiere que las dirijan contra la estatua de Morse) que incurrieron en antisemitismo o desigualdad, y por encima de todo, la mirada humana de un escritor que Adorno juzgó con dureza, mientras que Musil le consideró un autor decisivo y Berg le admiró siempre.

Con las mujeres, su mirada es contradictoria. Si bien el apego a su madre y el reconocimiento de su papel como “espíritu movens” de la familia son obvios, y si bien aparecen mujeres a las que admira, también hay momentos de misoginia, en particular uno terrible: de niño, sorprendió la violación invisible, muda y en grupo de una muchacha, pero el escritor no la distingue del sexo libremente consentido.

Hay escenas de una poesía callada y de un humor maravillosos y respiran como los cuadros vivientes de un artista contemporáneo. Se trata, en efecto, del mundo que destruiría el nazismo y que no volvería a ser. La traducción y la edición impecables, con las notas investigativas del editor alemán, intensifican el placer de su lectura.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Mi reseña de Edith Wharton en La Vanguardia Culturas

Foto: I.N. Rufus en la terracita sur, 2010
La Vanguardia Cultura/s
Narrativa Cuentos sutiles ISABEL NÚÑEZ Edith Wharton “Fiebre romana” Navona
Traducción de José Luis Piquero 144 PÁGINAS 8,30 EUROS Edith Wharton (Nueva York, 1862 – Saint Brice, 1937) es bien conocida entre los lectores de este país. Premio Pulitzer por La edad de la inocencia (que Martin Scorsese llevó al cine con dudoso resultado), escribió cuentos maravillosos como los de Vieja Nueva York, o novelas como Ethan Frome, por citar sólo algunas. Amiga y discípula de Henry James, siguió su consejo de dedicarse a lo que dominaba y fue una fina naturalista, con la penetrabilidad psicológica de su maestro, pero centrándose en las dificultades que constreñían a las mujeres en una sociedad conservadora, capaz de asfixiar incluso a las hijas de la alta burguesía, y situó sus retratos hondos y sutiles de las relaciones entre hombres y mujeres en ese contexto social opresivo para ellas. Uno de estos tres cuentos, “Almas atenazadas”, describe a una pareja de amantes de viaje en tren por Italia. Lydia recibe la noticia de su divorcio y se debate con la situación que implica: ahora él tendrá que casarse con ella, y Lydia se resiste a entrar en ese juego, pero tras frecuentar unos días el pequeño núcleo social del hotel donde paran, comprende cómo necesita ser aceptada, cómo agota nadar contra corriente y sentirse amenazado por la presión social, y Wharton nos muestra sus interrogaciones y su viva contradicción, con la mirada perpleja y tal vez secretamente admirada de él, que la ve escapar y también duda si debe dejarla irse... Otro relato, con un título que señala a la danza de la muerte (“Tras Holbein”), muestra a un hombre que no ha querido ver que envejece ni ha renunciado al frenesí social buscando otra vida, y a quien una repentina confusión obliga a cambiar. Y en el tercero, frente al espectáculo esplendoroso del campo de Roma que simboliza su juventud, dos amigas ya viejas que rivalizaron sin decirlo encaran la verdad de lo ocurrido años atrás, que cambió sus vidas sin que una de ellas, la manipuladora, llegase nunca a saberlo. Los tres son cuentos deliciosos, bien editados por Navona, con ese tamaño de libro ideal para llevar a todas partes, a buen precio, y con la garantía de procurarnos unas horas de placer. No se lo pierdan.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Texto de presentación de Geografías e historias de Helena Calsamiglia

Foto: I.N. Cadaqués, 2010
En primer lugar tengo que agradecer a Helena Calsamiglia que me haya invitado aquí a sentarme con dos popes del pensamiento en este país y un veterano del mundo editorial, y supuestamente en representación de una generación más joven, algo que no encaja con mi percepción de las cosas. Soy escritora y traductora y estudié lo que ahora se llama Ciències de l’Educació en la facultad de la Universitat Autònoma que entonces estaba en Sant Cugat, frente al monasterio y donde Helena Calsamiglia fue profesora. Las pocas veces que nos hemos encontrado en estos años, Helena me llamaba “Sant Jordi”, porque se le había quedado grabada la imagen de la primera fiesta democrática de primavera que celebramos en la facultad tras la muerte de Franco, y aún no sé por qué me eligieron a mí para encarnar a Sant Jordi mientras toda la clase componía el caballo y el dragón. Y un día apareció Helena en mi email desde Buenos Aires preguntándome si no tenía una foto de aquella fiesta teatral porque estaba escribiendo sus memorias. Le dije que no, que la había perdido, pero que había escrito un cuento sobre aquello, me pidió que le mandase al menos el fragmento correspondiente y así lo hice. Y por uno de esos azares que el pensamiento mágico llama sincronías, esa noche mi hijo me pidió ayuda para un trabajo de estructuralismo, yo rescaté algunos libros míos de finales de los setenta y apareció la foto. Y el cuento se publicó. Helena reapareció hace poco y casi me obligó, con ese charme de las personas a las que pocas cosas deben de haberles negado en la vida, a participar y acepté: el libro acaba allí donde empieza nuestro encuentro histórico. Lo he leído con interés, buscando la estela de ese padre filósofo y mítico de quien supe por primera vez cuando trabajé en Ariel y Seix Barral, en la época en que Ariel ya apenas se parecía a lo que fue con su inspiración y los más sensibles le añoraban, como en la ficción se añoraba a Barral. En sus Racconti, un Lampedusa emocionado con la relectura de la Vie d’Henry Brulard de Stendhal, dice que a partir de los cincuenta años, escribir las memorias debería ser un deber “impuesto por el Estado”. “Cuando nos encontramos en el declive de la vida [para él, los cincuenta son el declive], es imperativo intentar recoger al máximo las sensaciones que han atravesado nuestro organismo”, dice Lampedusa. Aunque reconoce que sólo unos pocos podrán lograr una obra maestra –cita a Rousseau, a Stendhal y a Proust—, el material acumulado entre unos y otros tendría valor para entender una época, pues todas las memorias “reflejan valores sociales y pintorescos de primer orden”. Él intenta hacer lo mismo, aunque establece una diferencia radical entre Stendhal y él, pues en Henry Brulard queda claro que para Stendhal, la infancia fue una época desdichada, en la que sufrió tiranía y prepotencia. En cambio para Lampedusa, la infancia es un paraíso perdido. Dice: “todos eran buenos conmigo, yo era el rey de la casa. Incluso personajes que luego me resultaron hostiles me procuraban ‘petits soins’.” Es justamente la impresión que he tenido de las memorias de Helena Calsamiglia, incluyendo su descripción entusiasta de su propia topografía emocional, en la que tampoco hay una conciencia sombría o nostálgica de un paisaje perdido, sino que parece que al menos fantasmáticamente se hubiera conservado lo esencial. A mí, con mi idea de la familia como institución maldita, de la ambivalencia asociada a la infancia y con mi tendencia a identificar en gran medida la religión católica con el franquismo, me ha sorprendido esa felicidad familiar y religiosa que parece protegerla durante toda su vida, incluso en un tiempo tan gris de este país, que para otros memorialistas fue terrible: Pienso en Lydia Falcón, que nació diez años antes y muestra una Barcelona desértica, deprimente y dramáticamente misógina, un encierro angustioso para las mujeres, con todo el espíritu ilustrado fugado, encarcelado o muerto, o en Carlos Barral y sus Años de penitencia, o la grisaille machista que contaba Gil de Biedma en su niña Isabel. Ten cuidado. Porque estamos en España. Porque son uno y lo mismo los memos de tus amantes, el bestia de tu marido. O más atrás y más largas en el tiempo, las memorias de Moisès Broggi y su descripción de cómo la ilustración republicana se reduce a una mentalidad rancia y marcada por el miedo, por el terror, del que sólo le salvará su bondad antisectaria y sus benefactores de los dos bandos. Todos esos relatos y muchos otros muestran una posguerra realmente oscura, desértica y angustiosa, pero aquí es como si, milagrosamente, ese entorno afectivo y culto de familia catalana integradora, con la música, con la topografía emocional del Empordà, de Barcelona o del lugar maravilloso que fue Sant Cugat antes de convertirse en una megaurbanización sin personalidad, o de la entonces salvaje Menorca, y tal vez sobre todo esa vivencia afectiva religiosa, que logra conciliar incluso dos bandos distintos en sus padres, algo parece proteger a la niña Helena del entorno sombrío en el que vive. Y luego, a lo largo de su trayectoria es como si Helena hubiera vivido todas las transformaciones doucement, sin tanto desgarro. Como si ese núcleo feliz le hubiera servido para neutralizar la pesadilla que era para otros este país. Para ella, por ejemplo, la realidad de que una mujer no podía hacer nada sin permiso escrito de su padre o su marido es sólo una anécdota y no un drama como para Lydia Falcón, que abandonada por su padre y su marido, tiene que falsificar los papeles para estudiar una carrera. Sin embargo Helena, cuando Magda Catalán le propone unirse a un grupo feminista responde que ella no ha sentido esa discriminación. Y es que la autora escribe con la sinceridad de quien no teme ser juzgada y con ese espíritu comprensivo capaz de integrarlo todo. No le importa decir que era inocente, que era conservadora, que de niña soñaba con uno de aquellos misales de nácar, que aprendía casi todo aceleradamente, que sustituía su fe religiosa por otras ideas, que se maravillaba al ver a su alrededor la libertad amorosa de sus nuevas amigas, o ese adelantarse a su tiempo de otras personas de su cambiante entorno. Describe muy bien Helena Calsamiglia la fiebre vitalista que revestía al menos en los últimos años la lucha contra la dictadura, el “contra Franco vivíamos mejor” de Vázquez Montalbán, esa sensación alegre de contribuir al despertar de la sociedad civil que tuvimos todos los que pudimos participar. Porque si es cierto que aún hubo víctimas, palizas, detenciones, ejecuciones, interrogatorios con torturas y cárcel, esos años que llaman tardofranquismo tenían ya cerca la sensación de libertad, se notaba cierto debilitamiento de aquel régimen y el terror no era tan grande como debió de serlo para los que intentaban resistir en los negros cincuenta y primeros sesenta. También se dibuja aquí lo que era ese entorno burgués de familias catalanas, con su aspecto hedonista y cultivado que matiza con cierta mundanidad viajera la mentalidad franquista, y que reúne extrañamente a aquellos que habían apoyado a los insurgentes con los herederos de un legado catalanista y republicano. Y por este libro desfilan no sólo los apellidos de esa buena sociedad catalana, sino también los que serán intelectuales y políticos influyentes cuando llegue la democracia, todos en el abrigo de esa familia de familias. Me han interesado en particular los capítulos en que aparece el padre, Josep Calsamiglia, del que hablarán seguramente y mejor que yo los que fueron sus alumnos: ese paso de la editorial a la enseñanza en una Universidad que empezaba a abrirse precisamente gracias a esas figuras, ese espíritu estoico y filosófico también apasionado e incluso ese momento en que descubre el cuidado ciceroniano de su jardín en la primera casa campestre familiar son memorables. Y también ese momento en que el trabajo de Helena se concilia difícilmente con las horas de dedicación materna a sus hijos, o cómo ella y su pareja van encontrando unas vías profesionales capaces de expresarles y de reflejar sus intereses e inquietudes. De hecho ahí, ya hacia el final del libro, empiezan a dibujarse los primeros conflictos y desajustes, que se producen en su pareja; el modelo de ama de casa tradicional y madre perfecta que el marido de Helena lleva interiorizado y que choca con la realidad del trabajo de Helena, el marido que siente celos de los hijos y de la vida profesional de su mujer... Todo esto en medio de un torbellino de hechos culturales, políticos y sociales, pues Helena se ha ocupado de documentar con gran precisión el contexto general e histórico que rodea su vida. Y en ese contexto hay hitos de violencia que los que los vivimos recordamos bien, como la ejecución de Puig Antich o la de Txiki, por ejemplo. Y es que Helena habla también aquí de muertes lejanas y cercanas, aunque lo haga deprisa, pero lo hace con inteligencia y humanismo, deteniéndose un momento en ese torbellino vital que atraviesa esta primera mitad de sus memorias. Aquí, los pensamientos pasan veloces entre la gran multitud de hechos que registrar. Y la muerte de Franco, aquella sucesión de partes interminables de su salud agónica y de celebraciones siempre postergadas hasta que al fin se produce y les pesca a ellos en París, en una fiesta improvisada que une a viajeros y exiliados, llenos de interrogación y esperanza y ya con la idea de una transición armoniosa, considerada ejemplar por algunos, pero con su peaje innegable de concesiones, silencio e impunidad para tantos implicados en atrocidades. O algunas anécdotas geniales, como cuando su hijo Guim le pregunta cómo venimos al mundo y al oír su explicación descarnada se echa a llorar de decepción de que sean las mujeres y no los hombres las que desempeñan el papel importante o tienen la clave de la reproducción y ella sonríe al descubrir el reverso de la freudiana envidia del pene. También sorprende, claro está, ese tremendo ejercicio de memoria, que parece capaz de registrarlo todo, las canciones, los colores, los gestos, el paisaje, la pasión futbolística, el retrato agradecido de sus mejores maestros, la descripción entusiasta de lugares característicos de la ciudad como el Tibidabo, que enumera sus libros de entonces y define las películas que descubría, o el ritual para servir el té, hasta tal extremo de detalle que me ha hecho evocar por un momento a Heimito Von Doderer y sus Demonios, sólo que en el caso de Von Doderer había un motivo oscuro para esa lentitud maravillosa en la que describía el vuelo de una mosca y las microepifanías vitales de todos sus personajes, y al leerle, aun gozando de su lentitud asombrosa, era inevitable preguntarse de qué no quería hablar, donde estaban los demonios que faltaban en su gran novela. Así que yo casi me preguntaba qué conflicto estaría bordeando o silenciando Helena Calsamiglia con su ejercicio apasionado de remembranza y el registro minucioso en que vemos cambiar las costumbres morales del país, de la inocencia y la moral cristiana a los efluvios indirectos del 68 francés y la libertad sexual, del silencio social al activismo y la militancia, de la ampliación de las corrientes culturales y pedagógicas, de su participación directa en los primeros grupos y asociaciones como Rosa Sensat y publicaciones que, como Cuadernos de Pedagogía, recogían la tradición de la escuela progresista e ilustrada de la República, del despertar de un país justo antes de la muerte del dictador que lo había destruido. En el caso de Von Doderer era lentitud y microdetalles, en el caso de Helena Calsamiglia es aceleración y torbellino de detalles. Excepto en ese momento casi final y anticlimático, evocador del conductor insomne de ambulancias de Scorsese, que sólo al final logra dormir: ahí vemos que Helena Calsamiglia se detiene y le parece, en la quietud de ese instante, escuchar la vida que pasa, un poco también como en la canción de Vinicius de Moraes en que “oíamos la tierra rodar”. Y entonces he concluido que este borgiano Funes el memorioso, esta memoria prodigiosa, esta voluntad de recordarlo todo tiene más que ver con la frase de un niño francés que siempre vuelve a mí, Balthazar, hijo de una amiga mía escritora que, cuando vinieron a Barcelona y les llevamos a Cadaqués, impresionado por aquella luz, exclamó: Oh maman, il faudra tout dessiner! Y ese ansia de dibujarlo todo, que yo he sentido tantas veces como escritora, tiene que ver sobre todo aquí con una grande y lampedusiana pasión de vivir.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Texto de presentación de "Donde hay nilad"

Foto: I.N., En Cadaqués, 2008 Buenas tardes a todos y gracias por venir a la presentación de la primera novela de Déborah Puig-Pey Stiefel, Donde hay nilad. Como el editor de Menoscuarto está en Guadalajara, México, me toca a mí oficiar de maestra de ceremonias.
Dice Déborah Puig-Pey Stiefel que hasta ahora, en cierta manera, ha estado algo escondida, al menos de la parte más mediática de este mundo editorial y yo creo que esta novela la obligará a la visibilidad. Licenciada en Geografía e Historia, especialidad en Antropología Cultural, había obtenido el premio Miguel Delibes de Narrativa Breve-Aula de Lletres en 1999 por su cuento “Usura”, y en 2005 fue finalista del Max Aub con su relato “Mordechai”. Ésta es su primera novela.
Cuando el editor de Menoscuarto me preguntó si quería presentar esta novela, le dije que sólo lo haría si encontraba algo que me resonara, algo que a mí me interesara y que me permitiera decir algo, más allá de los estándares. Esa primera lectura de Donde hay nilad, en dos días, efectivamente me interesó, encontré afinidades entre su escritura y la mía, obviamente salvando las muchas distancias.
Como sabrán ya los que hayan abierto el libro, Donde hay nilad es el nombre tagalo de Manila, May-nilad, el lugar donde crecen esos arbustos, esas florescencias blancas luminosas con un leve azul alrededor de los pistilos amarillos. Ese lugar, Manila, es aquí paisaje simbólico de la infancia, paisaje de la memoria de algunos de los personajes de la historia, de ese momento en que se originan las cosas. Un paisaje de árboles de mango y niños subiendo a los cocoteros, un paisaje de calor, vendavales y nilad. Un paisaje tropical, volcánico, de clima cálido y húmedo, con tifones y arrecifes de coral, en las islas con mayor diversidad étnica de Asia y uno de los lugares con mayor diversidad biológica de la Tierra. En ese archipiélago del sudeste asiático que heredó el nombre de Felipe II, Filipinas, pocos vestigios quedan de ese legado español, tal vez el catolicismo, unos 20.000 hispano-hablantes, algo de arquitectura colonial del XVII, lo que sobrevivió a la destrucción perpetrada por los americanos en la Segunda Guerra Mundial. Y sin embargo... Dice Déborah Puig-Pey Stiefel que Donde hay nilad es una novela de fantasmas porque alguien cuenta lo que otros le contaron que recordaban... Y ese halo poético fantasmagórico es uno de los cimientos de la novela, algo que justifica su estructura de vaivén en el tiempo. Donde hay Nilad cuenta una historia familiar, podría definirse como la saga de una familia catalano-filipina, los Escuder y los Muir, pero es una saga contada muy a su manera, un poco como ese personaje de la novela que hace detener el taxi en la esquina porque, dice, prefería acercarse oblicuamente. El acercamiento es sesgado, y los sesgos, ya se sabe, son una clave en la literatura: el ángulo desde el cual se mira y se cuenta una historia lo determina todo. Aquí, el tiempo se mueve, pasamos de 1928 a los años noventa, con temporadas distintas y en movimientos que van alante y atrás, pero no en flashbacks, sino en un vaivén que responde a razones secretas y que forma parte de su atmósfera onírica. Una de las cosas que me interesó desde el principio y que yo podía compartir es esa idea de la familia como lugar de delirio, violencia y locura. En este caso hay que añadir las perversiones del deseo, y también la riqueza y la miseria, que se relacionan extrañamente, en una lógica errática que sólo puede explicar una concatenación inconsciente. Debajo de la narración flotaría esa idea del azar de las cosas, de una fatalidad que no se atribuiría a un destino como en los griegos, pero sí tiene algo de la tragedia griega, diría que se trata del azar como esa manera de nombrar un conjunto de circunstancias que llevan perversamente a otras, sin que nada parezca poderlo remediar, un poco como aquella frase de la Balada del Café Triste de Carson McCullers en que la infancia y sus sufrimientos convierten a un niño en asesino. “Pero los corazones de los niños pequeños son órganos delicados. Un cruel inicio en este mundo puede retorcerlos de formas extrañas. El corazón de un niño herido puede encogerse tanto que a partir de entonces se vuelva duro y hollado como un hueso de melocotón. O también, el corazón de un niño dañado puede supurar e hincharse hasta el punto que se convierte en un suplicio llevarlo dentro del cuerpo, irritándose con facilidad y doliéndose con las cosas más ordinarias...” Aquí, la mecánica no es tan absoluta, pero es importante no sólo lo vivido, sino lo visto, oído y presenciado por los niños, y todo eso es lo que les lleva dolorosamente a inclinarse en una u otra dirección y pagar sus consecuencias. Y así se nos dice, intentando trazar el origen de la flaqueza de Mario, que “también fue poseído en su infancia por un adulto... y añade: “¿Es que no es siempre así? De un modo u otro, nuestra intimidad arrastra esa plusvalía que va de mano en mano, la cadena de causalidad que anuda el tiempo de unos y otros, en la que vivir es gastar un saldo anterior.” Las razones del desvarío familiar empiezan a verse ya en la segunda o tercera página, en la violencia sufrida y vista -ese padre de Mario que agarra a los monos, los pone frente al espejo y les apaga cigarrillos en la piel con “espantosas carcajadas”, para que asocien el dolor a su imagen, y el espectáculo que ese padre prepara para los soldados japoneses y que obliga a presenciar a Mario, pero también la melancolía de la madre de Mario, Felicitas, y la penuria, el abandono de tantos otros. Y sin embargo aunque las razones para el desvarío sean múltiples y poderosas, de vez en cuando surge la fantasía genética de la locura familiar, tan universal y arraigada, tan inevitable cuando alguien quisiera distanciarse, librarse del peso de la historia familiar y teme que algo genético, otra vez la fatalidad, le impida alejarse o ser diferente y que todo le acabe arrastrando también en esa tendencia a la locura y la pérdida. Y ahí estaría el punto de vista de Judith, que acabará revelándose como narradora principal, como álter-ego obligado y simbólico de la escritora, salvando las distancias de la ficción, porque es ella quien, tras sufrir en su relación con el cuerpo el peso de tantas historias, intenta componer el puzzle para comprenderse y explicarse. Es inevitable pensar en Jean Rhys y su Ancho mar de los Sargazos, no sólo porque el paisaje de la infancia es colonial y exuberante y la actitud no es etnocéntrica sino que hay una mirada desde allí, sino también por la violencia y por la vulnerabilidad de las mujeres, por la atmósfera alucinatoria que surge a veces, a oleadas, y por esa exigencia formal de una poética al mismo tiempo ensoñada y precisa. Hay una topografía de la memoria, aunque sea una memoria prestada o escuchada, esas casas y paisajes que componen la errática historia familiar, y en ella no sólo está Manila y Barcelona, vivida desde el margen, la penuria, esos pisos que habitan Mario y Esperanza, como palomares o chambre de bonne en barrios buenos o en esa torre silenciosa de las tías gemelas en la Bonanova... Y la Casa Latania, en Santa Cruz de Tenerife, y el West End de Londres, en la nueva vida de Rocío y en el desván ordenado de Leonard, donde Judith busca más vestigios para comprender y la escena parece un sueño... También me interesaron esas niñas y mujeres que se saben miradas; ellas se construyen, se ven con los ojos del otro, la mirada que enferma y la mirada que cura. Déborah y su narradora miran esa belleza de las niñas Rocío y Judith, están en los ojos y el deseo masculinos que les insuflan movimiento. Dice: “A Mario le bastaba con verla cuando se quitaba los zapatos y bailaba sobre el piso, sus ocho años perfectos, la piel rosada cuando salía de la bañera y dejaba caer las toallas con indolencia, ignorando su enorme poder, como lo habría ignorado de niña su prima Rocío, si se lo hubieran permitido.” La autora no lo ignora. Hay algo salvaje en esa conciencia, en que una niña intuya ese poder, en ser mirada y deseada tan pronto, aunque fuese con resignación. Aquí no hay falsa moral, sino ese relativismo casi antropológico –no en vano Déborah Puig-Pey es antropóloga—, aquí hay una mirada que desvela los secretos, que comprende las flaquezas, y esa mirada está llena de una melancólica y sabia humanidad, está llena de vejez aun en su juventud. Rocío habría ignorado si se lo hubieran permitido. Esa niña de los tirabuzones es violada por un soldado americano y su dolor la enloquece. La encuentra el soldado en 1945, el mismo día en que una bomba en el jardín de Manila mata a Felicitas, la madre de Mario, que intentaba protegerlo con su cuerpo, y la niña describe al perpetrador como “una figurita que ataca”, una figurita que durante un tiempo cree ver en todas partes. Y ese acto le quita vida y a la vez le da una belleza “inflexible y empañada”. Y hay un episodio en que, en medio de la noche, la dolorida Rocío descarga su violencia con un cuchillo contra unos gatos en celo, y esa desesperación, esa violencia de la transposición parece contenerla, casi curarla, le permite ponerse a leer y hacerse con una cultura literaria, pero a veces asombra a todos con su sarcasmo y sus interrogaciones y es siempre distinta. Y aunque todos ven que no acaba de encajar en el mundo, convertido en “una partitura que no sabe leer”, por esa percepción aguzada de los psicóticos se explica también que su sagacidad era sorprendente. Y su decisión de casarse con el primer turista, para que se la lleve de allí, y su extraña vida con el pianista de jazz Blakais, y de ahí a Inglaterra, y ese otro arrebato violento de Blakais, llamado Leonard. Nada es aquí lo que parece, ni siquiera en los nombres: Felicitas no vive precisamente en la felicidad, aunque los demás la consideren afortunada, aparece “tan desdichada, tan abstraída, al lado de ese hombre que la desea y la desprecia y siempre en la cuerda floja de una crueldad tolerada, la mesa bien puesta, la ropa bien cosida, la mucama señalada y triste.” Y su fortuna es supuestamente ese marido colonial y violento. Y es que Felicitas, se nos dice, ha excavado un túnel en su interior para huir de la inmediatez que la rodea y se ha hecho inmune a las humillaciones de esa realidad, y ha poblado su mundo de espíritus y sueños. Esperanza resulta insufrible y desesperanzada. Y ese apellido matriarcal de los Muir, esos niños sin apellido paterno, sin padres o con padres violentos o desaparecidos... Y al decidir darles su apellido, Mami dictamina que todos los hombres de la familia “pasados, presentes y futuros, eran ya material exclusivamente genético, cromosomas inevitables, semilla perentoria, el esperma nómada de los hombres Muir”. Era inevitable pensar en El fantasma y la señora Muir, no sé si sería un secreto juego paródico, ya que en esa película que fascinó a Javier Marías todo era inocente, casi pacato y nada, ningún deseo se realizaba más que en la imaginación. Y en cambio aquí hay una significativa terrestridad, el deseo físico envuelve las historias y una violenta sensualidad flota melancólica por las páginas. Es una novela misteriosa porque es poética, en el sentido de la importancia que da a lo que no se dice, en que está llena de silencios y la clave de su escritura está en el ritmo y en ese decir sin decir. Está también presente ese misterio de las canciones vistas desde la infancia o la adolescencia, el enigma de las letras y el poder de la música, esa forma de asociarse a nuestros momentos vitales que las arraiga en la memoria como si alguien las hubiera compuesto pensando en nosotros. Es otro elemento que evoca a Jean Rhys, a aquella canción de la cárcel de Holloway en el cuento “Let Them Call It Jazz” o la canción recordada de su abuela que, al cantarla en su casa, provoca la denuncia de sus vecinos y la lleva a la cárcel. Un ejemplo aquí es ese Stormy Weather que envuelve la declaración de Judith, su gesto de asumir las riendas de la narración. Y otro podría ser la letra de esa canción del orgullo filipino de Manila que recuerda Mario, cantada por una mujer que ya ha muerto, una canción que la Historia con mayúsculas se ha encargado de desmentir: Decía la canción: Tierra de amores del heroísmo cuna, los invasores no te hollarán jamás. Además de recordar esa canción, Mario representa a veces esa mirada anticolonial, con su orgullo y su desdén por los españoles, que califica con razón de “soberbios, provincianos y pazguatos”, a quienes reprocha su pasión por el fútbol, su baja estatura –él, que aun con sus rasgos negroides y malayos, es muy alto y viene “de un lugar donde la estatura fundaba abiertamente un signo de superioridad”—, y disfruta escandalizando a los barceloneses con su are de filipino excéntrico, sus camisas traslúcidas y sus sandalias. Ese Mario enamorado de las niñas, que se contenta con adorarlas y escribirles cartas y hacer collages secretos con ellas, es el mismo que siempre está dispuesto a socorrerlas y a acogerlas y cuidarlas como padre adoptivo cuando son abandonadas o caen en crisis de dolor o de estupefacción. Como hay ambivalencia hay perdón. Nadie es del todo la víctima de nadie. Como cuando Judith trata de explicar su parte en esa historia desigual del deseo de Mario cuando ella es niña. “Lo que yo dominaba realmente eran la coquetería y la culpa; quién de los dos era el niño, ésa fue la cuestión...” Y al mismo tiempo, pone lúcidamente las cosas en su sitio: “esa forma de disputarle la infancia a la niña seducida es el verdadero interruptor del mal posterior. Es como tener que robar lo que a uno ya le pertenece.” Y ocurre que a pesar de los pesares hay una fascinación dulce por esa familia que establece una diferencia radical con la novela de Jean Rhys, donde sólo hay añoranza del paisaje tropical y volcánico y la belleza de Dominica, pero nunca la dulzura de la familia, porque allí la oscuridad es mucho más grande y la ausencia de afecto absoluta. Aquí, pese a la patología de cada cual, siempre hay alguien, aunque sea equivocadamente, dispuesto a salvar a su manera del abandono. Y por esa vía se produce la conciliación con el paisaje que parecía imposible para Jean Rhys, quien vio incendiarse las casas donde había vivido y que escribió en su autobiografía, a propósito de ese paisaje: “... Estaba vivo, yo estaba convencida. Tras los colores brillantes, la suavidad, las colinas como nubes y las nubes como fantásticas colinas, había algo austero, triste, perdido... Yo quería identificarme con ello, perderme en ello. Pero el paisaje me volvía la cabeza, se apartaba indiferente y eso me rompía el corazón... La tierra era como un imán que me atraía y a veces me acercaba, con esa identificación o aniquilación que yo anhelaba. Una vez, olvidándome de las hormigas, me eché y besé la tierra y pensé: ‘Mía, mía.’ Quería defenderla de los extraños...”. Hay momentos de Donde hay nilad que se quedan en la memoria, como esas estancias de Mario en el hospital, donde la película en que sale Felicitas, su madre, se convierte en una visitación de ella y una forma de dialogar o de acercarse, en ese momento de la vida en el que la memoria empieza a pesar y ocupar más que lo que puede vivirse, y en un territorio que parece situarse entre la vida y la muerte. En esa película, Felicitas “sonreía de aquel modo inolvidable”, con su cara de luna, y se ríe entre la agitación de ramas de cambures y cocoteros y flota como un cisne con su collar de osmeñas enanas... Y viéndola, Mario recuerda las preguntas que ella le había hecho en sueños, sobre los demás, y empieza a contarle cómo ha evolucionado cada uno, cuenta incluso la violación de Rocío y la historia de Tere en Arizona, y la soledad relativa de Eulalia y la de su padre. Y es en una última estancia en el hospital cuando su madre vuelve a visitarle y le llama, para que vaya con ella, donde hay nilad. Todos ven esa película, que es como un sueño y parece viva. Cuando la ve Rocío, por un momento Felicitas desaparece inexplicablemente de la filmación, para reaparecer más tarde, en otra sesión, y hablarle también a ella, como a Mario. O las escenas que afirman con fuerza la magia de las casas, la forma en que nos prolongan y exponen nuestras proyecciones o nos retratan, pero también el paisaje simbólico de nuestros momentos vitales y todas las transposiciones de los objetos. Por ejemplo, la descripción de la casa de la Bonanova en Barcelona, cuyo interior “llegó a tener un encanto muy íntimo, casi intestino, por los detalles que silenciosamente fue incorporando Felicitas y que conectaban los objetos con los estados de ánimo...” Y más adelante en esa descripción añade que Felicitas “adivinaba cómo despertar al mobiliario colonial (...) del sueño de belleza y parálisis en el que se habían sumido aquellos salones.” Hay en ciertos gestos del refinamiento poético de la construcción de un decorado y de la teatralidad delicada con que se cuidan las atmósferas o los jardines reminiscencias de una mentalidad oriental, que yo ahora estaba descubriendo en las páginas de la novela china Jin Ping Mei, de la dinastía Ming, donde los rituales de cuidado y decoración del entorno respiran una sensualidad y una poesía asombrosas, o hace unos meses, en mi lectura investigativa de Natsume Soseki para Turia y lo que en la era Meiji, en Japón se consideraba el furyu, un ideal de armonía con la naturaleza, de aspiración a superar el lado más gris de lo real, un desapego, pero también un gusto especial por la poesía, la pintura, la belleza, el té y todo lo que no sea prosaico. Así, aquí, por ejemplo, vemos a Rocío perfumando el salón con hojas de té, justo antes de regar las macetas de nilad. Esa casa de la Bonanova, de las dos tías, se va oscureciendo con el tiempo, con esa confusión de la identidad de las gemelas y su leyenda promiscua, pues las dos tías –Tita Pi y Tita Mi— se entienden sin palabras y el silencio adquiere una consistencia tan espesa que a Mario le produce escalofríos. Es una casa de fantasmas, por los rumores y los secretos, todos esos misteriosos no-dichos familiares que constituían para Freud “la novela familiar del niño”, esa ficción construida que crece con los silencios, los tabúes y la falta de respuestas. Hay frases que aletean con su mirada al sesgo y que ayudan a construir la poética de la narración, como ese perrito de Mario “que tantas cosas había visto desde la encadenada perspectiva de multitud de farolas y postes de cemento.” O ese soplo leve con que se puede llamar a la brisa, dirigiendo el aire suavemente hacia el cielo... O el gato al que Felicitas alimenta con grandes platos de chow-mien... Y a veces parece que sea la naturaleza quien se encargue de contradecir hechos o celebraciones con su violencia, como expresando los demonios internos de los presentes, como esa tormenta de alisios que vuelca todos los muebles de un banquete de bodas, destroza el pastel y arruina la fiesta. Un poco como en Un dique contra el Pacífico de Marguerite Duras, y es que el espíritu de Duras y su infancia robada dibujada en esa madre poderosa también encuentra aquí alguna reminiscencia y afinidad, a pesar de las diferencias. Dice Duras: “Querría ver en mi infancia sólo infancia. Pero no puedo. No veo ningún signo de la infancia...” y también “Esa infancia me molesta, sin embargo, y sigue mi vida como una sombra. No me atrae por su encanto, sino por su extrañeza. Fue solitaria y secreta, ferozmente guardada y sepultada en sí misma durante mucho tiempo.” Donde hay nilad es una novela chejoviana. Porque con todo su saber (a veces antropológico, otras empírico, o psicoanalítico), está llena de esa perplejidad de la literatura: Dice Chéjov que el escritor debe ser honesto y mostrar su extrañeza, pues el mundo es endemoniadamente complejo y sólo los estúpidos pretenden saber las respuestas. También Chéjov habló de acoger a los personajes, de modo que la ambivalencia del mundo lo llene todo y nos deje ese poso inquietante de la vida, pues hasta los personajes más perversos tienen derecho a mostrar su mirada, su deseo, su encanto, las razones de su violencia. La narradora, Judith, vive la ambivalencia, que es lo tremendo de la vida, pero antes la experimenta el propio Mario en su infancia, con ese padre que “podía ser uno y otro. El caballero de voz gloriosa y cultura hispana que le daba cachetes cariñosos y lo llamaba heredero, el gigante ebrio que lo avergonzaba en público y lo llamaba tagalo idiota. Alguien que se complacía en arrasar todo lo que fuera grácil y vulnerable a su odio.” Judith tendrá además su propio síntoma, en el sentido lacaniano, el conflicto externo que sirve para llamarnos la atención sobre un dolor interno y nos ofrece la oportunidad de abordarlo, nos lo recuerda infatigablemente. Ese síntoma se produce aquí en la relación con el cuerpo y señala su forcejeo entre la cordura y el delirio, tal vez una voluntad secreta de no crecer o una pulsión de muerte: “Ella no quería vivir con un cuerpo, quería vivir del pensamiento y convalecer en un nuevo sistema alimenticio: ayunaba... sufría. Habitaba el mundo de las entradas y salidas del ser, mantenida en un equilibrio exquisito, entre la locura y la lucidez.” Y de forma subrepticia, surge ese tema tan característico del Ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys, que sirve poéticamente para explicar el misterio: la brujería, la magia negra, en el caso de Rhys la temible obeah, y aquí es Mario el que asocia ese trastorno alimenticio de Judith “a las dolencias indígenas de su pequeño país natal, atribuidas a la brujería o a la envidia”. Y es que la fuerza de la magia negra tiene que ver con el poder que podemos llegar a atribuir a la envidia, a los sentimientos negativos de otros, a sus proyecciones, a esa gente que nos identifica con algo suyo o nos percibe instantáneamente como una amenaza, aún sin conocernos, y que actúa contra nosotros. Un poco como las maldiciones chamánicas que lanzan en nuestro mundo tantos médicos, tal vez para afirmar inconscientemente su parcela de poder, y que si llegan a convencernos, podrían hacernos enfermar y morir de verdad. Y a la vez, las alusiones a ese fenómeno mágico son una forma de aludir a todo lo incomprensible e incontrolable de nuestro mundo, todo aquello que se nos escapa, y de asociar la compleja concatenación perversa de causas y efectos a una fatalidad externa. Donde hay Nilad no esconde su verdad: verdad literaria, verdad simbólica, pero verdad personal y vital, y eso se trasluce desde el primer momento y es el nervio que mantiene el interés del lector, aunque se trate de múltiples verdades de la ficción, y más que nervio sean delicadas nervaduras de las hojas de este arbusto de nilad, con su rara luminosidad. Hay un ritmo interno que caracteriza esta escritura. Colm Tóibin explicaba hace poco en una entrevista ese proceso en que algunos escritores pasamos de la idea a la música. Primero surge la idea, pero sólo cuando oímos esa música hemos entrado de verdad en el libro. A veces parece como si una frase nos arrastrara y entonces todo fluye, una frase sigue a otra en un torrente que parece imparable. Me dijo Déborah que ella literalmente ponía música y se dejaba llevar por esa música externa para escribir la suya. A mí me sorprendió porque yo casi sólo puedo escribir en silencio, pero es cierto que en Donde hay Nilad, el arrastre musical es muy fuerte y contribuye poderosamente a la atmósfera y al ritmo de la historia. Hay páginas encantadas con el hechizo de esa música interior. Y yo, que estoy ahora en una fase extraña en que sólo de forma intermitente consigo oír la música de mi novela, leía la suya y sentía la melancolía feliz del “yo también estuve ahí, pero no sé si podré volver”. Porque a veces, a algunos, la escritura nos lleva a un desierto inexplicado. Es como si cada libro nos obligara a aprender de nuevo, como si para cada libro tuviéramos que inventar un nuevo lenguaje, rehacer las palabras. Releemos nuestros libros anteriores y pensamos: “yo antes sabía escribir, ¿cómo lo hice? Ahora nunca sabría ya escribir así... Le conté esto a Déborah y se reconoció en ese proceso. Pues bien, la suya no parece una primera novela, es como si siempre hubiera escrito novelas, como si hubiera aprendido de una forma natural, tal vez gracias a esa música externa en la que se apoyaba, quién sabe...
Dijo Olivier Rolin en Paysages Originels que en toda nuestra vida, nunca abandonamos por completo los paisajes de la infancia. O como Albert Camus, hablando de su retorno a Argelia: “Podía al fin dormir y volver a la infancia de la que nunca se había curado, a aquel secreto de luz, de pobreza calurosa que le había ayudado a vivir y a vencerlo todo.” Y es que todo lo que duele, si no nos mata, nos sirve para escribir, aunque sea a través de la historia de otros, de un paisaje prestado y coloreado con nuestra luz. El otro día vi a David Vann, a quien su padre propuso volver con él a Alaska, él se negó y al cabo de unos días su padre se suicidó y ha publicado una novela aunque cambiando la historia. Yo le dije: “Yo también tuve una familia atroz y ahora intento escribir de ellos.” Y él me dijo: “Está bien tener una familia terrible; si sobrevives, sirve para escribir...” Para acabar, recordemos lo que dijo Josif Brodsky de I beati anni del castigo de Fleur Jaeggy: “Impresa en la tinta azul de la adolescencia, la pluma de Fleur Jaeggy es el buril que dibuja las raíces, las ramas y las hojas del árbol de la locura, ese árbol que crece en el espléndido aislamiento del pequeño jardín suizo del conocimiento hasta oscurecer con su follaje toda perspectiva.”

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Mi reseña de Handke en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N. Balcones de París, 2009
La Vanguardia Cultura/s, 1 de diciembre 2010
Narrativa Handke y el nouveau roman ISABEL NÚÑEZ
Peter Handke Los avispones Nórdica libros Traducción de Anna Montané 256 PÁGINAS 18 EUROS
Peter Handke (Griffin, Austria, 1942) no necesita presentación, ni esbozar aquí la magnitud de su obra de novelista, dramaturgo, guionista y ensayista excepcional, siempre rodeado de provocación y escándalo, de su búsqueda ética y un difícil ser-en-el-mundo, agravado con su postura ante el conflicto de la ex Yugoslavia: su crítica legítima al maniqueísmo reductivo de los medios o a los intereses geopolíticos de Occidente se complicó cuando la presunción de inocencia que pedía para Milošević derivó en la práctica negación de las atrocidades cometidas por el régimen serbio. Ningún crítico serio cuestiona el valor de su obra. Libros brillantes como La mujer zurda, El miedo del portero ante el penalti, Carta breve para un largo adiós o el magnífico retrato del suicidio de su madre, Wunschloses Unglück (aquí Desgracia impeorable), son bien conocidos del lector castellano. Los avispones fue su primera novela y cuando el editor Surkhamp la publicó, en 1966, Handke dejó el Derecho por la literatura. Es inevitable añorar el mundo literario de la época (ahora mercadotecnia) que apostaba por el libro innovador de un autor desconocido. No es un texto fácil, sino un desafío al lector y a las convenciones literarias, al modo del nouveau roman. Gregor, narrador adolescente, se queda ciego, asfixiado en los contornos de un mundo rural, y rescata dolorosamente de la infancia hechos que explicarían su presente: la guerra, el hermano que se ahoga en el río y el hermano que se va. Describe su entorno por los ruidos que percibe, y se pierde y nos pierde entre la ensoñación, el delirio y un presente claustrofóbico, y el texto se deconstruye para reflexionar en la propia escritura. Todo es aislamiento, incomunicación, fatiga paralizante. No hay acceso a lo real, pues la percepción está siempre mediatizada. Los cambios de puntos de vista, las rupturas de lo narrativo y los asaltos de lo imaginario nos retan en su escritura introspectiva. Está aquí ya el talento poético y discursivo del autor, evoca al Handke actual y sus preguntas amargas sobre la realidad y la percepción.
Hay ecos de Bernhard, Kafka, Faulkner en esta ópera prima. Sin la narratividad fluida y luminosa de su obra posterior, ya apunta, en su angustiosa interrogación, la condición literaria y filosófica del Handke futuro.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Mi reseña de la Biografía de John Cheever en el Cultura/s

Foto: I.N., Un jardín en Cassà de la Selva, 2010
LA VANGUARDIA Cultura/s
Biografía Un retrato cruel (Una vida turbulenta ) ISABEL NÚÑEZ Blake Bailey Cheever: Una vida Duomo Perímetro Traducción de Ramón de España 885 PÁGINAS 43 EUROS Blake Bailey (Oklahoma, 1963), profesor de Universidad en Virginia, es biógrafo del escritor norteamericano Richard Yates. Con Cheever: Una vida obtuvo una beca Guggenheim y el Premio Nacional de la Crítica 2009, además de amplio acceso a la parte inédita de los magníficos Diarios de Cheever y a la documentación controlada por la familia. El resultado es esta magna y detalladísima biografía, que muestra lo que los Diarios ya dibujaban, pero sin su extraordinario impacto literario, sin la mirada del autor: el peso de un pasado familiar que atormentó a John Cheever toda su vida (ese padre fracasado en plena Depresión y la madre que le humilla con su fea tienda de objetos de regalo), la dualidad entre la fuerza de su deseo homosexual y la vergüenza que le producía, el alcohol ahogándolo todo, y su ambición social, su urgencia de ser un pater familias normal de clase media alta norteamericana, contrapuesta a su complejo social y a su incapacidad de encajar en esa apariencia de felicidad. Y su magnífica obra, el retrato despiadado de esas contradicciones, de esos secretos familiares que anidan en el césped suburbano y los reflejos de las piscinas, de ese descontento crónico, de la violencia del deseo reprimido y sus consecuencias. El retrato del escritor, a través de cientos de testimonios, amenizado con los cameos de escritores que fueron alumnos, amigos y/o rivales (Maxwell, Salinger, Updike, Roth, Capote, Donleavy, Bellow, Mailer, Gurganus), siguiendo su oscura infancia, su trayectoria estudiantil, universitaria, matrimonial y profesional de escritor en The New Yorker, guionista en Hollywood, profesor en la Universidad (de T.C. Boyle y Gurganus), miembro de Yaddo, sus amantes de los dos sexos, su difícil relación con sus hijos, su omnipresente ginebra, es demoledor, pero también conmueve, precisamente porque está detrás del Cheever escritor. La pregunta que se hará algún lector es hasta qué punto hacía falta esta investigación tan prolija de la parte más sórdida del hombre Cheever, y si nos interesa ese Cheever más que el escritor. Sobre todo, teniendo en cuenta que sus Diarios publicados son ya explícitos y con una calidad literaria muy superior. También cabe preguntarse por qué su familia, apoyando la biografía, habrá querido mostrar la peor cara del escritor. A mí me ha resultado de un voyeurismo agotador, tanto como sus Diarios (Emecé, 1993) me interesaron. Leyéndolo casi comparto su resaca alcohólica. Ciertamente es entretenida, está llena de brillante gossip y cuenta con un útil índice onomástico. Algunos la leen “como una gran novela”; depende de lo que uno busque en las biografías. Y el precio de la edición castellana parece excesivo. Tal vez su máximo valor sea devolvernos el deseo de leer sus cuentos, tan luminosos en su melancolía suburbana, tan sabiamente dosificados y económicos, de retomar La geometría del amor (Emecé, 1998), recordar al nadador que encarnó en el cine Burt Lancaster, volver incluso a sus diarios y novelas.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Mi reseña de Markus Orths en el Cultura/s

Foto: I.N., Tibidabo, 2010
Narrativa La camarera intrigante ISABEL NÚÑEZ
Markus Orths La camarera Seix Barral Traducción de Mª José Díez Pérez 143 PÁGINAS 15 EUROS
Los hoteles siempre han inspirado a los escritores, y el personal de servicio, también. Pensemos en aquel Journal d’une femme de chambre de Octave Mirbeau que Renoir y Buñuel llevaron al cine, o en The intriguing chambermaid del Fielding dramaturgo, o en el hábil descaro social y amatorio del tramposo botones en Confesiones del estafador Felix Krull de Thomas Mann, la denuncia social y la tristeza histórica de Tentación de Janos Székely y la ferocidad de la señora de los lavabos en “The Holy Terror” de Maeve Brennan. Todos mostraron lo que subyacía a esa desigualdad, a veces casi esclavitud de unos sufridos trabajadores que contemplaban la intimidad lujosa y despreocupada de sus huéspedes. Además, la vida atisbada, sospechada y fugaz de los hoteles ha engendrado joyas como 200 chambres 200 salles de bain de Valery Larbaud, o experimentos contemporáneos como el Hotel World de Ali Smith, y la lista podría continuar incansablemente. Markus Orth (Viersen, 1969) es autor de varias novelas premiadas en Alemania, entre ellas La mujer travestida (Salamandra, 2009), la historia de una mujer hispana que vivió libre como un hombre en el 1600, o Lehrerzimmer, que pronto veremos en cine y que publicará Seix Barral. La camarera es una nouvelle, y cuenta la historia de Lynn Zapatek, una joven recién salida del psiquiátrico que entra como camarera en un hotel, se entrega obsesivamente a las tareas de limpieza y acaba husmeando en la intimidad de los huéspedes, escondiéndose bajo las camas para vivir sus vidas y olvidarse. O seduciendo a la prostituta que visita a uno de ellos. Se trata de lo que llaman un page turner; ciertamente se lee de un tirón. A pesar de la huella melancólica que dejan los gestos de la protagonista, de esa triste obsesividad enferma, con cierta escatología (tal vez la erótica de lo escatológico esté de moda en Alemania, vía Charlotte Roche), de su amor sáfico y su atmósfera de soledad urbana, la ligereza burlona y algo vacua con que está contada desaprovecha posibilidades literarias y no profundiza ni se interroga honestamente sobre ese patético personaje. Pero tal vez las imágenes y gestos de la protagonista expresen por sí solos su carga de soledad y patología contemporáneas, y el tono de ligero entretenimiento sin duda atraerá a muchos más lectores.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Mi reseña de Jacques Yonnet

Foto: Brassaï, Le ruisseau serpente, París, 1932
Esta reseña no se publicará en la revista adonde iba destinada, por razones diversas. La publico aquí porque el libro me gustó mucho, y ya que la escribí, me gustaría compartirla.
Narrativa Los bajos fondos de París ISABEL NÚÑEZ Tenían razón Raymond Queneau y Jacques Prévert en su fascinación por esta Calle de los Maleficios de Jacques Yonnet. Reconozco que, al principio, la comparación estereotípica de la ciudad con una mujer y dos comentarios salvajemente misóginos me echaron para atrás. Pero la escritura hipnótica de este relato poético-etnográfico del París canalla, el hampa y la clandestinidad del barrio Mouffetard, donde la Resistencia se mezcla a la traición, el robo, el alcohol, la violencia, la presencia de fantasmas y embrujos e incluso los ritos africanos féticheurs, que evocan las películas de Jean Rouch o las de Jordi Esteva, atrae poderosamente. Es el París de Brassaï y de Doisneau, el París de Eugène Atget, el París vivo y muerto a la vez, legendario, de una autenticidad que hoy añoramos y también de una asombrosa pobreza, nocturno, peligroso, hormigueante y secreto en la mirada de espera apocalíptica de Yonnet, que no se cierra nunca a lo misterioso y acepta como real todo lo que le cuentan. Traperos, héroes de la Resistencia como él mismo, asesinos, ex legionarios, putas, personajes indescriptibles, como aquella mujer frágil y felina que rescata y protege gatos, maltratada y víctima de los abusos de una extraña mezcla de hombre y animal, ante la impotencia de todos. O el Viejo de la Medianoche, espíritu que sólo aparece a esa hora, en cualquier antro, interviene ante un litigio y desaparece. O las dos propietarias del Quatre Fesses, dulcemente sáficas y hospitalarias. O el aventurero malogrado y violento pero cercano Danse Toujours (aquí “Sigue Bailando”). O los espías dobles, la magnífica y romántica coscolina Solange y su apasionada y libre relación con el narrador. Como la metralla que vuelve a doler cíclicamente en el cuerpo de Yonnet, como los poetas que reviven en labios de todos esos noctámbulos, las almas perdidas de un París desaparecido. O el emocionante ritual africano féticheur al que el narrador es invitado. Y de fondo, la guerra, la brutalidad nazi, el escepticismo, la lúcida denuncia de la Ocupación y la ignominia del maltrato francés a los republicanos españoles. Es un libro maravilloso, con estructura propia, crónica caprichosa, irónica y humanista, desolada y ferviente, sin género preciso, llena de sorpresas y con una áspera poética que la traducción sabe mantener.
Jacques Yonnet Calle de los Maleficios. Crónica secreta de París Traducción de Julia Alquézar Solsona Sajalín Editores 359 PÁGINAS 21 EUROS

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi reseña de Maupassant en La Vanguardia Cultura/s

Foto: I.N., Un gato vecino, 2010
ISABEL NÚÑEZ
La vida errante. Diarios de viaje por el Mediterráneo
Guy de Maupassant
Marbot
Traducción de Elisenda Julibert
269 PÁGS
14,50 EUROS
En “Lasitud”, el primer capítulo de esta crónica viajera, la ubicuidad de la Torre Eiffel, que asoma a todas las calles de París y aparece reproducida ad náuseam, desespera al autor. Horrorizado de las nuevas formas y del cientifismo que sustituye las luces de la ciencia y el pensamiento por la banalidad de los inventos y la técnica y proyecta sus sombras sobre la cultura humanista, Maupassant huye a Italia a refugiarse en la belleza clásica, y tras recorrer Florencia, meditando sobre la sinestesia y la locura de los poetas, en el campanario de Pisa, donde el cementerio se abre a un claustro melancólico a la sombra de inmensos tilos, concluye con ironía que los italianos sí supieron dar a su país una auténtica exposición universal que visitaremos por los siglos de los siglos. De allí viaja a Sicilia y se hospeda en el mítico Hotel des Palmes de Palermo, donde antes estuviera Wagner y donde años después moriría Raymond Roussel en enigmáticas circunstancias, y Sciascia lo visitaría para investigarlo. Maupassant encuentra el rastro de Wagner en el olor a rosas del armario ropero del compositor. Describe el soberbio carácter de soledad y de pobreza de la que fue una isla rica y deseada, restituye con finura el barroquismo, la mezcla de estilos, el horror de las minas de azufre y los niños esclavos, los volcanes, las momias y la magnífica iglesia palatina. Viaja a Túnez y a Argel, camino de Kairuán, y por fin atraviesa Venecia (donde explica cómo lecturas, mitos y sueños se mezclan a la mirada viajera) e Isquia. Es un observador sutil y apasionado, irónico y crítico, incita al viaje físico y al viaje onírico, pero además de su sensibilidad, revela sus prejuicios de hombre occidental (sobre la gandulería de los árabes), y también una misoginia salvaje que yo no había detectado en sus cuentos, como cuando afirma que las mujeres son demasiado pequeñas para comunicarse con Dios o decide que la Venus descabezada expresa mejor el misterio de la feminidad. Esos comentarios contrastan con la sutileza evocadora de su genio literario –el mismo que refulge en sus cuentos y que logra aquí páginas maravillosas, bien traducidas por Elisenda Julibert—, y sólo revelan las contradicciones de un narrador que supo dibujar espléndidos personajes femeninos sin despojarlos de la cabeza.